M A G A Z l N E POPULAR
EN ESTE NUMERO: . , , . , .
EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD, aVaTol e Tr anVí
Ll A Z A M B A DE SANGRE, novela arsentina de HECTOR PEP30 BLOMBERG
y un episodio de
. V (A «/ I íi A n U í 1 Li i A
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POPULAR SUDAMERICANA, el triunfo de cada uno de sus alum¬
nos es una obligación sagrada! ,
No importa que a veces hay que repetir y aclarar algún detalle.
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rreo, el alumno aprenda todo aquello que necesitará para poder des¬
tacarse en la carrera que ha elegido!
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el precio de nuestros cursos. Sus estudios pueden ser cortos o largos,
Vd. puede tener más o menos dificultades, no por eso tendrá que abo¬
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EUENQS AIRES
ANO X - N.» 221
4 AGOSTO 1943
EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD, tex¬
to Íntegro de lo fomosp obro de Anotóle
.. 48
EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HEIDEGGER,
cuento fantástico, por Nathamel Hawthorne. 4
CARLOS V EN EL REINO DEL OLVIDO, evo-
coción histórico, por Cortos Duelo. 8
ROSTIA, cuento humorístico, por Arcadlo
Averchenko. 12
EL MALECON DE LA HABANA, de Cubo pin-
torescb, por Jacinto Romos.
LA ZAMBA DE SANGRE, la célebre novela
corta de Héctor Pedro Blomberg. 16
HISTORIA EN DOS FOTOGRAFIAS. - Elso del
Compillo y Sobina Olmos. 20
EL CIELO DE LOS ELEFANTES, cuento poe-
mático, por Cesar Fernandez Moreno.... 22
c '?$•*■***** 1 r -
Kágs.
LOS PORTEROS DE TIME SQUARE, estam-
pos del famoso barrio neoyorquino, por
Alfredo de los Ríos. 24
LAS VOCACIONES TARDIAS EN LA LITERA¬
TURA, una colaboración exclusiva ae Ma¬
nuel Calvez. 26
UNA ESCUELA DE DEMOCRACIA de cómo
un pueblo de las Estados Unidos se go-
bierna a si mismo, por Valentín de Pedro Z8
ACTUALIDADES GRAFICAS. 30
EL REGRESO, cuento de guerra, por F. Gor-
cío y .. 32
CORDOBA RELIGIOSA, crónica de divulgo-
ción argentina, por Juan J. Ortiz Bonn 9 1 *
SIN COMPAS NI RITMO, sección recretotiva. 38
EL SALVAMENTO, cuento dramático, por
Emilio Pérez Fernández. w
Págs.
ALMAFUERTE, DIBUJANTE en tomo a un
aspecto casi desconocido de la personalidad
de Pedro B. Palacios, por Tibor Sekel)... 42
NUESTROS HUMORISTAS. - ADOLFO MAZ-
ZONE. 44
AQUEL DIA PERDIMOS EL PARAISO, re-
cuerdos de Ginebra, por Cloro Compoomor 46
COMO rUE INSTITUIDO EL CENACULO DE
LA 80HEMIA, un episodio de "Escenas ce
la vida bohemia", lo popular obro de En¬
rique Murger. 90
PARA MATAR EL TIEMPO, palabras cruzo-
das problemas, jeroglíficos, etc. 98
AQUI LE CONTESTAMOS, correo de LEO- ^
Ilustraciones de: Valencia, Liso, Rechoin Vol-
divia y Arteche. Historietas de: Cao, Tim, Borto,
Toonder, González Fossat, etcétera.
Fotografías y chistes de ^diversos autores.
En el próximo número DOS OBRAS FAMOSAS COMPLETAS:
UN INVIERNO DE MI VIDA, e». máximo gork.
EL COMENDADOR, po, CAMILO CASTELLO-BRANCO
ENRTfcuRGER ♦ PEDRO ANTONIO DE ALUCON ♦ EDUARDO MALLEA ♦ NICETO ALCALA ZAMORA ♦ GIOVANNI VERGA ♦ MARX TWAIN, etc.
___ .. eruTtvnC FU TODO EL PAIS
ENRIQUE MURGER » PEDRO ANTONIO DE ALAKtun * umwhuu —— ~-
"LEOPLÁM" APARECE El 1« DE AGOSTO - 30 CENTAVOS EN TODO El PAIS
EL CUENTO FANTASTICO gfl9 PggQ gO<?POPO POOOOOOCOP O O O(
.«■8 0 B P .P- C -P.g ggXKHggflgg P P.P.ftJLfl PPPPP.gg P.g.P<L0 a
EL E/PEqiriEIlTI DEL
E L anciano doctor Héidegger, hombre muy
original, inviró una vez a cuatro amigos
suyos para que se reunieran en su estudio.
Eran tres caballeros de barba blanca: el señor
IMcdboume, el coronel Kílligrew y el señor
Gaseoigne; V una ajada señora, la viuda Wy-
chcrly. Todos ellos eraii^ viejos y mclancó-
heos personajes, que habían sufrido infortu¬
nios durante su vida, y cuya mayor desgra¬
cia consistía en que no gozaban' tiempo ha '
del reposo de la tumba. Til señor Médboumc
había sido en el vigor de su edad un prós¬
pero comerciante; mas perdió toda su for¬
tuna en especulaciones arriesgadas y era por
entonces poco menos que un mendigo. El
coronel Kílligrew había malgastado sus me¬
jores años, su salud y su energía en pecami¬
nosos placeres que le produjeron multitud
de incomodidades, como la gota y otros va¬
rios tormentos de cuerpo y alma. El señor
EGascoigne era un político arruinado, hombre
oc mala fama, que le había perseguido hasta
que el tiempo le borró de la memoria de la
presente generación, haciéndole obscuro en
vez de infame. En cuanto a la viuda Wy-
chcrly, contaba la tradición que fue una be¬
lleza en sus días; mas habla vivido largo
tiempo en profundo aislamiento a causa de
ciertas historias escandalosas que levantaron
contra ella la opinión de Ja sociedad. Es dig¬
na de mencionarse la circunstancia de que los
tres viejos «baílenos, el señor Médbourne,
el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne,
habían sido en otro tiempo pretendientes de
la viuda Wychcrly, y estuvieron una vez a
punto de cortarse el cuello por gozar del
privilegio de su amor. Y antes de proseguir,
quiero también dejar apuntado que se susu¬
rraba que tanto el doctor Héidegger como
sus cuatro invitados se encontraban a veces
algo fuera de sus cabales; cosa no del todo
sorprendente tratándose de personas ancia¬
nas atormentadas por actuales sufrimientos
o por angustiosas remembranzas.
- -Mis antiguos y Queridos amigos - dijo
el doctor Hcideggcr, haciéndoles tomar asien¬
to deseo que me ayudéis en uno de los
pequeños experimentos con que acostumbro
divertirme a solas en mi estudio.
Si liemos de dar fe a la historia, el estudio
4. e J doctor Héidegger era un sitio de los
mas curiosos: una obscura cámara, amuebla¬
da a la antigua, festoneada de telarañas y cu¬
bierta de polvo desde tiempo inmemorial.
glpoy ados contra el muro veíanse varios es¬
tantes de roble, cuyos anaqueles inferiores
estaban Henos de infolios gigantescos y libros
góticos en cuarto, mientras la parte superior
guardaba los' pequeños libros en duodécimo
con cubierta de pergamino. Sobre el estante
central había un busto de Hipócrates con el
cual, según fuentes autorizadas, acostumbraba
sostener consultas el doctor Héidegger en
todos los casos difíciles de su profesión. En
el rincón más obscuro del aposento, había un
armario Je roble, alto y estrecho, a través
de cuya entreabierta puerta se divisaba con¬
fusamente un esqueleto. En el espacio com¬
prendido entre dos estantes pendía un espejo
mostrando su alta >• empolvada superficie
‘ dentro de un deslustrado marco dorado. En-
>-tre muchas otras historias maravillosas que
■ se relataban acerca de este espejo, decíase
■ las almas de rodos los pacientes difuntos
B¡dcl doctor habitaban dentro de su vera, y se
■ encaraban con él siempre que miraba en
■ trs
aquella dirección. El lado opuesto de la cá¬
mara c^aba decorado con el retrato de cuer¬
po entero de una joven dama, vestida de raso,
seda y brocado en descolorida magnificencia,
y con semblante tan pálido como su atavío.
Hacía medio siglo que el doctor Héidegger
estuvo a punro de casarse con la joven seño¬
ra; mas sucedió que, afectada de ligero ma¬
lestar, tomó una de las recetas de su prometi¬
do y, murió en la mañana de las bodas. Que¬
da aún por mencionar la principal curiosidad
del estudio: un enorme infolio, encuadernado
en cuero negro y cerrado con pesados bro¬
ches de plata. No llevaba letras en el lomo
y nadie podía decir el título de la obra Pero
sabíase perfectamente que era un libro de
magia, y una vez que lo agarró una camarera,
simplemente con la idea de quitarle el polvo,
el esqueleto se removió en su armario, el
retrato de la dama colocó un pie sobre el pa¬
vimento y «ríos rostros de fantasmas asoma¬
ron en el espejo; en tanto que la bronceada
cabeza de Hipócrates fruncía el ceño y de¬
cía: “¡Detente!”
Tal era el estudio del doctor Héidegger.
En la tarde de estío a que se refiere nuestra
historia, había una pequeña mesa redonda,
negra como el ébano, en el centro de la habi¬
tación, sosteniendo un ánfora de cristal cor¬
tado, de bella forma y delicado trabajo. Los
rayos del sol penetraban a través de la ven¬
tana, entre ios pesados festones de dos cor¬
tinas de damasco descolorido, y caían discre¬
tamente sobre el ánfora; de manera que un
Suave resplandor se reflejaba en los cenicien¬
tos rostros de los cinco viejos reunidos eu
torno. También había cuatro copas de cham¬
paña sobre la mesa.
, , - ^is antiguos y queridos amigos — repi¬
tió el doctor Héidegger ¿puedo confiar
en vuestra cooperación para realizar un expe¬
rimento extremadamente singular?
Hay que advertir que el doctor Héidegger
era un viejo caballero muy original, cuyas
excentricidades habían llegado a ser la base
de mil fantásticas historias. Es posible que al¬
gunas de estas invenciones, dicho sea para
vergüenza mía, puedan remontarse hasta mi
propia y verídica persona; de modo que, si
algunos pasajes de este cuento chocan con la
credulidad del lector, soportaré gustosamen-
mente el estigma de novelero.
Cuando los cuatro visitantes oyeron hablar
ai doctor de su famoso experimento, no ima¬
ginaron maravilla mayor que la muerte de un
ratón por medio de alguna bomba neumá¬
tica, el examen de cualquier basura en ci mi¬
croscopio, o alguna otra tontería por el es¬
tilo, con las que tenía el hábito de importu¬
nar a sus amigos. Mas, sin aguardar respues¬
ta, el doctor Héidegger atravesó renquean¬
do la habitación y volvió con aquel enorme
infolio encuadernado en cuero negro, que la
opinión general declaraba ser un libro de
magia. Desabtochando las plateadas cerradu¬
ras, abrió el volumen y sacó de entre sus gó¬
ticas páginas una rosa o lo que fué alguna
vez una rosa, pues que entonces las verdes
hojas y pétalos de púrpura habían adquirido
un tono, pardusco, y la flor entera parecía
a punto de convenirse en polvo entre las ma¬
nos de] doctor.
—Esra rosa — explicó suspirando el doctor
Hcideggcr —, esta misma rosa que veis aquí
marchita y casi deshecha, floreció hace cin¬
cuenta y cinco años. Me la dio Silvia Ward,
cuyo retrato pende allí; y yo pensaba llevar¬
la sobre el pecho el día de nuestras bodas.
Cincuenta y cinco años la he conservado como
un tesoro entre las páginas de este viejo libro.
Ahora bien; ¿creeríais posible que esta rosa
de medio siglo pudiera revivir alguna vez?
— ¡Qué ocurrencia! — exclamó la viuda
Wycherly con un impertinente movimiento
de cabeza -. ¡Podríais preguntar igualmente
si un rostro arrugado de vieja puede reju¬
venecerse alguna vez!
—¡Mirad! — respondió el doctor Héi¬
degger.
Descubrió el ánfora y echó la rosa seca en
el agua que allí había. Al .principio se man¬
tuvo la flor en la superficie, sin absorber na¬
da de humedad, aj parecer. Pronto, sin em¬
bargo, pudo notarse un cambio singular. Los
arrugados y secos pétalos se agitaron, adqui¬
riendo un tinte carmesí más vivo, como si la
flor despenara de algún sueño mortal; cí es¬
belto tallo y las ramitas de follaje tomaron
tonos verdes; y por último la rosa de medio
siglo atrás apareció tan lozana y fresca copio
cuando Silvia Ward la obsequió a su prome¬
tido. Apenas si lucía completamente abier¬
ta; pues algunas de sus delicadas hojas en¬
camadas apretábanse todavía modestamente
sobre su húmedo seno, donde brillaban dos
o tres gotas de rocío.'
—Es ciertamente una linda ilusión óptica.
- dijeron descuidadamente los amigos del doc¬
tor, pues habían presenciado mayores mila¬
gros en espectáculos de prestid ¡giración
haced el favor de mostramos de qué manera
se realiza.
— ¿Habéis oído hablar alguna vez de la
Fuente de la Jteventud? — preguntó el doc¬
tor Héidegger ¿aquélla que fué a buscar
Ponce de León, el aventurero español, hará
dos o tres centurias?
—Pero ¿1a encontró al fin Ponce de León?
- preguntó la viuda Wycherly.
-No - respondió el doctor Héidegger -,
porque nunca la buscó en su verdadero sitio.
La Fuente de la Juventud, si estoy bien in¬
formado, se encuentra situada en la parte me¬
ridional de la península de la Florida, no le¬
jos del lago Macaco. Su manantial está som¬
breado por varias magnolias gigantescas, que
aun cuando cuentan innumcraolcs siglos se
conservan tan frescas como rieleras, por la
virtud de esta agua maravillosa. Un nmico
esta agua maravillosa. Un amigo
mío, conociendo mi afición a esta <-1^ ‘de
estudios, me ha enviado la que veis en aquel
vaso. •
TmrúY° o o o o o tnmnsya-(mnnrnrrtnnr^ esas trmnrm
-¡F.jetn! — murmuró el coronel Küligrcw,
que no creía una palabra de Ja historia del
doctor y ¿cuál sería el efecto de este lí¬
quido en la naturaleza humana?
—Podéis juzgarlo por vos mismo, mi que¬
rido coronel — replicó el doctor Héideg-
K cr — i Y vosotros todos, mis respetados ann-
gos, sois los bienvenidos para beber de este
líquido maravilloso la cantidad necesaria para
devolveros el brillo de la juventud. Por mi
parte, he tenido tantos disgustos antes de cn-
veiecer, que no tengo prisa de volverme jo¬
ven otra vez/ Con vuestro permiso, observ aré
solamente los progresos del experimento.
Mientras hablaba, llenaba el doctor Héi¬
degger las cuatro copas de champaña con el
agua de la fuente de la juventud. Parecía im¬
pregnada de algún gas efervescente, porque
continuamente ascendían pequeñas burbujas
desde el fondo de los vasos y estallaban en
Tnnnnnnnf
oooooo<H> 9fl°°«°°c°°° tilSLSLMSLSiJLSLSLSLSLSL.
MCTCR HEIOECCER
Por XATHAXIEL BAWTHOMtXE
¿SLSIJI. SS . ^W JULSLJLSLSLJ^^
5 lateado rocío en la superficie. Gomo el
quido difundía agradable perfume, los
viejos personajes no vacilaron en creer
^ que poseyera propiedades cordiales y re¬
confortantes y, aun cuando escépticos
con respecto a su poder rcjuvenccedor,
sentíanse inclinados a bcbcrlo inmedia¬
tamente. Pero el doctor Héidegger les
detuvo por un momento.
—Antes de que bebáis, mis respetables
y antiguos amigos — diio —, sería con¬
veniente que. con la experiencia que
habéis adquirido durante vuestra vida,
adopearais algunas reglas generales de
conducta al afrontar por segunda ver
los peligros de la juventud. ¡Pensad que
seria un crimen v una vergüenza si, con
las ventajas especiales de que vais a dis¬
frutar, no fuerais modelo de virtud y
de sabiduría para todos los jóvenes de
vuestra edad!
Los cuatro venerables amigos del doc¬
tor, sólo Respondieron con una débil y
trémula carcajada; can ridicula les pa¬
reció la idea de que, conociendo cuán
próximo sigue el arrepentimiento las
huellas del error, hubieran de extraviar¬
se nuevamente.
—Bebed entonces — dijo el doctor in¬
clinándose —. Me regocijo de lubcr ele¬
gido con tanta discreción los sujetos pa¬
ra mi experimento.
Con temblorosas manos levantaron las co¬
pas hasta sus labios. Si el licor poseía en rea¬
lidad las virtudes que le atribuía el doctor
Héidegger, no podía emplearse en cuatro se¬
res humanos que lo necesitaran más lasti-
nKisamcnte.
Parecía que nunca hubieran tenido juven¬
tud ni placeres, que hubieran sido un pro¬
ducto anormal de la naturaleza, siempre las
mismas criaturas grises, decrépitas y sin sa¬
via. que se cppontraban en derredor de la me¬
sa del doctor, tan yertas de cuerpo y alma
que ni siquiera sentían entusiasmo ante la
idea ile rejuvenecer. Bebieron el agua y co¬
locaron de nuevo los vasos sobre la mesa.
Indudablemente pudo notarse al punto cier¬
ta animación en el aspecto de los invitados;
algo así como el efecto producido por un
. vaso de vino generoso, con un resplandor de
plsridad repentina que irradiaba en los cua¬
tro rostros a la par. Apareció un sonrosado
de salud en sus mejillas, reemplazando la pali¬
dez ferrosa que les hacía asemejarse a un ca¬
dáver. Miráronse unos a otros, imaginando
que algún mágico poder principiaba á bo¬
rrar en realidad la honda y triste huella que
el licmpo había grabado desde muv atrás
en su entrecejo. La viuda Wycherly arregló
su capota, casi sintiéndose mujer de nuevo.
» —¡Dadnos un poco más de esta agua ma¬
ravillosa! — exclamaron ansiosamente —. He¬
mos comenzado a rejuvenecer, pero estamos
todavía demasiado viejos. ¡Pronto, dadnos un
poco más!
— ¡Paciencia, paciencia! — dijo el doctor
Héidegger que, sentado, observaba los efec¬
tos del experimento con filosófica frialdad
Habéis .puesto largo tiempo para (laceros vie¬
jos. No dudo que os contentaréis con reju¬
venecer en un? hora. ¡Sin embargo, el agua
está a vuestra disposición!
Llenó las copas nuevamente con el licor de
la juventud, «leí cual quedaba lo bastante en
jei recipiente para volver tan jóvenes como
sus nietos a la mitad de los viejos de la ciu¬
dad. Mientras estallaban aún las burbujas en
el borde, los cuatro invitados de! doctor se
apoderaron de los vasos y bebieron el con¬
tenido de un solo sorbo. ¿Era ilusión, acaso?
No bien acababa de pasar el líquido por su
garganta cuando pareció presentarse un cam¬
bio en toda su naturaleza. Tomáronse sus
ojos claros v brillantes; una sombra oscura se
extendió sobre sus plateados rizos; y se cn-
o p.g-g-OJLfl-8-g_ajLa.ft fl flg.g.ajijiAdLiULiLS2-fi-a.a a o. sl.
pejo para observar si la pata de gallo y
las importunas arrugas marcadas largo
tiempo atrás habían desaparecido verda¬
deramente. Examinó si la nieve de sus
cabellos habíase fundido por completo y •
si podría echar atrás su capota con ente¬
ra seguridad. Al fin. volviéndose alegre¬
mente, avanzó hacia la mesa en una es- *
pecie de paso de baile. 0
— ¡Mi viejo y querido doctor! - c\-
clamó , ¡por favor, brindadme otro
vaso!
— ¡Ciertamente, mi querida señora,
derrámente! — replicó el complaciente
doctor —. ¡Mirad! Ya tenía los vasos
llenos.
En efecto, los cuatro vasos aparecían
llenos hasta el borde de aquella agua
maravillosa, cuyo delicado rocío, efer¬
vescente en la superficie, semejaba el
rrén-.nlo chispear de diamantes. Estaba
contraran reunidos en tomo de la mesa del
doctor Héidegger tres caballeros de mediana
edad y una dama salida apenas de la primera
juventud.
—¡Mi querida viuda, estáis encantadora!
— exclamo el coronel Kílligrcw, que habla
conservado la mirada fija sobre el rostro de
la señora, mientras las sombras de la edad se
desvanecían como la obscuridad ante la auro¬
ra de un nuevo día.
La hermosa viuda sabía desde largo tiem¬
po atrás que los elogios del coronel Kílligrew
no siempre se basaban en la estricta verdad;
así, saltando de su asiento se abalanzó al es¬
pejo, temiendo aún que sus miradas tropeza¬
ran con el feo rostro de una mujer de edad.
Entretanto los tres caballeros se comportaban
de manera ral que daba lugar a creer que el
agua de la fuente de !a juventud poseía cier¬
tas cualidades espirituosas; a menos que la
exaltación de sus ideas fuera simplemente el
alegre desvanecimiento producido por la sú¬
bita desaparición del peso de los años. La ima¬
ginación del señor Gascoigne parecía enca¬
minarse a temas políticos; mas no era fácil
determinar si sus elucubraciones se referían
al pasado, al presente o al futuro, pues que
las mismas ideas e idénticas frases habían es¬
tado en boga durante los últimos cincuenta
años. Ya enunciaba a plena voz proposicio¬
nes sobre el patriotismo, la gloria nacional y
los derechos del pueblo; ya musitaba algunos •
planes atrevidos en receloso y taimado mur¬
mullo, tan cautelosamente que ni siquiera su
propia conciencia llegara a apoderarse del se¬
creto; o expresábase de nuevo con acento
mesurado V docta entonación de orador, co¬
mo si oídos reales escucharan los bien redon¬
deados períodos de su arenga. El coronel Ki-
lligrew entonaba al mismo tiempo una alegre
canción báquica, tamborileando en su vaso
el compás del coro, mientras sus ojos vaga-
barí sobre el risueño semblante de la viuda
Wycherlv. Al otro lado de la mesa el se¬
ñor Médboume sumíase en profundos cálcu¬
los de dólares y centavos, que tenían que ver
particularmente con un proyecto para pro¬
veer de hielo a las Indias Orientales o equi¬
par un tiro de ballenas para los témpanos po¬
lares.
, En cuanto a la viuda Wycherlv, permane¬
cía frente al espejo haciendo monadas y corte¬
sías a su propia imagen y saludándola como
al amigo más amado que existía en el mundo
para ella. Acercó su rostro muy junto al es-
ya tan próximo el ocaso que la habita¬
ción se hallab? más sombría que nunca;
pero un resplandor suave, análogo al de
la luna, emanaba de la ánfora, reposán¬
dose por igual sobre los cuatro invita¬
dos y sobre la figura venerable del me¬
dico. Sentóse éste en un sillón de roble,
de alto respaldar y primorosamente ta¬
llado, con tal aire de antigua majestad
que habría podido caracterizar al Tiem¬
po, cuyo poder jamás había sido discutido,
salvo por esta afortunada tertulia. A pesar de
que bebían ansiosamente en aquel momento
la tercera copa del licor de la fuente de la
juventud, sintiéronse casi atemorizados por
la misteriosa expresión de la fisonomía del
doctor Héidegger.
Pero pronto la alegre efusión de la juven¬
tud cundió por sus venas. Hallábanse ahora
en la dichosa adolescencia. Recordaban la
vejez, con su séquito miserable de preocupa¬
ciones. sufrimientos v enfermedades, tan sólo
como un sueño desaeradable del cual acaba¬
ban de despertar alegremente. La frescura
de alma, perdida tan temprano, v sin la cual
las escenas sucesivas de la vida eran única¬
mente una colección de cuadros descoloridos,
prestaba otra vez su encanto al porvenir. Sin¬
tiéronse como seres nuevos creados en un
universo nuevo.
-¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes! — ex¬
clamaban en su éxtasis.
La juventud, al igual que la vejez, borraba
los caracteres fuertemente marcados de la
edad mediana y asimilaba mutuamente a to¬
dos aquellos personajes. Era un grupo de
muchachos alegres, casi enloquecidos con el
regocijo exuberante de sus pocos años. El
efecto más singular de su alegría era el im¬
pulso de mofarse de las enfermedades y la
decrepitud de que habían sido víctimas hasta
hacía pocos instantes. Reían locamente de su
extravagante atavío, de las chaquetas de am¬
plios faldones y los chalecos flotantes de los
jóvenes, y de la antigua capota y vestimenta
exótica^ de la deslumbrante señora. Uno de
ellos púsose a cojear alrededor del cuarto co¬
mo un abuelo gotoso; otro colocó en su na¬
riz un par de gafas, pretendiendo descifrar
las góticas páginas del libro de magia; el ter¬
cero tomó asiento en una gran silla de brazos
y procuraba imitar la venerable dignidad del
doctor Héidegger. Todos alborotaban rego¬
cijadamente, saltando en tomo de la habita¬
ción. La viuda Wycherlv (si una damisela
tan fresca podía llamarse viuda) se acercó
bailando ágilmente hasta la silla del doctor,
con el sonrosado rostro brillando de malicio¬
sa alegría.
-¡Doctor, viejo y querido corazón mío.
levantaos y danzad conmigo! — exclamó. Y
entonces los cuatro jóvenes rieron nías estre¬
pitosamente que nunca al pensar en la ex¬
travagante figura que haría el pobre viejo
doctor.
^ r» o n o o O O O O O
—Os ruego dispensarme — respondió el
doctor tranquilamente Estoy viejo y reu¬
mático y mi tiempo de bailar concluyo mu¬
chos años ha. Pero cualquiera de estos jo¬
venes sera muy feliz de tener tan linda pa-
% re '-J¡ Bailad conmigo, Clara! - gritó el coro¬
nel Kílligrew.
* _¡N T o, no; yo seré su compañero! -pro¬
firió el señor Gascoigne. _
-¡Fui su prometido hace cincuenta anos!
— exclamó el señor Médbourne.
Todos se agruparon en tomo de ella. Uno
asió sus dos manos con impulso apasionado;
otro, pasó el brazo en derredor de su talle; el
tercero hundió la mano entre los sedosos rizos
que asomaban debajo de la capota de la da¬
ma. Sonrosada, palpitante, luchando, nnendo,
riendo y lanzando por tumo su aliento ardo¬
roso a la faz de cada uno dé los pretendien¬
tes, hacia ella ademán de desprenderse, mas
sin lleear a librarse del triple abrazo. Nunca
se había presenciado cuadro más vivo de ri¬
validad juvenil con hermosura tan hechicera
como galardón. Sin embargo, por extraña ilu¬
sión, debida a la oscuridad de la cámara y a
los antiguos vestidos que aun llevaban los
invitados, se dice que el gran espejo refleja¬
ba la figura de los tres ancianos, canosos y
ajados abuelos, contendiendo por la fealdad
angulosa de una vieja encogida y arrugada.
Pero eran jóvenes: por lo menos sus pa¬
siones lo demostraban. Inflamados hasta la
locura por la coquetería de la damisela viuda
que no otorgaba ni rehusaba por completo
sus favores, los tres rivales comenzaron a cru¬
zar - amenazadoras miradas. Sujetando ct*n
una mano el anhelado galardón, echaron la
otra mutuamente a sus gargantas, Uenos de
rencor. Mientras luchaban aquí y alia, cayo
la mesa, destrozándose el vaso en mil frag¬
mentos. La preciosa agua de la juventud co¬
rrió en brillante arroyo sobre el pavimento.
• humedeciendo las alas de una mariposa» en¬
vejecida al declinar del verano y que había
venido a morir allí. El insecto voló ligera¬
mente a través de la habitación y fué a colo¬
carse en la nevada cabeza del doctor Het-
degger.
-¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid mada-
me Wycherly! - exclamó el doctor - Tengo
que protestar seriamente de este tumulto.
Aquietáronse y se estremecieron; porque
parecía que el Tiempo gris les llamara hacién¬
doles retroceder de su luminosa juventud,
* muy lejos, hasta el helado y obscuro valle de
los años. Miraron al doctor Héidegger. quien
tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo
la rosa de medio siglo que había recogido
entre los fragmentos del estrellado vaso. A
un movimiento de su mano, los cuatro re¬
voltosos asumieron sus asientos a la mayor
brevedad, pues' su violento ejercicio había¬
les fatigado en extremo, a pesar de la juven¬
tud de que creían disfrutar. #
— ¡Mi pobre rosa de Silvia! — exclamo el
doctor Héidegger. exponiéndola a la luz de
las nubes del poniente -; parece que se mar¬
chita otra vez. . ,
Y así era en verdad. Bajo las miradas de la
reunión continuó ajándose la flor hasta que
apareció tan seca y frágil como cuando el
doctor la había arrojado en el vaso. Sacudió
el anciano las pocas gotas de rocío que aun
pendían de sus pétalos. ,
-La amo tanto ahora como en su húmeda
frescura — observó <1 doctor, oprimiendo la
marchita rosa contra sus labios ajados. Mien¬
tras hablaba, la mariposa voló otra vez de su
nevada cabeza y cayó sobre el pavimiento.
Los invitados se estremecieron de nuevo.
Una frialdad extraña, que no sabían si atri¬
buir al cuerpo o al espíritu, apoderábase de
ellos gradualmente. Se miraron unos a otros
e imaginaron que cada minuto que se escapa¬
ba arrebatábales un encanto, y dejaba en su
semblante surcos más profundos donde nada
se notaba en el momento precedente. ¿Era
acaso una ilusión? ¿El cambio de una vida
entera limitábase a tan breve espacio, y
ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo
amigo, el doctor Héidegger?
-¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra
vez ? _ exclamaron dolorosamente.
Asi era en realidad. El agua de la juventud
poseía solamente virtudes más pasajeras que
las del vino. El delirio que creaba había des¬
aparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con im¬
pulso repentino, que demostraba que era aún
mujer, la viuda oprimió sus flacas manos con¬
tra su semblante, deseando que la tapa del
ataúd cayera sobre ella, ya que no podía vol- «
ver a ser hermosa.
-Sí. amigos míos; sois viejos otra vez -
dijo el doctor Héidegger-: y, ¡ay!, el agua
de la juventud se ha derramado toda por el
suelo. Bien; no lo lamentaré; pues aun cuan¬
do la fuente brotara en los mismos umbrales
de mi puerta, mis labios no la habrían de to¬
car; no, aunque el delirio que produjera du¬
rase años en vez de algunos instantes. ¡Esta
es la lección que me habéis enseñado!
Pero los cuatro amigos del doctor no apro¬
vecharon para sí la lección. Resolvieron or¬
ganizar una peregrinación a la Florida y be¬
ber mañana, tarde y noche de la Fuente de
la Juventud. 3>
VIVA MEJOR
TOME GENIOL
CONTRA EL RESFRIO
Es ion iócil pescor" un resfrio y ton
poco lo imporioncio que se le dó!
Sin embargo, lo tiene y mucha, pues qn
simple resfrio puede ser couso de mu
chos moles Por eso. contro el resfrio
tome GENIOL
Lo triple formulo de G E N IO l oyudo
eficazmente o descongestionar los vías
respiratorios y. en consecuencio, a ««•
rninor más rápidamente el resfrio
GENIOL
CALMA, ENTONA Y DESCONGESTIONA
LUTERO FRENTE AL EMPERADOR ■ FRANCISCO I O “TODO SE HA PERDIDO..." ■ UN MONASTERIO EN LA VERA DE
¿Dónde podré huir, que .«rendida
un rato cea de mi lo erare carga
que oprime mi cerda enflaquecida?
(Gakctlaso de la Vega).
U na de las facetas más inte¬
resantes de la intensa vida
del que fue poderoso señor Car¬
los I de España y V de Alemania,
la constituye, sin duda alguna, su
voluntario retiro al Monasterio de
Vaste. ¿Cuáles fueron laS causas
que llevaron al emperador a aban¬
donar todas las riquezas y pom¬
pas de aquel maravilloso imperio?
Este monarca, que a la tempra¬
na edad de dieciséis años ciñó la
corona de España y a los dieci¬
nueve se vio dueño del imperio
"en donde jamás se ponía el sol”,
no encontró la felicidad hasta que
renunció, una tras otra, a todas las
coronas, para esconder sn melan¬
colía en la soledad de un monas¬
terio en la Vera de Plasencia.
Naturalmente, resultó agobiado-
ra al “imperador la carga de un
imperio que abarcaba España, Por¬
tugal, Bélgica, el Sur de Italia,
partes extensas de Francia, toda la
America Central y Meridional,
grandes posesiones en el Sur y
Oeste de los Estados Unidos, las
Islas Filipinas, Madera, Azores,
/
Cabo Verde, Guinea, Angola y las
Molucas, además de considerables
islas y territorios en el continente
asiático. Pero la causa de sus sin¬
sabores, de su prematura vejez,
fueron otras. Mas desazonaron al
emperador las pretensiones de
aquel “frailuco” astuto que se lla¬
mó Lutero.
Como paladín del cristianismo
que era, Carlos dedicó todo su
poder y toda su energía a com¬
batir sus intentos de mellar la
unidad de la Iglesia. Se mantuvo
firme en sus convicciones hasta
que, viendo que los odios amena¬
zaban seriamente a Europa, dió
una tregua a Lutero concediéndo¬
le audiencia. Por primera vez se
encontraron así, frente a frente,
los dos adversarios.
En esta ocasión, puso Carlos de
relieve sus dotes de gobernante.
Pocas y concisas fueron las pala¬
bras que mediaron entre ambos.
— ¿Estima — preguntó el empe¬
rador — que los Concilios Ge¬
nerales de la Iglesia pueden en¬
gañarse?
Lutero, pálido y nervioso, res¬
pondió con frases mal hilvanadas,
pidiendo que se le diera tiempo
para reflexionar.
Al día siguiente celebróse una
Los aposentos de San Jerónimo de
Tuste, en los cuales Carlos V fue "o
acabar la vida". "Grande celda pora
un fraile, corto albergue paro un Cé¬
sar"—expresó Axedo de la Berrueza.
Rodeado de sus relojes,
"Carlos Quinto, el es¬
forzado" — como dile¬
ra Campoamor—, des¬
cansa en el monasterio
de Yuste.
£
PLASENCIA • FUNERALES EN VIDA
’LEOPLAN"
ESPECIAL
tiempo ha cumplido
■o y hoy sólo quedan I
ñas del cloustro, invadid
jor los plantos silvestres.
El onsiodo retiro,
ol cual llegó el
monarca un día
desapacible de
1557, sufrió mucho
durante la guerra
de la Independen¬
cia. Este es su es¬
tado en la actua¬
lidad.
’ nueva entrevista en la que declaró resueltamente que no estaba de
i: acuerdo con los Concilios de la Iglesia.
En visca de ello. Carlos 1 reunió la dicta, manifestando, iracundo, que
iio toleraría la propagación de las doctrinas luteranas en sus dominios.
“Estoy resuelto — afirmó — a defender esta causa sagrada (la religión
I católica) con mis dominios, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi
vida y mi alma”.
El emperador no tuvo un remanso en su vida. Cuando no era
Luterc», era Francisco I, y cuando no éstos, los turcos y moriscos.
¡ Fácil es. pues, comprender la razón de su carácter taciturno. Amaba
h paz, y sin embargo no pudo gozar de ella hasta que, agotado y en¬
fermo. se retiró a Yuste.
Estando en Granada pasando su luna de miel con Isabel de Portu¬
gal, debió abandonar la bella ciudad de la Alhambra, por la que sentía
especial estima, dejando a su esposa, a quien, como es sabido, quería
entrañablemente. ¡De nuevo la guerra iba a enturbiar sus pocos mo-
mentes felices:
l’ De las innumerables batallas <}ue sostuvo España contra Francia,
| F ninguna tan cruenta y decisiva como la de Pavía. •
q El 7 de agosto de 1524, las fuerzas imperiales al mando del príncipe
I Borbón, ponen sitio a Marsella. Francisco I, con su impulsivo carácter,
ordena la destrucción de todos los pueblos vecinos y exige la defensa de
la plaza, a cuyo efecto había enviado de antemano una guarnición con¬
siderable.
Las tropas imperiales, exhaustas y sin víveres, no tienen otro reme¬
dio que levantar el sitio, refugiándose en Italia.
Creyó el emperador que esta victoria dejaría satisfecho a su rival,
i ; Mas no fué así. Por el contrario, alucinado por este éxito militar,
¡V Francisco I organizó sus ejércitos y atacó a Milán, la codiciada ciu¬
dad, de la que se había apoderado una terrible epidemia. Esta y la
' reciente derrota sufrida en Provenza contribuyeron grandemente a que
- las tropas españolas abandonaran la ciudad, amparándose en Lodi. El
bizarro oficial español Antonio de Leiva, con seis mil hombres, se
refugió en Pavía. Así quedó copado el ejercito imperial, con la ame¬
naza de perecer por falta de víveres. Confiaba el monarca francés que
os cercados acabarían por rendirse. Esta confianza excesiva le costó
muy cara.
El jefe de los españoles. Marqués de Pescara, con su genio estraté-
í jico decidió dar un golpe de sorpresa e ir a tiempo en socorro de los
. i fiados en Pavía. Hizo poner sobre los uniformes de sus soldados am¬
ibas camisas blancas, con el fin de hacerlos menos visibles, ya que el
1 >aís estaba cubierto de nieve. AJ grito de “¡Sar"ieío y España!” ata-
! raron los “encamisados” con un empuje tan arre .Jor que pronto los
I rancescs fueron dominados.
¡i Pereció en esta sangrienta batalla la flor y nata de los hidalgos fran-
1 eses, que demostraron un heroísmo digno de Bavardo, “el caballero
1 t in tacha y sin miedo”.
i t Francisco I fué hedió prisionero. Condújosele a un castillo de Lom-
| 1 «urdía. recibiendo todos los honores que su real persona merecía. Es
F*i nesde allí desde donde, dolorido por la derrota, escribe a su madre aque-
1 ya famosa carta en la cual dice: “todo se ha perdido menos el honor”.
seguido de: “y la vida que se ha salvado”, que cambia totalmente el
sentido de la tan mentada frase histórica.
Llevado a Madrid ante Carlos V, éste hizo gala de su nobleza esme¬
rándose en atender debidamente al prisionero. Al cabo de un año con¬
cluyóse un tratado entre ambos monarcas, por el cual Francisco I re¬
nunciaba a todas sus pretensiones en los Estados de Milán, Genova,
Artois v Hainaut, además de otras condiciones. Una vez libre el sobe¬
rano francés, hizo caso omiso del tratado, recrudeciéndose las hosti¬
lidades.
Viene después aquel ruidoso desafío que Carlos dirigió al soberano
francés, en el que le llamaba ¡¿sebe et mecbant (bellaco y vil), por
no haber cumplido el tratado firmado en Madrid, proponiéndole zan¬
jar sus antagonismos en un duelo “para bien de la paz del mundo”.
Francisco no se dió por enterado de este reto.
La vida del emperador no está colmada de aventuras románticas como
la de otros monarcas, contrastando con la de Enrique VIII, que escan¬
dalizaba al mundo en aquella época. Quieren algunos ver en Catalina
de Blomberg su gran pasión; mas en realidad éste sólo fué un romance
pasajero, gracias al cual España se vió avalorada con el genio militar
de don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, esta batalla que tan¬
tos poetas han narrado en floridos versos. Su matrimonio con Isabel
de Portugal le dió tres hijos, María, Juana y Felipe. Tuvo, además, an¬
tes de casarse, dos hijos bastardos, Margarita y el célebre don Juan
de Austria
El emperador amó mucho a España. Su carácter llano y cordial lo
hacía accesible al pueblo. Numerosas son las anécdotas que han que¬
dado en la Historia. Así cuéntase que en cierta ocasión, pascando por
una carretera, entabló conversación con un aldeano. Como el pobre la¬
briego no sabía con quién estaba hablando, se puso a lanzar terribles
improperios contra los impuestos que el pueblo sufría. Cuando, a! fin,
Carlos se dió a conocer, el buen hombre, en lugar de azararse, exclamó:
“¡Si lo sé antes, mucho más le digo!”
El 13 de febrero de 1557, el sueño dorado del emperador se plasma
en realidad. El ansiado redro, lejos de la fastuosidad de la corte y del
ruido de las batallas, se alza en lo mis recóndito de la Vera de Pla-
scncia, medio envuelto por la bruma. Es el monasterio de San Jeró¬
nimo de Yuste, lugar elegido por Carlos V, quien había ya dispuesto
la construcción de una casa pegada al convento. A tal efecto, escribió
una carta al prior de los jerónimos, en los siguientes términos:
“Deseo retirarme entre vosotros d acabar la vida y por etso querría
que me labracedes unos aposentos en San Jerónimo de Yuste y por lo
que fuera menester acudireys al secretario Juan Vázquez de Molina
que él procurará dineros por lo cual os embio el modelo de la obra...”
Un día desapacible de febrero, Carlos V ve desde su litera la silueta
del viejo monasterio. Esta era la única recompensa que por sus fati¬
gas y desazones ansiaba recibir. Tuvo cuanto quiso, menos una cosa:
la soledad. ¿Acaso rio la había ganado? Allá quedaba un imperio res¬
plandeciente que podía responder. Una civilización y una fe para el
mundo entero. La ardua urca tocaba a su fin.
Solitario y silencioso, el monasterio de Yusre se halla enclavado, cual
un oasis, entre peladas sierras blancas y guijarrosas. La villa más cerca-
i
1 »*
o
na es Cuacos, que dista unos dos kilómetros. Un poeta extremeño. Ga¬
briel Azedo de la Berrueza, escribió unos versos de mucho colorido
sobre la vida del emperador en Vusté. Dice asi una de las estrofas.
Yace en la valiente España
Un gran pedazo de tierra
Dulce olvido de los hambres
En la Vera de Plasencia ...
cirio al sacerdote como ofrenda a
Dios. ,
Pasaba los días plácidamente, ro¬
deado de sus relojes favoritos, que
luego mencionó Campoamor:
Carlos Quinto, el esforzado,
Se encuentra asaz divertido
De cien relojes rodeado
Cuando va, en Yuste olvidado.
Hacia ti remo del olvido
Aquí pues, donde el rigor
Del tiempo no se respeta,
Por ser alba todo el día,
Todo el año primavera,
Se vino el emperador
Por gozar 'en esta tierra
Del cielo . más favorable...
El palacio en que moró Carlos V y que hoy esti semiderruído. su¬
frió mucho en la^ucm de la Independencia, intentóse
sin éxito El edificio contiguo al convento constaba de cuatro amplios
salones, situados dos a cada lado de un corredor. En cl ala izqmcrd^
hihía una eran habitación, que el emperador destinaba para recibir las
pícS queiban a turir su sosiego. En la
su modesto aposento, muy sobriamente decorado. La ^ e ^ recha
comprendía el comedor y la cocina. Era tal la austeridad deja vrnenda,
que Azedo de la Berrueza asi la expresa:
Leía mucho y hablaba muy poco:
las palabras precisas. San Francisco
de Borja, antes poderoso Duque de
Gandía, lo acompañaba a menudo
en sus paseos por el huerto. Su hijo
Felipe 11 pedíale consejos frecucnte-
r _ A* anhiemo.
reupe u pcuwit —---
mente sobre asuntos de gobierno,
que el emperador le hacía llegar en
Los animosos naranjos,
Cidros y limoneros trepan
Por meterse en las ventanas
T admirando las grandezas
No del cuarto de su dueño
Van diciendo en agrias lenguas
“Grande celda para un fraile
Corto albergue para un Cesar .
extensas cartas.
Una tarde de agosto, mientras co¬
mía en la azotea del monasterio, le
sobrevinieron unos escalofríos que
le causaron fiebre, por lo que de¬
bió acostarse, ¡ay!, para no levantar-
“ fta, p¡d. »« cn.c¡f¡¡p y, dWgimdo
Esto fue lo última visié» que
mundo tuvo Corlo» V ontes de exho-
lo, e | postrer aliento: los costoños
a troves de lo ventano de su ce—*-
¿Qué vida hizo el emperador los 18 meses que pasó en el reriro?
Mucho se ha fantaseado. No es cierto, por ejemplo, que cambiara su
aue Carlos ordenó a los Padres Jerónimos del monasterio celebrar
ruar una misa de réquiem por su alma, ademas de las que encargara
por sus familiares desaparecidos, pero can sólo se limito a entregar un
en El Escorial, sepulcro de keyes. Su obra cristiana y civilizadora ha
capitaneado en el mundo hasta nuestros días. Su figura fue tan grande
que únicamente puede ser comparado a Cariomagno.
Frente a la cerca del Monasterio, y junto a una cruz, ha Y - —
oído de piedra con las armas de Carlos V, y debajo una inscripción
qU “£«Trtd santa casa de San Jerónimo se retiró a acabar su vida el que
todo lo gastó en defensa de la Fe y conservación de la Justicu, Carlos
V, Em^rador, Rey de las Espolias, cnstiamssmio, mvtctistmo. Murtá
a 21 de setiembre de- ^
COLONIA RUSA
de PREAL
l’cUEnYo HUMORISTICO
K0STI
I
Ufo querían los otros niños al pequeño
Kostia, que era quebradizo y tenía la
ira transparente, y llevaba siempre sus rizos
istmos despeinados... No, no lo querían.
¿Por qué?
Seguramente debido a la misma causa por
cual los mayores no quieren a los mayores
[nejantes al Kostia pensativo y de ojos ciá¬
is. Un bando y otro se diferencian única-
iente por la edad; pero el desamor subsiste...
Casi todos los niños repelían por igual a Kos-
i; en cnanto se acercaba a un grupo de chicos
chicas, s¿ levantaba un grito unánime:
-jFucrt, fñera! ¡Largo de aquí, no te que-
mos! ■'
Después de permanecer un instante ¡unto a
ellos, suspiraba y probaba a comenzar de un
modo suave e indeciso:
—Nuestro portero estaba en el patio hacien¬
do un hoyito para plantar un árbol y la pala-
chocó contra algo duro. Miraron y eran hue¬
sos, una calavera y una arqueta de hierro...
La abrieron, y en ella...
—¡Largo de aquí, no te hace falta saber¬
lo..siempre viene con nosotros!...
De nuevo suspiraba sumisamente, retirábase a
un lado, y tomando asiento en un banco del
parque que calentase el sol, se ensimismaba...
Un señor ocioso que estaba a su lado, con¬
movido por su aspecto melancólico, dejó caer
su mano pesada sobre su cabeza, quebradiza
como cáscara de huevo, y le preguntó ama¬
blemente:
—¿Cómo te llamas, chico?
—Jim...
—¡Ah. vamos! ¿No eres aca¬
so ruso?
—No, inglés, sir.
—¡Vamos, vamos! ¿Y cómo
hablas tan bien el ruso?
—Es que huimos de Londres
cuando era aún muy pequeño.
—¿Huisteis? ¿Qué dices?
¿Qué os obligó a huir?
Los pensativos ojos del ni¬
ño se elevaron hacia el cielo.
Seguían el paso de las nubes
que navegaban a inconmensu¬
rable altura.
—¡Oh! Es una historia difí¬
cil, sir; el caso es que mi pa¬
dre mató a un hombre...
El señor comenzó a inquie¬
tarse y se retiró unos cuantos
centímetros del melancólico
chico, que hablaba con tono
sencillo de cosas tan horribles.
—¿Mató a un hombre? ¿Y
por qué?
— ¿Usted sabe lo que es la
City, sir?
—¡Qué sé yo! ¿Y qué pasó?
—En la City había un Banco,
que todavía existe, v se llama...
“Deutch Bank”... Mi padre es¬
taba allí de empleado, y lue¬
go, gracias a su honorabilidad,
fué hecho cajero. Una noche,
cuando iba a poner en orden
algunas cuentas enrevesadas,
vió una figura que a hurtadi¬
llas se deslizaba por el corre¬
dor en dirección a los sótanos
en que se guardaba el oro...
Mi padre se escondió v se dis¬
puso a seguirle. ¿Y quién cree
usted que era aquel hombre?
¡El director del Banco! Bajó
éste al sótano, llenó una carte¬
ra de oro y billetes, y en cuan¬
to salió como una flecha, ¡zas!,
lo agarró mi padre por el cue¬
llo v le apretó la garganta. Pa-
>rendió que, si el otro
escaparse, toda la culpa
sobre él... La
le dió fuerzas;
dura lucha y
atravesa-
áscara el
a Rusia...
— ¡Pobre cabedta! — dijo el señor con cier- t
ta pena, dándole palmaditas en el hombro —. ¿
¿Y dónde está tu madre?
—Se abrasó, sir.
—¿Cómo que se abrasó?
—Una vez los chicos de Londres rociaron
de petróleo a una rata y le pegaron fuego;
en aquel momento pasaba mi madre por la
calle, con las compras que había hecho; la ra¬
ta, que estaba ardiendo, se metió debajo del
abrigo de mi mamá, y al cabo d e un minuto
ella parecía una antorcha...
El niño abatió tristemente la cabeza sin de¬
cir más; faltó poco al compasivo señor para
haberse deshecho en lágrimas, profundamente
afectado por tanta desdicha como había caído
sobre el pobre huerfanito.
— ¡Pobre criaturita! Ven, te voy a acompa¬
ñar hasta tu casa; no sea que te pase algo malo.
Jim se sonreía suavemente.
— ¡Oh, no, sir; no me va a pasar nada! ¿Ve
usted este talismán? ¡Me protege de todo y
contra todos!
La criatura sacó del bolsillo un silbato y lo
mostró confiadamente a su interlocutor.
—¿Qué talismán es éste?
—Me lo dió en Crimea una vieja tártara.
Recuerdo cuando estábamos subidos a un al¬
tísimo peñasco, junto al mismo mar. ¿Y qué
pasó? En cuanto lo tuve en mi poder desli¬
zóse la piedra debajo de sus pies y... ¡pum!
Ella y la piedra, al mar...
—¡Milagro, un verdadero milagro! ¿De mo¬
do que es ésta la casa en que vives?_ ¡Bueno;
adiós, Jim; que seas feliz, querido niño!
Jim subió animosamente la escalera y el se¬
ñor acompañó con la vista al admirable niño.
Permaneció abstraído tan largo rato, que la
portera, con las faldas recogidas, se le acercó
interrogándole:
—¿Por quién pregunta usted?
—Ño pregunto por nadie... Dígame...
¿Quién es este chico que acaba de entrar?
—Es Kostia, el hijito de los Cherepitsin.
¿Por qué lo pregunta usted?
—¿Como? ¿Acaso no es inglés?
—¡A qué santo, señor! Es un chico, y nada
más... De seguro que le ha mentido, ¿ver¬
dad? Su madre hace todo lo posible por cu¬
rarle de esa falta; pero nada, no lo consigue...
—--llene acaso madre? ¿Le vive?
—¡Sí. señor, le vive! Pero, por lo visto, va
a acabar con ella si sigue con sus mentiras; ya
se acordará usted de lo que le digo. ¡Qué chi¬
co más embustero! ¡Es algo sorprendente! Ya
le conocen por toda la calle, ¡alabado sea Dios!
II
Al llamar prolongado del timbre abrióle la
puerta la doncella Uliacha.
—¿Por dónde ha estado usted, Kostia, hasta
esas horas?
—Me he entretenido en la calle; un automó¬
vil acaba de atropellar a nuestro portero, y me
entretuve allí curioseando. iMira a ver si tengo
sangre en las botas...
— ¿Cómo que le han atropellado? ¿A quién,
a Esteban? ¿Le ha matado?
—Sí... El caso es'-que los caballos se habían
desbocado; llevaba el coche a una señora muy
guapa..., y Esteban se adelantó para sujetar
por las riendas a los animales.
—¿Por qué miente usted. Kostia? Primero
un automóvil, ahora un caballo...; siempre
inventa alguna tontería.
—No, no es ninguna tontería; ha dicho esa
condesa que cuando se cure se casará con él.
/y*
&
Por ARCADIO AYERCHEXKO
ILUSTRACIONES DE RAUL VALENCIA
' -Bueno, está bien; basta de embustes. La
comida se ha enfriado; su mama ha salido y a
abuela le está esperando.
Balanceándose sobre sus delgadas piernas,
1 Kostia hizo un mohín misterioso y se. dirigió
hacia el comedor.
— .Y tú por qué vienes tan tarder — dijoie
la abuelita. arrojándose a su encuentro —.
-Dónde has estado metido?
" -Hace ya una hora que estuve junto a
nuestra misma puerta; pero tuve que volver¬
me. Una historia interesantísima...
—.-Qué ha pasado?
—Verá usted. Acababa de llegar frente a
nuestra puerta, miré y.. - dos sujetos estaban
haciendo no sé qué con la cerradura; y uno
decía: “La cera esta muy dura, no sale el mol
de ’, v el otro, que era más bajito, le respon¬
dió: ‘¡Aprieta, aprieta, que ya saldra.
-¡Kostia !— gritaba la abuela —, ¡no mien¬
tas! ' ¡Otra vez, hombre, otra vez....
-Está bien, si cree que son mentiras... -
dijo son riéndose sarcásticamente -; pero deje
que penetren en la casa y que nos quiten «do
y que nos degüellen...; ¡y entonces vera si
son mentiras o verdades!... ¿A m, que? M.
obligación es decir lo que he visto...
Se desesperaba la abuela:
-¡Kostia, estás mintiendo! Leo en tus ojos
que acabas de inventar esa historia...
-¿Inventar? - dijo Kostia lentamente dan¬
do a sus palabras un tono sibilino que hacia
crispar los nervios- ¿Y si le enseno a usted
el pedazo de cera, me dirá también que es
cosa que he inventado?
_¿Y cómo lo tienes en tu poder.
-Pues muy sencillo; ellos subieron a un co¬
che; yo me monté a la trasera, y cuando lle¬
gamos a los arrabales, pase cometido 1 unto al
hombre más bajito, le d; un empujón y k sa¬
qué el modelo del bolsillo. ¡Aquí esta-...
Sacó por segunda vez aquel mismo silbato
que había mostrado en el jardín y lo enseno
desde lejos a la cegata abuelita.
La duda desgarraba el corazón de esta.
“Claro está que miente; pero.. £ y si po
casualidad es cierto lo que dice? Suden dar¬
se casos en que se sacan moldes de te cerra
duras, penetran en las casas y degüellan a
una familia... Precisamente a Ver le. en un
Dcriódico un caso semejante... Habra que
Üfccir a Uliacha qye corra el cerrojo tic la
puerta”. -.
-¡Llama a Uliacha!
Kostia obedeció v se
fué corriendo a la ante¬
sala. en donde gritó ate¬
morizado a Uliacha, que
hablaba con alguien por
teléfono:
-¡Uliacha! ¡Otra vez
se le ha olvidado cerrar
el grifo de la cocina! ¡\
está toda llena de agua, y
las cosas se están ya sa¬
liendo por la ventana!...
Uliacha abandona con
rajñdez el auricular, que
choca estrepitosamente
contra la pared, corre
apresuradamente a la co¬
cina. trojvezando V derri¬
bando los muebles que
encuentra a su paso... ,
Al cabo de un minuto
se desarrolla una escena
horrible.
-¡¡Kostia!! ¡Otra
ha mentido usted!
no puedo aguantar más, no quiero seguir sir¬
viendo en esta casa...; me voy...
-Me había parecido que coma el agua -
decía Kostia, justificándose tímidamente, mien¬
tras miraba con ojos suplicantes a la enfu¬
recida muchacha —.Había oído el agua...
Sólo Dios sabe lo que era este dulce e in¬
ofensivo niño; tal vez le pareció una realidad
el que dos señores que estaban fumando pa¬
cificamente en la acera de su casa ™“ n J ast £
efectivamente sacar el molde de cera de la
cerradura. ^
Por la noche estaba Kostia en el despacho
de su padre junto a la mesa de escribir, y con
los ojos muv abiertos miraba las manos de su
progenitor, que movían y removían rápida¬
mente unos papeles. . .
-.Dónde has estado hoy, Kostia?
—Én el parque. ....
_;Y qué cosas buenas has visto allí? .
-He visto a la madre de Lidochka Pnaguma.
—¿Qué dices, hombre? La madre de Lh
dochka ha muerto... . r-n-
—Pues eso precisamente es lo asombroso,
estaba sentado en un banco, y de promu ^
debajo de las matas, comenzó a surgir yacer
carse algo así como una espesa nube gris.. •
máTcerea. más cerca. Miro y... ¡la mama de
Lidochka! Estaba tan triste. • • Se a^ami
rápidamente, me puso la mano so ^ 1 ™f ó
za, me amenazo con un dedo... y se marcho
s"° “«ss-i-,—
a su hi¡o con semblante risueño ¡Que co-
VpTés íste. ppi? - pregnn.6
Kostia, mirando por encima
del hombro de su progenitor-.
Tiene dibujada una pistola...
. —¿Eso? La cuenta de una ar¬
mería; he comprado un revól¬
ver para nuestro Banco.
—.•Un revólver?
—Sí, para el cobrador.
—¿Un revólver?
Kostia, con los ojos muy abiertos, miraba
fijamente al rostro sonriente de su padre. >4
había volado muy lejos su imaginación...
y por su faz discurrían imperceptibles som¬
bras de pensamientos.
Tembló, levantóse de un salto y pasito a
pasito se escurrió del despacho. Como un tor¬
bellino atravesó las dos habitaciones v como
un torbellino, con los rizos desgreñados, entró
en el gabinete de su madre, que trabajaba
pacíficamente junto a la mesa, '
—¡Mamá: papá se encuentra mal!
—¿Qué pasa?, cP ué? . .
—Al entrar en su despacho le he visto tum¬
bado en la alfombra, junto i la mesa, y a su
lado un revólver- En la frente, una manchita,
y en la habitación huele a, algo extraño...
Un grito salvaje, espantoso...
—¿Qué hago yo con este niño? — decía la
madre, llorando y mirando casi con odio a
Kostia que, asustado, tímido, como un |>a-
iarito en mal tiempo, se estrechaba contra el
redo hombro de su padre - Con sus men¬
tiras e invenciones, este chico hara que todos
los de la casa nos volvamos locos. La donce¬
lla no puede ni verlo, y los niños le echan
como a un perro sarnoso... Es un chico
que da pena. ¡Figúrate lo que va a ser de el
cuando sea mayor!...
-Por desgracia me ]o figuro - dijo a me¬
dia voz el padre, estrechando contra su hom¬
bro la cabecita greñuda de su defectuoso
hijito -. Crecerá y todo el mundo se ale¬
jará de su lado, como ahora; no le compren¬
derán, y... se mofarán de él.
-.-Y qué va a ser de él cuando sea m^yor?
-Querida - dijo tristemente <d padre» mo¬
viendo su cabeza, que ya hab¿ comido
a encanecerse —, será poeta... & B
'
14 - LtOPLAN
VENTANA AL MUNDO
VtUINUV^ I 1 |— ’
aa aaaa@ 0 S] as 2¡ft
El escudo de Lo Habano
L a Habana tiene un escudo en el que figu¬
ran tres castillos y una llave cruzada.
■ Le fué concedido en 1665: la llave es de Oro
y va sobre fondo azul; los castillos represen¬
tan las fortalezas de El Morro, La Punta y
La Cabaña. El simbolismo es bien claro: las
tres construcciones defensivas cierran la en¬
trada del mar azulado, muy azulado, en la
capital de La Perla de las Antillas.
El castillo de El Morro
La irregular fábrica militar que se alza so¬
bre el,peñasco situado al este de la bahía,
se llamó, en un principio. Castillo de los Tres
1 Reves. Está asentada sobre sólida base do roca y las escarpaduras de
ésta forman, a veces, los baluartes de la fortaleza. Data de 1589 y su
construcción se debe al ingeniero Antonelli. Tres siglos después, se le
añadió el faro, la Farola, que avisa al navegante la presencia en el mar
de la isla de Cuba, como un oasis de ensueño en el desierto movedizo
de las aguas.
Esta situación privilegiada hace que sobre el castillo del Morro re¬
caigan los recuerdos históricos de la época colonial ^e La Habana. En
’ realidad, los muros que más acontecimientos presenciaron son los de
La Fuerza.
Pirotos en los Antillas
que el barco de hierro y el vapor habían de
arrinconar para siempre en los desvanes de la
Historia... Algunos adquieren tal intensidad t
y se desarrollan con una saña tan enconada,
que en 155J. por ejemplo, sólo quedan en La
Habana treinta y ocho familias después de
asaltarla el calvinista Jacqucs de Sores.
Precisamente para evitar que hechos tales
puedan repetirse, se ensancha La Fuerza, se
construye La Punta y nace la idea de edifi¬
car el castillo del Morro.
Y ya en 1585 se rechaza a Drake.
Francisco Drake
Un grupo de cubanitas riendo bajo el sol tropical.
Muchas veces vieron los ojos de los cubanos desembarcar en su suelo
a las abigarradas huestes de los salteadores del océano.
En los jardines del antiguo convento de Santa Clara, inmenso edificio
que actualmente ocupa la secretaría de Obras Públicas, se conserva, tal
y como era hace cuatro siglos, junto con otras de la misma época, una
de las más antiguas construcciones de La Habana, llamada “La Casa del
| Marino”. Habitábala un enamorado nauta, que hubo de embarcar de¬
jando en ella a su esposa. Durante su viaje, los piratas saquean La Ha¬
bana v entran en la casa legendaria: hay escenas de muerte, de pillaje...
Por ultimo, el rapto... Cuando el marino regresa en busca de los
amorosos brazos en que descansar de las zozobras de la navegación,
halla su hogar vacío y destrozado.
Sucesos muy propios de los tiempos de los veleros y de las goletas.
La reina Isabel, la frenética enemiga de Fe¬
lipe II, el monarca hispano a quien llama el
deviomo del Mediodía, arma caballero a Drake sobre el puente de su na¬
vio insignia. En el escudo del corsario inglés hay un glol>o terráqueo
con esta leyenda:
—Tu prhnus me circundedisti.
¡El primero que dió la vuelta al mundo! No— El orgulloso pirata
había olvidado a Magallanes y a Elcano.
Una frase que explica la predilección con que el famoso saqueador
ataca las posesiones y las naves hispanas, es la siguiente:
-Haya paz o haya guerra entre España e Inglaterra, Drake luchará
siempre contra lós secuace* de la Inquisición.
No obstante, Francisco Drake se hunde en la nada como sus barcos
en el fondo de los mares, vencidos o- arruinados por los lustros. Y en
los anales de la literatura mundial, queda/inmortalizada su azarosa vida
por un poema: La Dragomea. Lo escribió un español: Lope de Vega.
Los ingleses
Ya se yergue altanero el castillo del Morro. Media el siglo XVIII. El -
almirante Pococok y lord Albemarle se presentan frente a él. Son los
ingleses unos doce mil hombres a los que se añaden luego otros quince
millares. El gobernador militar, Juan de Prado y Portocarrero, hace
evacuar a las mujeres, los niños y los religiosos, arenga a los trescientos
treinta y cinco soldados que guarnecen El 'Morro y se apresta a la^ de¬
fensa. Pero comete el error de hundir en la embocadura de la bahía al
Neptuno, al Asia y al Europa, hermosos buques de setenta cañones. Ello
no interesa a los ingleses que desembarcan por el otro lado: sobre Gua-
Lo forolo del Castillo del
La situación privilegiado del Castillo del Morro hoce que se concentren en él los recuerdos históricos.
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BREYER
SARMIENTO 757 — BUENOS AIRES
Por Jacinto Ramos
ESPECIAL PARA "LEOPLÁN"
nabacoa... Los españoles tienen que abandonar La Cabaña, defensa de ¡
menor categoría, después dei clavar sus cánones, V refugiarse e
antiguo Castillo de los Tres Reyes, que termina rmdiratoel^dc
una defensa heroica en la que muere el cap.tan don Luis de Velasco, j
'^Batería Sfvdií * CífUa última hora, la batería del este
del Castillo del Morro, hasta la hora en que se arrio para siempre en su ,
faro la bandera española, al morir el siglo pasado.
f.a briso
~[~L a Habana hace calor todo el año... Si acaso, en los amaneceres
de la estación invernal, allá por las calles de Damas y Cuba y •.
ven Acorvadas figuras de unos negros que. nr.tando van camino
i p i oS mue lles para descargar y estibar, envueltos en sobretodos, bufan
to y un« go,™f»rbi.rX Uta has.a te orejas... Mas cuando el
i* >>'- al cacr
la arde supla » tumo al castillo del Morro y choca suavemente t»n
las SorialS moradas del paseo del Malecón, en cuyas terrazas, sobre
soñadora^y
«SÍfeíSy antaño
el P r ^, del
se enfrenta con las olas u ocupa el anfiteatro para oírla a su placer
Lm«S¿ trajes sin chaleco, de dril crudo o de purísima blancura
envarada por el abundante almidón, tiesos y replanchados al salir de casa,
Tn'dVedadTerd ¿erro, en los barrios de la cintura habanera me-
dd« eh el campo, que saben del crepúsculo ro,o « «I-;
brusco V de la palmera ondulante que abanica con su S £
en sombras v en paz, no hace falra moverse de casa para disfrutar
eíte frescor delicioso, pero a la ciudad no le queda o™ remedio que
rafíTSi- aun Sddo d Km& de "evTeU, fulias
„ lu ‘ 'blancas, muy jóvenes, una de las cuales cayo sobre la bandera de
°í“e„ el 'u SIES--*. de 1 » Historia y la bnsa de. mar. *
Morro y lo banderc de la estrello solitario saludan al dio que muere.
■Ahuyente
Al primer amago de tos
lome GABA. Sentirá alivio
y evitará males peores.
Las PASTILLAS GABA
protegen Jas vías respira¬
torias, desinfectándolas,
refrescándolas.
PIANOS
EL CUENTO TRAGICO
I
I B-i, rancho erguíase solitario en la entraña
de los llanos. Un algarrobal alzaba hacia
■L/ el cielo claro y ardiente sus árboles,
erectos y sombríos, y el viento, que llegaba de
: las montañas lejanas, traía voces misteriosas,
estremeciendo los viejos algarrobos.
|; En la orilla del algarrobal acampaba la últi¬
ma montonera. Hacía dos años que la cabeza
de Peñaloza fuera paseada por los caminos de
; La Rioja en I3 punca de la lanza de Irrazábal,
: y hacía cerca de cuarenta que estaba seca la
sangre de Barranca Yaco.
En el rancho ruinoso, el jefe de la última
í montonera jugaba al monte con su teniente.
Era un hombre de rostro cetrino, flaco y
* hercúlqp el coronel Medina. Hacía seis meses
* que estaba allí, en la frontera de La Rioja, con
sus pobres gauchos, rotosos e indómitos.
•i En las noches claras de los llanos, la mirada
del coronel Medina se volvía hacia Catamar-
ca; creía escuchar, entre el murmullo sollozan¬
te de los algarrobos, las voces amargas de la
derrota y de la muerte.
El Chacho estaba muerto, muerto a traición,
degollado en presencia de su amazona; su ca-
r . , berza lívida, paseada por los pueblos. Pero se¬
guía combatiendo después de muerto. ..
! ■ ¿Acaso los montoneros no estaban todavía
sobre las armas?
| Eran pocos, es cierto. No pasaban de rres-
, cientos hombres andrajosos, sin fusiles, sin más
armas que sus lanzas y sus dagas. Pero el alma
bravia y heroica del gran caudillo latía en ellos.
<. Medina sabía que La Rioja iba a caer tarde
o temprano.
¡jt El viento, aue soplaba desde Catamarca, traía
las voces de la invasión y de la derrota. Pero
la última montonera caería combatiendo.
Y en las noches claras, oyendo los murmu¬
llos misteriosos de la soledad, 'sonaba en el
j campamento una canción, heroica y triste, co¬
mo el alma de aquellos hombres, como el es-
1 píriru de aquel pueblo que había combatido
durante dos generaciones:
Coroneles de Arredondo,
Vengan a bailar ¡a zamba ,
Que al pie de cada algarrobo
Hay una lanza riojana. . .
: Era la zamba montonera; era la voz de los
| j lanos, que sonaba entre las lanzas; el último
fcjesafío desesperado de los postreros paladines,
!¡ jue montaban la última guardia en la frontera.
H* Medina suspiró.
í|j Era un hombre joven todavía. Contaba al-
; ededor de cuarenta años, y desde los diecinue-
| j-e, desde el día distante que abandonó su al-
| llca del Famatina, formó en las filas de Pe-
! ialoza.
i ¡Peñaloza!
El corazón del montonero sangraba' ante
quel nombre legendario. Desfilaba por su me-
¡ K>ria el recuerdo de los entreveros, la entrada
a Tocumdn, la invasión de San Luis, las de¬
rotas y las hazañas...
Medina había escuchado en los campamen-
*5 las leyendas de Facundo. Supo cómo el Cha¬
llo, después de Barranca Yaco, desligado de
1 voto de fidelidad hacia el Tigre de los Lia-
as, volvió sus lanzas contra Rosas y se ciñó
vincha unitaria.
Sí. La Rioja tenía que caer en poder de las
opas nacionales, al mando del general Arre¬
ando. Pero la muerte del Chacho no sería
vidada jamás mientras viviera un montonero,
¡entras hubiera un algarrobo en La Rioja.
Aquella mañana ardiente, el coronel Medina
quedaba abstraído en medio de la partida,
hadábase de los naipes, y sus ojos, penetran-
j s y sombríos, miraban hacia el lado de Cata-
por donde vendría la muerte.
■ Urca, p
—Talla usted, mi coronel.
Urrutia, el teniente, estaba acostumbrado a
las distracciones de su jefe. Criado también en
los campamentos, saturado de las leyendas
bravias y del anhelo heroico, Urrutia, que era
muy joven, comprendía el drama silencioso y
oscuro que estaban viendo; adivinaba la doble
tragedia que se ocultaba en el corazón intrépido
del jefe montonero, y respetaba aquellos brus¬
cos silencios, aquellas sombrías meditaciones.
Un sargento entraba y salta durante toda la
mañana, cebando y sirviendo los mates inter¬
minables; un gaucho, ya viejo, que había co¬
nocido a Facundo y nunca se había querido
separar del Chacho hasta la cobarde tragedia
de Olea.
Y era el viejo sargento quien soba narrar a
Urrutia las hazañas estupendas de otro tiempo,
cuando Peñaloza lanzaba sus jinetes al entre-
habia de vencer para siempre a la montonera.
Ante el jefe silencioso y el teniente, tejía
sus largos y trágicos relatos, interrumpiéndose
con frecuencia, pálido de rencor, trémulo de
rabia.
— ¡Arredondo! Dicen que él no es tan malo.
Pero los jefes nacionales... ¿Se acuerda, mi
coronel?
Medina se acordaba. ¿Cómo se iba a olvidar
de la tragedia de cuarenta años?
— ¿Se acuerda del coronel Iseas? ¿Se acuerda
del comandante Linares?
Este último nombre se le escapó un día,
y Medina ahogó un rugido. Urrutia lo miró
curiosamente. El sargento tosió.
— ¡Qué bruto soy! ^Pa qué lo dije?...
Pero Urrutia conocía la historia. Toda La
Rioja la conocía.
Era una historia vieja y terrible, como todas
vero, cuando desbandaba las fuerzas del fraile
Aldao y sacaba a lazo los cañones del ejército
federal de entre los cuadros de la infantería.
—Esos eran tiempos...
La barba del sargento temblaba cuando hacia
las evocaciones heroicas. El también quería
vengar el asesinato del Chacho, las lágrimas
de La Rioja, la sangré de los padres degollados,
de las mujeres deshonradas, los ranchos incen¬
diados. ..
—¡Peñaloza! — solía gemir —. Lo carnearon
como a una res, al más bravo y al más bueno
de los hombres...
Su alma, supersticiosa y simple, creía que el
espectro degollado del paladín vagaba por los
llanos, bajo la luna, esperando la hora que lo
vengaran. Y la voz del viejo gaucho temblaba
con rabia heroica sobre la guitarra, cuando el
sol se iba hundiendo en el horizonte y las
sombras de los montoneros muertos parecían
suspirar bajo el cielo calcinado de la provin¬
cia indómita y triste:
Coroneles de Arredondo
Vengan, a bailar la zamba ...
El viejo volcaba todo el odio de su pobre
alma sobre aquel jefe desconocido, que un día
las historias de los llanos, como cada historia
de valor, de venganza, de odio, de sangre, que
dormía al pie de cada algarrobo solitario y
„ lloraba en el viento sobre los huesos de los
muertos, sobre las cenizas de los paladines.
Databa de ocho años atrás.
Era la historia de la novia de Medina.
Medina iba a casarse con ella, cuando el
Chacho desbandara sus montoneras, en una de
las treguas de la invasión. Llamábase r^ilda ,
y el montonero la amaba con toda su alma
ruda y bravia.
Durante una invasión inesperada, las tropas
nacionales entraron en el pueblo donde vivía
Casilda. Era la división del comandante Lina¬
res, aquel hombre bruta] y famoso, cuyo nom¬
bre execrado anda todavía por las leyendas
de sangre del interior.
La violación y el rapto de la Casilda añadió
una hazaña más a la lista del célebre militar.
Medina andaba por San Luis, y lo supo mu¬
chos meses después. Los baquianos, obligados
a contestar a sus preguntas, le dijeron cómo
Linares había abandonado a su novia después
de hacerla su querida durante unos meses.
Ella rondaba desde entonces por los cam¬
pamentos. ..
DC- ÜKGRE’
. .. ___ ._ A- nri. Urrutia se puso de pie, abandonando las
Linares supo también, por boca de los pri¬
sioneros, que Medina había jurado buscarte
y darle muerte en medio de los mas «spanto-
sos suplicios, y huyó a Me ndoza, donde flo-
taba todavía la sombra ensangrentada y diabó¬
lica del fraile Aldao.
Ocho años habían transcurrido.
A ella no quería verla más. Deseaba, en el
fondo de su alma, que estuviese muerta-Y el
continuaba combatiendo sobre la tumba de
Peñaloza.
—No vienen, mi coronel... ,
Medina sabía que su teniente referíase a las
fuerzas de línea. Estaban acampadas en Cata-
marca; sabíalo por los baquianos que cruza¬
ban la frontera solitaria. _ , ,
-Pero un día han de venir - contestaba el
montonero, y sus ojos, sombríos. Penetrantes,
volvíanse siempre hacia la frontera, donde el
Urfutia se puso de pie, abandonándo las
canas sobre la mesa, y se asomo a la puerta
del rancho. El cielo era de un azul profundo.
Fumaba pensativo el teniente, contemplando
las tierras quemadas.
De pronto, allá lejos, creyó ver una nube-
cilla de polvo.
-¡Sargento!
La guitarra calló bruscamente.
-Mi teniente.
La figura hercúlea y rugosa del montonero
estaba frente a él. Bajo la sucia vincha azul,
los ojos del viejo estaban húmedos de odio
y de recuerdo.
-¿No viene alguno por alia?
Miró el sargento en la dirección, indicada.
-Si, es uno...; viene cansado...
La silueta borrosa de un jinete se advertía
en el horizonte.
viento sacudía los algarrobales poblados de
espectros y de voces misteriosas.
U coronel levantábase antes del amanecer.
Desde la ventana del rancho, en la P^mbra
azul del alba: divisaba la figura inmovd y ruda
de un gaucho, recortándose trágica y venga¬
dora contra los llanos resecos y polvorienta.
Esa era la hora en que el sargento creía ver
pasar el espectro degollado del Chacho, can¬
sado de vagar y de gemir bajo la luna...
n
El sol estaba alto. Los llanos ardían y en los
algarrobos inmóviles ni una hoja se agitaba.
-.-Talla usted o tallo yo, mi coronel?
Urrutia alzó los ojos y vio que Medina
había caído en una de sus sombrías y tétricas
medicaciones.
Guardó silencio y encendió un cigarro.
Un soplo ardiente venia de los llanos cal¬
cinados. Los montoneros, fuera, dormían la
siesta. El sargento rasgueaba una guitarra, y
las banderolas de las lanzas pendían inmoyüa.
Una quietud de muerte remaba bajo la tiesta
de fuego del soL El bostezo distante de un
tigre soñoliento vino desde los algarrobos.
—Viene p’acá...
Medina, absorto en sus pensamientos, no pres¬
taba atención. Con los ojos semicerrados, esta¬
ba viviendo las horas lejanas de otros tiempos.
Veía unos ojos negros y ardientes que quema¬
ban los suyos; oía una voz dulcísima, casi
apagada, en la hondura trágica del tiempo...
Y el coronel escuchaba, como en un sueno,
el son de una guitarra lejana, vibrando en la
siesta de un pueblo mientras sus labios besa¬
ban aquellos otros labios calientes y trémulos...
¿Cómo era aquel estilo inolvidable, aquella
canción de ocho años antes? Procuraba recor-
da Descolgó la guitarra del teniente, que pen¬
día de la pared del rancho, una pobre guitarra
vieja que había vibrado al son de las zambas
de Facundo, y rasgueó las cuerdas.
Estaba solo en el interior del rancho. Urru-
tia v el sargento habían ido a esperar al jinete,
que va llegaba a los algarrobales.
Ew un baquiano.
Habló aparte con el sargento.
-Dice que si quieren darle un caballo, que
el suyo viene muy cañado - informo el sar¬
gento un instante después.
—¿Ño trae noticias de?...
Por HECTOR PEORA
BEOMBERl
El sargento se encogió de hombros, con
gesto ambiguo.
—Que se lleve un caballo... El que trae
bU Se°voÍvió al rancho, huyendo del sol, c
ardía cada vez más.
Dentro vió al corone] que rasgueaba la gui
tarra con expresión distante.
¿Cómo era aquella canción de hacia ocl
años? . . , . .
En voz baja, sin advertir la presencia di
teniente, Medina tarareaba un estilo, viejj.
como el corazón de los llanos, pleno de sal|
vaje tristeza, de obscuro presentimiento, d
angustia sutil... J
Urrutia se asomó a la ventana. La tragedu
antigua volvía al alma de su coronel, en aquelli
frontera solitaria: las voces muertas volv
a sonar en el corazón del montonero...
Allá, bajo el sol calcinante, el baquiano
hundia entre los algarrobos, lentamente, snj-
prisa, inclinado sobre el caballo, mirando lf
tierra reseca. i
Algo como un sollozo estallo en la gareai
de Medina. Dejó la guitarra en el suelo ,
acercándose a Urrutia el también miro a l«j
lejos, hacia la frontera de Cataroarca.
—No vienen todavía— No vienen —
murmuró, y añadió con voz ronca: - ¿Jugami
una partida, teniente?
Durante dos horas jugaron sin —-
tras fuera continuaba el incendio del sol
La Rioja se abrasaba. . .
Un rumor inusitado interrumpió la Ultt
jjareida. ,
—Perdone, mi coronel... Ahí esta otra vi
el baquiano...
El sargento miraba curiosamente a su jefe.
-¿El baquiano? ¿Qué baquiano?
—Uno que vino a pedir un caballo —
del suyo, hace unas horas, mi coronel
pondio el teniente, dejando de jugar.
—¿Es Arredondo que viene?
—Ño, mi coronel..., todavía no...
La figura andrajosa de un baquiano se dibo'
en la puerta del rancho.
— ¿No me conoce, mi coronel? *
Era un hombre alto, flaco como el sargent
Su barba estaba enredada y sucia, y su cabell
enmarañado, estaba sujeto con una vincha azq
—¿Ya no se acuerda de mi? ¡Ah, mi coroh
Medina!...
Los ojos sagaces del hombre se clavaban
el rostro duro y triste del montonero.
-He venido a saludarlo, mi coronel M<
na... ;No se acuerda de que un día, xn L
Luis, usted me sacó de las uñas de la$ fuere*
federales?... Hace tiempo, pero.yo no
olvido. Era la tropa de Iseas, en el mismo
del combate de Las Playas... Me habíani ta¬
queado, porque yo no quería decir por donj
andaba el Chacho... Me crujía la osamenta.
Casi me quedo sin huesos... Iseas me daba,
la cabeza con el cabo del rebenque; pero yo
soltaba prenda. Al fin mandó que me diei
allí no más un tiro atrás de la oreja. ¡Ah,
coronel Medina! Si en ese momento usted
llega con sus montoneros, a esta hora yo
estaría pudriendo al pie de un algarrobo
Medina tuvo un vago recuerdo.
—Berniúdez, el rastreador... - exclamó.
El paisano sonrió enigmáticamente.
— ¡Ah, mi coronel Medina! ¿Ve cómo
recuerda? Bueno, pues... He venido a sa,
darlo... Y también a pagarle mi deuda'
Antes que me olvide, le-voy a decir una coj
Iseas, el verdugo, el que quiso darme el tí
atrás de la oreja, el que hacía carnear viv
a los montoneros, anda por Córdoba... 1
asistente lo tajeó en los brazos, y los bra:
se le secaron... Lo echaron del ejercito
I
¡ ¡Anda por las pulperías de Córdoba, sudo, ro-
' toso, borracho.
, El sargento escuchaba sin pestañear el relato
del baquiano. .
—Y fué un coronel de línea... — murmuró.
' —Con los galones manchados con sangre de
•montoneros, con lágrimas de mujeres...
ij La voz de Medina era ronca, sombrío su
recento.
j El baquiano daba vueltas a su raído sombre-
' ro. Sus ojos sagaces centelleaban bajo la vincha.
•• —Como le digo, he venido a pagarle mi deu¬
da, coronel.
El sargento montonero reprimió un estre¬
mecimiento al escuchar aquellas palabras. El
' soplo ardiente de los llanos abrasados llenaba
el rancho, y el sudor corría por el rostro
broncíneo del gaucho.
i , —Ayer, a la puesta del sol, en Catamarca,
• ; Mcontre un rastro fresco...: caballos de línea,
ni coronel... Eran tres.; los vine siguiendo...
• Acamparon cerca de la frontera... Venían
i ' derecho a La Rioja... Los alcancé, mi coro¬
nel... Los seguí toda la mañana, hasta que
• entraron en los llanos...
('Ceñudo, lívido, Medina habíase acercado al
baquiano.
fff-Ya están en La Rioja — exclamó con ronco
• j —Eran tres, como le digo, mi coronel...
Un oficial y dos soldados...
¡I j —¿Un oficial y dos soldados? — interrum-
h¡<> el montonero .— ¿Dónde están?
; Bcrmúdez sonrió, con sonrisa extraña, dia¬
bólica.
—Los dos soldados — respondió lentamente —,
Calculo que en el infiemo, mi coronel... Los
degollé, después de enlazarlos... Ahí se los
| *stan comiendo los cuervos, en el algarrobal...
► { —¿Y el oficial?
c Una luz satánica brilló en los ojos del ba-
| imano.
—¿El oficial? — murmuró, sin desviar sus ojos
¡ I *^c los del montonero —. El oficial se lo traigo
•ara pagarle mi deuda de San Luis, coronel
“dedina...
c A una señal del baquiano, el sargento había
!T alido del rancho. Se oyeron unos pasos fuera.
®>c pronto, los ojos centelleantes divisaron,
*e pie, los brazos sujetos a la espalda con ma¬
tadores, los ojos echando llamas, silencioso,
irribic, al hombre que estaba buscando desde
i acia ocho años.
| —Linares...
I El nombre maldito se escapó como un sus-
¡ jjro de los labios del montonero. Hubo un
ficticio enorme, en el cual se oyó el latido
! ‘ los corazones trémulos de odió.
'i -Si, soy yo, el comandante Linares...
, - El prisionero miró con arrogancia despre¬
ciativa a su enemigo. Sintió sobre su alma las
, e <iieblav de la muerte, el soplo de la agonía;
J¡ c ;ro no tembló, n¿ un músculo de su rostro se
•¡¿Ultrajo. Gruesas gotas de sudor se despren-
I an de sus sienes y corrían por la maraña
I pesa de su barba.
jq,Yolv¡ó a hacerse el silencio. El baquiano
]¿ibía desaparecido, seguido del sargento.
0 Q En aquel silencio, en el rancho miserable
j| ro dos los espectros de cuarenta años, la sombra
II ^ los supiieiados, de las mujeres violadas,
jL'rccbn desfilar entre aquellos dos hombres,
• "I ^pnciosos y terribles en su inmovilidad. La
Ui y la muerte aleteaban, como grandes
, 3S jaros invisibles en la hoguera del sol.
i Jurbó el silencio el rasgueo de una guitarra,
i g..ra el sargento, que soñaba con vengar la
i f)[ nbra de Peñaloza.
i aliento del crepúsculo próximo había di-
1 ’ viSdo el calor asfixiante. Sobre los algarrobos
;. ¡ ei ' 0 Lban las aves de rapiña, en lentas y sinies-
1 i A s Diríase que todos los buitres de
1 c Rioi* ^^ían acudido a las exequias de los
t i¿5 soldados degollados por el baquiano en un
s >nque de gratitud.. .
- jir?” ra ncho, Linares y Medina permane¬
cían sentados uno frente al otro, fumando en
silencio. El prisionero había sido despojado de
los maneadores que aprisionaban sus brazos,
por orden del montonero, que lo hizo sentar
y le invitó con cigarros.
Hacía tres horas que estaban así. El teniente
les dejó solos. El y los .montoneros daban vuel¬
tas, inquietos y curiosos. Sentían en lo hondo
de sus bravas entrañas el drama silencioso que
se estaba desarrollando en el rancho.
Todos, comenzando por Linares, adivinaban
que Medina estudiaba un suplicio supremo para
el cruel comandante.
¿Cuál sería la muerte que el montonero le
destinaba?
Por la imaginación de todos desfilaban los
tormentos que Linares aplicaba a los prisione¬
ros durante sus sangrientas invasiones: los de¬
güellos por la nuca, las horcas en los algarro¬
bos, el tiro atrás de la oreja, aquel espantoso
suplicio inventado por el fraile Aldao, qne
consistía en cortar la planta de los pies a los
prisioneros y obligarlos a caminar durante lar¬
gas horas... ¿O le aplicaría aquel tormento
diabólico que el mismo Linares aplicó a un
paisano de San Luis que intentó asesinarlo:
“carnearlo vivo”, según sus propias palabras,
y obligarlo a asar y comer los pedazos san¬
grientos de su propia carne?
La visión de los suplicios llenaba la imagina¬
ción de los gauchos, mientras el sol empezaba
a descender sobre las lejanas montañas azules.
En el silencio, la guitarra del sargento sonaba,
queda y triste, amenazante y desolada, inte¬
rrumpida por los graznidos de los buitres.
—Teniente...
Urrutia entró en el rancho.
El prisionero conservaba su gesto de altanera
arrogancia. Urrutia lo miró con cierta admi¬
ración. Eran bravos estos" jefes de línea, pensó;
sabían matar torturando, pero también sabían
morir sin temblar...
—Teniente... Póngale otra vez los manea-
dores a este hombre . .. Haga formar un cuadro
de tiradores...
Alienaras Urrutia llamaba a los montoneros.
Linares sonrió.
Lo iban a fusilar, simplemente... Pensó que
el montonero era un imbécil...
Entró el sargento con dos hombres. Un pai¬
sano había recogido la guitarra y la pulsaba
fuera. El vibrar de las cuerdas se oía clara¬
mente en el rancho.
—¿Ahora, mi coronel?
El preso estaba amarrado nuevamente con
dos maneadores de tiento. Continuaba sonrien¬
do, bravo y altivo.
—Espérese. . .
_ Los ojos de Medina contemplaron con extra¬
ña* expresión al prisionero. Después dijo len¬
tamente:
—Llévenlo bajo un algarrobo y fusílenlo
por la espalda...
Un rugido se escapó de la garganta del
preso. Sus ojos se inyectaron de sangre y los
maneadores crujieron.
—Pónganle una mordaza — ordenó el monto¬
nero fríamente, sin quitarle los ojos.
I. i na res ofrecía un aspecto impresionante.
Bajo la mordaza, que ahogaba sus rugidos de
rabia y de desesperación, aparecía una espuma
sanguinolenta. La guitarra del soldado conti¬
nuaba sonando fuera, desgarradora, amenazante,
como un cantar de agonía por el hombre que
iba a morir.
Los dos soldados Je arrastraban. Oyóse un ru¬
mor fuera.
El sargento lanzó una maldición.
Una mujer acababa de hacer irrupción en
el rancho. Una mujer sucia, desgreñada, an¬
drajosa, el rostro cubierto de una costra vis¬
cosa, las manos flacas, como garras.
Medina la miró con sorpresa.
—¿Qué quiere esta mujer? ¿De dónde ha
salido?
—Acaba de llegar en una muía, mi coronel,
en una muía azuleja...
La mujer se había acercado al montonero.
Sus ojos, enrojecidos por el alcohol y el humo
de los vivacs, parpadeaban.
—¿No me conoces, Medina?
Algo pareció quebrarse en el pecho del
montonero. La voz lejana, la voz que salía
del pasado, resonó con un eco de muerte en
ai rudo y atormentado corazón.
Era ella... Aquel despojo humano, aquella
sucia y manchada carne de campamento, era la
novia de su juventud. Y allí estaba el autor
de su tragedia, amarrado y en marcha hada el
suplicio.
—¡Medina!
Aquel acento, que parecía salir de las pro¬
fundidades del infierno, puso un frío extraño
en los huesos del montonero.
-Medina, vengo a pedirte la vida de ese
hombre...
Las palabras vibraron, claras, espantosas, en
el silendo del rancho. El graznido de un bu rere
vino desde el algarrobal. La guitarra seguía
sollozando fuera...
El preso miraba con • curiosidad a la suda
y lamentable mujer. La espuma bahía desapa¬
recido y parecía sonreír bajo su mordaza.
—Vengo a pedirte la vida de este hombre,
Medina — repitió la mujer —; todo pasó ya...
Supe qüe iba a caer en tus manos... Y yo tuve
un hijo de él, Medina...
En el silencio que siguió se oyó el gemido
de Ja bordonaTUa vaga frescura del crepúsculo
aliviaba los llanos.
—Sáquenle los maneadores... Y la mordaza...
La orden seca, terminante, estremeció al sar¬
gento, al teniente mismo
—Ahora, váyanse. ¡Váyanse!
Sombrío, trágico de perdón, d montonero
señalaba los llanos abrasados, donde se iban
alargando las sombras de los algarrobos.
—¡Váyanse!
La voz plañidera de la guitarra cantaba, como
un eco lloroso del pasado, como una angustia
inconsolable y remora, como un amor perdido
para siempre. Eran las notas de una canción
vieja como d corazón de los llanos, llena de
salvaje tristeza, de obscuro presentimiento, de
angustia sutil...
Medina palideció.
Era el pasado, la afrenta, la infamia, que vol¬
vían con la canción. Se volvió, con el rostro
descompuesto, los ojos espantosos, la voz ru¬
giente:
—¡Pónganle los maneadores!... ¡la mordaza!
¡Allí bajo d algarrobo! ¡Por la espalda!
Lo sacaron arrastrando, debatiéndose como
un demente. Las últimas luces del crepúsculo
alumbraban el suplicio del verdugo de La
Rioja. Arriba, revolaban los buitres.
La mujer, caída de rodillas en la puerta dd
rancho, rezaba. El teniente la empujó sin
rudeza.
—Váyase — le dijo — váyase...
Sonó la descarga, seguida de un sollozo ru¬
giente.
La guitarra estaba silenciosa. <8>
La PRODUCCIONpm laDEFENSA
DEMANDA TECNICOS
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En las FABRICAS
la industria fabril, tonto en las empresas
pequeñas, como en las grandes, se está
ensanchando, modernizando y "meca¬
nizando." Esta gran expansión requiere
el empleo de miles de técnicos en Fuerza
Motriz, Electricidad, Radiotécnica, etc.,
y éstos ocuparán importantes y remune¬
rativos puestos.*
En la AGRICULTURA
Es sorprendente el desarrollo de la pro¬
ducción agrícola moderna y mecani¬
zada. Para la instalación, reparación y
manejo de la gran cantidad de maqui¬
naria que se utiliza en los campos, hay
urgente necesidad de peritos en Fuerza
Motriz y Electricidad, aplicadas a la
Agricultura. Los especialistas ganan
buenos sueldos.
En la MINERIA Y EL PETROLEO
¡Materias primas! Este es el grito de la
industria para satisfacer la demanda de
producción para la Defensa. Los pro¬
ductos del subsuelo se hallan en todos
los países latinoamericanos,- pero se
necesitan miles de Técnicos que se en¬
carguen de la gran cantidad de maqui¬
naria especial, necesariapara extraerlos.
- LOS JEFES DE LA INDUSTRIA -
En las COMUNICACIONES
El ensanchamiento de las comunicacio¬
nes en todo Hispano-América. es asom¬
broso. Las naciones necesitan extensas
y eficaces redes de comunicación. ' -»s
vastos programas de Defensa exigen
una ampliación enorme. En Radiocomu¬
nicación, Telégrafos, Teléfonos, Radio¬
difusión, etc., etc., se acentúa cada día
más la demandadle Expertos.
En la TRANSPORTACION
Importante actividad que ofrece opor¬
tunidades sin limite al Experto en
Motores de Gasolina y Diesel, Sistemas
Diesel-Eléctricos, Aviación, Plantas
Motopropulsoras Marinas, Sistemas de
Alumbrado Eléctrico, etc. El estableci¬
miento de nuevas vias para la Defensa,
pide urgentemente especialistas.
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La conservación de todos los productos
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de un oño. Nació en Santiago de Chile y allí
curvó sus primeros estudios, como alumno de un
internado. Hija de un conocido concertista del
vecino país, ella mismo dió su primer concierto
de violín a lo edad de catorce oños. "De ese dio'
— nos dice — guardo la más grande emoción de
mi vida". Hablondo de la época de la infancia,
Elsa del Campillo asegura que, a diferencio de su
hermana Alicia Bonié, que encerraba las palomas
en el homo de hacer empanadas, ello, en combio,
era una chica muy buena y estudiosa. En Santia¬
go de Chile, la actriz, luego de algunas expe¬
riencias teatrales, filmó ia película "Madre sin
saberlo", en el año 1935, "lo cuol — asegura —
ero tan mala que ni yo misma la he querido ver".
Ahora tiene veinticinco años y vive en la calle
Sontiago del Estero. La encontramos allí, acompa¬
ñado de su pequeño hijito, en un hogar amable
y ocogedor. "Llegué a este país — nos dice — en
el oño 1937. Casi de inmedioto me incorporé al
elenco del teotro Moipo. Desde entonces hasta
hoy, mi labor se sucedió sin interrupción en di¬
versos escenarios de la capital y del interior. En
1941 inicié aquí mi labor en el cine, con "Señor
Mucamo". Ultimamente filmé "Popó tiene novio".
Al responder o una de nuestros preguntas, la octriz
dice que o pesor de hober conquistado en el teatro
sus mejores triunfos, el cine le seduce con mayor
fuerzo. "Es una coso de mós vastas proyecciones,
más completa artísticamente".
V
Han posado ya, pora Sabina Olmas, los du¬
ros momentos de la iniciación artístico. Aho¬
ra la vida se le ofrece con un comino ancho,
despejado, plena de éxitos y de satisfaccio¬
nes. Recuerda con emoción su primera pelícu¬
la: "Lo rubia del camino". "Días antes de
que fuera entregoda al juicio del público —
dice la estrella — paré momentos de verda¬
dera impaciencia. Sentía deseos de saber có¬
mo iba o "quedor" yo en el marco de la
exhibición. Pero ese deseo se convirtió en
temor cuando llegó el momento definitivo.
Quise salir del cine, pero uno de. mis pa¬
rientes n.e retuvo diciendo: "No tengas miedo
de verte, que no eres ton feo". Sobina 01-
*■'' mos — 27 años, ojos claros, expresión sona¬
doro — sonríe. Después, comenta: "Por fin
me quedé, y el susto pasó, porque en reali¬
dad no me veía tan mal".
Sabina Olmos, que con el tiempo hobío de
ser uno figura importante en nuestro cine,
aparece en esta foto a la edad de ocho me¬
ses. Nació en el barrio Once, y sus primeros
recuerdos están relacionados con sus años de
colegiala. "Entonces — dice — era yo una
chiquilla realmente insoportable. El estudio,
sobre todo el de los matemáticas, me resul¬
taba muy antipático. .. Me gustoba jugar, y
• aprovechaba todos los recreos paro ensoyor
danzas en el patio. Mis moestros me reñían
por eso, pero, sin embargo, me querían mu¬
cho"... Los primeros aplausos como artista los
recogió Sobina Olmos en esa époco de su
niñez, pues su afición ol baile hizo que los
superiores la designoron siempre paro inter¬
venir en los fiestas de fin. de curso. "En una
ocasión — recuerdo — llegó a la escuela un
señor a quien moestros y profesores ofendían
con mucha deferencia. Era el momento del
recreo, y" yo estoba, como siempre, ensayando
mis danzas. Al verme, el visitante me pidió
que bailoro uno zamba. Yo, naturalmente, no
quería hacerlo, porque jamás había oído esa
palabra ni sabía lo que ella significaba. Su
insistencia, sin embargo, venció mis vacila¬
ciones, y... bailé... Al terminar, unos cuantos
caramelos y chocolatines fueron lo recompen¬
sa a mi trabajo y también la primera remu¬
neración que recibí como ortista".
•«Mr ‘
EL £UE
A pesar de sus escasos cinco años, Leo¬
nardo vivía una vida realmente intensa.
Su espíritu sensible y desnudo se iba apro¬
piando gozosamente de todo aquello que el
mundo Fe ofrecía a borbotones: dolores, so¬
nidos, sabores. Los hombres, los animales, las
plantas, las piedras, se iban inscribiendo en su
alma, y Jio precisamente tal como le habían lle¬
gado, sito corregidos, matizados, desmentidos
por su phlpitante imagúmción. Así vivía Leonar¬
do, entfe el mundo de gfuera y el de adentro,
fluctuante, tan aten/o ávupo como a otro, tan
suyo uno como otrd, hasta que aquel episodio
vino a decidirlo brusca, dolorosamente.
La cosa es que un. buen día se enfureció
Koala, el elefante del jardín zoológico. Había
muerto Tamara, su esbelta compañera de las
selvas malayas, y le habían enviado en su
reemplazo una elefanta joven, oriunda de
Africa, muy cariñosa con él, pero no de su
gusto. De nada valieron con Koala los trata¬
mientos afectuosos de su nueva pareja, ni los
severos de sus guardianes. Su furia iba en au¬
mento, hasta que una noche rompió la pesada
cadena que lo sujetaba, v trizó como si fuera
un barquillo la reja de hierro que^delimitaba
su casa. No hubo más remedio que sacrifi¬
carlo. Al día siguiente, los diarios publicaban
fotografías del pobre Koala, y anunciaban en
grandes titulares que se habían necesitado na¬
da menos que veinticuatro tiros de carabina
para matarlo.
La noticia llegó a Leonardo antes que a
nadie de su casa. El no sabía leer, natural¬
mente, pero se encontró con el retrato de su
amigo yacente, y acudió de inmediato a sus
padres en demanda de explicaciones. Leonar¬
do conocía muy bien a Koala: todos los do¬
mingos por la mañana su padre lo llevaba a
visitar el jardín zoológico, y el gran elefante
era su favorito. No hubo forma de ocultarle
k triste aventura.
Leonardo quedó consternado con la noticia,
¡Veinticuatro tiros de carabina! De modo
que ya no podría acariciar más su esperanza
de que Koala se hiciera realmente su amigo,
y un día lo alzara con la trompa, como había
visto en alguna figura, y lo colocara suave,
matemalmente, sobre su cabezota, entre una
y otra oreja. De modo que Koala, tan gran¬
de, también se moría. La grandeza, entonces,
no era un obstáculo para morir. Al contrario,
tal vez ser grande favoreciera la llegada de
la muerte. Leonardo recordaba k evasiva res¬
puesta de su madre aquel dia que le preguntó:
-Mamá... Y cuandoytvsea grande, ¿quién
va a ser el chiquito d|fc ía¿asa?
Y se pascaba contriástro por todos los co¬
rredores. Apretaba en su mano 'la imagen
arrancada del diario, ya arrugada y marchita.
De pronto tomó una brusca decisión. Muy
mal se habría portado Koak cuando había
merecido veinticuatro tiros de, carabina. No
valía la pena pensar tanto en él. Se acercó a
su madre, le mostró la fotografía, y le pre¬
guntó si estaba mal que k tirara a la basura.
Ante la respuesta negativa, comenzó a cami¬
nar hacia los fondos de la casa. No habk
dado dos pasos cuando vaciló, se detuvo,
regresó a orillas de su madre, le entregó k
fotografía y le dijo, al tiempo que huía:
—Tírala tú. Yo no quiero tirarla.
Después de este episodio, Leonardo quedó
huraño y silencioso durante dos o tres días.
Por ks noches, cuando conversaba con sus
amigos Periquito Salaveña y Tristón, sólo ha¬
blaban de la muerte del elefante. Cada uno
de sus amigos encaraba el caso de nna ma¬
nera distinta. Periquito Sakveña, vital e incisi¬
vo como su nombre, lo tomó un poco a bro¬
ma; le pareció exagerado que Leonardo le
concediera tanca importancia. Total, ¿qué les
w
DE LOS
importaba a ellos? A Tristán, en cambióle-
impresionaron tanto o más que a Leonarxfe
ios veinticuatro tiros de carabina recibios
por Koala. Sus grandes ojos melancólicos bri¬
llaron con un fulgor de lágrimas, su voz se
quebró, vencida por la brutal noticia. Intima¬
mente, Leonardo miraba con irritación la ac¬
titud de Periquito, en tanto que la de Tristán
le impelía a consolarlo y ponerle una mano
sobre el hombro.
Estas conversaciones y estas divergencias le
hicieron pensar otra vez en una vieja cuestión:
¿quién de sus dos amigos era más amigo suyo:
Periquito Salaveña o Tristán? Periquito era k
verdad, k vida, k fuerza, los colores. Tristán
era más transparente, más callado, más triste;
parecía envolverse y diluirse con más aban¬
dono en las sombras de la noche. Porque los
tres chicos sólo se veían de noche. Y es natu¬
ral, pues hay que saber que estos amigos
nacían cuando Leonardo se acostaba, y sus
padres apagaban k luz, y él cerraba los ojos,
y comenzaba a contemplar ante sí la, oscura
y luminosa pantalla de su imaginación. Sus
aventuras eran más fantásticas a medida que
el sueño lo iba invadiendo; se realizaban las
cosas mis inverosímiles: Periquito se hacía
cada vez menos perceptible, y, en cambio,
Tristán se agrandaba, oscilaba, se confundía
con las sombras; era la noche, era el sueño.
Y a la mañana siguiente llegaba el café con
leche con sopas, V los postigos entreabiertos
dejaban filtrar tajantes espadas de sol.
Una tarde, cuando ya habían transcurrido
varias de melancolía, vino César a visitar a
Leonardo. Este quería a su primo mayor
por instinto, porque adivinaba en el algo
de sí mismo, porque le gustaba su novia, por¬
que César jugaba con él y le preguntaba por
sus cosas y por sus amigos Tristán y Peri¬
quito, especialmente por Tristán. Por eso fue ,
una revelación para Leonardo cuando su pri¬
mo le dijo:
—No hay que preocuparse por Koala, ti es
muy feliz ahora. Está viviendo ya en un cielo
especial, más alto que el
nuestro: el ciclo de los
elefantes. Los elefantes
buenos, cuando mueren,
se van a ese cielo.
Leonardo nunca había
pensado semejante cosa.
Ahora se daba cuenta
que era, sin embargo, la
mis sencilla, k más na¬
tural. Una objeciónl se
le ocurrió, sin embargo:
tendrían que ser muy
(grandes y muy 1 sólidíis
las nubes que hubiera
en ese cielo, para poder
soportar el peso de los
elefantes.
— ¡Oh, no!-respondió
Cesar-. Es un cielo espe¬
cial, poblado de árboles,
y hierbas; y arroyos, y
S' grutas. £n f 5 n. rodo lo que
les gusta a los elefantes.
Aquella noche Leo¬
nardo estaba impaciente
W. acostarse. Quería
participar k novedad á
sus amigos, a Tristán en
particular. Y a Periqui¬
to también, que se pon-
dría muy contenco. Por¬
que Leonardo todavía
ignoraba de cuál de los
' ifai A
LEOPLAN 2»
EUfANm
Por César
Fernández
Moreno
ESPECIAL PARA "LEOPLAH"
dos era más amigo. La madre se quedó extra¬
ñada del apuro del niño por irse a la cama
%en seguida de comer, el, que otras veces que-
•yi a toda costa quedarse con los mayores.
Es que Leonardo no podía más por acostarse
y apagar la luz, y cerrar los ojos, en espera
de sus amigos. «
En cuanto llegaron. Leonardo, ansioso, los
detuvo.
—¡Triscan! ¡Periquito! ¿Sallen dónde está
ahora Koala? ¡En el ciclo dé los .elefantes!
Sus amigos se interesaron mucho. .Le pre¬
guntaron detalles sobre ese cielo. Leonardo
los fue contando, tal como los había oído de
labios de su primo. Describía, gesticulaba, ex¬
citado. Y a medida que les iba hablando, sus
palabras se iban haciendo más lentas, v sus
ojos asombrados iban recorriendo el lugar en
que estaban. Arboles, lianas, hierba... Un
arroyo, a pocos pasos... Una gruta... Y la
verdad se hizo en él. Estaba, con sus amigos,
en el cielo de los elefantes. Nunca se le había
ocurrido pensar con precisión cuál era el
lugar en que se encontraba con ellos; nunca
lo había mirado, en realidad, porque en ma¬
teria de ver, siempre se había confiado a la
mirada triste y para dentro de Tristán. Pero
ahora caía. No podía ser de otro modo. ¿Qué
lugar que no fuera el ciclo de los elefantes
podía ser tan aéreo, ran difluente, tan deli¬
cioso como aquél? ¿En qué lugar que no
fuera el cielo de los elefantes podía flotar
tan acogedora penumbra? Entusiasmado, trans¬
mitió la observación a sus compañeros. Desde
luego que Periquito Salaveña se burló un po¬
co-de él. No podía creer que estuvieran en el
ciclo de los elefantes. Pero su frase incrédula
se detuvo en seco. Se escuchaba un crujido
de hojas y de ramas partidas. La fronda se
abrió, empujada...
—¿Has visto. Periquito? Aquí está Koala —
murmuró Leonardo.
Y allí estaba Koala. Los niños no Ic tuvie¬
ron miedo. ¿Por qué iban a tenérselo? Se
acercaron a el, lo contornearon, palmearon
su piel rugosa, jugaron a las csquimtns en sus
cuatro patas. Cuando las sombras lo iban in¬
vadiendo. Leonardo se prometía a sí mismo
pedirle a Koala, la noche siguiente, que Jo
alzara con su trompa, lo colocara s-jbre su
cabeza y lo llevara a dar un pasco por la
selva.
Y así lo hizo. Uno por uno. Koala montó
sobre sí a los tres niños y los llevó de pasco,
un largo paseo, hasta las fuentes misarías del
arroyo. Allí lo esperaba Tamara, su auténtica
compañera, que por lo visto también había
sido buena durante su vida, y que los acom¬
pañó en el viaje de retorno. Aquella noche,
el sueño llegó más lentamente: fue necesaria
la fatiga del regreso para que los perfiles se
fueran desdibujando, y las maravillas de aque¬
lla excursión sé sumieran en la oscuridad. _
La tercera noche, la confianza de los niños
con Koala era ya completa. Leonardo contó
a Koala que, la mañana siguiente, su padre
quería llevarlo al zoológico, pero que él pre¬
fería no ir. Sabía que lo iba a entristecer mu¬
cho recordar que en esc lugar los crueles po¬
licías habían herido a Koala con^ veinticuatro
tiros de carabina. Koala meneó la cabeza,
comprensivamente, y 1 c dijo a Leonardo que
no importaba; que en el ciclo de los elefantes
los tiros de carabina se convertían en mari¬
posas. Y le aconsejó que saliera con su padre,
que no se privara del paseo. Leonardo cambió
una mirada con Tristán y se quedó pensativo.
— ¡Tengo una idea! — exclamó de pronto
Periquito Salaveña—, ¿Y si Koala se apare¬
ciera mañana en el zoológico, donde todos lo
creen muerto por los veinticuatro tiros de ca¬
rabina? ¡Qué susto se llevaría la gente! ¡Y
los policías! Pero, ¡bah! Es imposible. Un
elefante muerto nunca podría volver a la tie¬
rra, Que siga viviendo en el cielo de los ele¬
fantes, todavía, pero... ¡volver a la tierra!
Además, estoy convencido de que Koala les
tiene miedo a los carabineros.
Las miradas de los tres niños convergieron
en el elefante. Tristán y Leonardo deseaban
fervientemente que desmintiera las palabras
insolentes de Periquito. Koala vaciló un mo¬
mento, pero se decidió. Prometió que iba a
volver al zoológico a Id mañana siguiente, y
que aparecería en el momento justo en que
Leonardo pasara frente a su antigua casa. Y
desapareció de repente, corno una gran pom¬
pa de jabón.
Los tres niños, solos en el bosque, se que¬
daron mudos un momento. Luego, Leonardo
v Periquito hablaron a un tiempo. Este insis¬
tía en no creer que Koala bajaría a la tierra.
Leonardo afirmaba que estaba seguro, segurí¬
simo, de que lo haría. Tristán no decía nada,
pero sus grandes ojos tristes decían que él
también.do creta; que creía en todo. Y vino la
noche.
éST
Y vino la mañana. Leonardo se levantó
temprano, como todos los domingos. Su ma¬
dre lo lavó y io vistió, y él salió caminando
por la vereda solead?., de la mano de su pa¬
dre. Iba pensando por el camino en la sor¬
presa que se llevarían las gentes cuando vieran
aparecer a Koala, con su gran cara bondadosa;
cuando vieran que nada pueden veinticuatro
tiros de carabina contra un elefante bueno.
Pero el asombro de todos, y su dicha, llega¬
rían al máximo cuando Koala lo tomara con
la trompa, y lo alzara a él, Leonardo, v lo
colocara sobre su testa. ¿Qué diría su padre?
Mi padre, pensó Leonardo, se parece un po¬
co a Periquito Salaveña.
Cuando entraron en el zoológico, la impa¬
ciencia de Leonardo no conocía límites.
Arrastró velozmente a su padre entre las enor¬
mes jaulas de las aves; cruzó, indiferente,
ante la casa de los monos; eludió el estanque
de los hipopótamos; rechazó, ante el asombro
del padre, su invitación a subir a uno de los
carritos-arrastrados por una llama que otras
veces hacían su felicidad.
En el momento mismo en que yo llegue
frente a su casa, pensaba Leonardo, en ese
mismo momento prometió aparecer Koala.
¡Qué contento se pondrá Tristán! Y Peri¬
quito también, porque, aunque no lo parezca,
es tan bueno como Tristán, y todavía no se
a cuál de los dos quiero más.
HHH
El padre de Leonardo nunca pudo com¬
prender por qué su hijo se echó a llorar tan
desconsoladamente cuando llegaron frente a
la casa de los elefantes. Ni por qué Leonardo
se quiso volver inmediatamente a casa, él,
que otras veces no se cansaba de dar vueltas
v vueltas por el jardín. Ni por qué. en cuanto
llegó, pidió que k» dejaran acostar, y se en¬
cerró en su. habitación, sollozando.
Desde aquel domingo, Leonardo supo defi¬
nitivamente que Tristán era su mejor amigo.
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i Escuela de Mecánico Dentol de Buenos Aireí I
| 202I-RIVADAVIA-2021
| Nombre .
I Calle ,
j Lccolidcd..
£| hombre
moderno
prefiere-
ROPA INTERIOR
“Quintaste?'
CALZONCILLO TIPO 5PORT. CINTURA
ELASTICA. CORTO Y AMPLIO DE PIERNAS.
EN POPLINES IMPOR¬
TADOS INGLE- -050
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CUERPO
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FLETE: S 0.60
QUINTANA
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lite cinemato¬
gráfico 1*9 io*o-
río ti«*e a tu
ciutodki, t* Ti-
AL MARGEN DE LA GUERRA
ESPECIAL PARA "LEOPLAN"
is de su capote el testuz de un toro apocalíptico, yergue su gallardía seudohispana, como símbolo
rácter habano-madrileño de la boite, otro ciudadano al que no quisieron vestir de militar y arre-
ron en una capa de dudoso corte castizo.
, falta tampoco, en las filas de este babélico ejército de cancerberos, el que viste un uniforme
magamente policial, como Sailor Grande, a cuya custodia se han puesto las puertas del “The Gay
rCineties”, y ante el gesto del cual uno no sabe nunca qué sacar del bolsillo: si el portamonedas
para darle una propina o la cartera para mostrarle los documentos de identidad...
En realidad, cosas parecidas Ls ocurren a cada rato a los noctámbulos dp Time Square. Yo
, he visto a más de un buen turista empeñado en arrancar confidencias militares a. algún
k pacífico portero de éstos, confuso v molesto bajo su galoneado uniforme de utilería.
9 Y todavía recuerdo, por otra parte, la indignación con que aquel coronel centroamericano
A imprecaba, en la puerta de cierto mght-club, a un elegante y achispado habitué de
Time Square.
—¿Qué le ocurre, coronel? — interrogué a mi enfurecido amigo llegando milagrosamente
a ' tiempo de apartarlo de su antagonista, que, ante la reacción iracunda del coronel,
apenas acertaba a balbucear unas excusas.
Y el coronel me confió, contemplando de arriba abajo al confundido calavera:
— ¿Se da usted cuenta, amigo mío? ¡Pues no tiene el caballerete la pretensión de que
9^1 le llame un taxi!
A pesar de los incidentes de esta índole, quizá por ellos precisamente, la “militariza¬
ción” de los porteros de Time Square ha agregado un nuevo atractivo al más bullicioso
de los barrios nocturnos de la ciudad. Claro que eso no impide que la mayoría de
los neoyorquinos siga siendo partidaria de
otro estilo de cancerberos: de las cancer-
'ime Square. el barrio donde se concentro la betas.
ido nocturno de la ciudad de los rascacielos. En lo cual, dicho sea de paso, forzoso es
us ni K hi-rtub, han dado ahora en "milito- alabarles el gusto a los noctámbulos de Nue-
izor a sus concc^oeros, lo Que confiere 01 . •-
populoso sector un motir pintoresco va York. •*’
LEOPLAN
LAS VOCACIONES TARDIAS EN LA
S uele llamarse “vocación tardía” a la que aparece cuando el ser
humano se halla en plena madurez, pasados, más o menos larga¬
mente, los cuarenta años. A la verdad, no existe la vocación tardía,
sino la manifestación retrasada de la vocación que estaba latente y
adormecida.
Muchas causas tuercen o retardan las vocaciones auténticas: el em¬
peño paterno de que el niño siga determinada carrera; el capricho
infantil; el contagioso ejemplo de lo que vemos a nuestro alrededor;
el consejo equivocado; las circunstancias sociales y económicas de la
familia y aun del ambiente o del grupo social en que va creciendo
el adolescente. Pero sea cual fuere la causa que induce al hombre a
seguir un rumbo que no es el suyo, no cabe duda de que la vocación
tardía existe y de que es harto frecuente.
Cosos notables de tocación tardío
Conozco dos casos, entre muchos otros, de vocación tardíamente
manifestada, que vale la pena recordar.
Uno es el del gran escultor belga Constantino Meunier. Hasta que
hiciera cierto viaje a España, Meunier había sido un pintor mediocre.
Al recorrer los pueblos vascongados en compañía del pintor Darío
de Regoyos, que me contó el caso, Meunier se entusiasmaba al ver
en las carreteras algunos hombres que le parecían magníficos para
tema de una escultura. “¡Mire ese vasco que va llevando una vaca!
¡Cómo me gustaría hacerle una estatua!” Regoyos le contestaba:
“¡Pues hágala^ hombre!” No sé á Meunier utilizó o no algún vasco
en calidad de modelo, pero sé que abandonó para siempre la pintura
y empezó a los cincuenta años su nuevo oficio de escultor, que le ha¬
ría universalmente célebre.
Otro caso es el del uru¬
guayo Figarí. El doctor Fi-
garí era abogado, y había
sido legislador en su patria.
Un día tomó Sos pinceles
s«i preocuparse ¿e que te¬
nía sesenta años, y fué, des¬
de el primer memento, uno
de los más eminentes pin¬
tores de la América espa¬
ñola, y el primero entre
todos por su originalidad,
imaginación, modernidad,
colorido y expresividad.
Lo vocación tardío entTe
nosotros
En U Argentina, donde
hasta hace poco nada sig¬
nificaba el ser escritor o
artista de mérito, han abun¬
dado las vocaciones tardías.
A principios de este siglo,
el escritor, para casi todo el mundo, en Buenos Aires como en las pro¬
vincias. era un pobre diablo, un muerto de hambre. De ahí que más
de un muchacho con talento literario debiese envainarlo para hacerlo
lucir treinta años más tarde. Los padres querían que sus hijos fuesen
doctores, y el ambiente, lejos de estimular el consagrarse a las letras, lo
obstaculizaba.
Entre ios muchos casos de vocación tardía no conozco ninguno igual
al del doctor Juan Balestra. Había sido Balestra abogado cerca de sesenta
años, y político durante veinte o treinta. Llegó a ser ministro de Pelle-
grini. Pues bien: un día, próximo a los ochenta, se siente escritor, reúne
los documentos que necesitaba para un libro sobre el 90 y se estrena
eri la literatura, en plena vejez, con una obra maestra. Es penoso para
el país que este hombre no haya comenzado a escribir cincuenta años
antes.
Tres principiantes excepcionales
En los dos últimos años se han producido varios casos de hombres
maduros que se iniciaron con éxito en las letras. Y no me refiero al
éxito de librería ni a los elogios de los diarios, sino al éxito de haber
realizado una obra de valer y aun de belleza.
¿Cómo estos hombres, que pertenecen a una época posterior a la de
Balestra, no sintieron en la juventud el llamado urgente de la vocación?
Habría que estudiar cada caso y esto me llevaría demasiado lejos. Lo
importante es comprobar cómo en «941 y en 19^* se estrenan en la li¬
teratura tres hombres maduros que antes no habían escrito, de quienes
nadie posiblemente había esperado que resultasen de pronto escritores.
Ua evocador del ayer
El primero de estos casos ts el de Federico Quintana, que desg^
ciadamenre murió muy' poco después de su magnífico estreno literario.
Quintana había sido siempre hombre de mundo y diplomático. Fué •em¬
bajador en Chile. Luego el gobierno le encomendó una embajada ex¬
traordinaria en el Japón. Yo lo había conocido en 1906, en el vapor
Clyde, donde volvíamos de Europa. Me sorprendieron sus juicios li¬
terarios, su información sobre libros y escritores y su sentido humano y
comprensivo de la vida. Pero jamás supuse que pudiera escribir. Por
esto, me sorprendí cuando, en casa de un pariente suy'o, nos hizo co¬
nocer, a las varias personas allí presentes, tres capítulos de un libro que
preparaba. Le dije lo bueno que pensaba de esas páginas y en diversas
ocasiones le incité a publicarlas. Tardó un par de años en hacerlo.
Tenía sesenta y cuatro cuando lo publicó. Sin duda, algún amigo le
había aconsejado “no meterse”, acaso insinuándole el desprestigio de
un fracaso.
El libro, aparecido en junio de 1941, titúlase En tomo a lo argentino.
No se trata, precisamente, de “memorias”, pero algo tiene de este gé¬
nero. Quintana evoca cosas de su infancia y de su adolescencia, de una
temporada en una estancia inglesa, de otra temporada en los yerbales de
Misiones. Recuerda el viejo ejército del 80, la conscripción en Curu-
malal, la Buenos Aires de los últimos veinte años del pasado siglo, la
calle Florida en ese tiempo, los tenorios y los matones de entonces, la
revolución del 90 y el tango.
Este libro, escrito con rara distinción y corrección, es la obra de un
artista que siente hondamente las cosas del pasado y sabe mostrarlas.
Tiene Quintana descripciones realmente bellas, como una de la selva,
que me parece digna de Horacio Quiroga o de Eustasio Rivera.
Pero lo más notable del libro de Quintana es la abundancia y la ca¬
lidad de sus ideas. Hablando del donjuanismo, dice que “surgió entre
nosotros como un producto inevitable y lógico de nuestra inmadurez
espiritual'’. Explica al matón y asevera: “En la escala del caudillaje; el
matón es la figura mínima”. Considera nuestra historia como “un anhelo
de constante dominación sobre el ambiente, sobre los hombres, sobre
sí mismo”. Es Quintana una especie de filósofo de nuestra evolución,
a la qne él asistiera en las últimas jomadas del siglo pasado. Pero un
filósofo que nada critica porque todo lo comprende, porque a cada cosa
la coloca en su tiempo y en su ambiente y porque él mismo tiene un
alma suave y bondadosa.
Su gran página, la mis reveladora y la más honda, es la que dedica
al tango. No he leído nada tan verdadero, bello y profundo sobre el
tema. Quintana, sobriamente, nos muestra lo que pudiéramos llamar “el
itinerario del tango”. Eli lo ha visto nacer, entrar en la ciudad a modo de
una invasión y apoderarse del alma colectiva. No lo condena. Lejos
de eso, dice que, en sus primeros tiempos, representaba “la insatis¬
facción y los anhelos del medio cuya viril altivez supo interpretar”.
Muestra su marcha comenzada en el suburbio, donde naciera. “Poseía
— explica — una fuerza sugestiva y una cadencia contagiosa que le
abrieron fácil camino. Pasó de su cuna al centro, seguido de un numeroso
séquito de compositores y guitarreros, intérpretes espontáneos, que actua¬
ban como sus introductores a la vez que como sus modelos vivientes”.
especial par* leoplán
Uno estencio del sur de Buenos Aires
El señor Roberto Uballes se ha estrenado en las letras con algunos
años menos que Quintana. No ha de andar lejos de los sesenta. En¬
tiendo que nunca había escrito. No le faltan antecedentes intelec¬
tuales. como que su padre fué médico eminente y rector de la Universi¬
dad de Buenos Aires. Pero él es, a lo que parece, un hombre de campo.
Quiero decir: un hombre que desde hace años trabaja en el campo y
que conoce profundamente y ama las cosas de nuestros campos.
Un buen dia, el señor Uballes tuvo la. feliz idea de componer un libro
describiendo su estancia, una vieja estancia criolla en Tapalqué. Le
puso a su libro un título que no da idea de lo que es: Boleando cht-
mangos. Porque, a la verdad, se trata nada menos que de evocar una
estancia típica, con sus hombres, sus árboles, su fauna, sus costumbres, sus
trabajos. , . . .,
Uballes escribe correctamente, mejor que algunos escritores conocidos.
Es probable que, al meditar en su futuro libro, pensara en Hudson.
Alqo en sus páginas recuerda al autor de Allá lejos y hace tiempo . No
pretendo comparar al argentino con el "inglés. No hay comparación po¬
sible en el terreno literario. Pero Uballes no le va en zaga en cuanto al
conocimiento del asunto y a la honradez con que jo ha tratado. Este
libro cobrará cada día mayor interés y mérito y llegara a tener, a no
lo tiene ya, el valor de un documento.
Un revelodor del Norte
Daniel Ov ejero es jujeño. Dicta una cátedra en la Facultad de Derecho
de Buenos Aires. Su padre ha sido gobernador de su provincia. El ha de¬
dicado su vida al ejercicio de su profesión. Creo que aun no ha cumplido
los cincuenta años y es posible que haya escrito alguna pagina antes
de su verdadero estreno en la literatura. Pero esto mismo demuestra la
existencia en él de una vocación. Tengo para mí que Ovejero ha de
haber luchado con su deseo de consagrarse por completo a escribir.
Su reciente libro El Terruño, que lleva el subtitulo de V¡da Jujeim,
es, en su mejor pane, una bella evocación de su infancia en Jujuy. Es
i Ovejero un escritor hecho, que nada tiene qüe aprender en materia de
técnica literaria. Sabe componer y dialogar, y su prosa, generalmente
sobria, elegante y aun castiza, parece la de un hombre que hubiese es¬
crito mucho antes de publicar este libro. Es que al escribir le ha guiado
el buen gusto, el conocimiento de nuestra lengua y, sobre todo, su ins¬
tinto de escritor nato. . ,
Tiene Ovejero tres aptitudes: el sentido- de lo pintoresco; la habilidad
para narrar y pintar tipos, sobre todo populares; y un fine homonsmo.
Su literatura recuerda en algo a la de su hermano pouoco Juan Canos
Dávalos. Pero hay en Ovejero mayor fondo melancobco en los re¬
cuerdos del pasado y menos riqueza de elementos pintorescos. Entre les
tipos de Ovejero, ninguno tan notable como el del compositor de gados
de riña, don Fidel, y acaso ninguna de sus descripciones valga tanto como
la de la riña. En esta animada, dramática y característica descripción,
que está cortada por los diálogos de los concurrentes y sus apuestas, es
de admirar el hábil desarrollo del combate, la cantidad de observaciones
sobre los luchadores y los concurrentes, el vigor de la frase y lo que
pudiéramos llamar “la psicología” del gallo derrotado. El momento final
es realmente hermoso. Vencido el gallo de don Fidel, y ciego, alguien
dice que se va a ir. Don Fidel protesta. “¿Cuándo has visto — increpa
al insolente — irse un gallo de mi cría?" Eli gallo va a morir en su ley.
“Como á hubiera comprendido lo que ocurría, hizo algo portentoso.
Con un esfuerzo supremo, en el que concentró cuanto le quedaba de
fuerza v de vida, se irguió, batió las alas y, desde la noche trágica de sus
tinieblas, lanzó un canto claro, vibrante, desafiador. Luego, agitado por
un temblor convulsivo, fué sentándose lentamente sobre las^patas; se
tendió sobre un costado, y quedó inmóvil. Estaba muerto .
Morolejo
De codo lo dicho deduzco: que para escribir un buen libro no es nece¬
sario ser un profesional de las letras, ni menos vivir pasmándose ante
cuanto escriben los extranjeros, sino que basta con tener el don literario,
sentir amor por nuestras cosas y saber observarlas. Sólo es de lamentar
que personas bien dotadas para revelar lo argentino mediante el libro,
tarden tanto tiempo en manifestarse. De esto tiene la cul|>a el ambiente,
el público, que, lejos de interesarse por lo argentino, sigue, como en
años pasados, con los ojos fijos en los libros que nos llegan del extranjero
y que a veces, muchísimas veces, son absolutamente inmerecedores de
ser leídos. &
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Las nuevas outoridodes elegidas por un oña, prestan luramento Los hombres del pueblo no tienen nada que envidiar
a los de lo ciudad en lo que se refiere o lo vida sociol y político; es decir, a lo vido civilizado.
Los asambleas de Pelham se singulorizon por lo presencio en ellos de los niños de los grados superiores de la
escueto del pueblo, quienes asisten allí o una cióse práctica de democracia
L a cultura europea se distinguió por el es-^».
plendor de las arres y las ciencias;, v.*
desde este punto de vista, se atacó frecuente¬
mente a Norteamérica, como país negado, in¬
diferente o desdeñoso, para las activiaádcs del
espíritu, cuando lo que ocurría era, sencilla¬
mente, que éstas tomaban allí otras formas y,
en especial, las de la organización de su vida
colectiva y la creación de una pujante demo¬
cracia.
Interesantísimo resulta el ver cómo empieza
a manifestarse esa democíacia en el período
colonial, cuando los granjeros de Pelham, un
pucblecito de Massachusetts, se reunieron por
primera vez, en 1743, en el hall donde años
más tarde se alzarían, al influjo de la palabra
inspirada de Daniel Shavs, uno de los precurso¬
res de la independencia norteamericana, contra
los tributos onerosos y las injusticias de la tira¬
nía, derrocando a las autoridades impuestas por
el gobierno.
Esta asamblea — ellos la llaman meeting —
de Pelham es un órgano de gobierno del pue¬
blo por el pueblo, que constituye una de las
gloriosas tradiciones liberales de los EE. Uü.„y
lia sido calificado de unidad molecular y quin¬
taesencia de la democracia. Algunos historiado¬
res buscan su origen en las asambleas realizadas
por los suizos en el siglo XIIL, y otros, remon¬
tándose más, creen descubrirlo en la antigua
Grecia. No puede negarse tampoco su semejan¬
za con el municipio español, si bien éste, mo¬
delo de instituciones libres, no ha podido des¬
arrollarse ni dar los frutos apetecidos, ahogado,
como en el caso de las Comunidades de Castilla
y las Germanias valencianas, por el poder cen¬
tral. Sólo en nuestra América... Pero, oigamos
a este respecto la palabra magistral de don Bar¬
tolomé .Mitre en la Convención Constituyente
de la provincia de Buenos Aires, reunida en
1871, cuando salió en defensa de algunas virtu- *
des básicas del sistema colonial español. A la
pregunta de: “¿Qué tenía la colonia?”, él con¬
testó: “La Municipalidad, bajo el nombre de
Cabildo, institución que España nos había otor¬
gado y que entrañaba un principio democrático
Todos los osuntos que intereson o lo comunidad se debaten
en la asamblea, prevaleciendo siempre lo opinión de la
mayoría. Mork Aldrich, almacenero, aboga aquí por un
proyecto, que luego se pondrá o votación.
Dirigiéndose al mitins que
vez ol año en el hall fundado en 1743. El
mreUng en los Estados Unidos nació a la
vida público por lo que se ha llamado el
"ejercicio del sentido común inglés".
de libertad, que debía dar con el tiempo el fruto
S e en la madre patria no había podido madurar.
España tuvo antes que la Inglaterra la inteli¬
gencia y la conciencia de las instituciones libres del
propio gobierno... Teníamos los cabildos y los
cabildos abiertos, es decir, la sombra de la muni¬
cipalidad y el medio dé dar participación al pueblo
en la cosa pública. En aquel momento supremo — se
refiere a nuestro 25 de Mayo—, el pueblo se
agrupó alrededor del Cabildo..., delibera como so- *
' berano en la plaza pública, como en Atenas .y
Roma en sqs antiguos tiempos, y manifiesta su
irrevocable voluntad”.
En Norteamérica, el meetmg nació a la vida
pública por lo que se ha llamado “ejercicio del
sentido común inglés”, practicado por hombres
amantes de la libertad, y llegando a alcanzar su
máxima eficacia en virtud del espíritu de asocia¬
ción y de colaboración que los ha animado siem¬
pre. Ésto es lo que vió Sarmiento en sus viajes a
los EE. UU. y lo que tanto le entusiasmaba. “Don¬
de se reúnen unos cuantos yankees — escribió —
formulan las bases de una asociación; la obra em¬
pieza y progresa rápidamente, material y espiritual¬
mente”. Y luego, refiriéndose a la asociación como agente de libertad
y progreso, decía: “De este modo gobierna el pueblo, trabajando direc¬
tamente y sin la intromisión de autoridad alguna, en procurarse su
bienestar. No es ésta una teoría irrealizable; es un hecho existente en
dondequiera que el pueblo es todo y el gobierno lo que debe ser. Si en
Norteamérica algún embarazo interrumpe el pasaje en la vía pública,
deteniendo la circulación, los vecinos se reúnen en un cuerpo delibe¬
rante, de cuyo seno saldrá un poder ejecutivo que remediará el mal,
antes que a nadie le haya ocurrido la idea de una autoridad preexistente
a la de los asociados. Lo mismo sucede para la seguridad pública, comer¬
cio, temperancia, industria, moral y religión”.
Y que Sarmiento supo ver con meridiana claridad las cualidades esen¬
ciales de la vida norteamericana, lo prueba esre puebiedto de Mass^chu-
setts, de no más de quinientos habitantes, aldea más bien por su escaso
vecindario; (Jero, ¡qué distinta a las aldeas de cualquier otro país, a la
impresión que de la aldea nos transmitió Europa, imagen del atraso, con¬
trafigura de la ciudad! Pelham, muy lejos de las urbes importantes, lleva
una existencia ajustada no sólo a las más avanzadas normas de progreso,
sino también a los más puros principios democráticos. Hasta el punto
de que el hombre de esta aldea no tiene nada que envidiar al hombre
de la ciudad, en lo que se refiere a nivel de vida social y política, es
decir, de vida civilizada.
Desde que en 1743 se construyó el hall de Pel¬
ham, lugar de sus meetmgs, éstos no han dejado
de celebrarse todos los años. En estas asambleas
se delibera sobre cuantos asuntos interesan a la co¬
munidad, y en los acuerdos que se toman preva¬
lece la opinión de la mayoría.
Las autoridades coloniales de Massachusetts veían
en estas reuniones un peligroso foco revoluciona¬
rio y quisieron suprimirlas, pero no lo consiguie¬
ron. Pudo más el espíritu de asociación. Los ha¬
bitantes de la colonia se iniciaban en estas asam¬
bleas en las prácticas de la vida democrática, que
habían de implantarse con la independencia, y así
el hombre de la más recóndita aldea norteameri¬
cana pudo verse cabalmente representado en un
Wáshington, y los corazones estaban preparados
para que fructificasen en (ellos las palabras de un
Franklin, apóstol del bienestar y la virtud.
Después de la independencia, los habitantes de
Pelham siguieron — y siguen — reuniéndose una vez
por año en el boíl glorificado por el recuerdo
del capitán Daniel Shays. Toda persona anotada
en el registro de votantes tiene derecho a opinar
y a emitir su voto en la asamblea. Si el asunto de
que se trata es de poca monta, la votación se hace a la vista, levantando
la mano en señal de conformidad; cuando se han de decidir cuestiones
de cierta importancia, entonces la votación es secreta, depositando cada
uno su papeleta en una urna. Todo esto no tiene, en realidad, nada de
particular. Pero, hay algo en estas asambleas que las singulariza, y es la
presencia en ellas de los niños de los grados superiores de la escuela del
pueblo. Para que estos niños puedan asistir al meeting que los vecinos
de Pelham celebran un día al año, y en el que eligen el comité que ha
de administrar los fondos de la comuna y resuelven cuantos asuntos
interesen al pueblo, ese día se declara feriado en su escuela. En realidad,
la fiesta para ellos no consiste en otra cosa que en cambiar de local, pues
si van al hall del pueblo - escuela de democracia — es en calidad de
alumnos, para asistir a otra clase: clase un poco larga, pues suele durar
desde el mediodía hasta el anochecer, pero en la que ellos pasaran sin
duda un buen rato, cumpliéndose así el precepto clásico de enseñar di¬
virtiendo. Los muchachos asisten a las deliberaciones desde una.tribuna,
como espectadores. Y así van aprendiendo una lección que de igual
modo aprendieron sus padres, v que sin duda ha de grabarse de manera
indeleble en sus almas. Bella forma de irse transmitiendo, de padres a
hijos, el legado de libertad que recibieron de sus antepasados, los in¬
migrantes escoceses presbiterianos que. afincados en aquellas tierras,
iniciaron estas prácticas democráticas hace exactamente dos siglos.
Los granjeros de Pelham se olzaron contra los tributos
onerosos, derrocando a las outoridodcs, al influjo de le pa¬
labra inspirada de Daniel Shays. He aquí cómo se recuer¬
da su memoria a la entrada del pueblo.
Si el asunto de que se trata es de poco monto, lo votación se hace a la vista; pera cuando se ha de decidir sobre
cuestiones de cierta importancia, entonces coda uno deposito su voto en uno urna.
PELHAM
SETTLCD BY SC0TC1I PRES8YTEMAN DWWÍI5I739
ORGANIZAD AS IliE LIS8W PROPWfTY 1740
INCORPORATE) AS THE TOft’N Of PEUM
OID BURYING GftOÜSD LAIDOJT P 39
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JO - LEOPLAN
ACTUALIDADES
EL FALLECIMIENTO DEL
Con hondo pesor fué
recibida en todo la
República la noticia
del fallecimiento del
vicepresidente de la
Nación, contraalmi¬
rante Sobó H. Sueyro.
Este sentimiento popu-
lor se puso de relieve
en el acto del sepelio
de sus restos, efectua¬
do con los altos hono¬
res decretados por el
Poder Ejecutivo, y que
constituyó una gran*
dioso manifestación de
duelo, t/na inmenso
muchedumbre presen,
ció el poso del cortejo
fúnebre en su trayecto
hocio el cementerio de
la Recoleta, donde
componeros de armas
y de gobierno despi¬
dieron con sentidos
oraciones al magis¬
trado desaparecida.
EL II CONGRESO NA¬
CIONAL Y PANAME¬
RICANO DE PRENSA.
En el Capitolio Nocio.
nal de Cuba celebrá¬
ronse recientemente
los ¡ornados del con¬
greso del epígrafe, a
cuya inauguración
asistió el presidente de
la república hermana,
moyor general Fulgen¬
cio Batista y Zaldívar.
Concurrieron al con¬
greso delegados de
prenso de casi toda
América, haciéndolo en
representación de la
Editorial Sopeno Ar¬
gentino el señor Fidel
Sarobia. En la foto se
ve al presidente de
Cuba durante la ce¬
remonia inaugural.
CONMEMORACION. —
Con diversos actos de
carácter pública con¬
memoró la Congrega¬
ción Israelita de la
República Argentina el
75 ? aniversario de su
fundación. En la fo¬
tografía aparece un
sector de la cabecera
del almuerzo que se
sirvió en el solón co¬
medor del Asilo Ar¬
gentino de Huérfanos Israelitas, y al cual asistieron
destacados personalidades de esa colectividad.
CONCIERTO. —En el
Teatro del Pueblo
ofreció un recital de
piano la concertista
Genny Blech, quien
ejecutó obras clási¬
cas de conocidos
compositores nacio¬
nales y extranjeros.
La reunión contó
con el auspicio de
la ogrupoción artís¬
tica "Lo Peña".
f lAS 9 ' EXIJA LAS LEGITIMAS. *
ESCOPETAS. RIFLES Y CARABINAS
I "HIDALGOS DE LOS MARES".— En su microcine de la calle Lovolle, y especiol-
r mente dedicoda a la Editorial Sopeña Argentino, ofreció la distribuidora Artistas
‘ Unidas una exhibición de "Hidolgos de los mares", película de sello inglés dirigida
- ' por Noel Coword, en lo que, a través de la historia de un barco, se reflejo lo
gesto de la marina de guerra británica en la actuó) conflagración y se glorifico
a los hombres que integran sus fuerzos de mor. Asistieron oi acto elementos direc¬
tivos de nuestro coso y uno representación de la embajada británica, integrada
por Mr. Alfred Roberts y por Mr. y Mrs. Brutton, presenciando igualmente lo
exhibición los cronistas cinematográficos de nuestras revistas. Hizo los honores de
lo coso, con su habitual gentiiezo, el gerente de Artistas Unidos, señor Sam L.
Seidelman, acompañado por el jqfe de publicidad de dicha distribuidora, Sr. Aromayo.
LEANDRO REDAELLI • SALTA 1071 • Bs.
PIDA FOLLETOS EN LAS BUENAS
[ CASAS 0 A SU DISTRIBUIDOR:
I.EOPLAN *1
El féretro es conducido o pulso hocia el peristilo de la Recoleta, oeocn-
poñodo por parientes del extinto y olios outondodes de la Nación.
LA FIESTA NACIONAL DEL URUGUAY. — Una elocuente expresión de
solidaridad continental constituyó la fiesta con la cuol el Instituto
Cultural Argentino-Uruguayo celebró el 113 9 aniversario de la Consti¬
tución de lo República Orientol del Uruguay. Ocuparon la cabecero del
banquete distinguidas personalidades, entre otras, el intendente muni¬
cipal, general Basilio Pertiné; el doctor Enrique Larreto; el embajadet
de los Estados Unidos, Mr. Norman Armour; el embojador del Brasil,
doctor José de Poulo Rodrigues Alves, y el embajador de Chile, doc¬
tor Conrado Ríos Gallardo. Durante el brillonte acto hizo uso de lo
palabra el señor Luis E. Azaróla Gil, consejero de la embajada del
Uruguay en representación del doctor Eugenio Martínez Thed^.
LOS NUEVOS SUB¬
TENIENTES.— Lu¬
cidos contornos
adquirió el acto
de la entrega de
los sables a los
nuevos subtenien¬
tes de nuestro ejér¬
cito. Asistieron o
lo ceremonia el
presidente de la
Nación, general de
división Pedro P.
Ramírez, y altas
autoridades del
pais, quienes apa¬
recen aquí escu¬
chando el Himno
Nacional.
ANIVERSARIO.—
Personal directi¬
vo y empleados de
los Librerías Moc-
kern, S. A., y
miembros de la
Sociedad de Ayuda
Mutua de Vende¬
dores de Diarios de
esa casa, reunié-
mido de camara¬
dería al cumplirse
el 95* aniversario
de la fundoción de
dicho firma, y el
6* de aquello so-
ciedod. La foto
muestra la cabe¬
cera del banquete.
ARTISTICAS.—En
los salomes de ta
Asociación de Ar¬
tistas Argentinos
realizó una expo¬
sición de sus obras
lo pintora Carmen
Fcmóndez Roux de
Prieto. Los cua¬
dros al carbón que
constituyen la
muestra, merecie¬
ron unánimes elo¬
gios de los críti¬
cos de arte locóles.
•
VOLCAN
Cocinas "VOLCAN", las primeras
que en el mundo se han fabricado
a gas de kerosene.
En venta en todas las casas del ramo.
Fabricantes: Cuareta & Cía.
Maipú 250 - 33 - 9731 - Bs. Aires
32 - LEOPLÁN
EL CUENTO DE GUERRA
i
n estos momentos siento haber dejado
■y de ser lo que era. Todo, se abandona
en mí. Atento sólo a la orden que va
'a- Ser dada, sujeto con fuerza el fusil a mi
pecho y espero. Mi pobre corazón late sin
ansiedad, y sufro un poco de frío dentro de la
noche cálida que nos esconde. En la espera
nos miramos todos, y aunque nada decimos,
sabemos comprendernos: la única vez. Recor¬
damos, sin querer, nuestros días pasados, nues¬
tras pasadas bromas y nuestra pasada vida.
Vamos a entrar en lo arcano, así pues, cuan¬
do dejemos esta sucia trinchera y demos ese
salto, cada uno de nosotros dejará en ella su
propio mundo. A pocos pasos de donde cae¬
remos quedará toda nuestra vida anterior. En
la pared de barro que nos cobija, tu nombre
grabado y unas fechas, lo mejor, el mejor de
todos los recuerdos, quedará aquí muy sucio
de barro y de sangre. Con luz de luna ba¬
ñado y coronado de estrellas. Este cielo que
es lo único limpio, lo único que vive y lo
único* que existe en este cuadro, se parece a
otros cielos muy lejanos. Si lo vieras lo re¬
conocerías. Con una pequeña lágrima en la
mejilla, pensarías como yo en muchas cosas
bellas y en muchas cosas idas.
Ahora es el sargento — oue sin herir la no.
mnnos el fusil se inquieta. Tu imagen no mt?
abandona, ni me abandonará mas.
F .1 tiempo pasa lento, lentísimo. El silen¬
cio es completo. Y la noche al mirarla es be¬
lla, bellísima. Debo confesar que tengo mie¬
do: no de morir, puesto que días hace que
he dejado de existir para mí mismo. De este
pozo sé que es difícil salir. Además nadie re¬
conocería la persona que fui hásta hará pocas
semanas. Quién sabe si tú misma no me ten¬
drás ya por muerto. Han sido muchos hoy
los caídos. Nuestra posición es tan difícil co¬
mo fácil para el enemigo, que no ha dejado
de cañonearnos en todo el día. Y ahora, así
el destino lo quiere, vamos a enfrentamos con
a echarlos de donde nos dominan, a lu-
cuerpo a cuerpo, a matar y morir. A
cuando la noche invita a todo menos
eso, y a matar precisamente con el alma re¬
de amor por d, que me esperas lejos.
Creo que ahí está todo mi temor. He de ser el
primero en caer, por no haber sabido matar.
Y la orden es dada. Y junto con los otros al
saltar, avanzamos. Y en menos que lo pienso
me veo en el vórtice mismo de un rugiente
torbellino de balas. Con otros dos me protejo
en el hoyo de una granada. Y es al poco de
advertirlo cuando me quedo solo. Desde
que hemos saltado espero recibir ese golpe
seco que ha de quitarme la vida. Por eso lle¬
vo en mis. labios tu nombre.
El repiqueteo de la ametralladora cesa. El
silencio vuelve. Experimento la sensación de
creerme el único ser vivo en la vastedad del
espacio. A modo de comprobación, asomo la
cabeza. A poca distancia, yacen los cuerpos
inertes de mis compañeros. En las sombras se
mueven los otros. Sigo con ellos. Debemos
avanzar, avanzar y terminar cnanto antes. Es
i. E o r*
toddy nutre da
—Miguel..., Miguel...
—..-????
—...Miguel...
T."* _Ya mueve sus manos, doctor... Miguel...
r -..-Sí.
-Me oves..., soy yo..., Estela.
—Estela... ¿Dónde?
—Aquí, a tu lado, tus manos tienen las mías.
-No te veo... ¿Dónde estoy?. ■■ ¿Dón-
de estamos?
-En el hospital San Roque, en casa No pue¬
des verme, porque tienes tu cabeza vendada...
—¿Qué tengo en la cabeza?...
-Nada; cosas de la guerra, pronto sanaras.
—Estela...
—Sí. • •
—¿Eres tú. tú?...
-Sí; no te preocupes, descansa... Ha sido
un milagro...
-Has sido tú... *
Por f. Gurvia y Guztnán
ESPECIAL PARA
••LEOPU a n~
ILUSTRACIÓN
DE VALDIVIA
it^psr r a consigna v con ella no se cuanto tiem¬
po paso arrastrándome. Mi intención es ganar
un pozo cercano, ral vez la última etapa. Po¬
co falca por alcanzarlo cuando de pronto re¬
tumba la tierra a mis pies y caigo. Antes de
que me sea posible cerciorarme de si he sido
herido, veo cómo se va abriendo una serie de
3«niieros en la tierra, cómo se extiende en li¬
nea perfecta, lo mismo que si la perforase un
punzón vertiginoso. Escondo mi cabeza entre
nus brazos, al mismo tiempo que siento un
formidable mazazo en la nuca.
Se hace una espesa tiniebla en tomo mío.
L*s fuerzas me abandonan. Apenas si me que¬
dan las suficientes para mover el dedo me-
Siéntome desmayar.... desmayar co¬
bo baio la acción de un anestésico. Pierdo la
noción de todo..., menos de aquella densa
oscuridad que me rodeaba. Y no se donde,
illa ai un rinconcito de mi cerebro, brilla aun
■B ruvo tenue de conciencia. A su débil luz
w dicto... “Tú ves, también a ti te tuvo que
llegar el tumo. Convéncete, nadie se escapa.
Cuenta ahora los minutos que te quedan y
gózalos como puedas.
Aunque estás ciego, aunque te sientes caer
ea el espacio como un bólido, eleva tu cabeza
I -i ciclo y contempla cómo las estrellas te
Abandonan a tu suerte. Ya todo es unpos.ble.
N.. hay paso hacia atrás que te salve. \a es-
I Qj donde querías, donde ansiabas estar, si,
porque lo ansiabas, porque tú viniste por tus
■ ¡W,os pasos. Fué un ideal, ahora lo re-
' cuerdas, fué por defender algo muy bello.
Bien, va lo defendiste, ya te chorrea la san¬
gre !n suficiente como para ser aclamado por
Ls muchedumbres que te rieron partir. No
* tendrás ahora el aire marcial, solemne, de
‘ aquellos días: rodo se ha perdido en el fango.
¡Ah!, pero sí te queda la inquebrantable vo¬
luntad de vencer, y vencerás, claro que sí.
.Óué importa el milésimo hombre? ¿Que im¬
porta que tú quedes aquí? Si detrás hay otros.
■ fev muchos, ¿qué importa que tu mueras,
auc te ignoren las multitudes, si hay alguien,
muv lejos de estos campos sin rosas, que te
llora y espera? Anda, haz tu último esfuerzo,
trata de evitar que te lleven, conten esa san¬
gre que te chupa la tierra, y vive, vive como
puedas, de lo que puedas, pero vive.
liradas a TODDY, el delidoso y nutritivo TODDY, que restituye
con ventaja el natural desgaste de energías, los chicos saltan
y juegan "como benditos", ¡sin resentirse físicamente!
Las criaturas "meTODDYcamente" alimentadas son más despier¬
tas, vivarachas, y destacan en el estudio una inteligencia clara,
vivaz, permanente.
Los chicos venderán salud y energía y la mamá realizará buenas
economías, ¡si les dá TODDY tres veces por día!
DOS GRANDES AUDICIONES DE RADIOTEATRO "TODDY"
17 horas - Catalina Barcena dirigida por Gregorio Martínez Sterra en la
Red SPLENDID, diariamente menos domingos.
18 horas - Oscar Valicelli y Nelly Hering en RADIO BELGRANO de
lunes a viernes.
DE ARGENTINA ADENTRO
Las ventanas, sólidamcn
Influjo de los templos
tes y gruesas moderos,
frente a las cuales des.
filaron los hombres de
"El Chacho" pocos dios
antes de ser derrotados
por el general Pqunero.
Lo ruta es larga y el
amanecer sorprende a los
devotos en plena marcha.
Pero las distancias, que
a veces no pueden sal¬
varse en una sola jomo-s*?
da, no arredran o los f
creyentes cordobeses. Y
E l cordobés posee un innato sentido religioso que se le ha hecho
fibra en su carne y letra en su historia. Desde su catedral hasta la
más humilde capilla, perdida en un rincón dei la serranía, los templos
e|ercen sobre su espíritu una influencia natural y espontánea, cuyas raí-
ces se nutren no solamente de hechos espirituales, sino también de sucesos
históricos.
Al serrano no le arredran las dificultades de las distancias hacia los
templos, a veces insalvables en una sola jomada. Halla siempre la manera
de cumplir esa su acendrada necesidad del espíritu y, devoto, alberga
varios días en su humilde hogar de la sierra una imagen sagrada o, cuando
no la tiene, un cuadro representativo de su devoción, velándola, alum¬
brándola y orándole algunos días, transcurridos los cuales la transporta
a la casa vecina, en una continua rotación lugareña. »
Así, no es difícil hallar en las más remotas latitudes serranas, en medio
de la travesía de la Pampa de Achala, Olaen o Pocho, a muchos lugare-
1
■ R
Por Juan J. Ortiz Barili
ESPECIAL PARA "LEOPLÁN'*
FOTOGRAFIAS DE SCHNEIDER
ños que portan en procesión a un sagrado símbolo a través de largas
distancias, bajo un clima a veces tórrido, a veces frígido, hasta llegar a
casa del vecino al que le corresponde albergarla.
Cuando en una de esas peregrinaciones se encuentran dos procesiones,
acostumbran a detenerse y besar por tumo, recíprocamente, las imáge¬
nes que custodian.
Piadosa tradición de un pueblo resignado, trabajador y noble, que se
enaltece al compartir las obligaciones materiales con las especulaciones
snperiores del espíritu, llenando ese nuestro “primer vacío del corazón”,
como lo llama Scheler.
Uno estompa de 18...
Cuando dos procesiones
El sentido religioso del cordobés y el influjo que sobre él ejercen los
_ __ serranía,
acostumbran a detenerse
para reverenciar a sus res¬
pectivas imágenes. He
aquí un aspecto de la
original ceremonia.
El templo de la Compa¬
ñía de Jesús, tros de cu¬
yos muros se refugioran
las niñas de la sociedad
^cordobesa durante el des-
T orrallo de los episodios
Yque se relatan en la pre¬
sente noto.
templos, provienen tanto de un sentido espiritual como material. Aparte
del aspecto espiritual, fácil de comprender, el segundo, es decir el ma¬
terial, halla su explicación en épocas aun no muy lejanas. La historia de
nuestra organización nacional está jalonada de episodios guerreros, de he¬
chos turbulentos que tenían por protagonistas a las tropas regulares unas
veces, y otras a los grupos de gauchos, montoneras, etc., que bajo diver¬
sas banderas y con distintos móviles, rompían a menudo la paz del inte¬
rior del país con sus encuentros sangrientos. Córdoba no fué ajena, por
cierto, a esos acontecimientos, y cuando algún caudillo la hacia el blan¬
co de su objetivo, los débiles — las mujeres y los niños — tenían que bus¬
car amparo seguro. ¿Dónde? En los Templos, en los conventos, cuyos
muros brindaban sensación de seguridad moral y material. De este modo,
fueron adquiriendo, con el correr de los años, esa fisonomía particular.
Pero dejemos que hablen los hechos. Un solo episodio de aquella tur¬
bulenta época bastará para dibujar el perfil exacto de sus características.
¡Viene "El Chacho"!
I
La paz de aquella Córdoba monacal y tranquila de 1863, Iubía sido
sacudida por algunos acontecimientos políticos de singular trascenden¬
cia; en realidad, la ciudad se hallaba, en la anarquía más completa: el
io de junio de ese año, un motín destituía al gobernador don Justiniano
Posse, despojándolo del poder para entregarlo a don José Pío Achával,
en medio de la dominación del partido federal, el de “los rusos”, como
se les. llamaba entonces.
Apenas restablecidos un tanto los ánimos, y cuando los aguateros po¬
nían otra vez su nota típica en las calles polvorientas, pregonando SU
fresca mercancía, obtenida en las limpidas cascadas de las sierras y que
transportaban a la ciudad en los curiosos carros
construidos con madera y tientos; cuando ve di-
luían en el aire tibio las cristalinas notas de las
campanas del templo de la Compañía de Jesús,
corre una tarde, como reguero de pólvora, la no¬
ticia de que “el Chacho” sé acerca a marchas
forzadas.
—¡Viene “El Chacho”! — es la exclamación que
está en todos los labios.
Efectivamente: sabedor de los cambios políticos
producidos en Córdoba, el “eterno derrotado”, co¬
ronel Angel Vicente Pcñaloza, “El Chacho”, que,
vencido por Sandes en Punta del Agua y Lomas
Blancas se dirigía a Los Llanos, cambia rápidamente
de rumbo y “como una exhalación” — al decir de
Sarmiento — se encamina a Córdoba marchando
día v noche. El 19 aparece sobre las barrancas que
dominan la ciudad de las rorres.
Entretanto, el terror reina en la mejor clase de
la sociedad, en la ciudad mediterránea, ante la ho¬
rrible perspectiva del saqueo y los atropellos que
se supone cometerán las hordas de “El Chacho”.
En tales momentos, la granítica e imponente ar¬
quitectura del templo de la Compañía de Jesús,
con sus enormes muros de piedra, da — junto con
otros claustros — la única sensación de amparo;
y hacia ellos acuden presurosas las niñas de la es¬
cogida sociedad.
De tal modo, el majestuoso templo cobija a una
muchedumbre que ora y espera. Las naves, débil¬
mente iluminadas, presentan un aspecto fantasmal:
las sombras se alargan y la ansiedad crece... Todos
los ojos están fijos en las sagradas imágenes, cuyos rostros de cera
anima el titilar de los cirios. En ellos confían los fieles que rezan sin
descanso, atendidos solícitamente por • los jesuítas que se multiplican
para prestar ayuda a las gentes, con la premura e improvisación de
un hospital de sangre en las líneas del frente.
—¡Va llegan los llanistas! — exclama uno, mientras la ansiedad dilata
los pechos.
—Parece que siguen de largo —murmura otro.
— ¡Oh, sí!... ¡Alabado sea Dios! — agrega un tercero que, como los
demás, atisba a través de una estrecha ventana sólidamente protegida
por barrotes y gruesas maderas.
—¡Pobrecitos; si parecen almas en pena! — añaden varios, conteniendo
los deseos de correr y ofrecerles agua y brindarles descanso.
Efectivamente; los que pasan frente al convento, en lugar de ser gen¬
te salvaje y hostil, tienen aspecto manso y cansado. Un hombre de apa¬
riencia humilde, de barba casi blanca dividida en dos, los ojos azules,
la mirada suave, correctas las facciones, con indumentaria gaucha: chi¬
ripá, poncho y guardamontes, pasa al frente de unos 200 jinetes arma¬
dos con lanzas. La tropa desfila lenta y religiosamente, tal vez año¬
rando sus ranchos de La Rioja. •
La calma, entonces, renace entre los refugiados. Los llanistas se dirigen
a la calle con nombre medieval: Ancha. .Mala suerte les espera. #
El encuentro de "Los Ployas"
Coronel Angel Vicente Peíoloio, “ti Chocho".
El general Paunero - que en San Luis tiene la noticia de la entrada
de “El Chacho” en Córdoba - acude con rapidez y el día 27 forma sus
tropas en línea de batalla, en el paraje denomí-
nado Las Playas. Allí, al amanecer del 28, repro¬
ducen “El Chacho” y Paunero, un caudillo y un
militar, la misma escena de 30 años antes, que tuvo
por protagonistas al “Tigre de los Llanos”, Juan
Facundo Quiroga, y al general don José .María
Paz. Lo mismo que los gauchos de Facundo no
pudieron aguantar la carga del disciplinado ejér¬
cito de dragones de Paz, tampoco las hordas de
Peñaloza resisten esta vez el embate de las tropas
del general Paunero, quien una hora más tarde
de aquel amanecer sangriento, remite un victorioso
pane al ministro de guerra de Mitre, general
Gellv y Obes, con la nueva del aniquilamiento
casi completo de las fuerzas de “El Chacho” y
“los rusos” de Córdoba. Se cierra así una página
roja que ha registrado la historia de la heroica
organización nacional.
Aquella página — que se hallará quizá revol¬
viendo en los cofres viejos del pasado — explica,
en su parte material, el influjo que la impávida
severidad ascética de los teinplos ejerce sobre el
ánimo de los creyentes y devotos hijos de la se¬
rranía cordobesa. Son ésas, por lo demás, las úni¬
cas reminiscencias que no se desvanecen como el
perfume místico del incienso en él recogimiento
del secular monasterio, cuyo alicato palpita en la
dudad.
■ ■
¡TENGALO USTED PRESENTE!
Se halla en ven¬
ta en todas las
farmacias del
vais.
** V' a 6 ^>^V 0 ’
0 ¿P ^ \o NO' 5 *'
^ ‘ ‘
Hoy la medicina cuenta con ele-
mentos valiosos, tales como la
Yodosalina, asociación de los al¬
calinos con el Yodo, producto de
eficacia e indicado para las perso¬
nas con tendencia a engordar.
La Yodosalina regula las funciones
de recambio, sus bases alcalinas
saponifican el exceso de tejidos
grasos y obra a la vez como un
activo expelente.
Sin compás t
COSAS RARAS, CURIOSAS, ILUSTRATIVAS,
DOMINGO VILLAFAÑE
el conocido dibujonte, tiene en el pincel y en el almo un personaje de
historieta, que dentro de lo gracioso suele ser trágico, como todo lo humo¬
rístico. Se llama
PINCELITO PURAPOSE
y no ha podido resistir la tentación de hacerse una escapada a “Sin Com¬
pás ni ritmo", pora echar, desde este onuncio, un vistazo a los lectores,
que seguirán, en adelante, sus hazañas de pintor bohemio y desaprensivo.
Desde ei próximo número asistiremos, en estos páginas, a las aventuras
y tropezones de
PINCELITO PURAPOSE
ol que le deseamos divertida vida.
CADENITAS
Cuando Gulliver, el conocido
personaje de Swiít, visitó el
pais de los gigantes, tomó esta
fotografía. Son cadenas de reloj
expuestas en un escaparate de
relojería. Cada una pesa treinta
y dos toneladas, y están hechas
de un metal más duro que el
acero. Sin embargo, los habitan¬
tes de ese país las cortan al
menor descuido, sobre todo cuan¬
do se les escapa el reloj de las
manos; pues éste pesa unas dos¬
cientas toneladas. Hemos resuel¬
to llevar a cabo una investiga¬
ción sobre la autenticidad de la
presente fotografía; nos parece
que quizá se trate de simples ca¬
denas de esas que usan las an¬
clas de los buques, fotografia¬
das en un puerto del Canadá.
HIJA PERFECTA
Cierto señor se presenta un día en Fer-
ney, y se anunció a Voltaire de la si¬
guiente manera:
—Tengo el honor de pertenecer a la
Academia de Chálons, que. como usted
sabe, señor, es hija de la Academia Fran¬
cesa.
— ¡Oh, si, señor! —le contesta Voltal-
re —; y una hija tan buena que nunca
ha dado que hablar.
SENSATEZ
Y con perdón de la gloria.
Mucho máe estimaría
Vivir en el mundo un día
Que mil años en la historia.
Anónimo.
PRECOCIDAD
gunta a un chico de unos 6 años:
—Jovencito. ¿fuma usted?
—No, señora. Pero puedo ofre¬
cerle un cigarrillo.
"Haré tal PROVERBIO JAPONES
cosa, si Dios
lo quiere", decía un hombre; pero eso care¬
cía de todo sentido, pues todavía no había
pedido permiso a su mujer.
PRECAVIDO
CONSECUENCIA
El juiz. — Se le acusa de haber
arrojado a su mujer por la ventana.
El acusado.— Lo hice sin querer, señor juez.
El jvtz.—S f, perfectamente; pero imagínese lo que
hubiera ocurrido si alguien hubiese pasado por lo calle
en ese instante.
NO BAILE ASI
En el número anterior vimos cómo esta distraída pa¬
reja de entusiastas bailarines cometía figuras que no
resultaban elegantes. Dijimos que era debido al exce¬
sivo sentimentalismo de la pareja, que se olvida de que
está bailando y de que hay espectadores. Y es verdad.
Hoy lo corroboramos con otra foto de la continuación
de aquel baile. La cara de él muestra a las claras que
el hombre está en las nubes, y la de ella dice que
la violenta situación le ha hecho reaccionar y darse
cuenta de lo que sucede. Tan rápidamente giran los
d<», que la fuerza centrifuga levanta las piernas de ella.
No sabemos lo que sucederá cuando él la suelte sin
darse cuente de lo que pasa... Lo veremos próxima¬
mente.
EL MAR
TRAGICO
El mar Báltico
es el mar de los
naufragios: por
término medio
se registraba uno
por día en tiem¬
pos de paz.
ABOGADOS
VIGILANTES
UN VENENO... LENTO
Al decirle un amigo o Fontenelle que el café era un
veneno lenta, éste le respondió:
—Muy lento, porque hoce casi ochenta años que me
viene motondo.
UTILIDAD DEL BAMBU
El bambú es la planta que e
emplea más universalmente. No
hay categoría de necesidades
humanas que no pueda ser su¬
plida por alguna forma de bam¬
bú o algún producto de esa
planta. De él se obtienen ali¬
mentos, armas, abrigo, canastos
y recipientes, puentes, caños,
papel, cables, adornos y mu¬
chos otros artículos especiales.
JACINTO PIESFELICES
Zapatos
PINTORESCAS Y HUMORISTICAS
JUEGOS DE SOBREMESA
Este lazo, aquí donde usted lo ve, señor lector,
es un lazo mágico. Está pasado por el ojal de un
traje gris, pero el color de éste nada tiene que ver
con la magia de tal lazo. Tampoco tiene nada que #
ver el hecho de que el botón no se halle en su co¬
rrespondiente ojal ni en ningún otro. La magia de
esta prueba consiste en librar el saco de tan seguro
lazo sin deshacer éste, sin cortarlo y sin romper el
ojal; tampoco se debe recurrir a echar todo al fue¬
go ni a esperar que los dioses intervengan. Se pue¬
de esperar, eso si, que aparezca el próximo número
con la reglamentarla solución, la que, de aquí a en¬
tonces, ya habremos encontrado.
OFICIO FACIL
Hoy hemos .atrapado (con la cámara) a la mujer hermosa que ne¬
cesitamos cada quince días para recrear el buen gusto de nuestros
más retinodos lectores La hemos atropado en una especie de bicicleta
con motor, que por el momento no viene al caso,. haciendo ruido y
levantando tierra, a toda velocidad por esos calles de Dios. No com¬
prendemos cómo es que se encuentra en paños menores. Sin embargo,
ella nos explicó, con una respetable serie de razones, que su vesti¬
menta es correctísima y que no se trata de paños menores También
dijo que se llama Mildred Colé, y que es norteamericana, de Hollywood.
¿Ser, cierto?
I Wfrwo
BORDADO HISTORICO
La reina Matilde, esposa de Guillermo el
Conquistador, era una dama de gran pacien¬
cia. En la biblioteca de la ciudad de Bayevx
se conserva una tira de tela de setenta me¬
tras de largo bordada por dicha reina con la¬
nas de diversos colores, representando episo¬
dios de la conquista normanda. El bordado
comprende 623 personajes, 22 caballos y
mulos, 55 perros, 505 animales diversos,
di barcos, 37 edificios y 49 árboles, lo
que hace un total de 1342 figuras mag¬
níficamente ejecutadas.
La tela está algo amarilla, pero los
colores de las lanas se conservan con to¬
do su brillo 1 e-
EPIGRAMA
Estudio jugando, cuando
Lo que es trivial seriamente
Trato; y cuando trivialmente
Lo serio, juego estudiando.
F. DE LA TOBRE.
jjt IODO UN POCO
Se llama au¬
tor moderno un
señor que es al mismo tiempo financiero, di¬
rector, comediante, "metteur en scéne”, bo¬
letero... y quizá escritor.—FIERRE VEBER.
PROBLEMA
UN BURRO EN
LA HUERTA
¡Adiós los repollos! ¡Y
cómo grita la hortelana!
So es para menos: el bu¬
rro apareció esta mañana
con la panza llena de re¬
pollos y lechugas, descan¬
sando en medio de la
huerta, su gran plato, y
haciendo la digestión apa¬
ciblemente, en espera de
I volver a sentir hambre
I para continuar el banque¬
te, i Y después dicen que
i el burro no es inteligente!
•'Nunca olvida ande co¬
me”. dijo el viejo Vizca¬
cha. y sépase que ésta es
la clase de inteligencia
que más falta hace en la
DE LA
MUJER
La
da.
Dijo m haragán:
—El trabajo es
Refrán Español
Quita lejo*
o va entuñado
nuevos por CAO
El número de los literatos va "in crescendo”, por¬
que es el único oficio que se puede ejercer sin
aprendizaje previo.
Alfonso Kakr.
PELIGRO VITAMINICO
Una asociación científica de
ios Estados Unidos advierte al
público en general que la actual
boga de las vitaminas puede lle¬
varse a extremas peligrosos y re¬
comienda que se siga un régi¬
men alimenticio equilibrado con
preferencia a Ingerir comprimidos
de vitaminas.
40 • LEOPLAN
EL CUENTO DRAMATICO
cukrio una tarde de diciembre en
un pequeño puerto de la costa
cantábrica.
El vendaval soplaba con pujan¬
za incontenible. Las olas semejaban in¬
mensos caballos blancos e iban a estre¬
llarse, impetuosas, contra el acantilado
de la costa, lanzando a gran altura la
escarcha de su espuma plateada.
Las lanchas, en la dársena, estaban
apiñonadas, como atemorizadas de la fu¬
ria del tiempo. Los marineros, cubiertos
con sus largos capotes y calzados con sus
pesadas botas de agua, comentaban bajo
el refugio. Sólo uno, el más viejo quizá,
paseábase, nervioso, con la pipa entre los
labios, avizorando con inmenso interés
las encrespadas olas.
Era este hombre un verdadero lobo de
mar. Su figura recia y achaparrada, su
mirada fría y penetrante y su enmara¬
ñada barba, poblada de blancas canas,
dábanle ese aspecto propio de los vete¬
ranos del mar. Tendría unos 60 años, y
sobre su persona tejíanse leyendas emo¬
cionantes.
Sus memorables hazañas en los mares
del “Gran Sol” habíanle auroleado de
gran prestigio, y por ello gozaba de mu¬
cho ascendiente entre los marineros. Co-
nocíasele con el nombre de Altruán.
En la triste tarde a qu? nos referimos,
en medio de la bahía algo pasaba que
atraía su atención.
El Audaz, un pequeño velero de pesca,
debatíase desesperadamente entre las
agitadas aguas que pugnaban por apre¬
sarle entre sus poderosas fauces; pero
sus amarras, tensas y crujientes, soste¬
nían en esta enconada lucha al pequeño
bergantín. Las olas, en sucesión constan¬
te, lamían, golosas, sus frágiles costados
J
y castigaban sin cesar la codiciada presa.
En la cubierta de la nave un marine¬
ro, el único que había a bordo, clamaba
al Señor y pedía angustiosamente so¬
corro.
La tormenta no aminoraba y el ven¬
daval silbaba sobre las jarcias; la fuerza
de sus endiabladas rachas obligaba a las
amarras a ceder, y El Audaz encontrá¬
base en inminente peligro.
En el muelle, los marineros dejaron
de hablar. Sus rostros estaban pálidos y
sus ojos entreveían la desgracia que se
avecinaba. Presentían horas de angustia.
De pronto, en el silencio impresionan¬
te que allí reinaba, una voz resonó po¬
tente: era la voz del Altruán.
—¡Es necesario salvar ese hombre y
ese barco! ¡Organicemos el salvamento!
Bastaron estas palabras para que aque¬
llos seres vibrasen emocionados y se dis-
LEOPLAN - 41
Por Emilio Pérez Fernández
ESPECIAL PARA "LEOPLAN"
ILUSTRACION DE RAUL VALENCIA
\ ---
%
-,_s;.-ran a la lucha. Nadie pensó en el
5¡¿7gro que ello entrañaba, y una frágil
l^scha fué preparada de inmediato.
Z*. Altruán designó a los hombres que
L acompañarían: Ñan, Luciano, Ricar-
f» Enrique, y él de patrón. Todos se
atropellaban para lanzarse a la lancha.
Despojáronse de sus capotes y empuña¬
rían los remos. Se sentían como los hé-
udgidos por la fe en su Dios y el
peder de sus músculos.
Las cortantes palas esperaban, impa-
Ljrnt" hundirse en las entrañas de ese
Sección ero mar. La señal de la partida
Kédada y la pequeña embarcación
Leftasdonó la dársena.
Unas tras otra las olas se rompían con-
R ¿a proa, pero los marineros bogaban
Eñ descanso. El ¡hala, hala! del patrón
|w animaba y enardecía. Sus puños ace¬
dados imprimían un movimiento rítmico
a les remos, y el avance continuaba ale¬
ndólos de la dársena. Ya el ¡hala, ha¬
la! iba perdiéndose en la distancia y la
embarcación semejaba una gaviota, ju¬
guete de las inmensas olas. La gente,
que desde el muelle presenciaba anhe¬
lante la aventura, no pronunciaba pala¬
bra. El temor y la duda trocáranse en
pesado silencio.
Las amaras de El Audaz iban perdien¬
do, poco a poco, su consistencia, y las
filásücas gemían al desgarrarse. Pronto
el barquichuelo marcharía al garete e
iría a estrellarse contra los escollos. Los
marineros bogaban más apurados: ya no
había ritmo en sus paladas: el corazón
se imponía y los brazos se desplazaban
con nerviosismo.
Poca distancia los separaba: ya ni el
plañir del tripulante ni la voz animosa
del patrón resonaban entre las ráfagas
del vendaval. Unas bogadas más y lle¬
garían. Ahora tan sólo un cabo sostenía
a la nave y a él se agarró, por fin, el
viejo patrón, encaramándose hasta la
cubierta. De inmediato lanzó un nuevo
cabo que fué recogido por sus compañe¬
ros, y dió la orden de bogar hacia estri¬
bor. Con este nuevo refuerzo, y en po¬
sición más favorable, el barco no era tan
azotado.
El viento, como asombrado por la te¬
meridad de esos hombres, iba amainan¬
do. Las olas, resignadas a perder su bo¬
cado, al retirarse castigábanle aún con
violencia.
El ancla del pesquero fué levada y la
lancha, enorgullecida, arrastraba la pe¬
sada mole.
En el muelle, las gentes, alborozadas,
aclamaban a los marineros. El Audaz de¬
jábase arrastrar mansamente, y con len¬
titud se aproximaba a tierra.
Cuando todo hacía entrever un feliz
desenlace; cuando por todas partes re¬
sonaban Víctores de alegría ante la lle¬
gada: cuando dábanse gracias al Señor
por el afortunado arribo, apareció en la
cubierta el viejo lobo de mar sostenien¬
do entre sus nervudos brazos el cuerpo
yerto del atribulado tripulante de El
Audaz.
¡El miedo lo había matado!
¥ ¥ H
La tarde iba declinando y la luna
emergía de entre las montañas. Un rojo
oscuro daba color a la tragedia. Horas
después, cuando la noche se enseñoreó
del pequeño puerto, vióse a las mujeres,
con velas encendidas, encaminarse, si¬
lenciosas y afligidas, hacia la pequeña
capilla. Iban a llevar sus oraciones y a
pedir por la salvación del alma del in-
fortunado marinero.
Entretanto, en una humilde casucha,
sentado al pie del hogar, el viejo Altruán
relataba a sus nietos la desgracia de
aquella tarde.
La campana, tocando ánimas, cortó sus
palabras, y un postrer amén entrecerró
sus cansados párpados. ^
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I
UNA FACETA CASI
El pincel oníes que lo pluma
M uy pocos son los .que conocen a
Almafuerte fen su condición de di¬
bujante. Sus biógrafos, no pudíen-
do eludir este aspecto de la personalidad
del poeta, hacen mención de él en pocas
palabras, sin darle importancia. No obs¬
tante, el autor del “Misionero” sabía tro¬
car la escritura en dibujo cuando sentía
impulsos de ello, y lo hacía con el acierto
de un gran artista.
El mundo pierde un pintor y gana un poeto
Es curioso saber que las “Milongas Clá¬
sicas” y las famosas “Evangélicas” de¬
ben su existencia' a una casualidad, pues
en su infancia Pedro B. Palacios apren¬
dió a manejar el pincel antes que la plu¬
ma, y jamás hubiera pensado cambiarlo
por ésta, si las circunstancias no le hubie¬
sen deparado un desengaño.
A los 19 años se presentó ante el Con¬
greso Nacional pidiendo una beca para
ir a Florencia a perfeccionarse en el arte
pictórico. Junto con su solicitud entregó
también algunas telas, de las que el dipu¬
tado Lucio Vicente López dijera que hon¬
rarían a un artista de fama. Y mientras
el despacho se resolvía favorablemente
en la comisión de' la Cámara, algunos
diputados atacaron esa decisión diciendo
que se trataba de “un menor” y además
de un “chileno”. *
El futuro poeta.de “La Sombra de la
Patria”, profundamente ofendido en su
sentido patriótico, presentóse con su fe
de bautismo extendida en la iglesia de
Morón, pero al mismo, tiempo retiró su
solicitud sin aceptar la sanción de la Cá¬
mara de Diputados, que “llevaba el sello
de un sometimiento de la altivez ciuda¬
dana”, pues, según él lo entendía, el arte
no tiene patria ni conoce límites.
Fué ésta su primera protesta contra la
burocracia y la incomprensión de sus
contemporáneos, que él mismo expresara
en su “Pobre Teresa” en estos términos:
¿Quién se ocupa, ni se fía
de medrar con el pincel
si la sociedad cruel
se mofa de esa manta;
• si al pensamiento fecundo,
al estudio y al desvelo,
una sonrisa de hielo
sólo concede el mundo ... ?
Su mejor amigo, don Francisco Cruz,
que iba con él y con Ameghino formara
el soberbio trío de los maestros mercedi-
nos, supo mejor que nadie apreciar la
fuerza de su paleta. Al hacer la descrip¬
ción de una tela pintada por Almafuerte
en sus años juveniles, dice: “Había pin¬
tado un mar agitado y oscuro; sus olas
"Nocturno" se Homo este sutil dibujo de Almafuerte;
a lo derecho del dibujo pueden observarse unos versos
borrados por el autor.
DESCONOCIDA DE LA PERSONALIDAD DE PEDRO B. PALACIOS
El cronista de LEOPLAN recoge anécdotas de k>
vida intimo del poeto-dibujonte, de labios de su
ahijado y discípulo don Domingo Gismano.
lo hermosa
bezo de viejo",
verdodero obra
moestra que pre¬
sentamos oqui co¬
mo primicia, fue
regolado por su au¬
to* ol señor Bau¬
tista Olivera con
esta sencilla pala¬
bra: "Llévatelo"
rvientes,
mpíanse en
i lejano pe-
jn, en cuya
tmbre aparecía la
uz de Cristo bañada
; espuma, levemente
¡nrosada al beso del albor
» un nuevo día”. Y al comen-
ir el gesto que el joven artista
ivo ante la Cámara, dijo: Esa fue su
rimera protesta airada en la cual el mundo
el arte nictórico perdió iln genio; pero la patria , .
ano en cambio al misionero de la escuela rural y la America
itina al poeta filósofo”.
I maestro y su alumno
Desde que vio
desvanecerse sus esperanzas de perfeccionarse
Poi Tibor Sekelj
ESPECIAL PARA "LEOPLÁN"
_ el arte
del color, ver¬
tió en las letras
su genio inquie¬
to. Pero ¿abandona¬
ba por completo sus
ambiciones juveniles?
¿Desaparecía, como por ar¬
te de magia, el pintor Pedro
B. Palacios?
En busca de respuesta a estas pregun-
tas entrevistamos al señor Domingo Gisma-
no, ahijado del poeta, el que más tiempo convi-
. con él. Escuchémoslo: . . , .
-En realidad, don Pedro nunca abandono completamente
arte pictórico. Dibujaba cuando sentía necesidad de ello,
rque el maestro era todo impulso, sin normas que sujetaran
1 m+iiipiÁn
—¿Tuvo algún maes¬
tro?
—No. Era autodidac¬
to en eso como en to¬
do. Pero, en cambio,
también enseñaba di¬
bujo a sus alumnos.
Recuerdo cierta época
en que éramos unos
quince muchachos que
pasábamos el día jun¬
to a él y nos dedicaba
todo su 'tiempo ense¬
ñándonos a cada uno
lo que nos interesaba
más. Tres o cuatro de
nosotros teníamos in¬
terés por el dibujo, y
todos los días nos ha¬
cía dibujar y nos co¬
rregía con mucha pa¬
ciencia. Todavía hoy,
lejos de aquellos dias,
podría reproducir
Este retrato es uno ampliadla de lo pequeña
izquierdo del grobado. Represento a ana de
los sobrinas de Pedro 8. P o tocios, y es pro¬
piedad del Museo Atmohierte, de La Plata.
aquellas cabezas que él me ha enseñado a dibujar.
—¿Obtuvo alguna vez ganancia material con sus dibujos?
—Muy poca. Casi siempre regalaba sus trabajos al primero
que venía, o, si no le gustaban, los rompía o los dejaba sin
terminar Sin embargo, algunas veces mandaba a “Caras y Ca¬
retas” poesías con ilustraciones.
—¿Y se los pagaban aparte?
—Llegaban giros que a veces excedían a cualquier honorario.
En realidad no se puede decir que le pagaban los trabajos: más
bien subvencionaban al poeta. Así hacía también “La Nación”.
De este diario le mandaban 300 ó 400 pesos por un soneto
y le hubieran mandado más también, pero sabían que él era
el que menos se beneficiaba con el dinero: todo lo repartía
generosamente, muchas veces el mismo día, sin preguntar quién
era el necesitado ni de dónde venia.
• Esa generosidad, le deparó situaciones sumamente apremian¬
tes más de una vez en la vida. Así le sucedía cuando en el
año 1894 lo nombraron maestro en Trenque Lauquen, pueblo
I de la provincia de Buenos Aires, adonde llegó sin un centavo
I en el bolsillo, sin crédito ni amigos que le pudieran ayudar.
Escribió entonces una carta a su amigo Francisco Cruz, fecha-
i da en Trenque Lauquen, el 12 de abril de 1894, en la que des¬
pués de contarle todas las peripecias por las que atravesaba,
le dice así:
. .Hazme el favor de ver al caballero ese que me encargó
el retrato de su señora madre y particípale mi odisea. Dile que
si me facilita doscientos pesos habrá salvado al poeta, que yo
se los pagaré con el retrato ese y con todos los que quiera para
él y sus relaciones. Háblale con elocuencia, que lo perentorí¬
simo del caso requiere, etc., etc.”
Este párrafo no deja de ser significativo, pues revela que el
■ poeta también dibujaba retratos, que debían gustar a sus
clientes, porque de otro modo no se los hubiesen encargado.
que parece ser una xi¬
lografía. Sorprenden
en él las líneas auda¬
ces y seguras. Esta
obra ha sido reprodu¬
cida muchas veces,
aunque no pocos igno¬
ran que se trata de un
autorretrato.
Pero la obra pictóri¬
ca de Almafuerte que
pone de manifiesto in¬
dudablemente el más profundo sentido artístico, es la “Cabeza
de viejo”, cuyo original hallamos en poder del señor Bautista
Olivero, antiguo amigo del poeta. El dibujo tiene el tamaño de
30 por 40 centímetros aproximadamente y está ejecutado a
pluma en tinta china con rayitas cortas y livianas que, entre¬
lazándose, forman un exquisito juego de blanco y negro. La
frente amplía y las cejas abundantes de la cabeza de viejo se
parecen mucho a las del autor y es probablemente un trozo de
; obra del poeta.
En busca de documentos
El primer documento referente a su actividad pictórica lo
encontramos en el Museo Almafuerte, de La Plata, donde el
señor Francisco Timpone, incansable y activo secretario de
la Agrupación “Bases” —institución que fundó y tiene a
su cargo este museo —nos abre de par en par las puertas, vi¬
trinas y ficheros de la institución, instalada en la casa en que
vivió y murió el poeta.
Trátase del retrato de una sobrina de Almafuerte. Tiene un
metro de alto por 70 centímetros de ancho, y es la ampliación
de una pequeña fotografía que se puede observar en un ángulo
del cuadro. El trabajo está ejecutado a lápiz color sepia y revela
indiscutible conocimiento del oficio, seguridad de mano y una
autorretrato inconsciente. La mirada de sus ojos se pierde en
la sombra de las cejas; la luenga y blanca barba que se esfuma
en el fondo oscuro, da\un cierto aire de santo a esa “Cabeza
de viejo”.
_La trazó —nos cuenta el señor Bautista Olivero —durante
una de esas tertulias inolvidables, mientras discutíamos y él
nos hacía participe de su gran fuerza espiritual. Tenía delante
de él un papel, y en tanto hablaba, la pluma en su mano in¬
quieta trabajaba al parecer automáticamente. Tal vez al iniciar
el trabajo, él mismo no sabía lo que iba a surgir de él. Fui yo |
el primero en expresar mi admiración al ver el dibujo termi¬
nado. “¡Llevátelo!”, dijo don Pedro tendiéndome el papel.
"Así era Almafuerte. En su casa era peligroso decir: “esto me
gusta” o “aquello me agrada”, pues su única contestación era:
“llévatelo".
La “Cabeza de viejo” a que acabamos de referirnos, la pre¬
sentamos como primicia hoy a los lectores.
El “Nocturno” es otro dibujo a lápiz, sutil y delicado. Re¬
presenta a un fraile que ha salido del convento con su violín
para buscar inspiración en la noche estrellada. A la derecha del
dibujo hay unos versos borrados. Dice ql señor Olivero, propie¬
tario del original, que Almafuerte lo hizo para “Caras y Ca¬
retas”. Pero como no fué posible reproducirlo, se lo devolvieron
pidiéndole que lo ejecutara a pluma, lo que él cumplió.
Otro retrato ampliado es el de don Ignacio Darío de Irigoyen,
ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, dibujado por
el poeta para que sirviera de modelo a doña Juana A. Olivero,
que lo iba a ejecutar en seda y con hilos finísimos, trabajo
en el que esa dama perdió la vista.
Por último, son varios los dibujos con que el poeta acom¬
paña sus poesías publicadas en “Caras y Caretas”, y cuyo autor
quedó desconocido o pasó inadvertido para el público lector.
Asimismo debe existir un número apreciable de originales er
casas de sus relaciones, cuyo conocimiento pudiera refirmar
lo que esta nota pone en evidencia: la personalidad de Alma-
fuerte como dibujante. <S>
ADOLFO MAZZONE
H ace cuatro años
que ingresé en
la gran familia perio¬
dística. Todavía re¬
cuerdo el día en que.
alentado por el gran
Lino Palacio, me pre¬
senté en una redac¬
ción. ¡Cómo para no
•acordarme, si fui re¬
chazado! Es decir, yo
no; mis “monos”.
Cuando salí a la ca¬
lle comencé a pensar
quién tendría razón:
si Lino Palacio, que
me alentaba, o el di¬
rector que... Bueno,
¡hay que ver las co¬
sas que me dijo el di¬
rector! Hasta me hi¬
zo un chiste a costa
_de mis chistes. Pero
yo soy muy capricho¬
so y decidí llevarle
la contraria al direc¬
tor. Dicho y hecho:
a fuerza de constan¬
cia, un día tuvo que
admitir “que no lo
hacía del todo mal”,
y así me inicié a su
lado. Trabajo me cos¬
tó adquirir el pulso
necesario, tan endu¬
recida tenía la mano
por el uso del marti¬
llo. Pero de todo esto
él no sabe nada.
En cuanto al hu¬
morismo, cuando al¬
guien les diga que es
cosa fácil, no le crean.
No saben ustedes el
trabajo que' icuesta;
como que a veces es¬
toy tentado de volver
a empuñar el marti¬
llo... Pero no lo ha¬
ré; no, señor. Ade¬
más. ya les he dicho
que soy muy capri¬
choso.
Con respecto a mi
persona, para qué les
voy a decir nad a. Es o
lo dejo a cargo del
fotógrafo y... de la
fotografía.
¿es que no puede un hombre sandwich caerse en una boca de tormenta?...
46 • LEOPLAN
SOMBRAS DE GINEBRA
vWVVp
AQUEL DIA PERDIMOS
PiciAi.vtF.STR se anuncia, desde
Inglaterra, que ha muerto en
Bruselas el jurisconsulto belga Hen-
ri La Fontaine. Es una mis de las
sombras ginebrinas, desaparecidas du¬
rante esta etapa prolongada, que ha
hundido en el silencio tantas figuras
cuyos nombres y actuaciones sona¬
ban mucho en los oídos del mundo,
durante la época brillante de la Liga
de Naciones.
F.1 señor La Fontaine era una figu¬
ra popularísima, en Ginebra y entre
los asiduos de Ja Liga. Durante algún
tiempo representó a su país en la
Asamblea, y pasó a la atención pú¬
blica, tanto histórica como anecdó¬
ticamente.
En lo primero, por sus acertadas
intervenciones de jurisperito sutil,
amable y sereno; en lo segundo, porque aquel
mundillo de Ginebra, que se pasaba la vida
reunido, ya en los comités o asambleas, ya
en los banquetes, fiestas y agasajos de las de¬
legaciones diplomáticas, se perecía por la pe¬
queña historia de dichos, chistes y ?nats d'es-
prit, unas veces con gracia otras con ensaña¬
miento.
En aquellos primeros años de la Liga de
Naciones, Bélgica era el airón romántico dé
la pasada guerra. Había tomado mucho más
en serio que nadie su papel, y con su dele¬
gación, compuesta por los señores La Fon¬
taine, Poulet y Legrand, intervenía sin des¬
canso en todo. Había elevado a la catego¬
ría de realidad aquella ilusión de que no exis¬
tían diferencias entre grandes y pequeñas na¬
ciones dentro de Ja Liga...
Por estar tanto en primera línea, la delega¬
ción belga se ganó el “dicho", al que difícil¬
mente se sustraían grupos y personas, y circu-
* laba la siguiente definición de aquel trío ofi¬
cial, tan inteligente, ardoroso y patriótico:
Legrand, tres petit; Potdiet, inmangeable; La
Fontaine, mtarissable.
El señor La Fontaine, siempre sonriente, no
desmentía el boceto.
Su físico era en¬
tonces algo distinto
del que ofrecen sus
últimas fotografías;
llevaba el blanco ca¬
bello, largo, casi me¬
lenudo; y sus bigo¬
tes a la gala, eran
muy tupidos y con
enormes guías.
I.e encontramos y
tratamos también
mucho, en su dele¬
gación a la Unión
Interparlamentaria,
a la que prestriba
su preciosa aporta¬
ción, casi siempre
agradable a todos.
Porque, en tanto
? ue el griego señor
ólitis, "otra de las
sombras de Ginebra
últimamente desapa¬
recida. era incisivo,
V a veces un poco
eme), M. de La Fon¬
taine era apacible,
El antiguo polocio de la Liga de Naciones, en una de cuyas salas ocurrió
el episodio que díó lugar a que míster Drummond pusiera de patitas en
la calle a los miembros de lo Unión Parlamentaria.
conciliador y galano. Circunstancias estas tan
apreciables para la Unión Parlamentaria, que
no vacilaba en utilizarle como pararrayos en
los momentos borrascosos.
Uno de ellos se presentó en septiembre de
1932. Celebraba la Unión su asamblea anual,
a ¡a que asistía yo como miembro de la dele¬
gación parlamentaria española.
Las reuniones tenían lugar en una de las
salas del palacio antiguo de la Liga, que con
gesto magnifícente nos había permitido utili¬
zar, a los diputados y senadores de todos los
países congregados en la Unión, el secretario
general de la Sociedad de Naciones y admi¬
nistrador nato del edificio, Míster Drum¬
mond.
Y ocurrió entonces que el senador socia¬
lista francés M. Renaudel — otra sombra más.
que perseguía con verdadera saña a la de¬
legación italiana, presidida por el conde de
San Marrino, aprovechó la primera oportu¬
nidad para promover contra los fascistas un
terremoto.
Para ello, finalizando ya su intervención en
un aspecto atañedero al reglamento de discu¬
sión, Renaudel, tomando aliento, nos lanzó
una traca final, en su rapidísimo y elegante
francés parisiense, una ver¬
dadera boutade contra los
parlamentarios fascistas,
atacando su representación
no popular.
Presidía en aquel mo¬
mento la Asamblea un di¬
putado inglés, M. Murphy creo, que,
con su clasico spleen nativo hacia las
lenguas extrañas, no pudo captar a
tiempo la tormenta que se nos ve¬
nia encima, y no intervino con esa
agilidad y eficacia que tanto puede
distinguir a veces a un presidente.
Difícil es reflejar el barullo que
allí se produjo. Como a mí me co¬
rrespondía suceder en la tribuna al
señor Renaudel en aquel crítico mo¬
mento, y estaba ya tras de él, presta a
avanzar en la plataforma, tuve sitio
de preferencia para disfrutar de aque¬
lla escena, de vivos colores por la
plasticidad un ranto cómica y confusa
que motivó.
Gritaba el senador italiano conde
de San Marrino, con un aire de pres¬
tancia digna de arenga a las muche¬
dumbres; inquiría en vano el presidente lo
ocurrido; se precipitaba a estrados como
un salvador el señor La Fontaine, anima¬
do de su mejor espíritu conciliador; son¬
reía mefístofélico Renaudel e intentaban los
otros, en vano, por el tumulto, que yo, con
el gesto ingenuo de “aquí no ha pasado
nada", iniciase mi intervención para ver
si se acallaba el escándalo, que era como el
de una sesión de lujo en las cámaras fran¬
cesa o española.
En tanto, se iban agolpando a la puerta
todos los asistentes a otras reuniones, ávidos
de saber por sus propios ojos cómo escan¬
dalizaban los diputados de todos los países
reunidos.
La verdad es que el grupo que formábamos
en el estrado el presidente, Renaudel, La Fon¬
taine y yo, se parecía bastante al cuarteto del
último acto de Rigoletto.
El presidente y La Fontaine creían cosa
fácil obtener de Renaudel una de esas ex¬
plicaciones parlamentjarias de “donde dije
digo, digo Diego” que a nada obligan; pero
aquel francés, tan parlamentario en su tie¬
rra. negóse a serlo allí, y gritaba:
— ¡Yo no doy explicaciones a...!
Elevaban aquí todos el tono, con la pia¬
dosa intención de que no lo oyera San Mar-
tino.
—Me parece que esto no lo arregla ni Mer-
lin — decía melancólico La Fontaine.
—¿Merlin? ¿Qué Merlin? ¿El de la cueva?
— inquiría un diputado español.
ritu conciliodor lo Iteraba a
utilizarse como pararrayos
«a los momentos borrascosos.
El conde Son Mortlno. Fué este
representante italiana quien en¬
frentó ol delegada francés. El y
las demás miembros de su dele¬
gación abandonaron la sala.
El delegado griego, Nicolás
Politis, de espíritu incurro y
a veces basto un poco cruel,
que conlrosloba con Lo Fon¬
taine, apacible y galano.
LEOPLÁN - -47
EL PARAISO
Por la doctora
CLARA CAMROAMOR
ESPECIAL PARA ••LEOPLÁN”
Merliri era el senador jefe del grupo
parlamentario francés. Hombre encantador y
de eran habilidad y luces, al que acataba toda
la representación francesa, menos Renaudel
aquella mañana.
Por cierto que debía ser un hombre de
ideas un tanto fijas, porque a partir de
aquel día de batalla campal, uniendo mi nom¬
bre. mi raza y mi presencia a sus reminiscen¬
cias literarias, se equivocaba constantemente
y >olía llamarme Mademoiselle Campeador.
No se aquietaron los ánimos, para expresar¬
me de algún modo, hasta que, iracunda, la
delegación italiana abandonó el salón y la
Unión Interparlamentaria, dejándonos a todos
confusos y perplejos.
La cosa no paró ahí, la salida de enfant te¬
rrible de Renaudel iba a costarle cara a la
Unión Interparlamentaria.
Fxa la hora en que Inglaterra ansiaba con¬
temporizar con Italia, haciéndose ilusiones de
futuro, y míster Drummond fue implacable.
Puso a la Unión de patitas en la calle. Cual¬
quier delicado eufemismo sería vano en esta
ocasión. La verdad triste fue ésa. Tuvimos
que buscar alojamiento para el día siguiente.
En la Liga no podíamos reunimos mientras
no hubiera excusas y armonía, v no surgían
unas ni otra. Se impuso el desalojo.
Vanos fueron todos los generosos v abun¬
dantes esfuerzos del señor La Fontaine. en
aquella ocasión más nnctrissable que nunca.
Ni Renaudel se explicó, ni los italianos vol¬
vieron. ni nosotros pudimos reunimos más
en el Palacio de la Liga.
Todos los Adanes y las dos Evas parlamen¬
tarios que integrábamos en 1931 la Asamblea
Internacional de Ginebra, quedamos fuera de
aquel paraíso, expulsados por la espada di¬
plomática del arcángel M. Drummond.
Hubimos de tras¬
ladamos, con todos
nuestros petates, al
único local que el
ejecutivo de la con«
ferencia pudo hallar
disponible en aque¬
llas circunstancias: la
iglesia protestante de María Magdalena, encla¬
vada al otro lado del lago y situada entre tres
establecimientos muy conocidos en Ginebra:
un mercado, un famoso restaurante y una
boite. •
No fué pequeño mi asombro, como ora¬
dor de turno, al ver al día siguiente transfor¬
mado el templo del derecho internacional en
templo sin adjetivo alguno. Aunque los me¬
nos mohínos con el cambio éramos los es¬
pañoles, que coincidimos todos en hacemos la
ilusión de evocar las primeras Constituyen¬
tes nacionales, las de 1812, celebradas también
en una iglesia: la gaditana de San Felipe de
NerL
Y hasta nos distribuimos los personajes. Re¬
cuerdo al diputado catalán Juan Estelrich, ro¬
llizo, jocundo, con aire de abate, a quien le
distribuimos el de Muñoz Torrero, al que no
se parecía en nada. Como yo no tenía eco en
las cortes de 1812, alguno me sugirió a la in¬
fanta doña Carlota, que si no estuvo dentro de
aquéllas, las enredó desde fuera de lo lindo;
pero había aquello posterior de la bofetada...
Nunca asistí a reuniones de tipo más sin¬
gular que aquellas lóbregas de la oscura-igle¬
sia, en la que podía esperarse de un momento
a otro ver surgir la imagen de Calvino, irri-'
rada contra las inocentes bromas de Serrano
Batanero, para arrojamos también del tem¬
plo.
No fué así. Terminamos en paz las delibera¬
ciones, sin más novedad que aquella petulante
facundia de nuestro compañero que, fin¬
giendo equivocarse, interrumpía a veces:
—Porque monseñor La Fontaine..., per¬
dón, monsieur La Fontaine...
Al año siguiente nos reunimos ya en un
palacete privado cedido al efecto.
Como quedaban aún en la Interparlamenta¬
ria diputados alemanes,
pues que entonces no
existía el Eje, el señor
La Fontaine fué el pre¬
sidente obligado, que,
secundado en mucho
por Merlin. evitó ya
nuevas tormentas.
Tanto se hermanaron
ambos, que hasta La
Fontaine acabó por
contagiarse, y en el
banquete de clausura,
al dirigir un galante sa¬
ludo a la minoría fe¬
menina parlamentaria
internacional, saludaba
a mi colega (una po¬
laca, a quien por llevar
con frecuencia un tra¬
je rojo llamaba alguno
la Kollontai), y a su
dilecta amiga, a la que
estuvo a punto de lla¬
mar “la diputada es¬
pañola mademoiselle
Campeador”. ❖
“SE
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rio general de ta Sociedod
de les Nociones, fué im¬
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48 . LEOPLAN
crimen
''s. de
c
Miembro
SILVESTRE BONNARV
Institu
del
TEXTO INTEGRO de la famosa novela de
A NATOLE EK AN CE
Traducida especialmente para "Leoplán"
por V a I e n d r o
PRIMERA PARTE
El- LEÑO
24 de diciembre de 1861.
A habíi calzado las babuchas y me
ti ME puse la bata. Enjugué una lágrima.
¡VE con la que el cierzo que soplaba
W w m sobre el muelle habla oscurecido
mi vista. Un claro fuego ardía en la chimenea
de mi gabinete de trabajo. Láminas de hielo,
en formi de hojas de helécho, florecían los
vidrios de la ventana y me ocultaban el Se¬
na, sus puentes y el Louvre de los Valois.
Aproximé al hogar mi butaca y mi mesa
portátil, y ocupé junto al fuego el sitio qüe
Amílcnr se dignó dejarme. Ainílcar estaba
acostado junto a los morrillos, hecho una bola
sobre un cojín de plumas, con la nariz en¬
tre las patas. Su rítmica respiración levanta¬
ba su piel tupida y ligera. Al acercarme, en¬
treabrió lentamente las pupilas de ágata en¬
tre sus párpados entornados, que volvió a
cerrar en seguida, pensando: “no es nada,
es mi amigo”,
—¡ Amiícar - le dije estirando las piernas -,
Amílcar, príncipe soñoliento de la ciudad de
los libros, guardián nocturno, tú defiendes
contra los viles roedores los manuscritos y
Jos impresos, que el viejo sabio ha adquirido
al precio de un módico peculio v de un celo
infatigable! ¡En esta biblioteca silenciosa, que
protege tus virtudes militares, duermes, Amíl¬
car, con la molicie de una sultana! Pues reúnes
en tu persona el formidable aspecto de tin
guerrero tártaro y la gracia indolente de una
mujer oriental. Heroico y voluptuoso Amíl¬
car, duerme, mientras esperas la hora en que
los ratones bailarán al claro de la luna ante
las Acta sanctorum de los doctos Bolandistas.
El principio de aquel discurso le gustó a
Amílcar, que lo acompañó con un ruido de su
garganta, semejante al canto de una olla que
Hierve. Pero mi voz se había elevado y Amíl¬
car ""tnoRadyirtió, agachando, las orejas y ple¬
gando la piel rayada de su frente, que resul¬
taba de muy mal gusto el declamar así. Sin
duda reflexionaba:
—Este hombre de los libros habla para no
decir nada, mientras que nuestra ama de lla¬
ves no pronuncia jamás sino palabras llenas
de sentido, llenas de cosas, conteniendo ya
sea el anuncio de una comida, ya la promesa
de una azotaina. Se sabe lo que dice; pero
este viejo no hace más que acumular sonidos
que no significan nada.
Así pensaba Amílcar. Dejándole entregado
a sus meditaciones, abrí un libro que me puse
a leer con interés, pues se trataba de un ca¬
tálogo de manuscritos. No conozco una lec¬
tura más fácil, más atrayente, ni más dulce
que la de un catálogo. El que yo leía, redac¬
tado en 1824 por M. Thompson, bibliotecario
de sir Thomas Raleigh, pecaba, es cierto, por
un exceso de brevedad y no presentaba esa
gran exactitud que los archiveros de mi ge¬
neración habían introducido, los primeros, en
las obras de diplomacia y* de paleografía. De¬
jaba mucho que desear y que adivinar. Quizá
por esto experimenté, leyéndolo, un senti¬
miento que, tratándose de una naturaleza más
imaginativa que la mía, merecería el nombre
de ensueño.
Me abandonaba dulcemente a la vaguedad
de mis pensamientos, cuando mi ama de llaves
me anunció, con un tono desabrido, que el
señor Coccoz quería hablarme.
Alguien, en efecto, se deslizaba detrás de
ella en la biblioteca. Se trataba de un hombre¬
cillo, un pobre hombrecillo, de rostro con¬
sumido, que vestía una escasa chaqueta. Avan¬
zaba hacia mí haciendo numerosos saludos y
dirigiéndome multitud de sonrisas. Estaba
muy pálido V, aunque joven y vivaz todavía,
se dijera enfermo. Al verle, no pude evitar¬
me de pensar en una ardilla herida. Llevaba
debajo del brazo un paquete de tela verde
que dejó sobre una silla. Después, desatando
las cuatro puntas de la tela, dejó al descu¬
bierto un montón de libritos amarillos.
—Señor — me dijo entonces —, no tengo el
honor de que usted me conozca. Soy corre¬
dor de librería, señor. Corro la plaza por las
principales casas de la capital, y con la es¬
peranza de que usted se digne honrarme con
su confianza, me tomo la libertad de ofrecerle
algunas novedades.
¡Dios de bondad! ¡Justo Dios! ¡Qué nove¬
dades me ofreció el homúnculo Coccoz! El
primer volumen que me puso en las manos
LEOPLAN - 49
50 - LEOPLAN
fué la “Historia de la Torre de Nesle”, con
los amores de .Margarita de Borgoña y el
capitán Buridán.
—Es un libro histórico — me dijo son¬
riendo —. Un libro de historia verdadera.
- En esc caso — le respondí — será muy
aburrido, ya que los libros de historia que
no mienten son todos insoportables. Yo
mismo he escrito historias verídicas, y si por
su desgracia fuera usted presentando alguno
de ellos de puerta en puerta, correría el
riesgo de guardarlo toda la vida en su pa¬
ñuelo, sin encontrar jamás una cocinera lo
bastante mal aconsejada para comprárselo.
I —Seguramente, señor — me respondió el
; hombrecillo por pura complacencia; y, sin de¬
jar de sonreir, me ofreció los Amores de Eloí¬
sa y Abelardo; pero le hice comprender que
a mi edad no iba a saber qué hacer de una
historia de amor.
Sonriendo siempre me propuso una Regla
Je fuegoi de Sociedad,-juegos de baraja, do¬
minó, damas y ajedrez.
— ¡Ay! — le dije —. Si quiere usted recor¬
darme las reglas del dominó, devuélvame a
mi viejo amigo Bignan. con el que jugaba yo
todas las noches antes de que fas cinco aca¬
demias le hubiesen conducido solemnemente
' al cementerio; o mejor todavía, procure us¬
ted hacer descender hasta la frivolidad de
los juegos humanos la grave inteligencia de
Amílcar, que puede usted ser dormido sobre
ese cojín y que es hoy día d único compa¬
ñero de mis veladas.
I La sonrisa del hombrecillo se tomó vaga
V azorada.
—Aquí tiene usted — me dijo — una nueva
colección de pasatiempos de sociedad, juegos
de manos; chistes, con la fórmula para cam¬
biar una rosa roja en una rosa blanca.
Yo 1 c dije que hacía ya tiempo que estaba
enemistado con las rosas y que, en cuanto a
los chistes, me bastaba con los que me per¬
mitía. sin saberlo a veces, deslizar en mis
trabajos científicos.
k' El homúnculo me ofreció su último libro
con su última sonrisa, diciéndome:
—Aquí tiene usted La clave de los sueños,
con la explicación de todo lo que usted pueda
sonar: sueño de oro, sueño de ladrón, sueño
de muerte, sueño de una caída desde lo alto
de una torre... ¡Está muy' completo!
,1 Yo había agarrado las tenazas, y agitándo¬
las vivamente, respondí a mi visitante co¬
mercial:
—Sí, amigo mío; pero esos sueños y otros
mil más, alegres y trágicos, se resumen en uno
solo: el sueño de la vida. ¿Acaso su librito
amarillo podría darme la clave de semejante
sueño?
—Sí, señor — me respoudió el homúnculo —.
Es un libro muy complero y nada caro. Cuesta
sólo un franco y veinticinco céntimos, señor.
No quise prolongar más mi conversación
con el vendedor ambulante. No me atrevería
a asegurar que mis palabras hayan sido exac¬
tamente las que pronuncié. Es posible que las
' haya ampliado un poco al escribirlas. Es muv
difícil conservar, ni siquiera en un diario, la
verdad literal. Pero si no fue así mi discur¬
so. así fué mi pensamiento.
Llamé a mi criada, pues no tengo campani¬
lla en mi habitación.
—Teresa — le dije —, el señor Coccoz, al
que ruego acompañe usted, tiene un libro que
puede interesarle: es la Clave Je les sueños.
Tendría mucho gusto en ofrecérselo.
Mi criada me respondió:
r —Señor, cuando no se tiene tiempo para
soñar despierta, tampoco se tiene para soñar
dormida, gracias a Dios. Mis días son sufi-
, cicntcs para mi trabajo v mi trabajo es su¬
ficiente para mis días-, así puedo decir todas
las noches: “Señor, bendecid el descanso que
voy a tomarme”. No sueño ni levanrada ni
L acostada, y no tomo a m¿ edredón por el
diablo, como le ocurrió a mi prima. Y si me
permite usted que le dé mi opinión, le diré
que tenemos ya bastantes libros aquí. Mi se¬
ñor tiene miles, que le hacen perder la cabeza,
v a mi me sobra con los dos que tengo: mi
libro de músa y mi Cocolera Burguesa.
Y hablando así, mi criada ayudó al hombre¬
cillo a guardar su pacotilla en la tela verde.
El homúnculo Coccoz ya no sonreía. Sus
rasgos tomaron semejante expresión de sufri¬
miento que lamenté haber hecho burla de
aquel hombre tan desgraciado. Le llamé y le
dije que recordaba haber atisbado de reojo la
Historia de Estela y Netnorht, y que como
me interesaban mucho los pastores y las pas¬
toras, le compraría con mucho gusto a un
precio razonable la historia de aquellos dos
amantes perfectos.
—Le venderé a usted ese libro en un franco
veinticinco — me respondió Coccoz con el
rostro resplandeciente de júbilo —. Es histé¬
rico y le gustará a usted mucho. Ahora ya
se lo que le interesa. Veo que es xisted un
buen conocedor. Mañana le traeré Los crí¬
menes Je tos Papas. Es una obra magnifica.
Le traeré a usted la edición de lujo con lá¬
minas en colores.
Le rogué qoe no se molestara y se marchó
muy contento. En cuanto la tela verde se hu¬
bo desvanecido, junto con el vendedor am¬
bulante, en la sombra del corredor, pregunté
a mi criada de dónde nos había caído aquel
desdichado.
—Caído, esa es la palabra — me respondió —.
Nos ha caído del tejado, señor, donde vive
con su mujer.
—¿Dice usted que tiene mujer, Teresa? ¡Pe¬
ro esto es maravilloso! Las mujeres son unas
criaturas muy extrañas. Será una mujerona in¬
significante.
—Yo no sé exactamente lo que es — me
respondió Teresa—, pero me la encuentro
todas las mañanas arrastrando por la escalera
trajes de seda manchados de grasa. Tiene unos
ojos muy relucientes. Y a decir verdad, ¿esos
ojos y esos trajes corresponden a una mujer
a la que se ha recibido por caridad? Porque
les han dejado en el desván mientras reparan
el tejado, en consideración a que el marido
está enfermo y la mujer embarazada. La por¬
tera me lia dicho que esta mañana ha sentido
los dolores y que ya está en cama a estas
horas. ¡Qué necesidad tenían de un niño!
—Teresa — le respondí —. no tenían ninguna
necesidad. Pero la naturaleza queria que lo tu¬
viesen y los ha hecho caer en su trampa. Es
preciso una prudencia ejemplar^ para defen¬
derse de los engaños de la naturaleza. Com¬
padezcámosles y no los censuremos. En cuan¬
to a los trajes de seda, no hay una mujer a
la que no 1 c gusten. A las lujas de Eva les
encanta adomarse. Usted misma, Teresa, que*
es tan prudente v tan sensata, ¡las voces que
da cuando le falta un delantal blanco para
servir a la mesa! Pero, dígame usted, ¿tienen
lo necesario en su desván?
—¿Cómo quiere usted que lo tengan, señor?
El marido, a quien acaba usted de ver, era
corredor de joyería, según me ha dicho la
portera, y no se sabe por qué ya no vémle re¬
lojes. Ahora vende almanaques. Ese no es un
oficio decente y no podré creer jamás que
Dios bendiga a un vendedor de almanaques.
La mujer, aquí entre nosotros, me parece que
debe ser una inutilidad, una “aquí me las den
todas”. La creo tan capaz de criar a un niño,
como yo de tocar la guitarra. Nadie sabe de
dónde han salido, pero tengo la seguridad de
que han llegado, en el coche de la miseria,
del país de la desaprensión.
—Vengan de donde vengan, Teresa, son
unos desgraciados, y su desván debe csrar he¬
lado.
— ¡Desde luego! El techo se ha hundido por
varios sitios y la lluvia del cielo se cuela por
él a chorros. No tienen ni muebles ni ropas.
¡Y me parece a mí que ni el ebanista ni el
tejedor trabajan para los cristianos de esa co¬
fradía!
—Todo eso es muy triste, Teresa, y ahí te¬
nemos a una cristiana peor atendida que este
pagano de Amiicar. ¿Y ella, qué dice?
—Yo no hablo nunca con gente de esa cala- ^
ña. No sé ni lo que dice ni lo que canta. Pero
se pasa todo el día cantando. La oigo desdi
la escalera, cuando entro y cuando salgo.
— ¡Bueno! El heredero de los Coccoz podrá
decir como el huevo de la adivinanza luga¬
reña: “mi madre me ha hecho cantando”. Una
cosa parecida ie sucedió a Enrique IV. Cuan¬
do Juana de Albret sintió los dolores del paño
se puso a cantar una antigua tonada beamesa:
Notre dame du boui du pont,
Venez en mon aide en cette beure!
Pr'tcz ¡e Díeu du cíel
Qu'il me délivre vite,
Qu'il me donne tm gargon!
(Nuestra señora del final del puente,
1 Venid en mi ayuda en esta hora 1
Reinad al Dios del cielo
Que me libre pronto.
¡ Que me dé un varón 1)
“Es evidentemente absurdo dar la vida a
seres desgraciados. Pero es una cosa que se
hace todos los días, mi buena Teresa; y en¬
tre todos los filósofos del mundo no lograrán
reformar esa costumbre tan idiota. La señora
de Coccoz la ha seguido y canta. ¡Eso está
bien! Dígame, Teresa, ¿ha puesto usted hoy
puchero?
—Sí. señor, lo he puesto y ya es hora de
que vaya a espumarlo.*
—Muy bien, Teresa. Pues no deje usted de
sacar de la olla un buen tazón de caldo y su¬
bírselo a la señora de Coccoz, nuestra hi-
pervecina:
Mi sirvienta iba ya a retirarse cuando añadí
muy oportunamente:
— ¡Ah. Teresa! Antes que nada, haga el fa¬
vor de llamar a su amigo el mandadero y le
dice usted que coja de nuestra leñera una
buena carga de leña y que la suba al desván
de los Coccoz. Y sobre rodo, le encarga us¬
ted muy especialmente que no deje de poner
en el montóu un tronco bien gordo, un ver¬
dadero leño de Navidad. En cuanto al ho¬
múnculo, le pido a usted por favor que si
vuelve le ponga en la puerta con mucha cor¬
tesía. A él y a todos sus libros encuadernados
en amarillo.
Y después de haber tomado estas menudas
determinaciones, con el refinado egoísmo de
un viejo solterón, me puse de nuevo a leer
mi catálogo.
¡Con qué sorpresa, con que emoción, con
qué turbación, vi esta nota que no puedo
transcribir sin que mi mano tiemble!:
“La leyenda dorada de ¡acobo de Genova
(¡acobo de Vorágine). Traducción francesa
en 4 menor T
"Este manuscrito del siglo XIV contiene,
además de la traducción, bastante completa, de
la célebre obra de Jacobo de Vorágine: i 9
Las leyendas de los santos Ferrcol, Ferrado,
Germán, Vicente v Droctovco. : 9 Un poema
acerca de la Milagrosa sepultura del señor
San Germán Je Auxerre. Esta traducción, estas
leyendas y este poema son debidos al erudito
Juan Toutmouillé. El manuscrito está en Vi¬
tela. Contiene un gran número de mayúscu¬
las ornamentadas y dos miniaturas primorosa¬
mente ejecutadas, pero en muy mal estado de
conservación: una representa la Purificación
de la Virgen y la otra la coronación de Pro-
serpina.”
¡Qué descubrimiento! El sudor me inundó
la frente v un velo cubrió mis ojos. Temblé.
Enrojecí. Y, no podiendo hablar, experimenté
Ja necesidad de lanzar un grito.
¡Qué tesoro! Hacía cuarenta años que es¬
taba estudiando la Galia cristiana v especial¬
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52 • LEOPLAN
Oiain-dcs-Prcs, de donde salieron los reyes
monjes que fundaron nuestra monarquía na-
p-: ¿¡onal. Y aun a pesar de la culpable ¡nsufi-
ciencia de la descripción era evidente para mí
que aquel manuscrito procedía de la gran aba-
e día. Todo me lo demostraba: las leyendas
T añadidas por el traductor, se referían a la pta-
[ dosa fundación del rev Childeberro. 1.a le¬
yenda de San Droctoveo resultáis particu-
i lamiente significativa por ser la del primer
i- abad que hubo en Saint-Germain-dcs-Prés.
i- FJ poema en verso francés que se refería a
F la sepultura de San Germán, me recordaba la
[. nave de la venerable basílica que fué el or-
1 güilo de la Galia cristiana.
La leyenda dorada constituye una obra cx-
i tensa y atrayente. Jacobo de Vorágine, defi¬
nidor de la Orden de Santo Domingo \ ar/o-
! bispo de Genova, coleccionó en el siglo XIII
i las tradiciones que se referían a Iík sanios
¡ católicos, formando una recopilación de tal
riqueza, que exclamaron en los monasterios
V en los castillos: ¡F.s. la leyenda dorada! La
leyenda dorada es. sobre codo, muy rica en
hagiografía italiana. Las Gaitas, las Alemania*
¡' c Inglaterra ocupan en ella muy poco lugar.
¡ Vorágine sólo acertaba a vislumbrar a través
de una fría niebla a los más famosos santos de
l Occidente. Por eso los traductores aquitanios,
\ germanos y sajones, se preocuparon de añadir
a su relato las vidas de sus santos nacionales.
He leído y coleccionado muchos mamis-
• critos de La leyenda dorada. Conozco los que
ha descrito mí sabio colega Paulino París en
su magnífico catálogo de los manuscritos de
'r' la biblioteca del rey. Especialmente hay dos
que han llamado mi atención. Uno es del si-
; glo XIV y contiene una traducción de Juan
Belet; el otro, del siglo XM, encierra la ver-
sión de Jacobo Vignay. Ambos proceden del
[i fondo Chiben y fueron colocados en los cs-
• tantos de aquella gloriosa Colbcrtina por el
I bibliotecario Ualu/.e. cuyo nombre no puedo
pronunciar sin quitarme el sombrero, porque
en el siglo de ios gigantes de la erudición,
Batuzc asombra por su grandeza. Conozco un
Cpdice muy curioso deí fondo de Bigot ; co¬
nozco sesenta y cuatro ediciones impresas,
empezando por Ja venerable abuela de todas,
U gótica de Strasbourg, que fué comenzada
en 1471 y terminada en 1475. Pero ninguno
,de esos manuscritos, ninguna de esas etficio-
ncs. contenía las leyendas de los santos Fc-
- rrco!, Ferrado, Germán. Vicente y Drocto-
> veo; ninguno lleva la firma de Juan Tout-
r mouillé; ninguno procede de la abadía de
“ Saint-Gennam-dcs-Prcs. Son todos, en com¬
paración del manuscrito que dcscril>e Thomp¬
son, lo que la paja es al oro. Veía con mis
í propios ojos, tocaba con la mano un testimo¬
nio innegable de la existencia de aquel docu-
menro. Pero, ¿que había sido de este docu-
• mentó? Sir Thomas Ralcigh había ido a ter¬
minar su vida a la orilla del lado de Como,
!' . llevándose allí con él parte de sus nobles ri¬
quezas. ¿Dónde habrían ido a parar después
de la muerte de aquel curioso elegante? ¿Dón¬
de habría ido a parar el manuscrito de Juan
' Toutmouillé?
—¿Por qué, me preguntaba, por qué habré
llegado a saber que ese precioso libro existe,
i si no he de poseerlo ni verlo jamás? Sería
capaz de ir a buscarlo hasta el corazón ar¬
diente de Africa o entre los hielos del polo,
| si supiese que estaba allí. Pero no lo sé, no sé
dónde está. No sé si se encuentra guardado
en un armario de hierro, bajo triple llave, por
un celoso bibliómano; no se si se enmohece
en el desván de un ignorante. Tiemblo ante
la idea de que quizá sus hojas arrancadas cu¬
bren los tarros de pepinillos en vinagre de
alguna buena ama de casa.
30 de agosto de 1863.
Un calor sofocante refrenaba mis pasos. Iba
rasando los muros de los muelles del norte y
su sombra tibia; las tiendas de libros usados,
de estampas y muebles antiguos, recreaban
rnis ojos y hablaban a mi espíritu. Flaneando
y manoseando libros, saboreaba de pasada unos
versos altisonantes de alguiT poeta de la plé¬
yade; observaba una elegante 'mascarada de
Watteau; tanteaba con la vista un mandoble,
una gola de acero, un morrión. ¡Qué casco
tan resistente y que coraza tan pesada! ¿La
vestidura de un gigante? No-, el caparazón de
un insecto. Los hombres de entonces ib3n
acorazados como saltamontes; su debilidad era
interna. Ahora ocurre lo contrario: nuestra
fuerza es interior y nuestra alma bien armada,
habita un cuerpo débil.
Aquí veo el retrato al paste] de una dama
antigua; su rostro borroso como una sombra,
sonríe; y puede verse una mano cubierta por
mitones calados retener sobre sus rodillas de
raso un perrillo todo Heno de lazos. Aquella
imagen me llenó de una tristeza encantadora.
¡Que se burlen de mí los que no tengan en su
alma un retrato borroso!
Lo mismo que los caballos que olfatean la
cuadra, apresuro el paso al acercarme a mi
domicilio. He aquí I3 colmena humana donde
tengo mi celdilla para destilar la miel un poco
acre de la erudición. Pesadamente subo los
peldaños de mi escalera. Unos cuantos esca¬
lones mis y llego a mi puerta. Adivino, más
que veo, un vestido que baja, con un ruido
de seda ajada. .Me detengo y me apoyo con¬
tra la barandilla. La mujer que baja la escale¬
ra lleva la cabeza descubierta; es joven y va
cantando; sus ojos y sus dientes brillan en la
oscuridad, pues ríe con la boca y con la mi¬
rada. Seguramente es .una vecina y de las
más populares. Lleva en sus brazos una cria¬
tura preciosa, un .niñito completamente des¬
nudo, como un hijo de diosa. Lleva al cuello
una medalla colgada de una cadenira de plata.
Le veo chuparse los dedos y mirarme con sus
grandes ojos, muy abiertos sobre este viejo
universo, tan nuevo para él. La madre se fija
en mí con un aire al miamo tiempo misterio¬
so y obstinado; se detiene, ruborizándose y
tendiéndome la criaturita. El niño presenta
esc lindo pliegue en la muñeca y en el cuello,
que tienen los niños gorditos, y de la cabeza a
los pies se le forman graciosos hoyuelos que
ríen en su carne sonrosada. La mamá me lo
muestra con orgullo:
—¿Verdad que mi niño es precioso?—me
dice con una voz melodiosa.
Le agarra una manita, se la pone junto a la
boca, luego dirige hacia mi los lindos dedi¬
tos sonrosados, diciendo:
—Anda, nenuo, envíale un beso a este se¬
ñor. Es un señor muy bueno, que no quie¬
re que los niñitos recién nacidos tengan
frío. Envíale un beso.
Y estrechando al pequeño ser entre sus
brazos, se escapa con la agilidad de una gata,
hundiéndose en un corredor que, a juzgar por
el aroma que exhala, conduce a una cocina.
Entré en mi casa.
—Teresa, ¿quien podrá ser una joven que
he visto en la escalera con la cabeza descu¬
bierta y un niño precioso en brazos?
Y Teresa me responde que es la señora de
Coccoz.
Miro al techo como para buscar en el al-
S na luz. Teresa me recuerda entonces al in¬
te vendedor ambulante que el año pasado
vino a venderme almanaques, en tanto su mu¬
jer daba a luz.
—¿Y Coccoz? — pregunté.
Supe que no le vena más. El pobre hom¬
brecillo había sido enterrado, sin que nos
enteráramos de tal cosa, poco tiempo des¬
pués del feliz alumbramiento de su mujer.
Supe también que su viuda se había conso¬
lado ya; yo luce lo mismo.
—Pero, Teresa - pregunte —, ¿la señora de
Coccoz no carece de nada en su desván?
—Sería usted un incauto — me respondió
mi sirvienta —si se preocupara, por esa cria¬
tura. Le han dado orden de irse del desván,
al que va le han arreglado el techo. Pero si¬
gue en él. a pesar del propietario, del encar¬
gado, del portero y de] alguacil. Creo que
los tiene a todos embrujados. Dejará el des¬
ván cuando le parezca, pero se irá en coche,
yo se lo aseguro a usted. ¡j
Teresa reflexionó un momento, lucf/u pro-’
nuncio esta sentencia:
—L T na cara bonita es una maldición Jcl
cielo.
Aunque me constaba positivamente que
Teresa había sido fea y des|>rovista de todo
atractivo, aun. en su juventud, bajando la
cabeza, le dije con malévola intención:
—Vamos, vamos, Teresa, que ya se yo
que en sus tiempos tuvo qsted también una
cara bonita.
No se debe rentar nunca a ninguna cria¬
tura del mundo, aunque sea la más santa.
Teresa, bajando los ojos, respondió:
—Yo, sin ser lo que se dice una mujer bo¬
nita, no resultaba desagradable. Y si hubie¬
se querido, podía haber hecho lo que las
demás.
—¿Quién osaría dudarlo? Pero tome mi
bastón v mi sombrero. Voy a leer, para re¬
crearme. algunas páginas «leí Moren. Si pue¬
do fianne de mi olfato de perro viejo, va¬
mos a cenar esta noche una gallina que ex¬
hala un aroma delicado. Cuitlc, hija mía, a
tan apreciable ave y procure perdonar al
prójimo, a fin de que nos perdonen también
a usted y a vu viejo amo.
Habiendo hablado así, me apliqué a se-
Í juir las enmarañadas ramas de una gcnca-
ogia' principesca.
7 de mayo de 1863.
He pasado el invierno según los deseos de
los sabios, m angello cuní¡¡bello , y las go¬
londrinas del muelle Malaquais me encuen¬
tran a su regreso casi lo mismo que me de¬
jaron. Quien poco vive poco cambia, y casi
no es vivir el gastar sus días sobre antiguos
textos.
Sin embargo, hoy me siento más impreg¬
nado que nunca en esa vaga tristeza «jue la
vida destila. El equilibrio de mi inteligen¬
cia (no me atrevo ni a confesármelo a mí
mismo) está perturbado desde la hora exac¬
ta en que me fué revelada la existencia del
manuscrito de Juan Toutmouillé.
Es extraño que por algunas hojas de viejo
pergamino haya llegado’a perder el reposo;
pero así es, en efecto. F.I pobre que no sien¬
te deseos es dueño del más grande tesoro;
se posee a sí mismo. El rico que ambicio¬
na no es más que un miserable esclavo. Así
me ocurre a mí; los placeres más dulces: el
hablar con un hombre de espíritu fino y
ponderado, o comer con un amigo, no me
hacen olvidar el manuscrito que me es tan
necesario, desde que sé que existe. Lo nece¬
sito por cr día; lo necesito por la noche;
lo necesito en medio de la alegría y en me¬
dio de la tristeza; lo necesito para traba¬
jar y para el descanso.
Recordando mis deseos de niño es como
comprendo ahora mis tenaces antojos de
mi edad primera.
Vuelvo a ver con singular precisión una
muñeca que, cuando yo tenía diez años, ha¬
bía en una tenducha de la calle del Sena.
No sé cómo pudo llegar a gustarme aquella
muñeca. Yo me sentía muy orgulloso de
ser varón; despreciaba a.las niñas y espera¬
ba con impaciencia el ittomento que —¡ay! —
llegó hace tiempo, en que una barba pún-
zantc me erizara el mentón. Jugaba a los
soldados y para dar de comer a mi caballo
mecánico, arrasaba las plantas que mi pobre
madre cultivaba en su ventana. ¡Me parece
que estos juegos eran varoniles, y, sin embar¬
go, tenía el antojo de una muñeca! Los Hér.
culcs tienen a veces sus debilidades. ¿Eira
LEOPLAN - 5)
per lo menos bonita la que me gustaba a nú? No. Me parece estar
viéndola todavía. Tenía una roseta de bermellón en cada mejilla, unos
fcruns cortos y blanduchos. unas horribles manos de madera y las
peonas largas y muy abiertas. Su falda floreada estaba sujeta al talle
par dos alfileres. Parece que estoy viendo todavía las cabezas negras
de aquellos dos alfileres. Era una muñeca ordinaria, que apestaba a
arrabal. Recuerdo muy bien que, a pesar de ser una criatura que
\on no había roto muchos pantalones, percibía a mi manera, pero muy
41 . icnte, que aquella muñeca no tenía gracia ni atractivo alguno,
crac era tosca, vulgar; pero, a pesar de eso y quizá por eso mismo,
ex gustaba, sólo ella me gustaba. La quería. Mis soldados y mis tam¬
bores me eran indiferentes. Ya no mena en la boca de mi caballo me¬
cánico ramitas de heliutropo y de verónica. Inventaba verdaderas as¬
ará» de salvaje para obligar a Virginia, mi niñera, a pasar conmigo
por delante de la tenducha de la calle del Sena. Aplastaba la nariz coa-
n d cristal y mi niñera se veía obligada a tirarme del brazo, dicién-
ánnt: “Vamos, señorito Silvestre, que es muy tarde y su mamá
¡e u a regañar”. El señorito Silvestre se burlaba de los regaños y de
lo* azotes. Pero su niñera lo levantaba como a una pluma y el seño-
rk» Silvestre cedía ante la fuerza. Después, con los años, se na echado
« perder y cede ante el temor. Pero entonces no temía nada.
Era muy desgraciado. Una vergüenza irreflexiva, pero irresistible,
i'ax impedía confesar a mi madre el objeto de mi amor. De ahí mis
«trunientos. Durante algunos días, la muñeca estuvo presente sin ce¬
sar en :ni imaginación, danzaba ante mis ojos, me miraba fijamente,
«c abría sus brazos, tomando en mi mente una especie de vida que
b tomaba misteriosa y terrible, cada vez más querida y más deseable.
Un día, por fin, un día que no olvidare jamás, me llevó mi niñera
a casa de mi tío, el capitán Víctor, que me había invitado a almorzar.
Yo admiraba mucho a mi tío el capitán, tanto porque había quemado
d último cartucho francés en Waterloo, como por verle preparar por
s mismo, en la mesa de mi madre, los ajos que echaba luego en la
ensalada de achicorias. Yo encontraba aquello magnífico. También me
inspiraba una gran consideración mi tío Víctor por sus levitas galo¬
neadas y sobre todo por su manera especial de revolver toda la casa
de arriba abajo en cuanto llegaba. Todavía hoy no he llegado a sa¬
ber cómo se las arreglaba, pero puedo afirmar que, aun cuando mi
rio Víctor se hallara en una reunión de veinte personas, no se veía
ns se oía más que a él. Me parece que mi excelente padre, no com¬
partía mi admiración por el tio Víctor, que 1c envenenaba con su pipa,
dándole amistosamente fuertes puñetazos en la espalda, acusándole al
Husmo tiempo de falta de energía. Mi* madre, aunque tenia para con él
ana indulgencia de hermana, le invitaba a menudo a acariciar menos
los frascos de aguardiente. Pero yo no participaba ni de esas repugnan,
oas ni de esos reproches, y el tío Víctor me inspiraba el más puro entu¬
siasmo. Por eso experimenté un sentimiento de orgullo al entrar en su
pequeño departamento de la calle de Guénégaud. Todo el almuerzo,
seoido en un velador junto al fuego, estaba compuesto de fiambres,
embutidos y golosinas.
EJ capitán me atiborró de pasteles y de vino. Me habló de las innu¬
merables injusticias de que había sido víctima. Se quejaba sobre todo
de los Borl><mex y como no se preocupó de decirme quienes eran los
Borbones, llegué a imaginar, ignoro por qué, que los Borbones eran
onos tratantes en caballos establecidos en Waterloo. El capitán, que
mk> se interrumpía para servimos de beber, acusó de mentecatos y de
incapaces a un crecido número de mozalbetes, a los que yo no conocía
en absoluto y a los cuales me puse a odiar con todo mi corazón. A
ios postres, creí oír decir al capitán que mi padre era ún hombre al
que se podía conducir del ronzal; aunque no estoy muy seguro de ha¬
ber comprendido bien. Sentía zumbidos en los oídos y me parecía que
bailaba el velador.
Mi tío se puso su levita galoneada, tomó su sombrero y bajamos a
b calle, que me sorprendió encontrar extraordinariamente cambiada.
Me parecía que no la había visto desde mucho tiempo atrás. Sin em¬
bargo, cuando llegamos a la calle del Sena, la idea de la muñeca asaltó
mi mente, causándome una exaltación extraordinaria. Mi frente ardía.
Me resolví a intentar un gran golpe. Pasábamos por delante de la rien¬
da. Estaba allí, detrás del cristal, con sus mejillas rojas, su falda floreada
v sus largas piernas.
—Tío — le dije, haciendo un esfuerzo -, ¿quiere usted comprarme
esa muñeca?
Y esperé. •
— ¡Comprar una muñeca a un chico, vive Dios! — gritó mi rio con
voz de trueno —. ¿Es que quieres deshonrarte? ¿Y es esa pepona la
que te gusta? Te felicito, hijo mío. ¡Si a los veinte años sigues tenien¬
do tan buen gusto como ahora, y escoges así tus muñecas, no te irá muy
bien en la vida, te lo aseguro, y tus amigos dirán de ti que eres un
grandísimo majadero! Pídeme un sable o un fusil y te los compraré,
aunque para ello tenga que gastar la última moneda’ de mi pensión de
retiro. ¡Pero comprarte una muñeca, rayos y truenos! ¡Para verte des¬
honrador ¡Eso nunca! Si alguna vez te viera jugar con una pepona
semejante, señor hijo de mi hermana, no te reconocería como sobrino
mío.
Oyendo aquellas palabras, sentí oprimirse mi corazón de tal manera,
que únicamente el orgullo, un orgullo diabólico, me impidió llorar.
Mi tío, calmado de repente, volvió a sus ideas sobre los Borbones,
pero yo, que aun me hallaba bajo el pesa de su indignación, sentía una
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54 • LEOPLAN
vergüenza indecible. Tome bien pronto una
resolución: me prometí a mi mismo no dcs-
' honrarme; renuncié irrevocablemente, y pa¬
ra siempre, a la muñeca de mejillas colora¬
das. Aquel día gusté la austera dulzura del
sacrificio.
y Capitán: es verdad que en vida juraste co¬
mo un pagano, fumaste como un suizo y be¬
biste como un campanero, pero a pesar de
ello, que tu memoria sea honrada, no tan sólo
porque fuiste un valiente, sino también por¬
que has revelado a tu sobrino, vestido aún
con pantalones cortos, el sentimiento del
heroísmo. ¡El orgullo y la pereza te hacian
casi insoportable, oh, tío Víctor! Pero un
gran corazón latía bajo los galones de tu le¬
vita de uniforme. Llevalws siempre, lo re-
! cuerdo muy bien, una rosa en el ojal. Y
aquella flor que ofrecías con tanto agrado a
las muchachas, aquella flor, como un gran
f corazón abierto que se deshojaba a todos los
I vientos, era el símbolo de tu gloriosa juven¬
tud. N<J despreciabas ni el vino ni el ta¬
baco. pero despreciabas la vida. No podía
1 aprenderse de ti, capitán, ni el buen sentido
ni la delicadeza, pero en cambio me diste,
l a la edad en que todavía la niñera me sonaba
los mocos, una lección de honor y de abne-
| gación que no olvidaré jamás.
Descansas hace ya tiempo en el cemcnte-
' rio de Mont-Parnasse, bajo una humilde lápi¬
da con este epitafio:
AQUÍ YACE
ARISTIDES VICTOR MALDENT
CAPITÁN DE INFANTERÍA
CABALLERO DE LA LECIÓN DE HONOR
jr Pero no era ésa, capitán, la inscripción
que tú habías reservado para tus viejos huc-
, sos, que tanto rodaron por los campos de
I batalla y por los lugares de placer. Encon¬
traron entre tus papeles este amargo y arro-
' gante epitafio, que a pesar de constituir tu
B última voluntad no se atrevieron a poner
sobre l« tumba:
[ AQUÍ YACE
UN BANDIDO DE LA LOIRE
v —Teresa, mañana iremos a llevar una co¬
rona de siemprevivas a la tumba del ban¬
dido de la Loire.
Pero Teresa no está allí. ¿Cómo iba a espr-
junto a mí en la glorieta de los Campos Elí-
k seos? Allá, a la distancia, al final de la
l{L avenida, el Arco del Triunfo que ostenta
¡(‘ grabados bajo sus bóvedas los nombres de los
í, compañeros de armas del tío Víctor, abre
| sobre el cielo su puerta gigantesca. Los árbo-
i les de la Avenida despliegan al sol primave-
1 ral sus primeras hojas, aun pálidas y ateridas,
jj A mi lado ruedan los coches hacia el bosque
| de Bolonia. He llegado en mi paseo hasta es¬
ta avenida mundana y me he detenido, sin
[ : saber por qué, ante un puestecillo al aire libre
en el que hay bollos y garrafas tapadas con
un limón. Un niño miserable, envuelto en
, andrajos, que dejan ver su piel curtida y
agrietada, abre desmesuradamente los ojos
i ante aquellas suntuosas golosinas que no son
para él. Sus ojos redondos y fijos contem¬
plan un bollo de gran tamaño en forma de
muñeco. Es un general y se parece un poco al
tío Víctor. Lo tomo en mi mano, lo pago
■ y se lo tiendo al pobre pequeño que no se
r atreve a alargar su mano hasta él, pues sin
duda, debido a una experiencia precoz, no
cree en la felicidad. Me mira con esa expre¬
sión que se descubre a veces en los ojos de
los perros y que parece decir: “es usted cruel
¡ burlándose de mí".
—Vamos, chiquillo — le dije con esc tono
áspero jque me es propio — : toma y come,
pues más feliz que yo lo era a tu edad, pue¬
des satisfacer tus antojos sin deshonrarte. Y
tú, tío Víctor, tú, cuyo rostro varonil me
recuerda esc bollo, ven, ven sombra gloriosa,
ven pora hacerme olvidar mi nueva muñeca.
Somos eternos niños y corremos sin cesar
detrás de nuevos juguetes.
El mismo día.
¡La familia Coccoz está asociada en mi es¬
píritu de la manera más extraña al clérigo
Juan Toutmouillc!
—Teresa — dije, dejándome caer en mi
butaca —. Cuéntente usted cómo está el niño
de los Coccoz, dígame si tiene ya dientes y
déme usted mis zapatillas.
—Debe tenerlos hace ya tiempo, señor —
me respondió Teresa — , pero yo no se los he
visto. El primer día hernioso de primavera,
desapareció la madre con su hijo, dejándo¬
se aquí los muebles y las ropas. Se han en¬
contrado treinta y oeno tarros vacíos de cre¬
ma para la cara en su desván. Es una cosa
que no se concibe. En los últimos tiempos re¬
cibía muchas visitas y ya puede usted figu¬
rarse que a estas horas no estará precisamen¬
te en un convento de monjas. La sobrina de
la ponera dice que la ha ;Lto en un coche
por el bulevar. Ya me parecía a mí que esa
acabaría mal.
—Teresa — le respondí —, esa joven no ha
acabado ni bien ni mal. Esperemos el término
de su vida para juzgarla. Y procure usted
no hablar mucho con la ponera. I-a señora
de Coccoz, a quien me encontré una vez en
la escalera, parecía querer mucho a su hijito,
y este amor debe tenérsele en cuenta.
—Desde luego, señor, al niño no le faltaba
nada. No se habría encontrado en todo el
barrio otro mejor alimentado, mejor cuidado,
ni mejor aseado que él. Todos los días le po¬
nía un babero limpio y le cantaba, desde la
mañana a la noche, canciones que le hacían
reír.
—Teresa, un poeta ha dicho: “El niño a
quien su madre no ha sonreído nunca, no es
digno ni de la mesa de los dioses ni del lecho
de las diosas”.
8 de julio de 1863.
Habiéndome enterado de que iban a enlo¬
sar de nuevo la capilla de la virgen de Saint-
Germain-des-Prés, me dirigí a la iglesia, con
la esperanza de encontrar algunas inscrip¬
ciones dejadas al descubierto por los obreros.
No me equivocaba. El arquitecto me mostró
una piedra que había hecho arrimar al mu¬
ro. Me arrodillé para descifrar la inscripción
grabada sobre aquella piedra, y bajo la som¬
bra del antiguo ábside leí estas palabras que
hicieron palpitar mi corazón:
Aquí yace Juan Toutntouillé, monje de esta
iglesia , que hizo poner de plata la barbilla
de Sai1 Vicente, de San Aviando y el pie
de los Inocentes : fue, mientras vivió, ios
hombre prudente y valeroso. Rogad por su
abna.
Limpie suavemente con mi pañuelo el pol¬
vo que ensuciaba aquella losa. Hubiera que¬
rido besarla:
—¡Es él, es Juan ToutmouiBé! — exclamé.
Y en lo alto de las bóvedas retumbó aquel
nombre con estrépito sobre mi cabeza.
El rostro grave y mudo del pertiguero que
avanzaba hasta mí me avergonzó, haciéndo¬
me reprimir mi entusiasmo y salí huyendo
por entre los dos hisopos cruzados sobre mi
pecho por dos ratas de iglesia rivales.
Sin embargo, era mi Juan Toutmouillé, ¡lo
era, sin duda ninguna! Era el traductor de
La leyenda dorada , el autor de la vida de
los santos Germán, Vicente, Ferreol, Fcrru-
cio y Droctoveo; y era, como yo me lo ha¬
bía figurado, un monje de Saint-Germain-dcs-
Prés. Y, además de ser un buen monje, muy
piadoso V muy liberal. Había mandado hacer
una barbilla de plata, una cabeza de plata y
un pie de plata para que los restos preciosos
estuvieran cubiertos por una envoltura inco¬
rruptible. Pero, ¿llegaré alguna vez a cono¬
cer su obra, o este nuevo descubrimiento ser¬
virá tan sólq para aumentar mis desvelos?^,
20 de agosto de 1869.V
“Yo que resulto agradable algunas veces y
pongo a prueba a todos los hombres; yo que
soy la alegría de los buenos y el terror de
los malos; vo que alimento y destruyo' el
error, me propongo desplegar mis alas. No me
censuréis si en mi rápido vuelo me deslizo
sobre algunos años...”
¿Quién habla asi? Un anciano a quien
conozco bastante: el Tiempo.
Shakespeare, al final del tercer acto del
Cuento de Invierno, se detiene para dejar a
la infantil Pcrdita el tiempo de crecer en
prudencia y en belleza, y, cuando suelve a
abrirse la escena, evoca al antiguo coro para
dar razón a los espectadores de los largos
dias que han gravitado sobre lá cabeza del ce¬
loso Leontes.
He dejado en este diario, como Shakespea¬
re en su comedia, un largo intervalo en el
olvido, y siguiendo el ejemplo del poeta
hago intervenir ai tiempo para explicar mi si¬
lencio de seis años. Efectivamente, lia ce seis
años que no he escrito una línea en este
cuaderno y no puedo, ¡ay!, al volver de nue¬
vo a tomar la pluma, describir uii3 Pcrdita
cuyas gracias se han aumentado al correr de
los dias. La juventud y la belleza son los fie¬
les compañeros de los poetas. Esos fantas¬
mas encantadores apenas nos acompañan du¬
rante el espacio de una estación. No acer¬
tamos a retenerlos. Si la sombra' de alguna
Perdita se decidiera, por un incomprensible
capricho, a atravesar mi cerebro, se marchi¬
taría horriblemente junto a los montones de
pergaminos arrugados. ¡Dichosos los poetas!
Sus cabellos blancos no espantan a las sombras
flotantes de las Hcldíus. de las Franccscas,
de las Julietas, de las Julias y de las Doro¬
teas. Y sería suficiente La nariz de Silvestre
Bonnard para poner en fuga a todo el enjam¬
bre de las grandes apasionadas.
Sin embargo, yo he sentido la belleza co¬
mo puedan sentirla los demás. Me ha emo¬
cionado el encanto misterioso que la natura¬
leza incomprensible extiende sobre las for¬
mas animadas; una arcilla viviente me ha
comunicado ese estremecimiento que produce
amantes y poetas. Pero no he sabido ni amar
ni cantar. En mi alma, abarrotada de viejos
textos y de viejas fórmulas, encuentro de
nuevo, como una miniatura en un desván, un
claro rostro con dos ojos brillantes tk al¬
mendra.
Bonnard. amigo mío, eres un viejo loco.
Más te valiera leer el catálogo que un li¬
brero de Florencia te ha enviado esta misma
mañana. Es un catálogo de manuscritos y se¬
guramente vendrá en él la descripción de
algunas obras notables conservadas por afi¬
cionados de Italia y de Sicilia. Eso es lo
que conviene a tu edad va tu físico.
Me pongo a leer y de repente lanzo un
grito. Amílcar, que con los años ha llegado a
tener una gravedad que me intimida, me con¬
templa con aire de reproche y parece pre¬
guntarme si el reposo es de este mundo, pues
que él no puede disfrutarlo junto a mi a
pesar de ser yo tan viejo como él.
Necesito un confidente para la alegría de
mi descubrimiento y es al pacífico Amílcar
a quien me dirijo con la efusión de un hom¬
bre feliz.
—No. Amílcar, no; el reposo no es de este
mundo y la quietud a que tú aspiras es incom¬
patible con los trabajos de la vida. ¿Quién
ha podido decirte que somos viejos? Oye
LEOPLAN • i5
hctor del
fejéa lo que leo er\ esre catálogo y dime des
oró s¿ ha llegado la hora del descanso:
■"«La leyenda dorada de Jacobo de Vorági¬
ne. traducción francesa del siglo XIV por
¿ clérigo ¡non Toutniouillé.
"Soberbio manuscrito ornado con dos mi-
aururis maravillosamente ejecutadas y en
.perfecto estado de conservación. Una repre¬
senta la Purificación de la Virgen y otra la
nación de Proserpina.
“Siguiendo a La leyenda dorada secncuen-
r—-¡n las leyendas de los santos Ferreol, Ferru-
óo, Germán y Droctoveo. páginas xxviij,
y la Sepultura milagrosa del señor Saint-Ger-
éoain d’Auxerre, paginas xij.
Tiste precioso manuscrito, que formaba
parte de la colección de sir Thomas Ralcigh,
se encuentra actualmente en el gabinete del
señor Miguel Angel Polizzi, de Girgcnti”.
_¿Has oído. Amílcar? El manuscrito de
Juan Toutmouillé está en Sicilia, en casa
de Miguel Angel Polizzi. Puede que este
hombre tenga algún aprecio por los sabios.
Vov a escribirle.
Cosa que hice en seguida. En mi carta ro¬
gaba al señor Polizzi que me facilitara el nía- j
nuscrito del clérigo Toutniouillé. haciéndole j,
saber los títulos por los cuales me atrevía a
juzgarme digno de semejante favor. Ponía al
m&mo tiempo a su disposición algunos tex¬
tos inéditos que yo poseo y que no carecen
de interés. Le suplicaba que me favoreciera
con una pronta respuesta, inscribiendo de¬
bajo de mi firma todos mis títulos honorí¬
ficos.
—¡Señor! ¡Señor! ¿Dónde va usted con
tanta prisa? — exclamó Teresa alarmada, ba¬
jando de cuatro en cuarto los escalones y co¬
rriendo detrás de mí con el sombrero en la
mano.
Im. —Vov a echar una carca al correo.
— ¡Dkis mío! Escaparse así, con la cabeza
descubierta, como un loco.
—Es que estoy loco, Teresa. ¿Y quien no
lo está? Déme corriendo mi sombrero.
— ;Y los guantes? ¿Y el paraguas?
Estaba al pie de l'a escalera y aun la oía
gritar y lamenrarsc.
10 de octubre de 1869.
Estaba esperando la respuesta del señor
Miguel Angel Polizzi, con una impaciencia
mal contenida. No me hallaba en mi centro;
hacía movimientos bruscos; abría v cerraba
ruidosamente los libros. Me ocurrió que un
día tiré con el co*lo un tomo del Moreri.
Amílcar, que se estaba lamiendo, se detuvo de
pronto v con la pata sobre una oreja, me
miró con ojos huraños. ¿Era acaso aquella
vida tumultuosa la que debía esperarle bajo
mi tcdu>? ¿No habíamos convenido tácita¬
mente llevar una existencia apacible? Yo
había roto el pacto.
—¡Pobre compañero mío! — le respon¬
dí — . Es que sov presa de una pasión vio¬
lenta que me agita y me domina. Las pasio¬
nes son enemigas del reposo, pero sin ellas
no habría ni industria ni arte en este mun¬
ido. Cada cual descansaría desnudo sobre
un montón de estiércol y tú, Amílcar, no
dormirías durante todo el día sobre un
cojín de seda, en la ciudad de los libros.
No segui exponiendo durante más tiem¬
po ante Amílcar aquella teoría sobre las
pasiones, porque mi criada me entregó una
carra con sello de Nápoles, que decía:
“llustrisimo. señor:
"Efectivamente, poseo el incomparable ma¬
nuscrito de La leyenda dorada , que 110 ha
pasado inadvertido a so lúcida atención. Ra¬
zone.» capitales se oponen imperiosa y tirá¬
nicamente a que me desprenda de él ni un
solo día, ni un solo minuto. Será para mí
una alegría v una gloria mostrárselo a usted
en mi humilde casa de Girgenti, la que se
DOS
GENERACIONES
—le hablan
Dos generaciones le
le hablan de cuánto, cómo,
que bien y que rápidamente se
aprende cualquier profesión
Técnica, Comercial o Artística
en las Escuelas Zier.
Dos generaciones le aconsejan hacer como lo hicieron ellos —padres
e hijos_(desde 1914 y por boca de 90.000), prepararse cuanto antes, para
hacerle frente con ventaja a la nueva era que se inicia; que será la era del
TRIUNFO y las grandes ganancias para los mejores.
Dos generaciones, por último, le dicen la verdad:
Mediante el sistema de Enseñanza Teórico-Práctico de las Escuelas
Zier, tan seguro como efica z — en su casa — usted puede ser el mejor
PROFESIONAL COMPETENTE, sin otro esfuerzo que unos minutos de es¬
tudio por día. i^ s £ scue / as 21er le enseñan a TRIUNFAR:
| ,ac Escuelas Zier son, prácticamente, una “ESCUELA SUPERIOR
DE LA VIDA”, que prepara TECNICAMENTE al alumno y por medio de
sabias LECCIONES DE CARACTER le dan una enseñanza completa ten¬
diente a vigorizar sus cualidades morales y emplear con provecho los cono¬
cimientos adquiridos.
Aquí tiene 150 Profesiones para que Vd. ELIJA:
Ingeniero Civil Arquitecto, Constructor, Ingeniero en Radio y Televisión IRodio, Televisión, Cine Sonoro, Ampliación
de Sonido, Instalación de Broadcasting, etc.*. Técnico en Rodio y Televisión, Ingeniero Electricista, Electrotéc¬
nico Montador Electricista, Aprendiz Electricisto, Jefe de Usina, Ingeniero Mecánico, Técnico en Industrio Side¬
rúrgica, Técnico Mecánico, Maestro Tornero, Montador Mecánico, Ingeniero en Motores Diesel, Técnico en Motores
Diesel Montador en Motores Diesel, Ingeniero Aeronáutico, Técnico Aeronáutico, Ingeniero en Explotación de Minas
y Petróleo Técnico en Explotación de Minas y Petróleo, Ingeniero en Puentes y Cominos y Obras Hidráulicos, Téc¬
nico en Hormigón Armado, Arquitecto Noval, Ingeniero Agrónomo, Agrónomo Agrimensor, Químico Industrial, Téc¬
nico Enólogo, Formocia, Sobrestante en Obras Sanitarias, Dibujo Comercial y Publicidod, Jefe de Propagando, Dibujo
Artístico Caricaturista, Retratista, Dibujo y Pinturo Decorativa, Desnudo Artístico, Dibujo Lineal Arquitectónico,
Lineal Mecánico, Lineal de Ebanistería, de Herrerío Artístico, de Ornoto, de Figuras, de Letros. Poisajista, Pintura
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esperanza de su venida, me atrevo a ofrecerme, señor académico,
vuestro humilde y devoto servidor. - Miguel Angel Polizzi. Nego¬
ciante en yutos y arqueólogo Je Girgcnti. (Sicilia)”
¡Pues bien, iré a Sicilia!
Extreman bunc , Aretbttsa, rnibi concede laboran.
Teniendo ya resuelto mi viaje y habiendo hecho mis prepara¬
mos, solo me faltaba advenírselo a mi ama de llaves. Confreso q W
dude mucho tiempo antes de anunciarle mi pnreida. Temía sus
advertencias sus burlas, sus reproches, sus lágrimas. “Es una buena
mujer, rae decía, muy adicta a mí; querrá retenerme, y Dios es
testigo de que cuando quiere algo hace .un verdadero derroche de
palabras, de gestos y de gritos. En esta ocasión llamará en su ayu¬
da a la ponera, al encerador, a la colchonera y a los siete hijos del
frutero; se pondrán todos de rodillas a mi alrededor, me llorarán
y estarán tan feos que cederé por no verlos”.
Tales eran las espantosas imágenes, los sueños de calentura que
el miedo agrupaba en mi imaginación. Sí, el miedo, el miedo fecun¬
do, como dice el poeta, creaba esos monstruos en mi cerebro Pues,
io confieso en estas paginas íntimas, tengo miedo de mi criada No
ignoro que ella sabe que soy débil, y esto me quita todo el valor
invariablemente. 00 " S °" frecuente «» V *“™.bo
Pero era preciso anunciar mí marcha a Teresa. Entró en la biblio¬
teca con un brazado de leña para encender un poco de lumbre
una llamarada , como ella decía, pues las mañanas son frescas. Yo
la observaba con el rabillo del ojo, mientras estaba acurrucada,
con la cabeza metida dentro de la chimenea. No sé de donde saqué
1¡Ó de M ' fcV ”' é ’ y p3 “ indt '™ «I
-A proposito -le dije con tono que quería ser risueño v con
I marcho ^Skdia Pr ° P ' a ^ ,OS po,trones ^ a propósito, Teresa, me
Después de haber hablado, esperé muy inquiero. Teresa no res-
pondu. Su cabeza y su amplia cofia continuaban hundidas dentro
f™ n . ea ' >'. nada en 50 que yo observaba atentamente,
demostraba la mas .mínima emoción. Seguía metiendo astillas bajo
los troncos, y nsda más. 1
me^irritó V ° ,V ‘ Ó C * - rostr ° : V ,3 ví an tranquila, tan tranquila que
Verdaderamente, pensé, esta solterona no tiene corazón. Deja oue
nnV’X í Sm SÍqUÍera : “¡ Ahr & ^ ue Unifica tan p¿co
para ella la ausencia de su viejo amo? ^
^ Cd V Señ ° r - me di ¡° al pero vuelva usted a las
seis en punto. Tenemos para cenar un plato que no espera.
Ñipóles, io de noviembre de ¡869.
~Co tra calle vive, magrte e lave a faccia (i).
„ cnr,cnd °. amigo, por tres céntimos puedo comer, beber
> loarme la cara, todo ello adquiriendo una de las rajas de sandía
que tienes expuestas en esa mesita. ’
Pero los prejuicios occidentales. me impiden gozar con el sufi¬
ciente candor tan sencilla voluptuosidad. ¿Cómo voy a chupar vo
“i 35 de sand, ? ? Ya hago bastante con sostenerme en
pie en medio de esta multitud. ¡Qué noche tan luminosa y llena
Las fr y ras ,.?f dzan Armando montañas
en las tiendas alumbradlas con farolillos multicolores; sobre las
hornillas encendidas al aire libre, humea el agua en los calderos v
cantan las frituras en las sartenes. EJ olor de pescado frito y de
carne caliente me cosquillea las narices, haciéndome estornudar.
Entonces me doy cuenta de que mi pañuelo ha abandonado el bol-
^ mi lcvWa - Me « e nto empujado, alzado y volteado en todas
direcciones por el pueblo mas alegre, más charlatán, más vivo y
mas diestro que puede imaginarse; de pronto, una joven comadre
cuando estaba admirando sus magnificas cabellos ne¬
gros, dándome un golpe con su hombro elástico y fuerte me envía
sin hacerme daño, tres pasos más atrás, dejándome caer en los bra¬
zos de un hombre que esta comiendo macaroni, el cual me recibe
en ellos sonriendo. 5 c rcc,De
■\a estoy en Nápoles. Cómo he conseguido llegar hasta aquí
con algunos restos informes y mutilados de mis bagajes, no podría
explicarlo, por la sencilla razón de que yo mismo no lo se P He
viajado en un sobresalto continuo, y me parece que en esta ciudad
“"r 0 ™? 05 ?’, te ^° el as P ecto dc ™ huho al sol ¡Y esta noche es
peor todavía. Para poder estudiar las costumbres populares, me
fui a la strada dt porto, «onde ahora me hallo. En torno a mí ale-
SC ap,n ? n ante ,OS puestos dc vituallas, y floto como
“ d 22? arra p Sfrado por olas vivientes, que hasta cuando sumTr-
gen acarician. Porque este pueblo napolitano tiene en su altere
vivacidad un no se que de dulce y de halagador. No me empu-
jan, me mecen. Y a veces pienso que a fuerza de balancearme^
wa? CVante eSPafi ° ,: iQUÍén P° r
«rá ,»« & «j¡> rVt'tT^toL^cJ.ítT^
ssiSSfK «=££
^™,ñ“a°-™li». y i» » i» P""“ «* “““* “ d “ ,ec “
^íapolitano:
<% Armee, alliegre magnánimo e bevbmno,
Nfin che rice stace noglio a la lucerna:
Q¡fi sa s'a Pantro munno rice vedmmtof
Cbi sa s'a l'atitro munno rice tavema?
(Amigos, contamos y bebamos alegremente,
^¿Quiln sabe í i «T 5 mro mundo
¿Quién sabe si en el otro vntndo kabra una taberna?)
Horacio daba consejos muy parecidos a sus amigos. Tú los «<n-
Postumo Tú los escuchaste, Leuconoe, hermosa rebelde, que
gSfs & wsyus» - !? f t° r r P ™J« y
srj’asrjür írtsrí trg
^ el^caso de mi vida a la ciudad en que resplandeció tu belleza,
saludo con respeto tu sombra melancólica. Las almas como la uv.,
ni sS aparición en la cristiandad, fueron las almas de las
Sitas v sus milagros llenan La leyenda dorada. Tu
ha dejado una descendencia menos generosa, y reconozco a “
¿L nietos en la persona del tabernero poeta que en estos monten-
te* círve vino en las tazas, bajo su rotulo epicúreo.
y sin embargo, la vida le da la razón ni amigo Flaco, y su filo¬
sofía «la única que se acomoda al desarrollo de los acontecimien¬
tos. Contemplad a ese joven tan gallardo que, apoyado en uñarla
cubierta de pámpanos, toma un helado contemplando las estrellas.
\o se bajaríasiquiera para recoger del suelo ese vie)o manuscrito
‘que estov buscando a costa de tantas fatigas, y es que, en reahdad,
' hombre está hecho más para tomar hebdos que para compulsar
Vie ¿onnnu¿ 0!, divagando en tomo de los bebedores y de los cantan¬
tes Algunos enamorados mordían hermosas frutas enlazados por el
talic. Indudablemente el hombre es. por naturaleza, malo, pues toda
aquella alegría ajena me entristecía profundamente. Aquella mul-
tkud demostraba tal gusto ingenuo por la vida, ^wm^ de^s
pudores de viejo escriba se sublevaron. Ademas, me halbba deses¬
perado por no comprender nada de las palabras que resonaban en
el aire. Lo que resultaba una prueba humillante para un filologo.
Estaba muy apesadumbrado, cuando algunas frases pronunciadas a
mi espalda, me hicieron aguzar el oído. •
—Ese viejo seguramente es un francés, Dimitri. Me da pena verle
tan aburrido. ¿Por que no le hablas? Tiene aire de ser una exce¬
lente persona. ¿No te parece, Dimitri?
Aquelbs palabras fueron dichas en francés por una voz de mu|er.
Al pronto me resultó muy desagradable oir que me llamaban viejo.
•Es uno viejo a los sesenta y dos años? El otro día, en el puente
de las Artes, mi colega Perrot d’Avrignac me felicitó por ni i as¬
pecto juvenil, y debe ser más entendido en eso de aparentar edad
que aquella joven alondra que cantaba a mi espalda, dado caso de
que las alondras canten de noche. ¿De manera que tengo el aire
de una excelente persona? ¡Ah, ah! Siempre lo había sospechadoj
pero ahora ya no lo creo, puesto que se trata de la opinión de una
pájara. No quiero volver b cabeza para ver a b que acaba de
hablar, pero estov seguro de que es una mujer bonita. ¿Por qué?
Porque b voz de las mujeres que son bellas o que lo fueron, que
eustan o que gustaron, es b única que puede tener esa abundancia
de sonidos felices, ese tono argentino que es como una risa peren¬
ne De b boca de una fea quizá saldrá una palabra mas suave y
más melodiosa, pero nunca tan viva seguramente, ni con ese gorjeo.
Estas ¡deas se adueñaron de mi mente en menos de un segundo,
v huvendo muy apresurado de aquellos dos desconocidos me lance
éntre la más apiñada multitud napolitana, enfibndo un vicoletto tor¬
tuoso. alumbrado únicamente por una lamparilla encendida ante el
nicho de una Madona. Allí, reflexionando con mas sosiego, acabe
por reconocer que aquella bella mujer (seguramente era bella,
había expresado respecto a mí un pensamiento de benevolencia que
merecía mi gratitud. “Ese viejo seguramente es un francés, Dmu-
tri. Me da pena verle tan aburrido. ¿Por qué no le hablas? Tiene
el aire de ser una excelente persona. ¿No te parece, Dimitri?”.
1 Al oír aquellas palabras amables no debí emprender una fuga
tan rápida. Hubiera sido más acertado abordar de una manera cor¬
tés a la dama de voz clara, inclinarme ante elb y hablarle de este
modo:
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“Señora: a pesar mío, he oído todo lo que
usted acaba de decir. ¿Deseaba usted hacer
un favor a un pobre viejo? Pues ya lo ha
hecho usted. Bastan las inflexiones de su
voz francesa para proporcionarme un pla¬
cer por el cual le quedo reconocido”. Sin
duda alguna debí decirle estas palabras u
otras semejantes. Tengo la seguridad de que
es francesa, porque su voz lo es. La voz de
las damas de Franca es la más agradable del
mundo. Al igual que nosotros, también los
extranjeros perciben su encanto. Felipe de
Bergante dijo en 1483, refiriéndose a Juana
la Doncella: “Su hablar era dulce, como
el de todas las mujeres de su país”. El acom¬
pañante a quien se dirigía se llama Dintitri.
Debe ser ruso. Seguramente son personas ri¬
cas, que pasean su aburrimiento por el mun¬
do. Hay que compadecer a los ricos. Sus
bienes los rodean, pero sin penetrarlos; se
encuentran pobres y desnudos dentro de sí
mismos. La miseria de ios ricos es lamen¬
table.
Al acabar estas rfcflexiones me encontré
en un callejón, o para decirlo en napolitano,
en un sotto-pórtico, que se deslizaba por de¬
bajo de tan numerosas arcadas y de balcones
tan salientes que no descendía hasta él la más
minina luz del cielo. Todo me demostraba
que 111c había perdido y que estaba condena¬
do a buscar mi camino durante toda la no¬
che. Para poder preguntar, hubiera sido pre¬
ciso encontrar un rostro humano, y desespe¬
rábale ver uno solo. En mi desesperación,
tome por una calle al azar, o mejor dicho,
por una especie de espantoso degolladero.
Tal era su aspecto. Y efectivamente, a los
pocos minutos de andar por él, vi a dos hom¬
bres que esgrimían cuchillos. Se atacaban más
aún con la lengua que con los aceros, y com¬
prendí, por las injurias que ambos se lanza¬
ban, que se ventilaba un asunto amoroso. Me
deslicé prudentemente por una calleja cer¬
cana, mientras aquellos dos bravos continua¬
ban ventilando sus asuntos, sin preocuparse
lo más mínimo de los míos. Después de ha¬
ber andado durante algún tiempo a la ven¬
tura, me senté desalentado en un banco de
piedra, lamentando haber huido tan locamen¬
te y de un modo tan laberíntico de Dimitri
y de su compañera de la voz clara.
—Buenas noches, signor. ¿Viene usted de
• San Cario? ¿Ha oído usted a la diva? Sólo
en Ñapóles se canta así.
Levanté la cabeza y reconocí a mi hués¬
ped. Me bailaba sentado contra la fachada
de mi hotel, debajo de mi propia ventana.
Monte-AUegro, jo de noviembre de 1869.
Estaba descansando con mis guías y sus
muías en el camino de Sciacca a Girgenti,
en una posada del mísero pueblecillo de
Monte-Allegro, cuyos habitantes, consumi¬
dos por la maraña tiritaban al sol. Pero son
griegos todavía, y su alegría resiste a todo.
Algunos de ellos rodeaban la posada con cu¬
riosidad sonriente. Si hubiese yo sabido con¬
tarles algún cuento, sin duda hubiera logrado
hacerles olvidar los quebrantos de la vida. Su
aspecto revelaba inteligencia, v las mujeres,
a pesar de tener ajado y curtido el rostro, se
envolvían con grada en su largo manto ne-
gro.
Veía ante mí las ruinas roídas por el vien¬
to del mar, y sobre las cuales no crece ni la
hierba. La lúgubre tristeza del desierto reina
en aquella tierra árida, cuyas entrañas agrie¬
tadas apenas alimentan algunas mimosas ra¬
quíticas, cactos y palmeras enanas. A veinte
pies de disrancia v a lo largo de un barran¬
co blanqueaban los guijarros como un re¬
guero de osamentas. Mi guia me explicó que
se trataba de un arroyo.
Hacía quince días que estaba en Sicilia.
Entré por la bahía de Palcnno, que se abre
entre las dos moles áridas y abrumadoras del
Pellegrino y del Catalfano y que se extien¬
de a lo largo de la Concha de Oro, cubierta
de mirtos y de naranjos. Sentí una admira¬
ción tan grande, que resolví visitar esa isla
tan noble por sus recuerdos v tan hermosa
por sus cadenas de colinas. Viejo peregrino,
encanecido en el Occidente bárbaro, me atre¬
ví a aventurarme en aquella tierra clásica, y
buscándome un guía, fui de Palermo a I’ra-
pani, de Trapani a Selimonte, de Selimonte
a Sciacca, de donde salí esta mañana para
dirigirme a Girgenti, donde espero hallar el
manuscrito de Juan Toutmouillé. Todas las
cosas bellas que he podido contemplar se
hallau tan presentes en mi imaginación, que
me parece una fatiga inútil el describirlas.
¿Para qué echar a perder mi viaje amonto¬
nando notas? Los amantes que quieren de
veras no escriben sus dichas.
Entregado por completo a la melancolía
del presente y a la poesía del pasado, con
el alma anegada en bellas imágenes y los ojos
cargados de perfiles armoniosos y puros, sa¬
boreaba en la posada de Monte-Allegro el
rojo espeso de un vino de fuego, cuando vi
entrar en la sala a una mujer joven y her¬
mosa. con sombrero de paja y un vestido de
seda cruda. Sus cabellos eran oscuros; sus
ojos, negros y brillantes. En su modo de an¬
dar reconocí a una parisiense. Se sentó. El
posadero puso ante ella una copa de agua
fresca y un ramo de rosas. Al verla entrar
me levanté, apartándome un poco por dis¬
creción y simulando que examinaba las imá¬
genes piadosas adosadas a las paredes. Me
di cuenta perfectamente de que al verme de
espaldas hizo un ligero movimiento de sor¬
presa. Me acerqué a la ventana, y mire pa¬
sar los carritos que avanzaban por el camino
pedregoso bordeado de cactos y de chum¬
beras.
Mientras ella bebía agua helada, yo con¬
templaba el cielo. Se siente en Sicilia una
voluptuosidad inexplicable, bebiendo agua
fresca y respirando luminosidad. Murmuré
para mi los versos del poeta ateniense;
¡Oh, sama luz, ojo de oro del día!
En tanto, la señora francesa me observaba
con singular curiosidad, y aunque me esfor¬
zaba en no mirarla más de lo debido, sentí
que no apartaba de mí sus ojos. Parece ser
que poseo el don de adivinar las miradas
que me dirigen sin mirar yo. Hav mucha
gente que cree también poseer esa' facultad
misteriosa; pero, en realidad, no hav en ello
ningún misterio, sino que percibimos algún
indicio tan ligero que apenas nos damos cuen¬
ta de el No serta imposible que yo hubiera
visto los hermosos ojos de aquélla señora
reflejados en los cristales de la ventana.
Cuando me volví de pronto hacia ella,
nuestras miradas se encontraron.
Una gallina negra entró en la estancia y
se puso a picotear el suelo mal barrido.
— ¿Quieres pan, brujita? — dijo la señora,
echándole unas migajas que habían quedado
sobre la mesa.
Reconocí la voz dulce que había oído por
la noche en Santa Lucía.
—Perdóneme, señora -le dije en segui¬
da —. Aunque sea un desconocido para us¬
ted, creo cumplir un deber agradeciéndole la
solicitud que ha mostrado a un viejo com¬
patriota, errante por las calles de Ñapóles a
las altas horas de la noche.
—¿Me ha reconocido usted? Yo también
lo reconozco.
—¿En el aire que tengo de excelente per¬
sona?
— ¡Ah! ¿Oyó usted lo que le dije a mi ma¬
ndo? Sentiría en el alma haberle disgustado.
—De ningún modo, señor*. Sus palabras
me halagaron. Y su observación 111c parece,
en principio por lo menos, justa y profunda.
La fisonomía no reside sólo eu los rasgos del
rostro. Hay manos espirituales y manos sin
imaginación. Hay rodillas hipócritas y codos
egoístas. Hombres arrogantes y... aire de
persona excelente.
-Es verdad — dijo ella —. Pero es que a
mí me parece también recordar su rostro.
Hemos debido encontramos ya en Italia
en otro país. No sé dónde. El príncipe y vo
viajamos mucho. „
—No creo haber tenido nunca la suerte de
verla en ninguna parte — respondí-. Soy un
viejo solitario. He pasado mi vida encerrado
entre libros, sin viajar nunca. Usted debió
comprenderlo en mi actitud azorada, y por
eso tuvo lástima de mí. Lamento haber vi¬
vido siempre arrinconado y quieto. Se apren¬
de mucho en los libros, pero se aprende mu¬
cho más recorriendo paiseá.
—¿Es usted parisiense?
Sí, señora. Vivo desde hace cuarenta
años en la misma casa y salgo muy poco.
Es cierro que mi casa está situada en la ori¬
lla del Sena, en el lugar más ¡lustre y más
hermoso del mundo. Desde mis ventanas
veo las Tullerías, el Louvre, el Puente Nue¬
vo, las torres de Nuestra Señora, los torreo¬
nes del Palacio de Justicia y la aguda flecha
de la Santa Capilla. Todas esas piedras ha¬
blan, y me cuentan la prodigiosa historia de
los franceses.
Al oír aquel discurso, la joven pareció que¬
darse maravillada.
; —¿Vive usted en el muelle? —me pregun¬
tó, vivamente.
—En el muelle Malaquais — le respondí —,
en el tercer piso de una casa en la que se
halla establecida una tienda de grabados. Me
llamo Silvestre Bonnard. Mi nombre no es
muy conocido; pero es el de un miembro del
Instituto. Y para mí, basta con que mis ami¬
gos no lo olviden.
Ella me miró con una extraordinaria ex¬
presión de sorpresa, de interés, de melanco¬
lía, de enternecimiento. Y yo no podía com¬
prender que un relato tan sencillo produjera
a mi hermosa desconocida emociones tan di¬
versas y tan vivas.
Esperaba que me explicase la causa de su
sorpresa, cuando nn coloso dulce y triste
entró silenciosamente en la sala.
—Mi marido —me dijo ella—; el príncipe
Tropof. -
Y designándome a él:
-El señor Silvestre Bonnard, de la Acade¬
mia Francesa.
El príncipe saludó bajando sus hombros al¬
tos, anchos y apesadumbrados.
-Querida mía - dijo -, estoy desolado por
tenerte que arrancar a la conversación del re-
ñor Silvestre Bonnard. Pero el coche está
enganchado, y es preciso que lleguemos a
Mello antes de la noche.
Ella se levantó, tomó las rosas que el po¬
sadero le había ofrecido y se dispuso a sa¬
lir. La seguí, mientras el príncipe examinaba
los arreos de las muías, comprobando la so¬
lidez de las cinchas y de los correa jes. Dete¬
niéndose bajo el emparrado, me dijo son¬
riendo;
—Vamos a Mello. Un pueblcciro horrible a
seis leguas de Girgenti. No podrá usted adi¬
vinar jamás a qué vamos allí. No trate usted
de hacerlo porque no lo conseguiría. Vamos
a buscar una caja de fósforos. Dimitri co¬
lecciona cajas de fósforos. Ha coleccionado
ya toda clase de objetos: collares de perro,
botones de uniforme, estampillas de correo.
Pero, ahora, sólo las cajas de fósforos le
interesan. Las cajitas de cartón con cromos.
Hemos llegado a reunir ya cinco mil dos¬
cientos catorce modelos diferentes. Algunos
nos ha costado muchísimo trabajo encontrar¬
los. Supimos que habían hecho en Nápolcs
una cajíta con los retrato» de Mazzini y de
Garibaldi, y que la policía las había reco-
LEOPLAN . 5"
pido, encarcelando al fabricante. Después de mucho buscar y pre¬
guntar. hallamos una que nos la vendió un labriego por cien hras,
denunciándonos después a la policía. Los esbirros registraron nues¬
tro equipaje. No encontraron la cajita, pero se llevaron todas mis
joyas. Desde entonces, le he tomado gusto a esta colección. En el
verano iremos a Suecia, para completar las series.
No sé si atreverme a decir que experimento una piedad llena de
-^-apatía hacia esos pertinaces coleccionistas. Indudablemente, hubiera
tiendo ver al señor y la señora de Trepof rebuscar mármoles anu¬
os, vasos pintados o medallas. Me hubiera gustado verlos interesar¬
le por las ruinas de Agrigente y las tradiciones poéticas de Eryk.
Pero, en fin, puesto que están formando una colección, pertenecen
a la cofradía, y, ¿podría burlarme de ellos sin burlarme un poco de
mi mismo? ...
—Ahora ya sabe usted —añadió— por que viajamos por este ho¬
rrible pais. . . . , .
Ante semejante salida, se borro mi simpatía y experimente cier¬
ta indignación.
-Este país no es horrible, señora -le respondí-. Esta nerra es
ana tierra gloriosa. La belleza es algo tan grande y tan augusto en
ella, que ni los siglos de barbarie consiguieron borrarla hasta el punto
ác que no queden de ella vestigios agradables. La majestad de la
antigua Ceres planea todavía sobre esas colinas áridas, y la musa
griega que hizo resonar con sus acentos divinos Arethusa^y el Menala,
resuena todavía cantando en mis oídos sobre la montaña desnuda y
b fuente agotada. Sí, señora, en los últimos días de la tierra, cuan¬
do ruede por el espacio infinito el pálido cadáver de nuestro mundo
deshabitado, como ahora lo está la luna, el suelo de las ruinas de
Selinonte conservará, en medio de la muerte universal, signos de
belleza. Y entonces, al menos entonces, no existirán ya bocas fri¬
volas para blasfemar de sus grandezas solitarias.
No había acabado de pronunciar estas frases cuando comprendí
había cometido una simpleza. “Bonnard, me dije, un anciano
que como tú ha consumido su vida ante los libros, no debe hablar
con las mujeres". Felizmente, para mí, la señora de Trepof compren¬
dió menos mi discurso que si le hubiera hablado en griego.
Y añadió con dulzura:
—Dimitri se aburre y yo también me aburro. Ahora nos entre¬
tenemos con las cajas de fósforos. Pero también llegan a aburrir las
cajas de fósforos. En otro tiempo pesaban sobre mi muchas pre¬
ocupaciones, y no me aburría. Verdaderamente, las preocupaciones
son una gran distracción. „ ,
Enternecido por la miseria moral de aquella linda persona:
—Señora — le dije —, la compadezco por no tener hijos. Con un
hijo, su vida tendría un objeto y sus reflexiones serían al mismo
tiempo más graves y más consoladores sus pensamientos.
—Tengo un hijo —me respondió—. Mi Jorge ya es mayorcito,
casi un hombre; ha cumplido ya ocho años. Le quiero lo mismo que
cuando era pequeñito, pero ya es muy diferente.
Me tendió una rosa de su ramo y, sonriendo, me dqo al subir
al —No C puede usted figurarse la alegría que he tenido de verle.
Espero que nos volveremos a encontrar en Girgenti.
G ir gen ti, el misino día.
Me acomodé lo mejor que pude en mi lettica. La lettica es un
coche sin ruedas o, si se quiere, una silla tirada por dos muías, colo¬
cada una delante y la otra detrás. Su uso es muy antiguo. Muchas
veces he visto estas literas, representadas en los manuscritos del
siglo XIV. Entonces no pude imaginar que una litera como aque-
Ilis me llevaría alguna vez desde Monte-Allegro a Girgenti. No hay
que asombrarse de nada.
Durante tres horas las muías hicieron tintinear sus campanillas,
mientras golpeaban con sus cascos un suelo calcinado En torno
nuestro se extendían lentamente, tras las dos hileras de aloes, las
formas áridas de una naturaleza africana; yo pensaba en el manus¬
crito del clérigo Juan Toutmouillé, y lo deseaba con un candido
ardor que me enternecía a mí mismo, por la inocencia infantil y la
puerilidad conmovedora que advertía en él. ,
El perfume de una rosa que se hizo sentir con mas intensidad a la
caída de la tarde, me recordó a la señora de Trepof. Venus comen¬
zaba a brillar en el cielo. Pensé: “La señora de Trepof es una mujer
muy hermosa, muv sencilla y muy cerca de la naturaleza. Tiene ins¬
tintos de gata. No he descubierto en ella ni lo mas mínimo de esas
nobles curiosidades que agitan a las almas reflexivas, y,, sin embargo,
ha sabido expresar a su manera un pensamiento profundo: Las pre¬
ocupaciones son una gran distracción”. No ignora que ea este mun¬
do la inquietud y el sufrimiento son nuestras más seguras diversiones.
Las grandes verdades no se descubren sin pena y sin trabajo. ¿Cuan-
* tos sufrimientos habrá cosudo a la princesa Trepof el aprenderlo.
Girgenti, t 9 de diciembre de 1869.
Al otro día me desperté en Girgenti, en casa de Gellias. Gellias
era un rico ciudadano de la antigua Agrigente, tan célebre por su gene-
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60 - LEOPLAN
i rnsidad como por ai magnificencia, el cual
dotó a Ja ciudad con varias hospederías gra¬
nóte- Gclltas murió hace mil trescientos
años, y hoy ya no existe la hospitalidad gra¬
tuita entre los pueblos civilizado*. El nom¬
bre de Gellias es ahora el de un hotel donde,
! ayudado por la fatiga, pude dormir toda la
noche.
* La moderna Girgemi levanta sobre la acró¬
polis de la antigua Agrigente sus cavas e$-
J trechas y apretadas, a las que domina una
I • sombría catedral española. Veía desde mis
ventanas, en medio de una cuesta que baja
| hacia el mar, la blanca hilera de templos mc-
¡' dio derruidos. Sólo en estas ruinas existe
I alguna frescura. Todo lo demás es árido.
„E 1 agua y la vida han abandonado Agrigen-
| , te. El agua, la divina Nestis del agrigentino
St" Empédocles, es tan necesaria a los seres ani-
| niados, que nada puede vivir lejos de los
ríos y de las fuentes. En el puerto de Girgen-
ti, situado a tres kilómetros de la ciudad, hay
i 1 mucho tránsito, y a este lugar triste, situado
sobre utia roca abrupta, es donde tengo que
ir a buscar el manuscrito de Juan Toutmouil-
1 c. Hice que me indicaran la casa del señor
, Miguel Angel Poliz/.i, dirigiéndome hacia ella.
[ v . Encontré al señor Polizzi vestido de ama¬
rillo de pies a cabeza y friendo salchichas en
■ r una sartén. Al verme entrar, soltó la sartén
si y levantando los brazos prorrumpió en gri¬
tos de entusiasmo. Era un hombre ba)ito,
f cuyo rostro granujiento, la nariz respingona,
la barbilla saliente y los ojos redondos, for-
". matan una fisonomía extraordinariamente cx-
! presiva.
r ' Me trató de Excelencia, diciéndome que
¡ iba a señalar aquella fecha con piedra blan¬
ca y me invitó a sentarme. El a|xisento don¬
de nos hallábamos le servía a un tiempo de
[ cocina, de salón, de alcoba, de estudio y de
¡if despensa. Allí se veían hornillos, una cama,
[f lienzos, un caballete, botellas de vino y pi-
*- miemos encamados. Observé los cuadros que
y: cubrían las paredes.
-¡Las artes, las artes! - exclamó el señor
(. Polizzi, levantando de nuevo ¡os brazos al
, ciclo-. ¡Las anes! ¡Qué dignidad! ¡Qué
V consuelo! ¡Soy pintor. Excelencia!
n Y me enseñó un San Francisco que esta¬
ba aún sin terminar, y que hubiera podido
\ ¿seguir así sin causar ningún perjuicio ni al
arte ni al culto. Luego me hizo ver algunos
i. cuadros antiguos de mejor escuela, pero que
parecían restaurados con bastante indiscre¬
ción.
» —Restauro cuadros antiguos —me dijo —.
: jOh, los maestros antiguos! ¡Que alma! ¡Qué
. genio!
F. —¿Entonces es verdad que es usted, al mis¬
mo tiempo, pintor, anticuario y negociante
en vinos?
r —Para servir a su Excelencia — me res¬
pondió—. Tengo en este momento un zueco
v del que cada gota es una perla de fuego.
Quiero que lo pruebe su Señoría,
g —Estimo los vinos de Sicilia — respon¬
dí —, pero no es por las botellas por lo que
he venido a verle a usted, señor Polizzi.
u —¿Será acaso un asunto relacionado con
„ * la pintura? ¿Es usted aficionado? .Me pro¬
duce una alegría inmensa recibir a los aman¬
tes de la pintura. Voy a enseñarle la obra
maestra de Monrealcsc. Sí, Excelencia, ¡una
obra maestra! ¡Una Adoración de los pasto¬
res! ¡Es la perla de la escuela siciliana!
-Tendré mucho gusto en ver esa obra.
Pero anees hablemos del asunto por el que
he venido.
I Sus ágiles ojillos se detuvieron sobre mí
¡ con curiosidad. Y no sin experimentar una
I cruel angustia; me di cuenta de que ni si¬
quiera sospechaba el objeto de mi visita.
Muy turbado y sintiendo que el sudor se
¡ helaba sobre mi frente, pude murmurar con
tono plañidero una frase más o menos como
esta:
—He venido expresamente desde París para
informarme sobre un manuscrito de La le¬
yenda dorada, que usted me había dicho que
poseía.
A estas palabras, levantó los brazos, abrió
desmesuradamente la boca y los ojos, y dió
pruebas de la más viva agitación.
— ¡Olí, el manuscrito de La leyenda dorada!
¡Una perla. Excelencia, un rubí, un diaman¬
te! Dos miniaturas tan perfectas, que hacen
entrever el paraíso. ¡Que suavidad! ¡Sus co¬
lores encantadores, como las corolas de las
flores, son una miel para los ojos! ¡No ha
hecho nada mejor Jubo Clovio!
—Muéstrcmelo — le dije, sin poder disi¬
mular ni mi inquietud ni mi esperanza.
— ¡Mostrárselo! —exclamó Polizzi —. ¡Si
pudiera. Excelencia! ¡Ya no lo tengo! ¡Ya
no lo tengo!
Y parecía querer arrancarse los cabellos.
Seguramente se los hubiera arrancado sin que
yo se lo impidiera. Pero él mismo se detuvo
antes de llegar a hacerse daño.
— ¿Cómo? —le dije lleno de cólera-. ¿Có¬
mo? Me hace usted venir desde París a Gir-
genti para mostrarme un manuscrito, y cuan¬
do vengo me dice usted que va no lo tie¬
ne. Es una cosa indigna, señor. Dejo que
las gentes honradas juzguen su conducta.
Quien me hubiera visto, hubiera podido
formarse una idea bastante aproximada de
lo que puede ser un cordero rabioso.
—¡Es indigno! ¡Es indigno! — repetía, ex¬
tendiendo mis brazos, que temblaban.
Miguel Angel Polizzi se dejó caer sobre
una silla en la actitud de un. héroe mori¬
bundo. Vi sus ojos llenarse de lágrimas, y
sus cabellos, hasta entonces llameantes sobre
su cabeza, caer en desorden sobre su frente.
— ¡Soy padre. Excelencia, soy padre! —ex¬
clamaba juntando las manos. Y agregó en¬
tre sollozos-: Mi hijo Rafaelo, el hijo de
mi pobre mujer, a la que lloro desde hace
quince años que murió, Rafaelo, Excelencia,
ha''querido establecerse en París: ha alquilado
una rienda en la calle Laffirte, para vender
curiosidades. Yo le he dado cuanto poseía
de más precioso, le he dado mis más bellas
mayólicas, mis más bellas porcelanas de Ur-
bino, mis cuadros de los maestros, ¡v qué
cuadros, señor! ¡Todavía me deslumbran
cuando los veo en mi imaginación! ¡Y todos
firmados! En fin, le he dado el manuscrito
de La leyenda dorada. Le hubiera dado mi
carne y mi sangre. ¡Un hijo único! El
hijo de nii pobre y sant3 mujer.
— ¡ De suerte - le dije — que mientras yo,
fiado en su palabra, venía a buscar en el
fondo de Sicilia el manuscrito del clérigo
Toutmouillé, ese manuscrito csraha expuesto
en una vidriera de la calle Laffirre, a qui¬
nientos fnctros de mi casa!
—Esa es la santa verdad; estaba allí — me
respondió el señor Polizzi, serenándose de
pronto —, y espero que afortunadamente con¬
tinuará allí. Excelencia.
Y tomando una tarjeta que había sobre la
mesa, me la ofreció, diciéndome:
—Aquí tiene usted las señas de mi hijo.
Hágaselas conocer a sus amigos, y le quedare
muy obligado. Porcelanas, esmaltes, telas,
cuadros; posee un surtido muy completo de
objetos de arte, todo autentico, todo antiguo;
palabra de honor. Vaya usted a verle, y le
enseñará el manuscrito de La leyenda dora¬
ra. Dos miniaturas de una frescura prodi-
Cobardemente tomé la
día.
tarjeta que me ten-
Aquel hombre abusó de mi debilidad, in¬
vitándome a propagar, entre mis relaciones,
el nombre de Rafaej Polizzi.
Ya había puesto vo la mano sobre el pica¬
porte, cuando mi siciliano me agarró de un
brazo. En aquel instante tenía un aire ins¬
pirado.
— ¡Ah, Excelencia! — me dijo—. ¡Qué ciu¬
dad la nuestra! ¡Aquí fea nacido Empédocles!
¡Empédocles! ¡Qué grande hombre y que
gran ciudadano! ¡Que audacia de pensamien¬
to! ¡Qué virtud! ¡Qué alma! Hay en el puer¬
to una estatua de Empédocles, ante Ja cual me
descubro cada vez que paso. Cuando mi hijr
Rafaelo estaba dispuesto a marcharse, para es¬
tablecer su comercio de antigüedades en b
calle Laffitte, de París, le conduje al puerto
de nuestra ciudad y al pie de la estatua de
Empédocles le di mi bendición paternal,
diciendole: “Acuérdate de Empédocles”. ¡Ah,
señor! Un nuevo Empédocles es lo que ne¬
cesitaría hoy nuestra desdichada patria. ¿Quie¬
re que le lleve a ver esa estatua, Excelencia?
Le serviré de guía para visitar las ruinas. Le
enseñaré el templo de Castor y Pólux, el
templo de Júpiter Olímpico, el tcnipfo de
Juno Luciniano, los antiguos pozos, la imita
de Thcron y la Puerta de Oro. Los guías de
viajeros son generalmente unos borros. Yo
soy un buen guía. Si quiere, haremos exca¬
vaciones y descubriremos tesoros. Poseo la
ciencia, el don de las excavaciones: descubro
obras maestras donde los sabios no habían
encontrado nada.
Conseguí al fin librarme de él. Pero corrió
detrás de mí, alcanzándome al pie de la es¬
calera, me detuvo y me dijo al oído:
—Excelencia, escúchenle, le llevaré a la
ciudad para presentarle a nuestras giigcnti-
nas: sicilianas, señor. ¡Belleza clásica! ¡Tam¬
bién le enseñaré a nuestras campesinas! ;Quic-
re usted?
— ¡El diablo le lleve! - exclamé indignado
y me lancé a la calle, dejándole con los bra¬
zos abiertos.
Cuando estuve lejos de su vista, dejándome
caer sobre una piedra me puse a reflexionar
con la cabeza entre las manos.
Pensaba: ¿sólo para oír tales ofrecimientos
he venido a Sicilia? *
Seguramente el tal Polizzi era un granuja
y su hijo otro. Pero, ¿qué habían tramado?
No podía vislumbrarlo. Entretanto, me sen¬
tía bastante humillado y entristecido.
Un paso ligero y un ruido de faldas me hi¬
cieron levantar la cabeza, y vi venir hacia
mí a la princesa Trepof. Me retuvo sobre
el banco y tomándome de una mano, me dijo
con dulzura:
—Le andaba buscando, señor Silvestre Bon-
nard. Es una gran alegría para mi el haberlo
encontrado. Desearía dejarle un buen recuer¬
do de nuestro encuentro. Lo deseo verdade¬
ramente.
Y, mientras hablaba, me pareció ver bajo
su velo una lágrima y una sonrisa.
El príncipe se aproximó a su vez, cubrién¬
donos con su sombra colosal.
—Muéstrale, Dimitri, muéstrale ai señor
Bonnard tu precioso botín.
Y el coloso me tendió, dócilmente, una ca-
jita de fósforos, una vulgar cajita de cartón,
ornada con una cabeza azul y roja que, se¬
gún decía la inscripción, era la de Eiiipé-
d ocles.
—Ya lo veo, señora, ya lo veo. Pero el
abominable Polizzi, a cuya casa le aconsejo
que no envíe jamás al señor Trepof, me ha
malquistado para toda la vida con Enipédo-
cles. Y ese retrato no consigue hacerme más
agradable al antiguo filósofo.
—Es feo —dijo ella —, pero es raro. Estas
cajitas son muy difíciles de encontrar. Hay
que comprarías aquí mismo. A las siete de
la mañana ya estaba Dimitri en la fábrica.
Como verá usted, no hemos perdido el
tiempo.
—Ya lo veo, señora — respondí con un tono
amatgo- pero yo estoy seguro de haberlo
perdido, ya que no he podido hallar lo que
vine a buscar tan lejos.
LEOPLÁN . 61
EX S Chipre JePREAL
( £é/ íÁ £4cce£&uuA) _
Pareció interesarse por mi decepción.
—;Est¿ usted disgustado? — me preguntó —.
¿Puedo ayudarlo en algo? ¿No quiere usted
contarme sus penas?
Se lo conté todo. Mi relato fue largo, pero
Begó a conmoverla, pues me hizo de inme¬
diato una serie de preguntas minuciosas, que
_a mi se me antojaron otros tantos testimonios
de interés. Quiso saber el título exacto del
Manuscrito, su formato, su aspecto, su fecha;
pidiéndome, por último, la dirección del señor
Rifado Polizzi.
Y yo se la di, haciendo (¡oh, destino!) lo
que el abominable Miguel Angel Polizzi me
recomendara.
A veces resulta difícil dominarse. Volví a
empezar con mis quejas y mis imprecaciones.
Ahora la señora Trcpof no pudo contener la
risa.
—¿Por qué se ríe usted? — le dije.
I —Porgue soy una mujer muy mala — me
respondió.
Y levantó el vuelo, dejándome solo y cons¬
ternado sobre mi piedra.
París, 8 de diciembre de 1869.
Mis valijas, llenas aún, estaban estorbando
en d comedor. Me hallaba yo sentado ante
una mesa cargada con esos manjares apetito¬
sos que d país de Francia produce para los
gastrónomos. Comía de un pastel de Chartres,
que por sí solo bastaría para hacernos amar
la patria. Teresa, de pie ante mí, con las ma r
aus cruzadas sobre su delantal blanco, me mi¬
raba con benevolencia, inquietud y piedad.
Amílcar se restregaba contra mis piernas,
loco de alegría.
Acudió a mi memoria este verso de un an¬
tiguo poeta:
Feliz quien, como Ulises, ba hecho un bello
[viaje.
—Bueno — pensaba yo—, me he paseado
inútilmente y vuelvo con las manos vacías;
pero, como el de Ulises, el mío ha sido un
bello viaje.
Y habiendo tomado el último sorbo de
café, pedí a Teresa mi bastón y mi sombrero,
que ella me entregó con desconfianza. Temía
un nuevo viaje, pero la tranquilicé, encargán¬
dole que la comida estuviese para las seis.
Ya de suyo constituía para mí un placer
exquisito andar por las calles de París, de las
que amo con verdadera ternura todas las
piedras y todas las aceras. Pero, además, aque¬
lla vez tenía una finalidad, y me fui en dere¬
chura a la calle de Laffitte. No tardé en
descubrir la tienda de Rafaelo Polizzi. Se ha¬
cía notar por el gran número de cuadros
antiguos que, aunque se hallaban firmados
por nombres variadamente ilustres, descubrían
entre sí cierto aire de familia, que hubiera
podido dar idea de la fraternidad, sino hu¬
biera atestiguado aún mejor los artificios del
pincel de Polizzi padre. Enriquecida con
aquellas obras maestras tan sospechosas, la
tienda se adornaba además con curiosas chu¬
cherías, puñales, vinagreras, jarros, figulinas,
molduras de cobre y platos hispanoárabes con
reflejos metálicos.
Sobre un sillón portugués de cuero blaso¬
nado, se hallaba colocado un ejemplar de
horas de Simón Vostre, abierto por la página
que tiene una figura astrológica, y un viejo
Vitruvio ostentaba, sobre un cofre, sus ma¬
gistrales grabados de cariátides y de atlantes.
Aquel aparente desorden, que ocultaba sabias
disposiciones; aquella falsa casualidad con que
los objetos estaban expuestos bajo la luz más
favorable, hubiera aumentado mi desconfian¬
za, si la que el solo nombre de Polizzi me
inspiraba pudiera aumentar y no fuera ya
sin límites.
El señor Rafaelo, que estaba allí como el
alma única de todas aquellas formas diversas
y confusas, me pareció un joven flemático,
Ún3 especie de inglés. No revelaba en ningu¬
nos sigue y nos rodea, creándonos una aureola de encanto y
particular atracción.
Haga Ud. que esa compañía sea grata y distinguida,
perfumándose con LOCION CHIPRE de Preal que, con su
oroma fino, delicado y persistente, pondrá una nota de
distinción en su tocado.
LOCION CHIPRE de Preal es el perfume femenino por
excelencia y simboliza la esencia misma de la mujer.
Pruebe LOCION CHIPRE de Preal y tendrá la satisfac¬
ción de sentirse agradablemente perfumada.
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farmacias, tiendas y per¬
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PARAGUAY: Vicente Scovone y CÍO.
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62 • LEOPLÁN
Muchas mujeres sufren !o
indecible a causa de los tras¬
tornos producidos por el de¬
ficiente funcionamiento de
sus glándulas de secreción
intema. Continuamente ner¬
viosas, de mal carácter, de¬
primidas, etc., la vida no
ofrece para ellas ningún
atractivo.
constituye un valioso auxi¬
liar para combatir esos esta¬
dos, y así se explica la gran
aceptación de que goza boy
entre las mujeres de todas
las edades.
^ ertiünct*
está indicado para las seño¬
ras que han llegado a la edad
crítica, para combatir la exce¬
siva nerviosidad, flaqueza,
dejadez, falta de desarrollo
del cuerpo, pechos, etc.
EN VENTA EN
TODAS LAS
FARMACIAS
na forma las facultades que su padre desplc-
! ^aba en la mímica v la declamación.
I Le dije lo que me había llevado hasta allí,
j Abrió un armario y sacó de su interior un
manuscrito que dejó sobre la mesa, donde
• pude examinarlo con toda libertad.
En mi vida había experimentado una emo¬
ción semejante, exceptuando algunos meses
I de mi juventud, cuyo recuerdo, aunque viva
I cien años, permanecerá hasta mi última hora,
tan fresco en mi alma como el primer día.
¡Era el manuscrito reseñado por el biblio¬
tecario de sir Thomas Raleigh; en el ma¬
nuscrito del clérigo Juan ToutmouiUé el que
| veía, el que tocaba! La obra de Vorágine
¡ hallábase sensiblemente cercenada, pero aque¬
llo me importaba poco. Las inestimables adi¬
ciones del monje de Saint-Gcrmain-dcs-Prcs
estaban allí. ¡Eso era lo que importaba! Qui¬
se leer la leyenda de San Droctoveo, mas no
pude. Leia todos los renglones a la vez y en
mi cabeza resonaba un ruido semejante al que
hace un molino de agua por la noche en el
campo. Reconocí fácilmente que el manus¬
crito presentaba los caracteres de la más in¬
dudable autenticidad. La dos figuras de la
Purificación de la Virgen y de la Corona¬
ción de Proserpina eran recargadas de dibujo
y de un colorido chillón. Muy deterioradas
en 1S24, como lo atestiguaba el catálogo de
sir Thomas. habían adquirido después una
frescura nueva. Aquel milagro no me sor¬
prendió. ¡Y que me importaban las dos mi¬
niaturas! Las leyendas y el poema de Juan
ToutmouiUé. ¡eso era el tesoro! Yo miraba
con ansia cuanto mis ojos podían abarcar.
Afectando un aire indiferente, pregunté al
señor Rafaelo el precio de aquel manuscrito,
haciendo votos, mientras esperaba su respues¬
ta, por que el precio no subiese más que
mis ahorros, muy disminuidos ya por un via¬
je costoso. El señor Polizzi me respondió que
no podía disponer de aquel objeto que va no
le pertenecía, y que iba a ser subastado en
el hotel de Ventas con otros manuscritos y
algunos incunables.
Aquello fué un rudo golpe para mí. Es-
1 forzándome en tranquilizarme, pude respon-
I der aproximadamente esto:
—Estoy muy sorprendido, señor. Su padret
al que he visto hace poco tiempo en Gírgen-
ti, me informó que era usted el dueño de este
manuscrito, y me parece que no le corres¬
ponde a usted hacerme dudar de la palabra
de su señor padre.
—Lo era, en efecto — me respondió Rafaelo
con la más absoluta naturalidad —, pero ya
no lo soy. He vendido ese precioso manus¬
crito a un aficionado, a quien me está prohi¬
bido nombrar, y que por razones que yo no
debo decir, se ve obligado a vender su co¬
lección. Honrándome con la confianza de mi
cliente, redacté el catálogo y me encargué
de dirigir la venta, que se verificará el 24 de
diciembre próximo. Si quiere usted darme sus
señas, tendré mucho gusto en mandarle un
ejemplar del catálogo que tengo en prensa y
en el que podrá usted hallar La leyenda do¬
rada , descrita en el número 42.
Le dejé mis señas y me fui.
La decente gravedad del hijo me desagra¬
daba tanto como la impudicia mímica del
padre. En el fondo de mi alma detestaba las
farsas de aquellos viles negociantes. Resultaba
clarísimo que los dos granujas se entendían
para aquella venta en pública subasta, enco¬
mendada a un escribano, con objeto de hacer
subir a un premio inmoderado el manuscrito
que yo deseaba. Estaba entre sus manos. Los
deseos, incluso los más inocentes, tienen la
contra de que nos someten a otro, enajenán¬
donos la libertad. Aquella reflexión fué cruel
para mí, pero no aminoró en un ápice el de¬
seo de poseer la obra del clérigo Tourmoui-
Ué. Mientras meditaba, disponiéndome a cru¬
zar la acera, tuve que detenerme para dejar
paso a un coche que marchaba en dirección
contraria y dentro del cual pude reconocer,
a través de los cristales, a la señora de Trcpof,
a quien dos caballos negros y un cochero
envuelto en pieles colho un boyardo, lleva¬
ban al galope. Ella no me vio.
— ¡Ojalá - pensé — encuentre lo que busca,
o por mejor decir, lo que le convenga! Sólo
eso le deseo, en pago de la risa cruel con que '■
respondió a mi decepción en Girgenti. Tien( -
un alma de pájaro.
Y, entristecido, llegué a los puentes.
Con su eterna indiferencia, la naturaleza
nos condujo al día 24 de diciembre, sin prisa
ni retraso. Me dirigí al hotel Bullión, colo¬
cándome en la sala número 4, junto a la mesa
donde debía ponerse el tasador Boulouzc y
d perito Polizzi. Vi poco a poco llenarse la
sala de caras conocidas. Estreché la mano de
algunos antiguos libreros del muelle, pero la
prudencia que todo gran interés inspira, aun
a los más expansivos, me hizo callar la causa
de mi insólita presencia en los salones del
hotel Bullión. Por el contrario, interrogué a
aquellos señores sobre el interés que les ins¬
piraba la venta de Polizzi. y tuve el gusto de
oírles hablar de objetos distintos del mío.
La sala fué llenándose lentamente de inte¬
resados y curiosos y con media hora de re¬
traso el tasador, provisto de un martillo de
marfil, el pasante cargado de expedientes, el
perito con su catálogo y el voceador con una
escudilla colocada en el extremo de una pér¬
tiga, subieron al estrado envueltos en burguesa
solemnidad. Los mozos del salón se alinearon
al pie de la mesa y después de anunciar el
rasador que la venta comenzaba, reinó a me¬
dias el silencio.
Primero vendieron, a precios bajos, una
colección insignificante de Preces piae con
miniaturas. No necesito advertir que las mi¬
niaturas conservaban una lozanía admirare.
Lo módico de las tasaciones, alentó al gui¬
po de los prenderos que se habían unido a
nosotros, como si fueran de los nuestros. Los
caldereros entraron también después, al abrir¬
les las puertas de un% sala vecina, y sus gro¬
seras expansiones ahogaron los gritos del vo¬
ceador.
Un magnífico códice de la Guerra de los
Judíos, reanimó la atención. Fué muy dispu¬
tado durante un largo rato. “¡Cinco ñiil fran¬
cos. cinco mil!”, anunciaba el voceador, en
medio del silencio de los caldereros, sobreco¬
gidos de admiración. Siete u ocho antifonales
lucieron caer de nuevo en los precios bajos.
Una revendedora muy gruesa, con la cabeza
descubierta y a cuerpo, animada por el tama¬
ño del libro y lo módico de la tasación, ad¬
quirió uno de aquellos antifonales por treinta
francos.
Por fin, el perito Polizzi puso sobre la mesa
el número 42: La leyenda dorada, manuscrito
francés inédito, dos miniaturas soberbias, ta¬
sado en tres mil francos.
— ¡Tres mil! ¡Tres mil!—gañía el voceador.
-¡Tres mil! — repuso secamente el tasador.
Me zumbaban las sienes y, a través de una
niebla, vi una multitud de rostros ansiosos
que se volvían hacia el manuscrito abierto,
paseado en tomo de la sala por un depen¬
diente.
— ¡Tres mil cincuenta! — dije yo.
Me quedé espantado del sonido de mi voz
y confuso al ver que todos los rostros se
volvían hacia mí.
— ¡Tres mil cincuenta a la derecha!—dijo
el voceador, publicando mi ofrecimiento.
— ¡Tres mil ciento!—repuso el señor Po¬
lizzi.
Y empezó un duelo heroico entre el pe¬
rito v yo.
—¡Tres mil quinientos!
—Seiscientos.
—Setecientos.
— ¡Cuatro mil!
LE0PLAN 6J
— ¡Cuatro mil quinientos!
Después, de un salto formidable, el señor
Fobzzi alcanzó hasta los seis mil.
Seis mil francos era todo lo que yo tenía
i mi disposición, lira para mí todo lo posible.
Arriesgué lo imposible, gritando:
v — ¡Ser» mil ciento!
Pero, ¡ay!, lo imposible todavía no era su¬
rtiente.
—Seis mil quinientos — replicó el señor Po-
Ezzi con calma.
Bajé la cabeza y me quedé con la boca
jbóem. sin atreverme a decir ni si ni no al
voceador que me gritaba:
—Seis mil quinientos para mi. No es para
stzrá. sino para mí. ¡Seis mil quinientos!
—¿Ya lo estamos viendo! - dijo el rasa¬
dor —. No puede haber error. ¡Seis mil qui-
asBitos! Conformes. ¿No hav quién dé más
je seis mil quinientos francos?
Un silencio solemne reinaba en la sala. De
re p en te, sentí que se me partía el cráneo. Era
d martillo del oficial rematador que, dando
en golpe seco sobre el estrado, adjudicaba
«revocablemente el número 42 al señor Po-
Ezzi. En seguida, la pluma del pasante, co-
triendo sobre el papel timbrado, registró
aquel famoso hecho en una sola línea.
Me sentía abrumado; tenía necesidad de
reposo. Sin embargo, no abandoné mi sitio.
Poco a poco recobré la reflexión. La esperan¬
za es muy tenaz. ¡Sentí nacer una esperanza!
Pensé que quizá el nuevo poseedor de La
leyenda dorada, podía ser un bibliófilo inte¬
ligente y liberal, que ine permitiera estudiar
rí manuscrito y hasta dar a la publicidad sus
partes más esenciales. Por eso, cuando hubo
terminado la subasta, me acerqué al perito que
bajaba del estrado:
—Señor perito — le dije —, ¿ha comprado
usted el número 42, por su cuenta o por en¬
cargo?
—Por encargo. Tenía orden de adquirirlo
a cualquier precio.
—¿Puede usred decirme el nombre del com¬
prador?
—Estoy desolado por no poder acceder a
ello. Me está terminantemente prohibido.
Y me alejé de allí desesperado.
jo de diciembre de 1869.
—Teresa, ¿pero no oye usted que están
llamando a la puerta desde hace un cuarto
de hora?
Teresa no me respondió. Seguramente es¬
tará de charla en la portería. ¿Así es cómo
felicita usted el santo a su viejo amo? ¡Me
abandona usted en la víspera de San Silves¬
tre! ¡Ay! Si en este día llegaran hasta mí
felicitaciones afectuosas, tendrían que salir de
debajo de la tierra, ya que todos los que me
amaban están enterrados hace tiempo. No sé
lo que hago ya en este mundo.
Vuelven a llamar. Dejo lentamente el fuego
y todo encogido, me dirijo a abrir la puerta.
¿Qué es lo que veo en el descansillo? No es
el Amor mojado y yo tampoco soy el viejo
Anacreonte. Es un precioso muchachuelo de
ocho o nueve años. Está completamente solo;
levanta la cabeza para verme. Sus mejillas
ruborizan, pero su naricilla respingada le da un
aire desenvuelto. Lleva plumas en el sombre¬
ro y un gran cuello de encajes sobre su blusa.
¡Qué guapo muchacho! Sujeta con sos dos
brazos un paquete que abulta tanto como él
y me pregunta si soy el señor Silvestre Bon-
nard. Le respondo que sí; me entrega el pa¬
quete, diciéndomc que es de parte de su
mamá, y huye escaleras abajo.
Desciendo algunos escalones, me inclino so¬
bre la barandilla y veo revolotear el sombre-
. rito en la espiral de la escalera, como una
pluma al viento. ¡Buenas tardes, pequeño!
¡Cuánto me hubiera gustado hablar con él!
Pero, ¿qué le habría preguntado? No es de¬
licado interrogar a los niño». Además que
d paquete puede instruirme mejor que el |
mensajero.
Era un paquete muy grande, pero no muy
pesado. Lo deshago en mi biblioteca, le quito |
el papel que lo envuelve, y encuentro... ¿el ¡
qué?, un leño, un señor leño, un verdadero !
tronco de Navidad. j>ero de tan poco peso,
que me inclino a creer que debe estar hueco.
Descubro, en efecto, que se compone de dos
trozos unidos por dos ganchos v que se abre
por medio de dos visagr.is. Doy vuelta a los
ganchos y me encuentro inundado de violetas.
Caen sobre mi mesa, sobre mis rodillas, sobre
la alfombra. Se deslizan en mi chaleco, en
mis mangas. Estoy todo perfumado.
— ¡Teresa! ¡Teresa! Traiga floreros Henos
de agua. Tenemos aquí unas violetas que
nos han llegado no sé de qué país ni de qué
manos, pero deben ser de un país perfumado
y de unas manos graciosas. Vieja corneja,
¿no me oye usted?
Puso las violetas sobre mi mesa, cubrién¬
dola con ellas por entero con sus pétalos per¬
fumados. Aun quedaba algo dentro del leño,
un libro, un manuscrito. No puedo creerlo y
no puedo dudar. Es La leyenda dorada , es él
manuscrito del clérigo Juan Toutmouillé.
Aquí está la Purificación de la Virgen y El
rapto de Proserpma. Aquí está la leyenda de
San Droctoveo. Contemplo aquella reliquia
perfumada de violetas. Vuelvo las hojas, en¬
tre las que se han deslizado las florecitas pá¬
lidas. y encuentro, entre la leyenda de Santa
Cecilia, una tarjeta con este nombre: Prin¬
cesa Trepof.
¡Princesa Trepof! Usted, que tan bellamen¬
te reía o lloraba bajo el hermoso cielo de
Agrigcncc; usted, a quien un viejo melancó¬
lico creía una locuela, hoy estoy cierto de su
bella y singular locura, y este buen hombre
a quien usted ha colmado de alegría irá a
besarle las manos, rindiéndole cuentas de este
precioso manuscrito, gracias al cual la ciencia
y él le deberán una exacta y suntuosa pu¬
blicación.
Teresa entró en ese momento, muy agi¬
tada, en mi gabinete.
—Señor—me dijo—, ¿adivine usted a quién
acabo de ver ahora mismo en un coche bla¬
sonado, estacionado frente a la puerta de la
casa.
— ¡A la señora de Trepof! — exclamé yo.
—Yo no conozco a ninguna señora de Tre¬
pof — me respondió mi sirvienta —. La mujer
que yo acabo de ver, alhajada como tina du¬
quesa, y con un niño, cubierto de encajes, es
aquella señora de Coccoz a quien usted envió
un leño cuando ella dió a luz, hace de esto
ocho años. La he reconocido muy bien.
— ¿Es—le pregunté vivamente-, es, dígamelo
usted, la señora de Coccoz, la viuda del ven¬
dedor de almanaques?
—Es ella, señor; la portezuela estaba abierta
en tanto que su hijo, que salía de esta casa,
subia al coche. No ha cambiado nada. ¿Y
cómo van a envejecer estas mujeres? Nada las
preocupa. La Coccoz está un poco más gorda
que antes, eso es todo. ¡Una mujer a la que
se recibió aquí por caridad, venir a hacei
ostentación de sus terciopelos y sus diaman¬
tes en una carroza blasonada! ¿No es esto
una vergüenza?
—Teresa — la increpé con una voz terri¬
ble —. si usted no me habla en adelante de
esa dama con una profunda veneración, hemos
acabado para siempre. Tráigame mis vasos de
Sevres, para poner estas violetas, que dan a
la ciudad de los libros una gracia que jamás
había tenido.
Mientras Teresa buscaba suspirando los va¬
sos de Sévres, yo contemplaba estas bellas
váfclctas desparramadas, cuyo olor se expandía
alrededor de mí como el perfume de un alma
encantada, y me preguntaba cómo no había
reconocido a la señora de Coccoz en la prin-
Líbrese de ellos medíanle un
medicamento especialmente
elaborado para los ríñones.
Los riñones sanos elimi¬
nan del organismo las impu¬
rezas y venenos que la san¬
gre recoge en su curso por
todo el cuerpo.
De ahi que el mal funcio¬
namiento de los riñones ten¬
ga inmediatas repercusiones
en la salud.
Trastornos urinarios, orina
turbia o cargada de sedimen¬
tos y con olor fuerte, miccio¬
nes demasiado frecuentes,
arenillas, dolores etc.: he aquí
indicios del funcionamiento
deficiente de los riñones.
Las Pildoras De Witt para
los Riñones y la Vejiga son
indicadas en estos casos.*Su
acción sobre los riñones es
directa. Las Pildoras De Witt
son diuréticas, calmantes y
antisépticas.
No vacile: las Pildoras De
Witt son un medicamento
respaldado por cincuenta
años de éxito.
PILDORAS
DeWITT
PARA LOS RIÑONES
Y LA VEJIGA
64 • LEOPLAN
cesa Trepof. Pero había sido para mí una
visión muy rápida la de la joven viuda mos¬
trándome su hijito desnudo en la escalera.
Tenía sobrada razón para acusarme de haber
pasado junto a un alma tan atractiva y bella,
sin haberlo adivinado.
—Bonnard—me decía a mí mismo—, sabes
descifrar los viejos textos, pero no sabes leer
en el libro de la vida. Esta aturdida señora
de Trepof, a guien tú no concedías más que
un alma de pajaro, ha demostrado, por gra¬
titud, más fervor y más espiritualidad que
jamás has puesto tu para complacer a nadie.
Te ha pagado regiamente aquel leño... ¡Te¬
resa, era usted una urraca y se ha convertido
en una tortuga! ¡Venga a poner en agua es¬
tas violetas de Pamia!
SEGUNDA PARTE
JUANA ALEXANDRE
• Lusance , 8 de agosto de 1874.
Cuando descendía del tren en la estación
de Melón, la noche extendía su paz sobre el
campo silencioso. 1.a tierra recalentada du¬
rante todo el día por un sol abrasador, por
un “gras soled”, como dicen los segadores
del valle de Viré, exhalaba un olor fuerte
y cálido. A ras del suelo se arrastraban pesa¬
damente los olores de las hierbas. Me sacudí
el polvo del vagón y respire con alegría. Mi
saco ile viaje, que mi sirvienra había abarro¬
tado de ropas y menudos objetos de toca¬
dor, munditiir, me pesaba tan poco que lo
agitaba como un pequeño escolar agita, al
salir de la clase, el portalibros, en el que
ceñidos por las correas se apiñan sus textos
elementales.
¡Pluguiera al ciclo que fuese yo todavía
un chiquillo que va a la escuela! Pero no
falta mucho para que haga los setenta años
largos que mi difunta madre, habiéndome
preparado con sus propias manos una reba¬
nada de pan con miel, la metió en una cesta,
de'la que pasó el asa por mi brazo y, así pro¬
visto, me llevó a la escuela atendida por el
señor Douloir, que se hallaba situada entre
un patio y un jardín, en la esquina del pasa¬
je del Comercio, muy conocido por los go-
' rriones. El enorme señor Douloir nos sonrió
con una gracia llena de regocijo y me aca¬
rició las mejillas, sin duda para expresar me¬
jor la ternura que le había inspirado expon-
táncamcnte. Pero cuando mi madre hubo
atravesado el patio en medio de los gorrio¬
nes, que levantaban el vuelo ante ella, el se¬
ñor Douloir dejó de sonreír, no me demos¬
tró ninguna ternura, dando a entender, por
el contrario, que me consideraba como un
pequeño ser bastante enojoso. Más tarde pu¬
de observar que experimentaba sentimientos
de esa naturaleza respecto a todos sus alum¬
nos. Nos distribuía ios palmetazos con una
agilidad que no se hubiese podido esperar de
su maciza corpulencia.. Si bien su primera
ternura volvía a manifestarse cada vez que
hablaba con nuestras madres en nuestra pre¬
sencia, y entonces, mientras alababa nuestras
felices disposiciones, nos envolvía en una mi¬
rada afectuosa. Fue un tiempo bien grato el
que pasé sobre los bancos del señor Douloir
con mis pequeños compañeros, que al igual
que yo reían y lloraban de todo corazón de
la mañana a la noche.
Después de más de medio siglo, estos re¬
cuerdos suben frescos y claros a la superfi¬
cie de mi alma, bajo este cielo estrellado, que
no ha sufrido ningún cambio desde entonces
y cuyos fulgores; inmutables y serenos, verán
sin desfallecer otros muchos escolares, como
era yo entonces, convertirse en sabios cata¬
rrosos y encanecidos, como yo lo soy ahora.
¡Estrellas que habéis resplandecido sobre la
cabeza, ligera o pesada, de todos m& ascen¬
dientes olvidados, a vuestro fulgor siento des¬
pertarse en mí una pena dolorosa! Quisiera
tener una posteridad que todavía os contem¬
ple cuando yo no os vea ya más. ¡Sería padre
y abuelo si tú lo hubieras querido. Ciernen-
tina; tú, cuyas mejillas se mostraban tan
frescas bajo tu capqcita rosa! Pero te casaste
con el señor Aquiles Allier. rico labrador
nivemes con algo de nobleza, ya que el gra¬
nuja de su padre, comprador de bienes na¬
cionales, había adquirido la ejecutoria de sus
señores junto con el castillo y las tierras. No
he vuelto a vene desde que se verificó tu ma¬
trimonio, Clementina, y me imagino que tu
vida habrá transcurrido bella, oscura y dul¬
ce, en tu castillo rústico. Un día quiso la
casualidad, que supiera por uno de tus amigos,
que habías abandonado esta vida, dejando una
hija que se asemejaba a ti. Ante aquella no¬
ticia, que veinte anos antes hubiera trastor¬
nado todas las energías de mi alma, se pro¬
dujo en mí como un gran silencio. El sen¬
timiento que llenó todo mi ser no fué un
dolor agudo, sino la tristeza profunda y
tranquila de un alma dócil a las grandes en¬
señanzas de la Naturaleza. Comprendí que
lo que yo había amado no era más que una
sombra. Pero tu recuerdo sigue siendo el en¬
canto de mi vida. Tu figura amable, después
de haberse marchitado lentamente, ha des¬
aparecido bajo la hierba tupida. 1.a juventud
de tu hija ha pasado ya. Su belleza, sin duda
ya no existe. Y yo te sigo viendo siempre,
Clementina. con tus bucles rubios y tu capo-
tita rosa.
¡Que hermosa noche! Con noble langui¬
dez. reina sobre los hombres y los animales,
a los que ha aliviado del yugo cotidiano, y
percibo su benigna influencia, aun cuando
por una costumbre de más de sesenta años
no conozca las cosas más que por los sig¬
nos que las representan. Para mi no hay en
el mundo nada más que palabras, ¡por algo
soy filólogo! Cada cual da forma a su ma¬
nera al sueño de la vida. Yo he formado el
mío en mi biblioteca y cuando me llegue la
hora de abandonar este mundo, ¡permita
Dios que me encuentre sobre mi escalera, de¬
lante de mis estantes cargados de libros!
— ¡Eli! ¡Claro que es él! Buenas tardes, se¬
ñor Silvestre Bonnard. ¿Adonde va usted an¬
dando por el campo con su paso ligero, mien¬
tras yo le esperaba delante de la estación con
mi cabriolé? Se me escapó usted a la salida
del tren y yo volvía a Lusance completamente
burlado. Deme usted su saco de viaje y suba
conmigo al coche. ¿Sabe usted que de aquí al
castillo hay sus buenos siete kilómetros?
¿Quién me hablaba así a voz en cuello des¬
de lo alto <le un cabriole? Pablo de Gabry,
sobrino v heredero de Honorato de Gabry,
par de Francia en 1842, recientemente falle¬
cido en Monaco. Era precisamente a casa de
Pablo de Gabry' donde yo me dirigía con mi
valija bien repleta por mi sirvienta.. Aquel
excelente hombre acababa de heredar,-junta¬
mente con sus dos cuñados, los bienes de su
rio, quien por ser descendiente de una familia
de toga muy antigua, poseía en su castillo de
Lusancc una biblioteca rica en manuscritos,
algunos de los cuales se remontaban hasta
el siglo XIII. Para inventariar y catalogar
aquellos manuscritos me dirigía yo a Lu¬
sance, accediendo a los ruegos de Pablo de
Gabr\ r , cuyo padre, hombre cortés y biblió¬
filo distinguido, había mantenido conmigo
toda su vida relaciones muy cordiales. A
decir verdad, el hijo no ha heredado las no¬
bles inclinaciones de su padre. Pablo se ha
consagrado a los deportes; .es muy entendido
en caballos y en perros, y me parece que de
todas las ciencias propias para saciar o en¬
gañar la inagotable curiosidad de los hom¬
bres, las relativas a la cuadra y a la perrera
son las únicas que posee plenamente.
No puedo decir que me sorprendió el en¬
contrarle, puesto que estaba citado con él,
pero confieso que arrastrado por el curso na¬
tural de mis pensamientos, había perdido de
vista al castillo de Lusance y a sus dueños,
hasta el punto de que la llamada del caba¬
llero campesino, al enfilar la carretera que se
extendía ante mí como una cinta, resonó tí
pronto en mis oídos como un ruido incine¬
rado.
Tengo motivos para temer que mi fisono¬
mía me haya traicionado, dejando traslucir
mi distracción incongruente por cierra ex¬
presión de estupidez, que la reviste en la ma¬
yoría de los casos en mi. trato social. Mi
valija fué colocada en el cabriolé y yo seguí
a mi valija. Mi huésped me gustó por su
franqueza y su sencillez.
—Yo no enriendo nada de esos viejos per¬
gaminos — me dijo—, pero no le va a faltar
con quien hablar de ellos en nuestra casa.
Sin contar al cura, que escribe libros, >' al
médico que es muy simpático, aunque libe¬
ral. va usted a encontrar a alguien que lo ten¬
drá a mal traer: mi mujer. No es que sea una
sabia, pero creo que no hay nada que ella
no adivine. Y cuento, a Dios gracias; con
tenerle a usted entre nosotros por bastante
tiempo, para hacerle conocer a la señorita
Juana, que tiene dedos de maga y alma de
ángel.
—¿Y esa señorita, tan singularmente dota¬
da - le dije es de su familia?
—No — respondió Pablo, dirigiendo la mi¬
rada hacia las orejas de su caballo, que gol¬
peaba con sus cascos la carretera azulada
por la luna —. Es un3 muchacha amiga de
mi mujer. Huérfana de padre y madre. Su
padre nos hizo correr una arriesgada aventu¬
ra de dinero, que no sólo nos costó el susto,
sino bastante más.
Después, sacudiendo la cabeza y cambian¬
do de tema, me advirtió del estado de aban¬
dono en que iba a encontrar el parque y el
castillo, que habían estado deshabitados du>
rente treinta y dos años.
Supe por él que Honorato de Gabry, su tío,
estuvo durante toda su villa muy' a mal con
los cazadores furtivos del país, sobre los que
su guarda jurado tiraba como si fueran co¬
nejos. Uno de ellos, un labriego vengativo,
que había recibido en pleno rostro el plomo
del señor, le acechó una noche detrás de los
árboles y le faltó muy poco para matarlo,
pues le quemó con una bala el lóbulo de
una oreja.
—Mi rio — añadió Pablo —, quiso descubrir
de dóude-había partido el disparo, pero no
pudo ver nada y siguió hacia el castillo sin
apresurar el paso. Al día siguiente, habiendo
hecho llamar a su administrador, le dio la
orden de cerrar el castillo y' el parque y de
no dejar entrar en él alma viviente. Prohibió
expresamente que tocaran nada, que cuidaran
ni repararan nada en sus tierras, ni dentro
de sus muros, hasta su regreso; añadiendo en¬
tre dientes, como en la canción, que vendría
por la Pascua o por la Trinidad; y como en
la canción, la Trinidad se pasó sin que se le
volviera a ver. Murió en Carines el año pa¬
sado, y mi cuñado y yo fuimos los primeros
que entramos en el castillo abandonado desde
hacía treinta y dos años. Encontramos un
castaño nacido en medio del salón. En cuan¬
to al parque, para poderlo recorrer, sería
preciso que aun existiera el trazado de sus
paseos.
Mi compañero se calló y' sólo oímos el
trote acompasado del caballo, en medio del
zumbido de los insectos entre las hierbas. A
los costados de la carretera, los haces api¬
lados en los campos tomaban, bajo la in¬
cierta claridad de la luna, la apariencia de
mujeres desmesuradas, blancas y' de rodillas,
y me abandone a las magníficas puerilidades
de las seducciones nocturnas. Habiendo pa-
i bajo las espesas sombras de la arboleda, torcimos en ángulo
> y seguimos por una avenida señorial, a cuyo término el castillo
c apareció de pronto como una masa negra, con sus garitas
«ando torres en sus ángulos. Cruzamos una especie de calzada
: da acceso al patio de honor y que, sobre el, foso lleno de
i corriente, reemplaza al puente levadizo destruido hace largo
_ jpo. La pérdida de aquel puente levadizo, creo que debió ser la
humillación que aquel castillo guerrero hubo de sufrir, antes
^ verse reducido al aspecto pacifico bajo el cual me recibió. Las
ellas se reflejaban en el agua sombría con una maravillosa niri-
Pahlo, como huésped cortés, me acompañó hasta mi habita-
_ u situada en el último piso, al extremo de un largo corredor, y
acusándose por no presentarme de inmediato a su mujer, a causa
lo avanzado de la hora, se retiró deseándome una buena noche.
Mi habitación, pintada de blanco y tapizada con telas persas,
■e hallaba impregnada de las gracias galantes del siglo AVIII Ccni-
m todavía calientes, que me demostraban los cuidados que habían
e«>¡eado para disipar la humedad, llenaban la chimenea, cuyo
r_ '-* ol soportaba un busto de María Antonicta en porcelana. Sobre el
_, blanco del espejo oscurecido y manchado, había dos ganchitos
. cobre, que usarían las damas de otras épocas, y que se ofrecieron
Acusos a recibir mi reloj, al que tuve cuidado de dar cuerda, porque
«craríamente a las máximas de los Tclcmi-
i, creo que el hombre no es dueño del tiem-
^ del tiempo, que es la vida misma, sino
Asando lo ha dividido en horas, en minutos y
e* segundos; es decir, en parcelas proporcio-
státs' i la brevedad de la existencia humana.
Y pensé que la vida nos parece corta porque
fe medimos inconsideradamente con respecto a
maesuús locas esperanzas. Tenemos todos,_ co¬
me el anciano de la fábula, un ala que añadir
a nuestro edificio. Yo deseo terminar ames de
morirme la historia de los abades de Saint-
. Geimain-des-Prés. El tiempo que Dios nos
concede a cada uno de nosotros es como un
precioso tisú. que cada cual borda lo mejor
mc puede. Yo he trabajado la trama del Aio
con toda clase de ilustraciones filológicas. Afi
irrigaba mi pensamiento v» mientras me ataba
«J pañuelo a la cabeza, la idea del tiempo me
hizo volver ai pasado, y por la segunda vez en
mu vuelta del reloj pensé en ti, Clementina,
para bendecirte en tu posteridad, antes de so¬
plar nú bujía y de dormirme al son del croar
de las ranas.
LEOPLÁN 6S
No pude contemplar aquel espectáculo sin inquietud, pensando
que la rica biblioteca de Honorato de Gabry, instalada en un apo¬
sento contiguo, se veía expuesta hacía tanto tiempo a aquellas in- '
fluencias deletéreas. Sin embargo, contemplando el joven castaño
del salón, no he podido dejar de admirar el magnifico vigor de
la naturaleza y la irresistible fuerza que impulsa a todo germen a
desarrollarse cñ la vida. Por el contrario, me entristecía el pensar qüc
el esfuerzo que hacemos nosotros, los eruditos, para retener y con¬
servar las cosas muertas, es un vano y penoso esfuerzo. Todo aque¬
llo que ha vivido es el alimento necesario para las nuevas existen¬
cias. El árabe que se construye una cabaña con los mármoles de los
templos de Palmira, es más filósofo que todos los conservadores de
los museos de Londres, de París y de Munich.
Lusance, n de agosto.
¡Dios sea loado! La biblioteca, situada al levante, no ha sufrido
perjuicios irreparables. Fuera de la pesada hilera de los viejos Cou-
twmers in folio, que los lirones han taladrado de parte a parte, los
libros están intactos dentro de sus armarios enrejados. He pasado
toda la mañana clasificando manuscritos. El sol penetraba por las
altas ventanas sin cortinas y a través de mis lecturas, a menudo muy
interesantes, oía el chocar pesadamente de torpes zumbidos contra
II
Lusance, 9 de agosto. '
Durante el almuerzo tpve ocasión de apre¬
ciar la conversación de la señora de Gabry, la
que mc ha hecho saber que el castillo se ve
frecuentado por fantasmas y especialmente por
la "Dama de los tres pliegues en la espalda”,
envenenadora en vida y alma en pena después
de muerta. No sabría decir cuánta vida y cuán¬
ta gracia supo comunicar a ese cuento de vie¬
jas. Tomamos el café en la terraza, cuyos ba¬
laustres, oprimidos v arrancados de sus sopor¬
tes de piedra por una hiedra vigorosa, seguían
aprisionados entre los nudos de la planta las¬
civa, en la acritud turbada de las mujeres te-
sabanas entre los brazos de los centauros rap¬
tores.
El castillo, con la forma de un carretón de
cuatro ruedas, flanqueado por un torreón en
cada ángulo, al cabo de una serie de repara¬
ciones sucesivas había perdido todo carácter.
Era una amplia y estimable construcción, nada
más- Me pareció que no había sufrido gran¬
des deterioros durante aquel abandono de trein¬
ta y dos años. Pero, cuando conducido por la
señora de Gabry entré en el gran salón del pi¬
so bajo, pude ver los techos abombados, los
zócalos podridos, los entarimados agrietados,
las pinturas de los entrepaños ennegrecidas y
desprendidas casi por completo de los marcos.
Un castaño, levantando las tablas del suelo, ha¬
bía crecido allí y volvía hacia la vencana sin
cristales los penachos de sus amplias hojas.
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que le interesa. Escríba hoy.
UCEO ARIEL
SARMIENTO 1257-B. AIRES
SARANDI S40-MONTEVIDEO
los cristales, crujir los entarimados, y a las mos¬
cas ebrias de luz y de calor, batir sus alas en
círculo sobre mi cabeza. Hacia las tres su bor¬
doneo aumentó a tal punto que me obligó a
levantar la cabeza que tenía inclinada sobre
un documento sumamente precioso para la his¬
toria de Melún en el siglo XIII, y me puse a
considerar los movimientos concéntricos de
aquellas besriecillas o ‘'bestiazas 1 ', como decía
Lafontaine. Pude comprobar que el calor obra
sobre las alas de las moscas de muy distinta
manera que sobre el cerebro de un archivero
paleógrafo, pues yo experimentaba una gran
dificultad para pensar y un embotamiento bas¬
tante agradable, del que no podía librarme sino
por un esfuerzo violento. La campana llamando
a comer me sorprendió en medio de mis tra¬
bajos y tuve que hacer mf toilette a toda pri¬
sa, para presentarme correctamente ante la
señora de Gabry.
1.a comida, servida con proligidad, se pro¬
longó considerablemente. Tengo un talento,
quizás superior a lo corriente, para apreciar los
sabores. Mi huésped, percatándose de mis co¬
nocimientos sobre la materia, los estimó lo
bastante como para descorchar en honor mío
cierta botella de Chatcau-Margaux. Bebí con
• respeto aquel vino de gran raza y de noble
virtud, del que nunca se podrá alabar bastante
su aroma y su fuego. Aquel riego ardiente cir¬
culó por mis venas, animándome de un entu¬
siasmo juvenil. Sentado en la terraza cerca de
la señora de Gabry, en el crepúsculo que en¬
volvía en el misterio las formas agrandadas de
los árboles, tuve el placer de expresarle mis
impresiones con una vivacidad y una elocuen¬
cia verdaderamente asombrosas en un hombre
desprovisto de imaginación como lo soy yo.
Acerté a describirle espontáneamente, y sin bus¬
car la ayuda de ningún texto antiguo, la dulce
tristeza de la noche y la belleza de nuestra
tierra natal, que nos nutre no sólo de pan y
de vino» sino también de ideas, de sentimien¬
tos y de creencias, y que nos acogerá a todos
en su seno maternal como a niños fatigados
por una larga correría.
—Mire usted — me dijo aquella amable da¬
ma —, mire esas viejas torres, esos árboles, ese
cielo. ¡Cuántos personajes de cuentos y can¬
ciones populares habrán salido de todo ésto!
¡Vea usted allí abajo el sendero por el que Ca-
perucita Roja iba al bosque a buscar avellanas!
Ese cielo cambiante y semivclado siempre,
fue surcado por los carros de las hadas, y la
torre del norte ha podido ocultar antaño, bajo
su techo puntiagudo, a la vieja hilandera cuyo
huso pinchó a Ja Bella Durmiente del Bosque.
Meditaba yo todavía sobre aquellas sunles
palabras, mientras que Pablo me refería, a tra¬
vés de las bocanadas de humo de un soberbio
cigarro, no sé qué proceso instruido por él en
el distrito, a propósito de una presa y toma de
agua. La señora de Gabry, sintiendo el fres¬
cor de la noche, se estremeció bajo su chal y se
dispuso a dejamos para retirarse 3 su habita¬
ción. Yo resolví entonces, en vez de subir a la
mía, volver a la biblioteca, para continuar el
examen de los manuscritos. A pesar de la opo¬
sición de Pablo, que se obstinaba en que fuese
a acostarme, entré en lo que llamaríamos en
lenguaje antiguo “la librería"’, y me puse a
trabajar a la luz de la lámpara.
Después de haber leído quince páginas, evi¬
dentemente escritas por algún amanuense ig¬
norante y distraído, pues me costó algún tra¬
bajo alcanzar su significado, hundí la mano en
el amplio bolsillo de mi levita para sacar mi
tabaquera, pero aquel movimiento tan natu¬
ral y casi instintivo, me costó en aquella oca¬
sión un poco de esfuerzo y de fatiga. Sin em¬
bargo, abrí la cajita de plata, sacando de ella
algunos granos de polvo aromático, que se es¬
parcieron a lo largo del plastrón de mi camisa,
bajo mi chasqueada nariz. Estoy cierto de que
mi nariz expresaría mi decepción, porque es su¬
mamente expresiva. Ha traicionado muchas
veces mis más íntimos pensamientos y singu¬
larmente en la biblioteca pública de Coutan-
oes, donde descubrí, ante las barbas de mi co¬
lega Brioux, el cartulario de Nuestra Señora
de los Angeles.
¡Cuál no sería mi alegría! Mis ojos pequeños
y opacos detrás de los anteojos, nada dejaron
traslucir. Pero a la sola vista de mi nariz res¬
pingona, que se estremecía de contento y de
orgullo, Brioux adivinó que había logrado un
hallazgo. Se fijó en el volumen que tenía en
la mano, vió el lugar donde lo dejaba, y en
cuanto me marché, fué a cogerlo pisándome los
talones, lo copió a escondidas y lo publicó a
toda prisa, para jugarme una mala pasada. Pe¬
ro, creyendo fastldiadarmc, fué él quien se
fastidió. Su edición estaba llena de errores y
tuve la satisfacción de poner de manifiesto al¬
gunos yerros de mucho bulto.
Volviendo al punto en que me había quedado,
sospeché que una pesada somnolencia entorpe¬
cía mi espíritu. Tenía ante mis ojos una carta
foral, de la que podrán imaginar fácilmente el
interés que me inspiraba, cuando haya dicho
que en ella se hace mención de una gazapera
vendida a Juan de Estourville. sacerdote, en
nía. Pero, aunque me diera cuenta en segui¬
da de su importancia, no le presté toda la
atención que tal documento exigía imperiosa-
nvente. Mis ojos, aunque yo no quisiera, se vol¬
vían hacia un lado de la mesa que no conte¬
nía ningún objeto importante desde el punto
de vista de la erudición. Allí no había mas que
un volumen alemán bastante grande, encua¬
dernado en piel de cerda, con clavos de cobre
en las tapas y gruesas nervaduras en el lomo.
Era un hermoso ejemplar de la recopilación, re¬
comendable únicamente por los grabados en
madera con que está ornada y que es tan cono¬
cida bajo el titulo de Crónica de Nurembcrg.
El volumen, cuyas tapas estaban ligeramente
entreabiertas, reposaba sobre un canto mediano.
No podría decir durante cuánto tiempo mis
miradas eran atraídas sin causa ninguna sobre
aquel viejo infolio, cuando se sintieron cauti¬
vadas por un espectáculo tan extraordinario?
que hasta un hombre totalmente desprovisto .Je
imaginación, como lo soy yo, debía sentirse
vivamente impresionado.
Vi de repente, sin haberme dado cuenta de
su llegada, una personira sentada sobre el lomo
del libro, con una rodilla dbblada y la otra
colgando, o sea poco más o menos en la pos¬
tura que adoptan sobre el caballo las amazonas
de Hyde Park o del bosque de Bolonia. Era
tan pequeña que su pie colgante no llegaba
a la mesa, sobre la que se ostentaba, serpen¬
teando, la cola de su vestido. Pero su rostro y
sus formas eran los de una mujer adulta. La
amplitud de su corpiño y la morbidez de su
busto, no dejabari ningún lugar a dudas respec¬
to a este particular, ni aun tratándose de un
Viejo sabio como yo. Añadiría, sin temor de
equivocarme, que era muy bella y de rostro
altivo, pues mis estudios iconográficos me han
habituado desde hace tiempo a reconocer la
pureza de un tipo de raza y el carácter de una
fisonomía. La figura de aquella dama, sentada
tan inopinadamente sobre el lomo de una Cró¬
nica de Nuremberg , respiraba una nobleza
mezclada de rebeldía. Tenía aires de reina, pe¬
ro de una reina caprichosa; y comprendí, sólo
por la expresión de su mirada, que ejercía en
ajguna pane gran autoridad, con mucha fanta¬
sía. Su boca era imperiosa e irónica, y sus ojos
azules sonreían de una manera inquiérante, bajo
sus cejas negras de arco purísimo. He oído de¬
cir siempre que las cejas negras les sientan
muy bien a las rubias y aquella dama era
rubia. En suma, daba una impresión de gran¬
deza.
Puede parecer extraño que una persona de
la estatura de una botella y que hubiera des¬
aparecido en el bolsillo de mi levita, si no
resultara una irreverencia el meterla allí, diera
precisamente una idea de grandeza. Pero había
en las proporciones de la dama sentada sobre
la Crónica de Nuremberg una esbeltez tan alti¬
va y una armonía tan majestuosa; guardaba una
actitud a la vez tan sencilla y tan noble, que
me pareció grande. Aunque mi tintero, que
ella consideraba con una atención burlona, co¬
mo si hubiera podido leer por adelantado todas
las palabras que debían salir adheridas a los
puntos de mi pluma, fuese para ella una palan¬
gana profunda, en la que hubiera podido en¬
negrecer hasta la liga de sus medias de seda
rosa, recamadas de oro, era grande, os lo ase¬
guro, e imponente en su jovialidad.
Su traje, muy apropiado para su fisonomía,
era de una extremada magnificencia. Consistía
en un vestido de brpeado de oro y plata, y
un manto de terciopelo nacarado, forrado de
un finísimo tornasol. Ostentaba en su cabeza
una especie de toca de dos cuernos, que perla!
de un bello oriente hacían clara y luminosa,
como el creciente de la luna. Su diminuta mano
blanca sostenía una varita, que llamó mi aten¬
ción, tanto más cuanto que mis estudios arqueo¬
lógicos me han predispuesto a reconocer, con
alguna certeza, las insignias por las que se dis¬
tingue a las personas notables de la levenda v
de la historia. Es, me dije, la varita de un
hada; por consiguiente, la dama que la tiene
en la mano es un hada.
Dichoso por saber la clase de persona con
quien tenía que habérmelas, procuré coordinar
mis ideas para dirigirle un cumplido respetuo¬
so. Hubiera experimentado alguna satisfacción,
lo confieso, hablándole doctamente del pa¬
pel desempeñado por sus semejantes, tanto
en las razas rajonas y germánicas, como en
el Occidente latino. Tai disertación pensaba
yo que era un medio ingenioso de agradecer
LEOPLAN - 67
i dama el haberse aparecido a un viejo
, contrariamente a los usos comunes a
mtcs, que no se mostraron más que a
^^enuos y a campesinos incultos,
i sendo hada, no dejará de ser mujer,
‘a yo, y puesto que Mme. Recamier,
: lo he oído referir a J. J.'Ampere,
a cuenta la impresión que producía su
, _s los deshollinadores, la dama sobre-
I que está sentada sobre la Crónica de
Vr?, debe sin duda sentirse halagada
, j nn erudito tratarla doctamente, como
_r .medalla, un sello, una fíbula o una
b.-ffcru tal empresa, que le costaba mucho
hizo verdaderamente imposible
vi a la dama de la Crónica sacar v
s de una escarcela que llevaba a un cos-
i avellanas más pequeñas que he visto
^ partiendo las cáscaras con los dientes y
'■acia* a las narices, mientras mordis-
i d fruro con la gravedad de un niño
_ coyuntura hice lo que exigía la dig-
áe U ciencia: me quedé callado. Pero
raras me producían un penoso cosqui-
jJ llevarme la mano a la nariz pude
ir con eran sorpresa que mis ante-
cabalgando en la punta y que por
yo veía a la dama no a rravés de los
sino por encima de ellos, cosa in-
.sible. puesto que mis ojos gastados so¬
viejos textos no distinguen sin lentes
«n de un frasco, aunque ambos estén
a mis narices.
nariz, notable por su tamaño, su forma
Eslor. 3 trajo legítimamente la atención del
^De apoderándose de mi pluma de gan¬
ar se elevaba como un penacho por en¬
de! tintero, paseó por mi nariz las bar-
ác aquella pluma A veces, he renido oca¬
de prestarme a las travesuras inocentes de
ichas que me asociaban a sus juegos,
_une su mejilla para que la besara a
dd respaldo Juma silla, o invitándome a
bujía que levantaban de pronto,
ponerla fuera del alcance de mi aliento,
tosía entonces, ninguna persona del otro
me habia sometido a caprichos tan fami-
como cosquillearme las narices con las
de mi propia pluma. Me acorde, feliz:—
de una máxima de mi difunto abuelo,
mpre decía que todo les estaba permití-
a las damas y que cuanto proviene de ellas
■ gracia y un favor. Y recibí como favor
mo gracia las cáscaras de las avellanas y
■(tos de la pluma, procurando sonreír. Y
Bt, tomé la palabra:
le dije, con finura y dignidad —,
ido usted el honor de su visita no a
tampoco a un rústico, sino a un
ario, que se siente muy dichoso por
conocido, y que sabe que en otros
enmarañaba usted en el pesebre las
de los jumentos, se bebía la leche
jarras espumantes, deslizaba polvos
pica por las espaidas de las abuelas,
chisporrotear la lumbre dd fogón en las
de las buenas gentes; en una palabra,
m usred el desorden y la alegría en la
Además, puede usred alabarse de haber
por la noche en los bosques los más
los sustos del mundo a las parejitas
_¡. Pero la creía desvanecida para siem-
desde hace lo menos tres siglos. ¿Es po-
_señora, que se la pueda ver en esta época
caminos de hierro y de telégrafo? Mi por¬
que en sus tiempos fué nodriza, ya no
-- su historia, v mi vecinito. a quien su
tiene que sonar todavía, afirma que no
áte usted ya.
— .Qué está usted diciendo? — exclamó con
a argentina, irguiendo su figurita regia de
a manera arrogante y fustigando como a un
_ pugrifo. el lomo de la Crónica de Nuremberg.
-No lo sé —le respondí, restregándome los
Tal respuesta,, impregnada de un escepticis¬
mo profundamente científico, produio sobre
mi intcrlocutora un efecto deplorable.
—Señor Silvestre Bonnard — me dijo—, no
es usted más que un pedante. Siempre lo había
sospechado. El más pequeño de los rapazuelos
que van por los caminos con el faldón de la
camisa asomando por la delantera de los cal¬
zones, me conoce mejor que toda la gente de
anteojos de vuestros institutos y vuestras aca¬
demias. Saber no es nada, imaginar lo es todo.
Sólo existe lo que se imagina. Yo soy pura
imaginación. ¡Me parece que eso es existid
¡Me.sueñan y aparezco! Todo no es sino sue¬
ño, y puesto que nadie sueña con usted. Sil¬
vestre Bonnard, es usted el que no existe. Soy
el encanto del mundo; estoy en todas partes,
sobre un ravo de luna, en el temblor de un
manantial oculto, en el agitado follaje que
canta, en loa blancos vapores que suben al
amanecer de lo hondo de las praderas, en me¬
dio de los matorrales v en medio de las rosas,
en todas parres... El que me ve, me ama.
Suspiran y se estremecen sobre la huella ligera
de mis pasos que hacen cantar a las hojas
muertas. Hago sonreír a los niños, infundo gra¬
cia a las nodrizas más torpes. Inclinada sobre
las cunas, inquieto, consuelo, adormezco, ¡y
usted duda de que existo! Silvestre Bonnard,
su caliente y mullida bata, recubre la piel de
un burro.
Se calló. La indignación hinchaba su deli¬
cada nariz, y en tanto que yo admiraba, a pesar
de mi despecho, la cólera heroica de aquella
personita, ella paseó mi pluma por el tintero
como un remo por un lago y me la tiró a
las narices con los puntos hacia adelante.
Me restregué la cara que sentía mojada de
tinta. Ella habia desaparecido. Mi lámpara es¬
taba apagada; un ravo de luna atravesaba los
cristales v caía sobre la Crónica de Nnremberg.
Un viento fresco, que se habia levantado sin
que yo lo advirtiese, hacía volar las plumas,
los papeles y las obleas. La mesa estaba toda
manchada de tinta. Había dejado entreabierta
la ventana durante la tempestad. ¡Qué impru¬
dencia!
III
Lusance, 12 de agosto.
He escrito a mi sirvienta, según le había
prometido, que estoy sano y salvo. Pero me
he guardado muy mucho de decirle que he
tenido un catarro de cabeza por haberme dor¬
mido una noche en la biblioteca con la ventana
abierta, va que la excelente mujer no hubiera
escatimado sus recomendaciones. “¡Ser tan po¬
co razonable a su edad, señor!" Es lo bastante
ingenua para creer que el buen sentido au¬
menta con los años. A mí me juzga una excep¬
ción sobre ese particular.
Como no tenía los mismos motivos para si¬
lenciar mi aventura a la señora de Gabrv, le
referí mi sueño con toda clase de detalles. Se
lo referí tal como aparece en este diario y tal
como lo tuve dormido. Ignoro el arte de las
ficciunes. Sin embargo, puede ocurrir que al
escribirlo y al contarlo haya añadido aquí y
allí, algunas circunstancias y algunas palabras
que no hayan existido al principio, no cierta¬
mente con el prurito de alterar ja verdad, sino
más bien por secreto deseo de esclarecer y com¬
pletar lo que permanecía oscuro y confuso, ce¬
diendo quizás a ese gusto por las alegorías que
he recibido de los griegos en mi infancia.
La señora de Gabry me escuchó sin des¬
agrado.
—Su visión — me dijo — es encantadora, y
hav que tener bastante ingenio para forjar
visiones semejantes.
—Debe ser — le respondí — que tengo inge¬
nio cuando duermo.
—Cuando sueña usted — repuso ella —. ¡Y se
pasa la vida soñando!
Sé muv bien que hablando de este modo, la
señora de Gabry no abrigaba otro propósito
■que el serme agradable; pero sólo por esa idea
LA VIDA
MODERNA EXIGE
A LOS HOMBRES
CONSTANTE
ACTIVIDAD
Evite que la depresión de
los nervios se apodere de
su organismo; conserve
íntegra su vitalidad y será
un triunfador. Mantenga
sus energías y las puertas
del éxito estarán siempre
abiertas para usted.
moderno preparado de
hormonas, ha de ser su
aliado. Se indica en los
casos de debilidad sexual,
impotencia, depresiones,
fatiga, nerviosidad,
insomnio, debilidad, fla¬
queza y falta de energía.
•
EN VENTA EN TODAS
LAS FARMACIAS
66 . LEOPLAN
Táctica
—Esta noche, durante la función, me
desmayaré. Uno de los internos está ena¬
morado de mi, pero no se atreve a ha¬
blarme.
merece todo mi reconocimiento, y por ese sen¬
timiento de gratitud y de dulce remembran¬
za. es por lo que lo anoto en este cuaderno, <jue
releeré hasta mi muerte, pero que no será leído
por nadie más que por mí..
Los días siguientes los empleé en terminar el
inventario de los manuscritos de la biblioteca
de Lusance. Algunas palabras confidenciales que
se le escaparon a Pablo de Gabry, me pro-
duieron una sorpresa penosa y me determina¬
ron a llevar el trabajo de muv distinta manera
de como \o había comenzado. Supe por él que
la fomina de Honorato de Gabry, mal admi¬
nistrada desde tiempo atrás y aminorada en
gran pirre por la quiebra de un banquero, cuyo
nombre no quiso revelarme, fue sólo transmi¬
tida a los herederos del antiguo par de Fran¬
cia bajo la forma de inmuebles hipotecados y
t créditos incobrables.
Pablo, de acuerdo con sus coherederos, estaba
decidido a vender la biblioteca, .y tuve que
buscar el medio de llevar a cabo aquejla venta
lo más ventajosamente posible. Extraño como
soy a todo asunto de negocios, resolví pedir
consejo a un librero amigo mío. Le escribí pa¬
ra que fuera a reunirse conmigo en Lusance
y, mientras esperaba su llegada, cogí mi bastón
y mi sombrero y me dediqué a visitar las igle¬
sias de las diócesis, algunas de las cuales en¬
cerraban inscripciones funerarias que aun no
habían sido transcritas correctamente.
Dejé a mis huéspedes y partí a mi peregri¬
nación, Explorando durante todo el día las
iglesias y los cementerios, visitando a los curas
V a los escríbanos de los pueblos, cenando en
la posada con los buhoneros y los tratantes de
ganado, acostándome entre sábanas perfumadas
con espliego, experimenté durante toda una
semana un placer apacible y profundo, obser¬
vando, mientras pensaba en los muertos, rea¬
lizar a los vivos su trabajo cotidiano. En lo que
se refiere al objeto de mis investigaciones, lo-
! jrc tan sólo algunos descubrimientos trivia-
es, que me produjeron una alegría moderada y
y por lo mismo saludable y nada fatigosa. Lle¬
gué a descubrir algunos epitafios interesantes,
añadiendo a la vez a este pequeño tesoro unas
cuantas receas de cocina rústica, que un buen
cura quiso regalarme.
Enriquecido de este modo, regresé a Lusan¬
ce y atravesé el patio de honor con la intima
satisfacción de un burgués que entra en su
casa. Era éste nn efecto de la bondad de mis
huéspedes, y la impresión que yo sentí enton¬
ces bajo su techo, prueba bien a las claras, me¬
jor que todos los razonamientos, la excelencia
de su hospitalidad.
Llegué hasta el gran salón sin encontrar a
nadie, y el joven castaño que extendía allí sus
espesas hojas, me hizo el efecto de un amigo.
Pero lo que vi en seguida sobre la consola, me
produjo tan gran sorpresa, que tuve que suje¬
tarme coa las dos manos mis anteojos sobre
I3 nariz, palpándome después, para obtener una
noción, aunque sólo fuera superficial, de mi
propia existencia. Ale asaltaron la imaginación
en un segundo veinte ideas, de las que la más
verosímil era la de que me había vuelto loco.
Me parecía imposible que existiera lo que yo
veia, y también me era imposible no verlo co¬
mo una cosa que existía. Lo que causaba mi
sorpresa, reposaba, como ya he dicho, sobre
la consola, rematada por un espejo turbio y
picado.
Me vi en aquel espejo y puedo asegurar que
ana vez en mi vida he contemplado )a imagen
perfecta de la estupefacción. Pero, dándome
la razón a mí mismo, aprobaba en mi fuero
interno mi estupefacción ante una cosa tan es¬
tupenda.
El objeto que examinaba con un asombro que
la reflexión no lograba disminuir, se prestaba
a mi examen con una absoluta inmovilidad. La
persistencia y la fijeza del fenómeno, excluían
toda idea de alucinación. No padezco ninguna
de esas afecciones nerviosas que perturban el
sentido de la vista. Esas afecciones son debidas
generalmente a trastornos estomacales y. a Dios
gracias, tengo un estómago excelente. Además,
las ilusiones de la vista suelen ir acompañadas
de circunstancias particulares y anormales, que
impresionan a los propios alucinados, inspirán¬
doles una especie de terror. Yo no experimen¬
taba nada parecido, y el objeto que contempla¬
ba, aunque imposible en sí, se me aparecía con
todas las condiciones de la más absoluta rea¬
lidad. Pude observar que tenía tres dimensiones,
que estaba coloreado y que proyectaba som¬
bra. jAh! ¡Cómo lo examiné! Los ojos se me
llenaron de lágrimas y me vi precisado a lim¬
piar los cristales de mis anteojos.
Por fin tuve que rendirme a la evidencia y
comprobar que tenía delante de mi vista al
hada, al hada con que había soñado la otra no¬
che en la biblioteca. ¡Era ella, puedo asegurar¬
lo, era ella! Conservaba todavía su aire de rei¬
na infantil, su actitud dócil y altiva; sostenía en
la mano su varia de avellano; llevaba la misma
toca, formando dos cuernos, y la cola de su
vestido de brocado serpenteaba en tomo a sus
piececitos. Su mismo rostro, su mismo talle.
Era ella, y, para que no se pudiera dudar, esta¬
ba sentada sobre el lomo de un grueso y viejo
libróte, muy parecido a la Crónica de Ñurem-
berg. Su inmovilidad me tranquilizaba sólo a
medias, y temía verdaderamente que se pusiera
de nuevo a sacar avellanas de su escarcela, pa¬
ra tirarme las cáscaras a la cara.
Me quedé allí con los brazos colgando y la
boca abierta, cuando la voz de la señora de
Gabry, resonó en mis oídos;
. —¿Está usted examinando su hada, señor Bon-
nard? — me dijo la dueña de la casa -. ¿Que?
¿La encuentra usted parecida?
Aquellas palabras fueron pronunciadas de
prisa; pero, mientras las oía, tuve tiempo de re¬
conocer que mi liada era una figurita modelada
en cera coloreada, con mucho gusto y senti¬
miento, por una mano inexperta aun. El fe¬
nómeno, llevado así a una interpretación racio¬
nal, no dejaba de sorprenderme. ¿Por qué y
cómo la dama de la Crónica había llegado a
alcanzar una existencia material? Eso era lo que
deseaba saber.
Volviéndome hacia la señora de Gabry, pu¬
de advenir que no esraba sola. Una adolescen¬
te, vesrida de negro, se hallaba junto a ella.
Tenía los ojos de un gris tan dulce como el
ciclo de la Isla de Francia, y de una expresión
inteligente y cándida. Al extremo de sus bra¬
zos, nn poco flacos, se atormentaban dos ma¬
nos finas pero coloradas, como suden ser Jas
manos de las muchachitas. Encerrada en su 1
traje de.merino, aparecía tiesa como un árbol
Huevo, y su boca grande anunciaba la fran-1
queza. No puedo expresar lo mucho que me ;
agradó aquella criatura en cuanto la vi. Nc“
era bella, pero los dos hoyuelos de sus meji¬
llas y el de su mentón, sonreían, y toda su
persona, que conservaba todavía una inodtncia
desmañada, tenia un no sé qué de vig»^ y de j
bondad.
Mis miradas fueron de la figurita a la mu¬
chacha, y vi que ésta se ruborizaba, pero fran¬
camente, ampliamente, a oleadas.
Ei señora de Gabry, que acostumbrada fl
mis distracciones, me hacía con gusto dos '
ces la misma pregunu, me dijo:
—¿Qué, es verdaderamente la dama que en¬
tró á verle, por la ventana que usted se habí*
dejado abierta? Ella fué muy resuelta, pen
usted muy imprudente. ¿Qué, la reconoce
ted?
—Es ella — le respondí — , y la vuelvo a ci
contar sobre esta consola* al como la
sobre la mesa de la biblioteca.
—Si así es — respondió la señora de Gabry
debe usted esc parecido a usted mismo, qi
siendo nn hombre desprovisto de imaginaciói
como dice usted serlo, sabe pintar sus sucñ<
con tan vivos colores; después a mí, que ri
tuve y supe describir fielmente su sueño, j
por último y sobre todo, a la señorita Juan:
quien siguiendo mis indicaciones precisas
modelado la cera como puede usted ver.
La señora de Gabry, mientras hablaba, ha¬
bía tomado la mano de la jovcncita, pero
desasiéndose, huvó por el parque.
— ¡Juana!... ¿Pero se puede ser salvaje h¡
ese punto? ¡Ven, que voy a regañarte!
De nada sirvió este llamamiento, y la mu-j
chacha desapareció entre la espesura. La señ
ra de Gabry se sentó en la única buuca qi
aun existía en el desmantelado salón.
—Me sorprendería bastante - me dijo — qi
mi marido no le haya hablado ya de Juan
La queremos mucho y es una criatura huí
nísima. Dígame de verdad, ¿qué le parece la
estatuirá? L
Le respondí que era una obra llena de gra -1
cia y de buen gusto, pero que se veía que alj
autor le faltaba el estudio y la práctica; que,
por otra parte, me sentía conmovido hasta d
extremo de que aquellos dedos tan jóvenes hu¬
bieran sabido bordar de tal manera en el ca¬
ñamazo de un muñeco, y copiado de un modo!
tan brillante los ensueños de un viejo chochoJ
—Le pido su opinión con tanto interés — re-í
puso la señora de Gabry —, porque Juana es
una pobre huérfana ¿Cree usted que podría 1
ganar algún dinero haciendo figuritas así? i
— ¡Tanto como eso, no! —le respondí—, Y
no creo que haya que lumenrarlo mucho. Esa
señorita, según dice usted, es afectuosa y tier¬
na; la creo a usted y creo a su rostro. La
vida de artista necesita una preparación que
hace salir fuera de la regla y de la medida a
las almas generosas. Esa criatura está molde
da con una arcilla sentimental. Cásela usti
— ¡Pero es que no tiene dote! — me respoi
dio la señora de Gabry.
Y después, bajando un poco la voz:
—A usted puedo decírselo todo. El padi
de esa niña era un financiero muy conocido.
Emprendía grandes negocios. Tenía un espirita-
aventurero y seductor. No era un hombre des¬
aprensivo: se engañaba a sí mismo antes de
engañar a los demás. Y quizá fuera csu su
mayor habilidad. Sosteníamos relaciones muy
afectuosas con él. Nos tenía embrujados a
codos, a mi marido, a mi tío, a mis primos.
Su derrumbamiento fue repentino. En medio
de aquel desastre — ya se lo ha dicho Pablo —
se hundieron las tres cuartas partes de la for¬
tuna de mi río. A nosotros nos alcanzó la ca¬
tástrofe mucho menos, y como no tenemos J
hijos... El murió poco después de arruinarse, ■
ir absolutamente nada. Por eso le digo
honrado. Debe usted conocer su nom-
, qee se tío en todos los diarios: Noel
jrjdrc. Su mujer era muy simpática; creo
e tabú sido muy bonita. Le gustaba excc-
ente lucir. Pero demostró uri gran valor
i gran dignidad cuando la ruina de su
_a. Murió un año después, dejando a
t sala en el mundo. No pudo salvar nada
*:o de su forcuna personal, que era bas-
► crecida. La señora de Nocí Alexandre
i Allier, hijo de Aquiles Allier, de Nc-
i hija de Clemencina! — exclamé —. ¡Cle-
¿D2 ha muerto y su luja ha muerto tam-
__ La humanidad se compone casi por .en-
i ic muertos; tan pequeño es el número de
k viven, comparado con la multitud de
■e han vivido. ;La vida es aún más breve
i breve memoria de los hombres!
T elevé est 3 plegaria mentalmente:
Bde donde te encuentres hoy. Clementi-
_ítí este corazón enfriado por la edad,
laya sangre ardió por ti en otro tiempo,
e ú no se reanima sólo a la idea de amar
? resta de t^ sobre la tierra. Todo pasa,
rso que tú has pasado, tú y tu hija; pero
-i*** ~s inmortal; es a ella a quien hay que
sus imágenes renovadas incesante-
distraía con mis libros, como un
coa sus juguetes. Y mi vida, en sus úl-
i días, toma un sentido, un interés, una
i de ser. Soy abuelo. La nieta de Clemen-
es pobre. No quiero que nadie más que
Jti sostenga v la dote,
fcílficado que lloraba, la señora de Gabry se
\ lentamente.
VI
Taris, 16 de abrí!.
wt Droctoveo v los primeros abades de
■fctGcrroain-des-Prés me preocupan _ desde
“ es cuarenta años, pero no sé si llegaré a es-
ar se historia antes de ir a reunirme con
B. Hace va mucho tiempo que soy viejo,
j dú del año pasado, sobre el puente de
i Artes uno de mis colegas del Instituto •
^iBKfltaba ante mí del fastidio de enve-
~f’or ahora — le .respondió Saint-Beuve—
I el único medio que se ha encontrado de
t mucho tiempo". Yo he usado de este
~ ^ y sé lo que el supone. La lástima no
\ en que nuestra vida se prolongue, sino
r que todo pasa a nuestro alrededor.
; mujer, amigos, hijos, la naturaleza hace
> estos divinos tesoros con una triste
na, y al fin nos hallamos con que
,s amado, con que no hemos abrazado
s ras que sombras. ¡Pero hay algunas tan
Si jamás una criatura se deslizó como
i «xnbra en la vida de un hombre, es la
i aquella que amé cuando (cosa que aho-
rece increíble) yo también era un hombre
Y, sin embargo, el recuerdo de esta
es todavía hoy una de las mejores
Jes de mi vida.
. sarcófago cristiano de las catacumbas de
_j ostenta una fórmula de imprecación cu-
» sentido terrible sólo he alcanzado a tra-
\ dd tiempo. Dice así: “¡Si algún impío
", esta sepulrura, que muera el último de
|*«vos!". En mi condición de arqueólogo,
S he abierto tumbas, he removido cenizas
i recoger los fragmentos de telas, los or¬
ónos de metal y las gemas mezcladas a
„ cenizas. Pero lo he hecho por una curio-
de sabio, de la cual no están del rodo
gentes la veneración y la piedad. ¡Que la
l^dición grabada por uno de los primeros
~ I - 'míos de los apóstoles sobre la tumba de
■ mártir no me alcance jamás! ¿Pero, cómo
¡ni ella de herirme? Yo no debo temer el
rrivir a los míos mientras haya hombres
• la tierra, pues siempre habrá alguien a
i se pueda amar.
jAy! La capacidad de amar se debilita y
se pierde con la edad, como todas l3s demas
energías del hombre. El ejemplo nos lo prue¬
ba, y esto es lo que me horroriza. ¿Estoy yo
cierto de no haber experimentado ya esta gran
pesadumbre? Seguramente la hubiese experi¬
mentado va sin un feliz encuentro que me ha
rejuvenecido. Los poetas hablan de la fuente
de Juvenra; y, en realidad, existe; broa de la
tierra a cada uno de nuestros pasos. ¡Y cru¬
zamos sin beber en ella!
Desde que-he encontrado a la nieta de
Clementina, mi vida, que no tenía ninguna uti¬
lidad, ha recobrado un sentido y una razón
de ser.
Hoy romo el sol, como dicen en Proven¬
za; lo tomo en la terraza del Luxemburgo, al
pie de Ja estatua de Margarita de Navarra. Es
un sol de primavera, espirituoso como un vino
nuevo. Estov sentado y sueño. Mis pensamien¬
tos escapan de mi mente como la espuma de
una botella de cerveza. Son ligeros y su chis¬
porroteo me divierte. Sueño. Y pienso que
esto le está sobradamente permitido a un hom¬
bre que ha publicado treinta volúmenes de tex¬
tos antiguos y colabora desde hace veintisiete
años en el Journal des monis. Tengo la satis¬
facción de haber realizado mi tarca todo lo
bien que me ha sido posible y haber desarro¬
llado plenamente las .mediocres facultades que
la naturaleza me ha otorgado. Mis esfuerzos
no fueron del todo vanos, y he contribuido,
con mi modesta parte, al renacimiento de los
trabajos históricos que será honra de este in¬
quieto siglo. Figuraré ciertamente entre los
diez o doce eruditos que revelaron a Francia
sus antigüedades literarias. Mi publicación de
las obras poéticas de Gauthier de Coincv in¬
augura un método razonable y hace época. En
la severa calma de la vejez, me discierno a mí
mismo este merecido premio, v Dios, que ye
mi alma, sabe si el orgullo o la vanidad tie¬
nen parte alguna en la justicia que me hago.
Pero estov cansado, mis ojos se nublan, mi
mano tiembla y veo mi imagen en esos an¬
cianos de Homero, cuya debilidad los excluía
de los combates y que, sentados sobre las mu¬
rallas, elevaban, sus voces, como las cigarras
en la espesura.
Discurrían así mis pensamientos, cuando tres
jóvenes se sentaron ruidosamente cerca de mí.
No sé si cada uno de ellos había venido en
tres barcas, como el mono de La Fontaine,
pero es lo cierto que los tres se instalaron so¬
bre doce sillas. Me complacía en observarlos,
no porque tuviesen nada de extraordinario, si¬
no porque les encontraba ese aire vigoroso y
alegre, natural de la juventud. Eran estudian¬
tes. Me aseguré de ello acaso más por el ca¬
rácter dé su fisonomía que por los libros que
llevaban en la mano. Pues todos aquellos que
se ocupan en actividades del espíritu, se re¬
conocen al pronto por yo no sé qué cosa
que les es común. Tengo un gran carino
por los jóvenes, y éstos ganaron nú afecto,
a pesar de ciertos "rasgos provocativos y hura¬
ños, que me recordaban maravillosamente mis
tiempos de estudiante. Bien es verdad que no
llevaban ellos, como nosotros, largas melenas
sobre cuellos de terciopelo; no se pascaban,
como nosotros, con una calavera en la mano;
no gritaban como nosotros: “¡Infierno .y mal¬
dición!”. Iban correctamente vestidos, y ni
por su traje ni por sus palabras renian nada
que ver con la Edad Media. Debo agregar
que se ocupaban de las mujeres que pasaban
por la terraza, y que sobre algunas hicieron
apreciaciones demasiado audaces. Pero sus re¬
flexiones a este propósito, no llegaban al ex¬
tremo de obligarme a abandonar mi sirio. Por
lo demás, cuando 1 la juventud es estudiosa, yo
le permito que tenga estas alegres expansiones.
Como uno de ellos dijera yo no se qué chiste
galanre:
—¿Qué significa eso? —exclamó, con un li¬
gero'acento gascón, el más pequeño y el más
moreno de los tres—, A nosotros, fisiólogos,
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folleto: A. WarcL
I Sgo. DEL ESTERO - 1519 Bí. As.
es a quienes corresponde ocupamos de la nti- '<
teria viviente. En cuanto a ti, Gelis, que,
como todos tus cofrades los archiveros paleó- í
grafos, no existes más que en el pasado, ocú- i
pare de las mujeres de piedra que son tus
contemporáneas.
Y le señaló con el dedo las estatuas de las
damas de la antigua Francia que. en su blan¬
cura, se elevaban en semicírculo bajo los ár¬
boles de la terraza. Esta broma, insignificante
en sí misma, me descubrió al menos que aquel
que se llamaba Gelis era un alumno de la Es¬
cuela de Diplomacia. El resto de la conver- y
sación me hizo saber que su vecino, tan rubio
y pálido que parecía esfumarse, silencioso y J
sarcástico, era Boulmier, su compañero de es¬
tudios. Gelis y el futuro doctor (yo bien I
deseo que lo "sea un día), discutían entre sí 1
con exuberante fantasía y locuacidad. Des¬
pués de elevarse hasta las más altas especula¬
ciones, jugaban al vocablo y decían esas ton¬
terías propias de las personas inteligentes; quie- f .
ro decir, enormes tonterías. No tengo necesi¬
dad de agregar que lo único que estaban dis¬
puestos a sostener eran las más monstruosas }
paradojas. ¡Enhorabuena! No me gustan a mí
los jóvenes demasiado razonables. ,*«
El estudiante de medicina, después de mirar
el título del libro que Boulmier tenía en la
mano:
—¡Anda! —le dijo—. ¡Tú lees a Michelct!
-Sí - respondió gravemente Boulmier —, me
gustan las novelas.
Gelis, que los dominaba con su ala talla,
con su gesto imperioso y su palabra rápida,
romo el libro, lo hojeó y dijo:
—Es el Micheler de la última manera, el me¬
jor Michelet. ¡Nada de explicaciones! Cóle¬
ras, desmayos, una crisis epiléptica, a propó¬
sito de hechos que no se digna exponer. ¡Gri¬
tos de criaturas, deseos de mujer embarazada,
suspiros y ni una frase acabada! ¡Es asom¬
broso!
Y devolvió el libro a su compañero. ^ Esta
locura es divertida, me dije, y no está tan
desprovista de sentido como pudiera creerse
en apariencia. Hay algo de agitación y yo
diría que también de trepidación en los úl¬
timos escritas de nuestro gran Michelet.
Pero el estudiante pro.venzal afirmó»que la
historia era un ejercicio de retórica absoluta¬
mente despreciable. Según él, la sola y ver¬
dadera historia es la historia natural del hom¬
bre. Michelet estaba en el buen camino cuan¬
do encontró la fístula de Luis XIV, pero vol¬
vió en seguida a caer en la rutina.
Después de exponer este juicioso pcnsamico»
to, el joven fisiólogo fué a reunirse con un
grupo de amigos que pasaba. Los dos archi¬
veros, con menos intimidad en el jardín de¬
masiado distante de la cabe Paradis-au-Mafais,
quedaron frente a frente, y se pusieron a ha¬
blar de sus estudios. Gelis, que acababa su
tercer año, preparaba una tesis, cuyo tema
expuso con juvenil entusiasmo. A la verdad,
su asunto me pareció bien, y tanto más cuan¬
to yo me creí en el deber de tratar recien¬
temente de él. Era el Afonaslicon golüconum.
El joven erudito (le doy este nombre como
un presagio) quería explicar todas las plan¬
chas grabadas hacia 1690 para la obra que
Dom Germán hubiera hecho imprimir sin el
irremediable impedimento que no pFevé na¬
die y que no se evita jamás. Dom Germán
70 . LEOPL.AN
dejó al menos, al morir, su manuscrito comple¬
to y bien ordenado, ¿Haré yo otro tanto con
el mío? Creo no es esta la'* cuestión. Galis,
por lo que pude entender, se proponía con¬
sagrar una noticia arqueológica a cada una de
las abadías representadas por los humildes gra¬
bados de Doni Germán,
Su amigo le preguntó si él conocía todos, los
documentos manuscritos e impresos relativos
a c»tc asunto. Fué entonces cuando yo preste
oído. Hablaron primero de las fuentes ori¬
ginales, y debo reconocer que lo hicieron con
suficiente método, a pesar de innumerables y
deformes equivocaciones. Después examinaron
los trabajos de la crítica contemporánea.
—¿Has leído — preguntó Boulmicr — los
apuntes de Courajod?
“¡Bueno!”, exclamé para mí.
-Si - respondió Gelis es un trabajo con¬
cienzudo. ,
—¿Has leído -dijo Boulmicr- el articulo
de Tamiscy de Larroque en la Revue des ques-
tions ^¡storiques?
“¡Bueno!”, me repetí por segunda vez.
—Si — contestó Gelis —, y he encontrado
en él indicaciones útiles.
—¿Has leído - insistió Boulmicr — el Tablean
des abbayes bénedictines en 1600, por Silvestre
Bonnard?
“¡Bueno!", me dije por la tercera vez.
,, -¡Dios me libre! No — respondió Gelis
Y me parece que no lo leeré. Silvestre Bon-
nard es un imbécil.
Al volver la cabeza, vi que la sombra ha¬
bía invadido el Jugar en que yo estaba. Hacia
fresco y juzgué demasiado estúpido arriesgar-
me a pescar un reumatismo, por escuchar las
impertinencias de dos jóvenes fatuos.
“¡Ah! ¡Ah!—me dije, levantándome —.Que
este pajarillo charlarán haga su tesis y la sos¬
tenga. Va se encontrará con mi colega Qui-
cher.it, o con algún otro profesor, que le
bajaran los humos. Por mi parte, no merece
otro nombre que el de granuja, y verdadera¬
mente, pensándolo con serenidad, lo que ha
dicho de Miehclct es intolerable y traspasa
todo limite. Hablar así de un viejo nuestro
pictórico de genio... ;es abominable!”
derrama tu sangre como un rocío bienhechor y
sonríe.”
Y Sancho Panza me dice a su vez:
“—Quédate en lo que el cielo te ha hecho,
compadre. Prefiere la corteza de pan que se
endurece en cu alforja a las aves que se asan
en la cocina del señor. Obedece a tu amo,
cuerdo o loco, y no te atiborres la cabeza
de cosas inútiles. Teme los golpes: buscar el
peligro es tentar a Dios”
Pero así como el caballero incomparable y
su escudero sin igual se hallan en imagen
en el puño de este bastón, están, en realidad,
en mi fuero interno. Tenemos todos en nos¬
otros mismos un don Quijote y un Sancho,
a los qúe escuchamos, y aunque sea Sancho
quien nos persuada, a quien admiramos es a
don Quijote... ¡Pero basta de chocheces! Y
vamos a ver a la señora de Gabry, para un
asunto que está por encima de las cuestiones
ordinarias de la vida.
El mismo día.
Encontré a la señora de Gabry vestida de
negro y poniéndose los guantes.
—Estoy pronta — me dijo.
Es asi como la he encontrado en todo mo¬
mento: pronta a hacer una buena obra.
Descendimos la escalera y tomamos un co-
che.
No sé qué secreta influencia temía yo disi¬
par rompiendo el silencio. Lo cierro es que
seguimos los anchos bulevares desiertos miran¬
do, sin decir nada, las cruces, los cipos y
las coronas, cuyos vendedores esperan su fú¬
nebre clientela.
El coche se detuvo en los últimos confines
de la tierra de los vivos, ante la puerta sobre
la cual están grabadas palabras de esperanza.
Caminamos a jo largo de una avenida de
apreses, y después seguimos un cambo estre¬
cho. entre las tumbas.
—Es aquí —me dijo ella.
Sobre el friso, ornado de antorchas inverti-
das, estaba grabada esta inscripción:
• FAMIUAS DE ALLIER Y ALEXANDOE
1 7 de abril.
—Teresa, déme mi sombrero nuevo, mi me¬
jor levita y mi bastón de puño de plata.
Pero Teresa es sorda como un saco de car¬
bón v lenta como la justicia. Los años tienen
b culpa. Lo peor es que cree tener muy buen
oído y pies ligeros. Y, orgullosa de sus sesen¬
ta años de honrada servidumbre, atiende a su
viejo maestro con el más vigilante despotismo.
¿No les decía yo?... He aquí ciue no quie¬
re darme mi bastón de puño de plata, por te¬
nsor de que lo pierda. Es verdad que olvido
con bastante frecuencia paraguas y bastones
en los ómnibus y en las librerías. Pero tengo
mis razones para llevar hoy mi vieja caña, cuyo
puño de plata cincelada representa a don Qui¬
jote galopando, lanza en ristre, contra los mo¬
linos de viento, mientras que Sancho Panza, le¬
vantando los brazos al cielo, le conjura en vano
para que se detenga. Esta caña es todo lo que
he recogido de la herencia de mi tío, el capi¬
tán Víctor, que fué en vida más semejante a
don Quijote que a Sancho Panza, y que ama¬
ba los golpes con la misma naturalidad con
que los demás los temen de ordinario.
Llevo este bastón, desde hace treinta años,
a toda diligencia memorable o solemne que
llago, y las' jdos figurillas del señor y de su
escudero, me inspiran y me aconsejan. Me
parece oírlos. Don Quijote me dice:
“-Piensa ahincadamente en grandes cosas, y
convéncete de que la idea es la única reali¬
dad del mundo. Levanta la naturaleza hasta
tu altura, y que el universo entero no sea para
ti más que el reflejo de tu alma heroica. Com¬
bate por el honor; sólo esto es digno de ua
.hombre, y si te llega el caso de ser herido.
Una verja cerraba la entrada al monumento.
Al fondo, sobre un altar cubierto de rosas,
una placa de mármol, en la que se leían va¬
rios nombres, y, entre ellos, los de Clcmentina
y su hija.
Lo que entonces sentí fué algo tan profundo
y tan vago que no podría expresarse más que
por las armonías de una bella música. En mi
vieja alma oí cantar los bstxumentos de una
celeste dulzura. A las graves armonías de un
himno funerario, se mezclaban las ñoras vela¬
das de un cántico de amor, pues mi alma con¬
fundía en un mismo sentimiento la melancólica
gravedad del presente y las gracias familiares
del pasado.
Al dejar aquella tumba que la señora de
Gabry había perfumado de rosas, atravesamos
el cementerio sin decir una palabra. Cuando
de nuevo estuvimos en el mundo de los vi¬
vos, se desató mi lengua:
-Mientras la seguía por aquellas avenidas
silenciosas — dije a la señora de Gabry—pen¬
saba en los ángeles de las leyendas, que se en¬
cuentran en Tos confines misteriosos de la
vida y de la muerte. La tumba a la cual usted
me ha conducido, y que yo ignoraba, como
casi todo lo que se refiere a aquella cuyos
restos guarda, me ha recordado emociones úni¬
cas en mi vida, y que son en ella como una
luz en un negro camino. La luz se aleja a
medida que la ruta se prolonga; yo estoy casi
al borde de la última cuesta y, sin embargo,
veo esa luz igualmente viva cada vez que me
vuelvo. Los recuerdos se presentan en mi al¬
ma. Soy domo una vieja encina nudosa y lle¬
na de musgo, que al aguar sus ramas des¬
pierta a las nidadas de pájaros cantores. Por
desgracia la canción de mis pájaros es vieja
como el mundo, y sólo puede distraerme a r
—Esa canción me encantará — me dijo ella-r
Cuénteme usted sus recuerdos, y háblcmc cmd
a una ancianita. Esta mañana he encontradl
tres hilos blancos entre mis cabellos.
—Véalos usted llegar sin pena, señora -M
respondí—. El tiempo sólo es dulce para quieJ
lies lo toman con dulzura. Y cuando, dcntfi
de largos años, una ligera espuma de pial
bordee las negras ondas de su cabello!/ esta'
usted revestida de una belleza nueva, meo
viva, pero más impresionante que la primer,
& verá usted a su marido admirar sus cabiclfl
ancos al igual que el bucle negro que |
dió usted cuando se casaron, y que él lien
en un medallón como una cosa santa. Esta
bulevares son largos y poco frecuentados. Eoj
demos hablar a nuestro placer, en tanto cami
namos. Por lo pronto, le-diré cómo conocí i
padre de Cierne urina? Pero no espere usté’
nada de extraordinario, nada de notable, p
que entonces se sentiría profundamente defr
dada.
“El señor de Lessny habitaba el segundo pía
de una vieja casa de la avenida del Observá
torio, cuya fachada de yeso ornada de buuaj
antiguos y el gran jardín inculco fueron
primeras imágenes que se imprimieron en n
ojos de niño; y, sin duda, cuando llegue el <i
inevitable, serán las últimas que se deslizara
bajo mis pesados párpados. En aquella ca!
nací yo; en ese jardín aprendí, jugando, ;
sentir y a conocer algunas parcelas de es"
viejo universo. ¡Horas de encanto, horas s
gradas! El alma, recién amanecida, descubra
el mundo que se reviste para ella de un res
plandor acariciante y de un encanto misterio?
so. Es que ciertamente, señora, el universo r
es más que el reflejo de nuestra alma.
"Mi madre era una criatura dotada nurai
villosamente. Se levantaba con el sol, como
pájaros, a los cuales se parecía por lo induJ
triosa, por el instinto maternal, por una peí
petua necesidad de cantar y por una especie d
gracia brusca que yo apreciaba muy bien, 4
pesar de ser un niño. Era el alma de la c.*"^
que llenaba con su actividad ordenada y s
gre. Mi padre, al revés que ella, era muy c
moso. Recuerdo su plácido rostro, sobre, c
cual pasaba por momentos una sonrisa irónica
Estaba fatigado y amaba su fatiga. ScncaA
junto a la ventana, en su gran sillón, leía i* 1
ja mañana a la noche, y de él heredé el anv
a los libros. Tengo en mi biblioteca un MahJ
y un Ravnal anotados por su mano del prir
cipio al fin. No había que esperar de él qu<
se metiese en cosa alguna. Cuando mi madre
por medio de sutiles argucias, procuraba sacar
lo de su apolrronamiento, él movía la cnbd
con esa dulzura inexorable que constituye 1
fuerza de los caracteres débiles. Desespcrat
a la pobre mujer, que no participaba en abso
luto de su sabiduría contemplativa, ni conr
prendía otra cosa de la vida que los afani
cotidianos y el alegre trabajo de cada hora
Ella le creía enfermo, y temía que su mal f
agravara. Pero su apatía tenú otra causa. 1
"Mi padre, que entró en las oficinas de 1
marina, en tiempos de Decres, en 1801, día
pruebas de un verdadero talento de adminm
trador. La actividad era entonces grande.**
el departamento de la marina, y el llegó fl
ser. en 1805, jefe de la segunda división zdajr
nistrariva. En este año, el emperador, al cui
había sido recomendado por el ministro, le pi¬
dió un informe sobre la marina inglesa. Eff*
trabajo, en el que su autor había puesto, J
darse cuenta, un espíritu profundamente lib<
ral y filosófico, no fue terminado hasta iSt
alrededor de dieciocho meses después de la d
rrota del almirante Yillcncuve en Trafalgaí^
Napoleón, que después de aquel día siniescn
no quería ni oír hablar de navios, hojeó ]
memoria con cólera y la arrojó al fuego, ex- 1
clamando: “¡Frases! ¡Frases! ¡Frases!”. Supoj
mi padre que la cólera del emperador habir’
sido tal ea esc momento, que aplastaba el m»
B ttsrts qu
| DrJpCM ¡
j so bota en el fuego de la chime-
r otra parte su costumbre, cuando
lo, pisotear los tizones, hasta que
jan las sucias de sus botas.
_t no se rehizo jamás de esta des-
j dualidad de todos sus esfuerzos
luirlo. fue, sin duda, la causa de la
i cual cayó más tarde. Sin embar-
’m. a su regreso de la isla de F.lba,
w . _ur y le encargó que redactara, con
b patriótico y liberal, proclamas y bolc-
—- la flota. Después de VVaterloo, más
» que sorprendido, quedó al margen
ntccimientos y no fué molestado. Lo
r _c hicieron fué decir que era un jaco-
b bebedor de sangre, uno de esos hom-
s que no se puede tener trato algu-
_mano mayor de mi madre, Víctor
CTcapitán de infantería, al que se dejó
paga en >814 y se le licenció en
raba con su desdichada actitud las
que la caída del imperio había
1 mi padre. El capitán Víctor gri-
s cafés y en los bailes públicos, que
ací habían vendido Francia a los
' mostraba a todo el que la quería
ara pela tricolor escondida en el
j sombrero; llevando, además, con
, un bastón cuya empuñadura, hc-
, proyectaba en sombra la silueta
or.
_ no ha visto, señora, ciertas lito-
Owrler, no puede usted darse una
fisonomía del tío Víctor cuando, la
;us galones bordados apretada al
lo sobre el pecho su cruz de ho-
_violetas, se paseaba por el jardín
Tollerías ccn una elegancia imponente,
¡¡dad y la intemperancia, dieron el
sus pasiones políticas. Insultaba
que veía leyendo la Qiwtidienne
u blanc, y «« obligaba a batirse
Tuvo también el dolor y la vergiien-
crir en duelo a un niño de dieciséis
n fin. mi tío Víctor era todo lo con-
- un hombre sensato; y, como iba a
y a comer a casa todos los días de
mala fama se extendía a nuestro ho-
pobre padre sufría cruelmente de las
^meias de su huésped; pero, como era
dejaba >u puerta abierta al capitán, que
jeaba cordialmente, sin decir nada,
que le he contado, señora, me fue
j más adelante. Pero mi cío el capi-
¿aspiraba entonces el más puro enru-
me prometía parecerme a él cuanto
posible, en su día. Una mañana,
a imitarle, apoyando mis puños
caderas juré como un renegado. Mi
madre me aplicó sobre la mejilla ana
con tanta presteza, que me quedé al-
o estupefacto antes de echarme a 11o-
todavia el viejo sillón de terciopelo
« amarillo, derrás del cual derramé
innumerables lágrimas.
,a entonces un hombrecillo muy pe-
Una mañana mi padre, habiéndome
brazos, según su costumbre, me
i aquella leve ironía que ponía algo
a su eterna dulzura. Mientras, sen-
,_is rodillas, jugaba yo con sus lir¬
ios grises, él me decía cosas que no
lía bien, pero que me interesaban mu¬
lo mismo que eran misteriosas para
que de esto esté bien seguro, que
mañana me contaba la historia del pe-
rey de Yvctor, según la canción. De
oímos un gran ruido y l»s cristales
n. Mi padre me había dejado dcs-
a sus pies; sus brazos extendidos se
en el aire temblando; su rostro estaba
Y muy blanco, y sus ojos enormemente
Procuró hablar, pero sus dientes c*s-
Por fin, murmuró: "¡Lo han fusi-
ipe después, que hablaba del maris-
caído el 7 de diciembre de >815,
L Veo
LEOPLAN - 71
(Vida
Nueva)
(Ambos Sexos)
VIGOR MASCULINO - AGOTAMIENTO FISICO Y MENTAL*
AMEMIA - NERVIOSIDAD - NEURASTENIA - SURMENAGE
P. tfe Barcelona, Estaña. Venta es las buenas farm. F rasco de 25 tab., % 4.10, y di 100 lab., S lS.-fiep. E. AlrarM, Paseo 138, Cs.Aí»
VITANOVA
DEBILIDAD SEXUAL
junto al muro que cerraba un terreno cer¬
cano a nuestra casa.
"En esc tiempo, yo encontraba con fre¬
cuencia en la escalera un señor viejo (acaso no
era verdaderamente _un viejo), cuyos ojillos
negros brillaban con extraordinaria vivacidad
en un rostro curtido e inmóvil. No me daba
la impresión de un ser vivo, o al menos, me
parecía que no debía vivir del mismo modo
que los demás hombres. Yo había visto, en
casa del señor Denon, donde mi padre me
había llevado, una momia traída de Egipto; y
me imaginaba de buena fe, que la momia del
señor Denon se despertaba cuando se hallaba
sola, salía de su cofre dorado, se ponía un tra¬
je de color avellana y una peluca empolvada,
y que entonces era el señor de Lessay. Hoy
mismo, mi buena amiga, aunque rechazando
esta opinión, como desprovista de fundamento,
debo confesar que el señor de Lessay se pare¬
cía enormemente a la momia del señor Denon.
Y esto explica sobradamente el porqué aquel
personaje me inspiraba un terror fantástico.
”En realidad, el señor de Lessay era un pe¬
queño- gentilhombre y un gran filósofo. Dis¬
cípulo de Mably y de Rousseau, se vanaglo¬
riaba de no tener prejuicios, y esta pretensión
constituía por sí misma un enorme prejuicio.
Le hablo, señora, del contemporáneo de una
época desaparecida. Temo no hacerme com¬
prender y estoy cieno de no interesarla. ¡Todo
esto está tan lejos de nosotros! Pero abre¬
viaré cuanto me sea posible; por otra parte,
no le he prometido nada interesante, y usted
no podía esperar que hubiese grandes aventu¬
ras en la vida de Silvestre Bonnard.”
La señora de Gabry me anima a proseguir,
y yo lo hago en estos términos:
-El señor de Lessay era brusco con los
hombres y cortés con las señoras. Besaba la
mano de mi madre, a quien las costumbres de
la República y del Imperio no habían habi¬
tuado a esta galantería. Por él yo llegaba a
alcanzar la época de Luis XVL El señor de
Lessay era geógrafo, y nadie, según creo, se
ha mostrado tan orgulloso de ocuparse de la
forma de la tierra. En el antiguo régimen se
había dedicado a la agricultura, pero como fi¬
lósofo, y había perdido así hasta el último
palmo de sus campos. Cuando ya no le que¬
daba ni un rerrón, se apoderó de todo el globo
terráqueo y dibujó una cantidad extraordina¬
ria de mapas, de acuerdo con relaciones de via¬
jeros. Nutrido como estaba hasta la médula
de la Enciclopedia, no se limitó a encerrar
a los hombres en tal grado, tantos minutos y
tantos segundos de latitud y de longitud. ¡El
se ocupaba de su felicidad, ay! Está com¬
probado, señora, que los hombres que se han
ocupado de la felicidad de los pueblos, han
hecho la desdicha de sus allegados. El señor
de Lessay era realista volteriano, especie bas¬
tante común entonces entre aquellas gentes.
Era más geómetra que d’Alembcrt, mas filó¬
sofo que Juan Jacobo y más realista que
Luis XVIII. Pero su amor por el rey tu»
era nada, comparado con su odio por el em¬
perador. Anduvo mezclado en la conspiración
de Georges contra el primer cónsul; pero co¬
mo el juez de instrucción lo ignoró o lo des¬
preció, no figura entre los acusados; no per¬
donó jamás esta injuria a Bonaparte. a quien
llamaba el ogro de Córcega y a quien él no
hubiera confiado jamás un regimiento, hasta
tal punto lo consideraba un militar lamen¬
table.
‘‘En 1813, el señor de Lessay, viudo desdo
hacía largos años, se casa, teniendo alrededor
de cincuenta y cinco años, con una mujer
muy joven, que empleó en dibujar cartas
geográficas, que le dio una hija y que murió
de parto. Mi madre la atendió en su corta
enfermedad; y ella cuidó de que nada faltara
a la criaturita. Esta criaturita se llamaba Cic-
mentina.
"De esta muerte y de este nacimiento da¬
tan las relaciones de mi familia con el señor
de Lessay. Como salía yo por entonces de
la primera infancia, me oscurecí y me embru¬
tecí, perdiendo el don encantador de ver y de
sentir, y las cosas no me comunicaron ya las
sorpresas deliciosas que constituyen el encan¬
to de la edad más tierna. Esto hace que no
conserve ningún recuerdo 'de los tiempos que
siguieron al nacimiento de Clementina; tan
soto sé que con algunos meses de intervalo
sufrí una desgracia que me oprime aún el
corazón cuando pienso en ella. Perdí a mí
madre. Un gran silencio, un gran frío y una
gran sombra envolvieron súbitamente la casa.
"Caí en una especie de embotamiento. Mi
padre me envió al colegio, y me costó mucho
trabajo salir de aquel estado.
"Sin embargo, no me había convertido en
un imbécil, y mis profesores no tardaron en
enseñarme todo lo que quisieron, es decir, un
poco de griego y de latín. Sólo tuve tratos
con los antiguos. Aprendí a estimar a Miltia-
de y a admirar a Tcmistodes. Quinto Fabio
acabó siéndome familiar, en la medida en que
me era posible la familiaridad con tan gran
eónsul. Orgulloso de estas altas relaciones, no
bajaba mis ojos sobre la pequeña Clementina
y su viejo padre, que por otra parte, se mar¬
charon un día a Nomiandía, sin que yo me
dignase inquietarme por su regreso.
"¡Volvieron, sin embargo, señora, volvie¬
ron! ¡Influencias del ciclo, energías de la
naturaleza, potencias misteriosas que derraman
sohre Jos hombres el don de amar, vosotras sa¬
béis si volví a ver a Clementina! Entraron en
nuestra triste morada. El señor de Lessay no
llevaba ya peluca. Calvo, con mechones gri¬
ses sobre sus sienes encarnadas, denotaba una
vejez robusta. Y aquella divina criatura que
yo veía resplandecer tomada de su brazo, y
cuya presencia iluminaba el viejo salón des¬
colorido, no era, no. una aparición: ¡era Cle-
mentina! De verdad lo digo: sus ojos claros,
sus ojos color de almendra, me parecieron algo
sobrenatural, y todavía hoy no puedo imagi¬
narme que aquellas dos joyas animadas hayan
sufrido las fatigas de la vida y la corrupción
de la muerte.
"Se turbó un poco al saludar a mi padrea
al que no conocía. Su cutis estaba ligera¬
mente sonrosado y su boca entreabierta son¬
reía con esa sonrisa que hace soñar en lo in¬
finito, sin duda porque no descubre ningún
pensamiento determinado, y que no expresa
otra cosa que la alegría de vivir y la dicha de
ser bella. Su rostro brillaba bajo una capota
rosa como una joya en un estuche abierto.
Llevaba un chal de cachemira sobre un traje
de muselina blanca, plegado en la cintura, y
que dejaba asomar la punta de una botira
mordoré... No se burle usted, querida ami¬
ga; era la moda de entonces, y yo no sé si
12 - LEOPLÁN
El también
—¿No me darían la combinación antes
áe irte? Mi mujer hizo cambiar el sis-
urna ¡a semana pasada y desde entonces
estoy sin un centavo .
las de ahora tienen tanta sencillez, tanta lo¬
zanía y tanta gracia decente.
"Ei señor de Lessay nos dijo que, habiendo
emprendido la publicación de un atlas histó-
- rico, volvía a vivir en París y que arrendaría
con placer su antiguo departamento, si estaba
' desocupado. Mi padre preguntó a su hija si
estaba contenta de hallarse en la capital. Que
lo estaba lo dijo su sonrisa al acentuarse. Son¬
reía a las ventanas abiertas sobre el jardín ver¬
de y luminoso; sonreía al .Mario de bronce
f sentado entre las ruinas de Cartago sobre la
! esfera del reloj; sonreía a los viejos sillones
de terciopelo amarillo y al pobre estudiante
que no osaba levantar los ojos hasta ella.
¡Desde aquel día, cómo la he amado!
"Pero hemos llegado a la calle de Sévres, y
pronto divisaremos sus ventanas. Soy un pé¬
simo narrador y, si me propusiera escribir una
novela, el éxito no me acompañaría. He pre-
parado durante mucho tiempo un relato que
se lo voy a hacer a usted en pocas palabras;
► pues existe una cierta delicadeza, una cierta
gracia del alma que un viejo heriría exten¬
diéndose con complacencia sobre los sentimien-
I tos del amor, aun del más puro. Demos algu¬
nos pasos por este bulevar bordeado de con-
r ventos, y mi relato podrá terminarse en el
> espacio que nos separa de aquel pequeño cam¬
panario que vemos desde aquí.
"Al saber que yo salía de la escuela diplo¬
mática, el señor de Lessay me juzgó digno de
colaborar en sú atlas histórico. Se trataba de
determinar en una serie de mapas lo que el
viejo filósofo llamaba las vicisitudes de los
imperios desde Noé hasta Carlomagno. El
señor de Lessav había almacenado en su ca¬
beza todos los errores del siglo XVIII en lo
! ' tocante a antigüedades. Yo pertenecía a la es-
i cuela de los innovadores en historia, y estaba
en una edad en la que no sabemos fingir. 1.a
i manera que tenía de comprender aquel ancia¬
no, o mejor dicho, de no comprender, los tiem-
• pus bárbaros; su obstinación de no ver en la
antigüedad ntás que principes ambiciosos, pre-
r lados hipócritas y ávidos, ciudadanos virtuo¬
sos, poetas filósofos v otros personajes que no
han existido nunca mis que en las novelas de
Marmotoc!. me hacía horriblemente desdicha¬
do y me inspiraba toda clase de objeciones, sin
duda muy razonables, pero perfectamente in¬
útiles y algunas veces peligrosas. El señor de
Lessay era muy irascible y Ciernen tina era
muy bella. Entre ella y él pasaba yo horas de
tortura y de delicias. Estaba enamorado. Fui
cobarde y le concedí bien pronto cuanto él
exigía sobre la figura histórica y política que
esta tierra, que mas tarde debía guardar a Cle-
menrina, afectaba en las épocas de Abraham,
de tienes y de Decaulión.
"A medida que nosotros trazábamos nues¬
tros mapas, Clementina los lavaba a la acuarela.
Indinada sobre la mesa, tenía el pincel con
dos dedos; una sombra descendía de sm pár¬
pados sobre sus mejillas y bañaba sus ojos en¬
tornados de una penumbra encantadora. Al¬
gunas veces levantaba la cabeza v veía yo su
boca entreabierta. Era tan expresiva su belle¬
za, que su respiración tenia el aire de un
suspiro, y sus más vulgares actitudes me su¬
mergían en una profunda ensoñación. Con¬
templándola, estaba yo de acuerdo con su pa¬
dre en que Júpiter había remado despótica¬
mente sobre las montañosas regiones de Thesa-
lia, y que Orfeo fue imprudente al confiar a
los sacerdotes la enseñanza de la filosofía. Aun
hoy mismo, todavía no sé si me comportaba
como un héroe o como un cobarde, cuando
hacia estas concesiones al atestado anciano.
f “Clementina, debo confesarlo, no me conce¬
día gran atención. Esta indiferencia me pare¬
cía tan justa y . tan natural, que ni siquiera se
me pasó por la imaginación el quejarme. Cierto
que sufría, pero sin darme cuenta. Esperaba.
Estábamos todavía en el primer imperio de
Asiria.
"El señor de Lessay iba todas las noches a
tomar el café con mi padre. Xo comprendo
qué podía ligarlos, pues sería difícil encon¬
trar dos naturalezas tan absolutamente opues¬
tas. Mi padre admiraba poco y perdonaba mu¬
cho. Con la edad había llegado a odiar todas
las exageraciones. Revestía sus ideas de mil
finos matices y jamás aventuraba una opinión
como no fuera con toda clase de reservas. Es¬
tas modalidades de un espíritu delicado, exas¬
peraban al viejo gentilhombre, seco y contu¬
maz, a quien la moderación de su antagonis¬
ta no desarmaba jamás, sino todo lo contra¬
rio. Yo vislumbraba un peligro. Este- peligro
era Bonaparte. Mi padre no conservaba ningún
afecto hacia él, pero como había trabajado ba¬
jo sus órdenes, no gustaba el oír que lo in¬
juriasen, sobre todo en provecho de los Borbo-
nes, contra los cuales tenía agravios sangrien¬
tos. El señor de Lessay, más volteriano y más
legitimóla que nunca, hacía remontar a Bona¬
parte el origen de todo mal político, social y
religioso. Así las cosas, el capitán Víctor me
inquietaba por encima de todo. Mi terrible tío,
se habia vuelto absolutamente intolerable des¬
de que su hermana no estaba entre nosotros
para calmarlo. Rota el arpa de David. Saúl se
entregaba a sus furores La caída de Carlos X
aumentó la audacia del viejo napoleónico, que
hizo todas las bravatas imaginables. No fre¬
cuentaba con tanta asiduidad nuestra casa, de¬
masiado silenciosa para él. Pero algunas veces,
a la hora de comer, le veíamos llegar, cubier¬
to de flores, como un mausoleo. Con fre¬
cuencia se sentaba en la/ mesa jurando con
toda el alma, y vanagloriándose, entre sorbo
y sorbo, de sus aventuras de viejo bravucón.
Terminada la comida, doblaba la servilleta en
forma de mitra de obispo, vaciaba media bo¬
tella de aguardiente y se marchaba con la
prisa de un hombre espantado ante la idea de
pasarse algún tiempo sin beber, frente a frente
de un viejo filósofo y de un joven sabio. Yo
comprendía perfectamente que, si un día se
encontraba con el señor de Lessay. todo
estaría perdido. ¡Y ese día llegó, señora!
"Aquella vez, el capitán desaparecía bajo las
flores, y se asemejaba tanto a un monumento
conmemorativo de las glorias de! Imperio, que
daban ganas de pasarle una corona de siem¬
previvas por cada brazo. Estaba extraordina¬
riamente satisfecho, y la primera persona que
se benefició de aquella feliz disposición de su
ánimo, fue la cocinera, a la que agarró por la
cintura en el momento en que dejaba ei asado
sobre la mesa.
"Después de comer, rechazó la botella que
le ofreció, diciendo que luego haría lian
el aguardiente en su café. Yo Te pregunté,
blando, si no preferiría mejor que se le sirv
el café en seguida. Mi tío Víctor era muy <
confiado y nada tonto. Mi precipitación le
rcció de mala ley, pues me miró con cieí
aire y me dijo:
¡ Paciencia, sobrino! No es el más *b
ño de la tropa quien ordena que toque j a
treta, ¡qué diablo! Tiene usted mucha prk
señor magister, en ver si llevo espuelas en
botas.
"Estaba claro que el capitán había adivina
mis deseos de que se marchara pronto. Con
ciándole, tuve la certidumbre de que se qi
daría. Y se quedó. Los menores detalles
aquella velada quedaron impresos en mi n
moría. Mi tío continuaba jovial. La sola i<
de ser importuno le ponía de buen humor. N
contó, en un excelente estilo de cuartel, cicri
historia de una religiosa, un corneta y cin
botellas de chamberrin, muy del gusto,
duda, de las guarniciones y que yo no intcnt
ría contársela, señora, aunque me acordara
ella. Cuando pasamos al salón, nos hizo notar
mal estado de nuestro morillos y nos recome
dó doctamente el empleo del tripoli para br
ñir los cobres. De política, ni una palabra,
reservaba. Sonaron las ocho en las ruinas
Cartago. Era la hora del señor de Lessay. Un
minutos después entraba en el salón con
hija. La velada dio comienzo como de cosan
bre. Clementina se puso a bordar cerca de
lámpara, cuya pantalla dejaba su linda cabcc
en una ligera penumbra y proyectaba sobre ¡
dedos una claridad que los volvía casi lumin
sos. El señor de Lessay habló de un come,
anunciado por los astrónomos y desarrolló
este propósito teorías que. por peregrinas qu
fuesen, atestiguaban cierta cultura intclcctu
Mi padre, que tenía nociones de astrononi
expresó algunas sanas ideas, terminando con
eterno: "En fin, ¿qué sé yo?” A mi vez, ;
expuse la opinión de nuestro vecino del obfl
vatorio, el gran Arago. El río Víctor aíírn
que los cometas influyen'sobre la calidad
los vinos y en apoyo de su teoría citó una a!
gre historia de taberna. Yo estaba muy conten
de esta conversación, que me esforzaba en má
tener, con ayuda de mis más recientes leen
ras, exponiendo largamente la constitución q»
mica de estos ligeros astros que. esparcidos
los espacios celestes sobre millares de leguí
cabrían en una botella. Mi padre, un poco so
prendido por mi elocuencia, me miraba c<
su plácida ironía. Pero no es posible perra-
ncccr mucho tiempo en los cielos. Mirando
Clementina, hablé de un cometa de diamantí
que había admirado la víspera en Ja vidrie,
de una joyería. La verdad, no estuve insi
rado.
"-Sobrino - exclamó el capitán Víctor
tu comerá no existe al lado del que brillab
en los cabellos de la emperarriz Josefina, cuar
do fue a Strasburgo para distribuir las cru<
aJ ejército.
"-Josefina amaba el lujo — repuso el señe
de I.essay, entre dos sorbos de café-. N’o
critico; tenia buenas cualidades, aunque e
un poco ligera. Hizo un gran honor a Bona
parte, pues era una Tascher, casándose coi
el. Y aunque decir una Tascher no es dec
gran cosa, decir un Bonaparte no es dec
nada.
_ ¿Qué quiere usted significar con eso, s_
ñor marqués? — le preguntó el capitán Victo
”—N° soy marqués — respondió ¿ecamcni
el señor de Lessay —, y opino que Üon;
hubiese estado muy bien emparentado t_
dosc con una de esas mujeres caníbales que
capitán Cook describe en sus viajes, desnud»
tatuadas, un anillo en las narices y devorara!
con deleite miembros humanos putrefactos.
"Lo había previsto, pensé yo, y en mi an¬
gustia (¡oí», ¡sobre corazón humano!) mi pri¬
mera idea fue comprobar la justeza de r
rvistoncs. Debo decir que la respuesta del
cuín fue del genero sublime. Apoyó el pu-
a co la cadera, miró desdeñosamente al señor
jt Lcssay v dijo:
*—Ñapéueón, ilustrisimo señor, tuvo otra
per además de Josefina y de Alaría. Luisa.
L esta compañera usted no la conoce, pero yo
i Se visto muy de cerca; lleva un manto azul
%bdo de estrellas, está coronada de lau-
ks¡ la cruz de honor brilla sobre su pecho;
K tama la Gloria,
- ’TJ señor de Lcssay dejó su taza sobre la
jppncnea y dijo tranquilamente:
*—Vuestro Bonapanc era un truhán.
; r\li padre se levantó con indolencia, exten-
» lentamente el brazo y dijo con una voz
r dulce al señor de Lessay:
-Sea como fuese el hombre que murió en
l Elena, yo trabajé diez años bajo su go-
_jo y mi cuñado fue herido tres veces bajo
I águilas. Le suplico, amigo mío, no olvi-
^ío'en lo sucesivo.
P-Lo que no habían conseguido las insolen-
sublimes y burlescas del capitán, lo logró
peorres advertencia de mi padre, provocando
1 d señor de Lessay una cólera furiosa.
•—Lo había olvidado — exclamó, pálido, con
■ dientes apretados, la boca espumeante —, y
• debí olvidarlo. El barril de arenques no pier-
jb minea el olor y cuando se ha servido a gra-
*AJ oír esto, el capitán le sahó al cuello. Y
jt dada lo hubiese estrangulado a no ser por
Jttja y por mí.
| ®Ali pariré, con los brazos cruzados, un po-
®¡, mis pálido que de ordinario, miraba este
^Xtá culo con una indecible expresión de pie-
. Lo que siguió fué aún más lamentable,
. ¿a qué insistir sobre la locura de dos
_«os? Én fin, conseguí separarlos. El señor
fc Lrmv hizo una seña a su hija y salió. Como
jn !c siguiese, yo corrí hasta ja escalera, para
^bozaria.
"f^-CJementina — le dije, enloquecido, estre¬
gándole la mano-, ¡yo la amo!, ¡la amo!
f ^Retuvo un segundo mi mano en la suya; su
se entreabrió. ¿Qué iba a decir? Pero
K prooto. levantando los ojos hacia su padre,
tt subía la escalera, retiró su mano y me hizo
_j gesto de adiós.
"No volví a verla. Su padre se fué a vivir
' i del Pantheón, en un departamento que
i alquilado para la venta de su atlas his-
_ o. A los pocos meses murió de un ataque
6 apoplejía. Cíeme-mina se retiró a Nevers,
is su familia materna. Y fué en Nevers don-
asó con el hijo de un rico campesino,
i Allier.
*En cuanto a mí. señora,'viví solo y en paz
mismo. Mi existencia, exenta de gran-
■j penas y de grandes alegrías, fué bastante
5r pero durante mucho tiempo no pude ver
Eh* veladas de invierno un sillón vacío jun-
» a mí, sin que mi corazón se sintiese doloro-
* ente oprimido. Clementina murió liace mu-
m jk años. Su hija la siguió en el eterno rero-
l.En su casa de usted he visto a su nieta. No
%É todavía como el anciano de la Escritura:
f ahora. llama contigo a tu servidor, señor.”
i hombre como yo puede ser útil a al-
_i. es a esta hueríanita a la que quiero, con '
r ayuda de usted, consagrar mis últimas
rH*bía pronunciado las palabras finales en el
"bulo del departamento de la señora de
rv, y cuando iba a separarme de tan ama¬
fie guia, me dijo:
—Amigo mío, no puedo ayudarle en este caso
itó. como yo quisiera. Juana es huérfana y
aor de edad. Usted no puede hacer nada
r rila sin la autorización de su tutor.
' _-Ah! — exclamé— , no había pensado ni
r lo más remoto que Juana tuviese un tutor,
señora de Gabry me miro un tanto sór¬
dida. No es|verabá sin duda tanta simplici-
S en un anciauo.-
Y repuso:
—El tutor de Juana Alexandre es el señor
Mouchc, notario de Levallois-Perrct. Temo que
no se entienda usted bien con él, porque es
un hombre serio.
— ¡Ah! ¡Dios mío! — exclamé yo—, ¿Con
quién quiere usted que me entienda" a mi edad,
sino con las personas serias?
Sonrió con una dulce malicia, como sonreía
mi padre, y dijo:
—Con las que son como usted.* El señor Mou¬
chc no es precisamente de ellas: no me inspira
ninguna confianza. Será preciso que usted le
pida autorización para ver a Juana, a quien ha
metido en un pensionado de Ternes, donde
ella no está contenta.
Besé las manos de la señora de Gabry y nos
separamos.
Del 2 al s de mayo.
He visto al señor Mouche, el tutor de Juana,
en su despacho. Pequeñito, magro v seco, su
tez parecía hecha del polvo de sus legajos. Es
un animal con gafas, pues uno no puede ima¬
ginárselo sin ellas. He oído al señor Mouche;
tiene voz de carraca y habla en términos es¬
cogidos, pero yo hubiese preferido que no es¬
cogiese tanto sus términos. He observado al
señor Mouche; es ceremonioso y acecha a su
interlocutor con el rabillo dél ojo, por debajo
de sus gafas.
Mouchc me ha confesado que es dichoso; es¬
tá contento del interés que yo tengo por su
pupila. Pero él no cree que estemos en el
mundo para divertimos. No, no lo cree; y pa¬
ra ser justo diré que, cuando se esrá junto a
él, uno es de la misma opinión: tan poco di¬
venido resulta. Teme que se de upa idea
falsa y perniciosa de la vida a su querida pu¬
pila procurándola demasiados placeres. Esta es
la causa — me ha dicho — por la cual ha su¬
plicado a la señora de Gabry que la lleve solo
muy de tarde en tarde a su casa.
He dejado al polvoriendo notario en el pol¬
vo de su despacho, llevándome una autoriza¬
ción en regla (todo lo que procede del se¬
ñor Mouche está en regla) para ver el primer
jueves de cada mes a Juana Alexandre, en casa
de la señorita Préfére, institutriz, calle De-
mours. Temes.
El primer jueves de mayo, me dirigí a casa
de la señorita Préfére, cuyo establecimiento
reconocí desde lejos por un rótulo de letras
azules. Este azul fué para mí el primer indicio
del carácter de Virginia Préfére. que tuve
después ocasión de estudiar ampliamente. Una
sirvienta azorada cogió mi tarjeta y me aban¬
donó. sin una palabra de esperanza, en un frío
locutorio, donde respiré esc olor insípido ca¬
racterístico de los refectorios de las casas de
educación. El piso de aquel salón, había sido
encerado con tan implacable energía, que pen¬
sé angustiado quedarme en el umbral. Pero
habiendo por fortuna descubierto unos cua¬
dradnos de lana diseminados sobre el suelo,
delante de las sillas de crin, me decidí, ponien¬
do sucesivamente el pie sobre cada uno de
estos islotes de tapicería, a avanzar hasta el án¬
gulo de la chimenea, donde me senté sofocado.
Había sobre esta chimenea, en un gran mar¬
co dorado, una cartulina, cuyo título, con res¬
plandecientes letras góticas, decía: Cuadro de
Honor , y que contenía gran cantidad de nom¬
bres, entVc los cuales no tuve el placer de en¬
contrar el de Juana Alexandre. Después de ha¬
ber leído varias veces los de las alumnas que
habían tenido el honor de distinguirse a los
ojos de la señorita Préfére, me inquiete vien¬
do que nadie se acercaba. La señorita Préfére
hubiera alcanzado sin duda a establecer sobre
sus dominios pedagógicos el silencio absoluto
de los dominios celestes, si los gbrriones no
hubiesen escogido su patio para venir en ban¬
dadas innumerables .a piar a su gusto. Era un
encanto oírlos. Pero, ¿cómo verlos a través de
los cristales esmerilados? Tuve que contenur-
LEOPLAN . 73
Trabaje con provecho en su propia casa
Adquiera, sin pérdida de tierno, la »á.
quina de tejer medias "La Moderna ', que
¡a vendemos por sólo pesos 250.— y cwi
la que Ud. puede otrtener fácilmente hasta
S 300. — mensuales. Le compramos las
medias tajo contrato y le enserió nos oral»
su manejo. AVPLAS FACILIDADES DE -
PAGO. Visítenos o «ücile folletos i';;tri4ot.
THE KNITTING MACHINE CT
Salta Ntf 462 Buenos Aires
me con el espectáculo que ofrecía el salón, ■)
decorado de arriba abajo, en sus cuatro pare¬
des, con dibujos ejecutados por pensionistas 1
del establecimiento. Había allí vestales, flores, 5
chozas, capiteles, volutas y una enorme cabeza í
de Tario, rey de los sabinos, firmada por Es¬
tela Moutón.
Llevaba un buen rato admirando la energía ü
con que la señorita Moutón había destacado 4
las tupidas cejas y los ojos irritados del guc- y?
rrero antiguo, cuando un ruido apenas más li¬
gero que el de una hoja muerta arrastrada por
el viento, me hizo volver la cabeza. Ea efecto,
no era precisamente una hoja muerta, era la
señorita Préfére. Con las manos juntas, avan-
zaba sobre el espejo del entarimado como las
santas dé la Leyenda dorada sobre el cristal v
de las aguas. Pero en ninguna otra ocasión creo !
yo que la señorita Préfére me hubiera hecho .
pensar en las vírgenes, caras a la idealización *,
mística. No fijándome nada más que en su '
rostro, me hubiera más bien sugerido una man- "r
zana reineta conservada durante el invierno en
el granero de una buena ama de casa. Caía so¬
bre sus hombros una pelerina a franjas, que no
ofrecía por si misma nada de particular, pero
que ella llevaba como si hubiera sido una ves¬
tidura sacerdotal o la insignia de una alta ma¬
gistratura.
Le expliqué el objeto de mi visita y le en¬
tregué mi carta de presentación
—Ha visto usted al señor Alouche — me di¬
jo —. ¿Su salud es todo lo buena que se puede {
desear? Es un hombre tan decente, tan...
No acabó la frase y sus ojos se elevaron al 1
techo. Los míos los siguieron, encontrándose J
con una pequeña espiral de papel recortado, (H
que suspendida en el lugar de una lámpara, y
debía estar destinada, según mis conjeturas, a .-Ja
atraer a las moscas, alejándolas, por consi-
guíente, de los marcos dorados de los espejos s
y del cuadro de honor.
—He conocido — Je dije — a Juana Alexan- x
dre en la casa de la señora de Gabry, y he po¬
dido apreciar el excelente carácter y la viva *
inteligencia de esa muchacha. Habiendo cono-
cido en otro tiempo a sus abuelos, me siento
inclinado a dispensar a su nieta el interés quo
ellos me inspiraron.
Por toda respuesta, la -señorita PrefeVe sus¬
piró profundamente, apretó contra su corazón -
su misteriosa pelerina y contempló de nuevo la
pequeña espiral de papel.
Al cabo me dijo:
—Caballero, puesto que ha conocido usted a
los señores Alexandre, me imagino que habrá
usted deplorado, como el señorMouche y co¬
mo yo, las locas especulaciones que los cor.du- • -
jeron a la ruina y han reducido a su hija a la
miseria.
Al oír sus palabras, p’ensaba yo que es una /
gran pena ser desdichado, y que esa pena no
perdona a los que fueron mucho tiempo dig¬
nos de envidia. Su caída nos venga y nos
halaga, y somos con ellos implacables.
Después de haber declarado con toda fran¬
queza que no entendía una palabra de asun¬
tos de finanzas, pregunté a la directora dél
pensionado, si estaba contenta con Juana Ale¬
xandre.
—Esa niña es indomable — exclamó lá seño¬
rita Préfére.
Y adoptó una actitud de alta escuela para .
expresar simbólicamente la situación que le
creaba una alumna un difícil de corregir.
7< . LEOPLAN ..
Luego, volviendo a sentimientos más apaci¬
bles':
—Esta jovencita — dijo—, no carece de in¬
teligencia. Pero no puede resolverse a apren¬
der las cosas con método.
¡Que extraña señorita, la señorita Préfére!
Caminaba sin levantar las piernas y hablaba
sin mover los labios. Sin detenerme más de lo
razonable en estas particularidades, le respon¬
dí que el método era, sin duda, una cosa ex¬
celente y que sobre este punto estaba de
acuerdo con sus ideas, pero que en fin de
cuentas, ciando se sabía una cosa, era indife¬
rente que se la hubiese aprendido de una ma¬
nera o de otra.
La señorita Préfcre hizo lentamente un sig¬
no negativo. Después, suspirando:
.—¡Ah, señor! — dijo Las personas ajenas
a la educación tienen de ella ideas muy falsas.
Estoy cierra que hablan con las mejores in¬
tenciones del mundo, pero harían mejor, mucho
mejor, en dejarse guiar por las personas com¬
petentes*
No insiti, y le pregunté si podia ver en se¬
guida a Juana Alexandre.
Contempló su pelerina, como para leer en la
maraña de sus franjas, tal que si leyera en un
grimorio. la respuesta que dbbía darme, y por
fin me dijo:
—La señorita Alexandre tiene que dar una
clase. Aquí las mayores enseñan a las pequeñas.
Es lo que se llama la enseñanza mutua... Pero
me sentiría desolada de que usted se hubiese
molestado inútilmente. La mandaré llamar. Sólo
ha de permitirme, señor, para mayor regulari¬
dad. inscribir su nombre en el registro de los
visitantes.
Se sentó ante la mesa, abrió un grueso cua¬
derno v, sacando de debajo de la pelerina la
carta del señor Alouche que se había guar¬
dado:
L —Bonnard con una d, ¿no es eso? — nie dijo
escribiendo Perdóneme que insista sobre es¬
te detalle. Pero mi opinión es que los nombres
propios tienen su ortografía. Aquí, señor, se
hacen dictados de nombres propios..., de nom¬
bres históricos, se entiende.
Después de haber escrito mi nombre con
mano suelta, me preguntó si no podía poner a
continuación un aditamento cualquiera, como
.antiguo negociante, empleado, rentista, u otra
cosa parecida. Su registro contaba con una
'columna para ello.
'• —¡Dios mío! - le dije -. Si tiene usted ab¬
soluta necesidad, señora, de llenar esa colum¬
na. ponga usted: miembro del Instituto.
' Seguía siendo la pelerina de la señorita Prc-
fere la que \ cía ante mí; pero no era Va la
señorita Préfére la que se cubría con ella. Era
otra persona, atenta, graciosa, zalamera, feliz,
radiante. Sus ojos sonreían; las pequeñas arru¬
gas de su rostro (¡eran muchas!) sonreían; su
boca también sonreía, pero de un solo lado.
Habló. V su voz tenía^cl aire de toda su per¬
sona, era una voz de miel:
-Decía usted, señor, que esta querida Juana
es muy inteligente. Yo he hecho la misma ob¬
servación v estoy orgullosa de haber coincidi¬
do con usted. La verdad es que esta muchacha
me inspira un gran interés. Aunque un poco
viva de genio, tiene lo que yo llamo un ca¬
rácter feliz. Pero, perdóneme usted que abuse
de mis preciosos momcjicos.
Llamó a la sirvienta, que apareció más di¬
ligente y más asustada que antes, y desapareció
con ¡a orden de advertir a Juana Alexandre
que el señor Silvestre Bonnard. miembro del
Instituto, la esperaba en el locutorio.
La señorita Préfére apenas tuvo tiempo de
confiarme que sentía un profundo respeto por
las decisiones del Instituto, fuesen las que fue¬
sen, cuando apareció Juana, sofocada, roja co¬
mo un tomate, los ojos muy abiertos, jos brazos
colgando, encantadora en su desmañada ino¬
cencia.
—jCómo vienes, hijita! — murmuró la seño¬
rita Préfcre, con una dulzura maternal, arre*
glándole el cuello.
A la verdad, Juana venía de una extraña ma¬
nera. Sus cabellos echados hacia atrás y suje¬
tos por una redecilla de la cual se escapaban
algunos mechones; sus delgados brazos enfun¬
dados hasta el codo en unos manguitos de lus¬
trina; sus manos enrojecidas por los sabaño¬
nes que parecían molestarla mucho; su vestido
muy corto, dejando ver unas medias demasia¬
do anchas y unas botas con los tacones desgas¬
tados; una comba atada como un cinturón alre¬
dedor de su talle, todo lo cual daba a Juana
un aire poco presentable.
—¡Locuela! — suspiró la señorita Préfcre. que
ahora parecía no una madre, sino una her¬
mana mayor.
Luego se marchó, deslizándose como una
sombra sobre el espejo del entarimado.
Dije a Juana:
—Siéntate. Juana, y habíame como a un ami¬
go. ¿Xo estás a gusto aquí?
Después de vacilar un momento, me respon¬
dió con una sonrisa resignada:
—No mucho.
Con los dos extremos de la comba entre sus
manos, callaba.
Le pregunté si a su edad todavía saltaba a la
comba.
—¡Oh, no señor! — me respondió vivamen¬
te — . Cuando la sirvienta me dijo que un se¬
ñor me esperaba en el locutorio, estaba dando
a la comba a las pequeñas. Entonces he atado
la cuerda a mi cintura para no perderla. Esto
no es muy correcto. Le ruego que me perdone.
¡Pero tengo tan poca costumbre de recibir vi¬
sitas!
— ¡Santo Dios! ¿Por qué iba vo a ofenderme
de tu oomba? Las clarisas llevaban una cuer¬
da a la cintura, y eran unas santas mujeres.
—Ha sido usted muy bueno, señor — me di¬
jo—, viniendo a verme y hablándome como us¬
ted, me habla. No se me ocurrió darle las gra¬
cias cuando entré porque estaba muy sorpren¬
dida. ¿Ha visto usced a la señora de Gabry?
Hábleme de ella, ¿quiere usted?
—La señora de Gabrv — le respondí — está
bien. Se halla en su bella tierra de Lusance.
Te diré de ella, Juana, lo que un viejo jardi¬
nero decía de la castellana, su dueña, cuando
alguien le preguntaba por ella: “La señora está
en su camino” Sí, la señora de Gabrv está en
su camino; v tú sabes, Juana, todo ]<> bueno
que es ese camino, que ella no dejá de reco¬
rrer, siempre con el mismo paso. El oreo día,
antes de que se marchara a Lusance. he ido con
ella lejos, muv lejos, y hemos hablado de ti.
Hablamos de ti, hijita, sobre la tumba de tu
madre.
— ¡Cuánto me alegra! — me dijo Juana,
Y se echó a llorar.
Con el mayor respero dejé correr aquellas
lágrimas de una chiquilla. Después, mientras se
enjugaba los ojos, le roguc me dijera cómo
transcurría su vida en aquella casa.
Por ella supe que era a la vez almona y
maestra.
-Te mandan a ti y tu mandas. Escuna situa¬
ción frecuente en este mundo. Sopórtala, hija
mía.
Pero me dió a entender que a ella no le en¬
señaban nada, ni ella enseñaba nada tampoco;
que estaba encargada de vestir a las pnrvuli-
llas. de lavarlas, enseñarles buenas maneras,
el alfabeto, el manejo de la aguja, hacerles ju¬
gar v acostarlas, después de rezar.
— ¡Ah! — exclamé -. Esto es lo que la seño¬
rita Préfcre llama la enseñanza mutua. Xo he
de ocultarte. Juana, que la señorita Préfére no
es de mi agrado y que no la creo todo lo bue¬
na que fuera de desear.
— ¡Oh! — me respondió Juana—, es como la
mayoría de las gentes. Buena con las perso¬
nas que quiere y mala con las que no quiere.
Pero, ¡ay!, que yo creo que a mí no me
quiere mucho.
-¿Y el señor Mouehe? ¿Qué piensas tú, Jua¬
na, del señor .Moucbc?
Ále respondió’vivamente:
-Le suplico que no me hable del señor Mou- \
che. Se lo suplico.
Cedí a su súplica, ardiente y casi agrcsivaJ
y cambié de conversación.
—¿Y dime, Juana, modelas aquí figuras de j
cera? Xo he olvidado el hada que tan^v niel
sorprendió en Lusance.
—Xo tengo cera — me respondió, dejando
caer sus brazos.
— ¡No tener cera — exclamé yo — en una
república de abejas! Juana, yo te traeré ceras!
coloreadas y lucientes como joyas.
—Se lo agradezco mucho, señor, pero no me
las traiga. Xo tengo aquí tiempo para trabajar^
en mis figuras de cera. Sin embargo, había em-l
pezadu un pequeño San Jorge para la señora de
Gabrv, un pequeñito San jorge con su coraza]
dorada. Pero las menores, tomándolo por un
muñeco, se pusieron a jugar con él y lo hicic-1
ron pedazos.
Sacó del bolsillo de su delantal una figurita
cuyos miembros dislocados estaban apenas uniH
dos por un alambre. Al contemplarlo, expen -1
mentó a la vez tristeza y alegría. Pudo niáíl
la alegría y sonrió, pero la sonrisa se le heló
bruscamente.
La señorita Préfére estaba de pie, vigilante,]
en la puerta del locutorio.
— ¡Esta chiquilla! — suspiró la directora con ¡
su más tierna voz—. Temo que le fatigue al
usced. Y además, sus momentos son preciosos.]
Procuré desilusionarla a este respecto v, le¬
vantándome para marcharme, saqué da. mis bol-'
sillos algunas tabletas de chocolate y oreas go¬
losinas que le habia llevado.
-¡Oh, señor! — exclamó Juana-, Hay para
todo el internado.
La dama de la pelerina, intervino:
—Señorita Alexandre — dijo —, dé las gra¬
cias al señor por su generosidad.
Juana la miró con un aire huraño; y des¬
pués, volviéndose hacia mi:
—Le agradezco, señor, estas golosinas, y sobre
todo le agradezco la bondad que ha tenido de
venir a verme.
—Juana — le dije vo, estrechándole las dos
manos —. continúa siendo una niña buena y va¬
lerosa. Hasta la vista.
Al retirarse con sus paquetes de chocolate
y de dulces, chocaron los mangos de su com¬
ba con el respaldo de una silla. La señorita Prc-
fere apretó su corazón con las dos manos bajo
su pelerina y creí que iba a ver desvanecerse
su alma escolástica.
Cuando nos quedamos solos recobró su sere¬
nidad. y debo confesar, sin que esto suponga
vanagloria, que me sonrió con todo un lado de
su rostro.
—Señorita — le dije, aprovechando sus bue¬
nas disposiciones —, he observado que Juana
Alexandre está un poco pálida. Usted sabe me¬
jor que yo las cuidados y miramientos que
exige la edad indecisa en que ella se encuen¬
tra! La ofendería a usted recomendándola muy
especialmente a su vigilancia.
Estas palabras parecieron encantarla. Con¬
templó con un aire e.xtasiado la pequeña espi¬
ral del techo y exclamó juntando las manos:
— ¡Cómo estos hombres eminentes saben des¬
cender hasta los más ínfimos detalles!
Le hice observar que la salud de una mu¬
chacha no es precisamente un ínfimo detalle,
y tuve el honor de despedirme. Pero ella me
detuvo en el umbral y me dijo confidencial¬
mente:
—Perdone usted mi debilidad, señor. Soy
mujer y amo la gloria. Xo puedo ocultarle que
me he sentido honrada con la presencia de un
miembro del Instituto en mi modesto pensio¬
nado.
Perdoné la debilidad de la señorita Préfére
y, pensando en Juana con la ceguera del egoís¬
mo, me dije a lo largo del camino:
, —¿Qué haremos de esta niña'
LEOPLAN • 75
2 de junio.
Aquel día había conducido hasta el ccmcn-
'» de Mames a un viejo colega de avan-
i edad que, según el pensamiento de Goc-
había consentido en morirse. El gran
\ Goethe, cuya vitalidad era extraordinaria, creía
efecto que uno no muere hasta que le vie-
i gana, es decir, cuando todas las energías
| resisten a la descomposición final y cuyo
oto constituye la vida misma, son destrui¬
da lo último. En otros términos, pensa-
i sólo se muere cuando ya no se puede
¡Enhorabuena! No se trata más que de
eaderse. y el magnifico pensamiento de
irríte dice lo mismo, sabiendo interpretarlo,
t b canción de La Palisse.
Un. pues, mi excelente colega había consen¬
so «n morirse, gracias a dos o tres ataques
: apoplejía de lo más persuasivos, el último
i replica posible. Le frecuenté poco en vida,
i según parece fui muy amigo suyo en
dejó de existir, pues mis colegas me di-
, con un cono grave y una mirada pene-
; que debía llevar uno de los cordones
! ataúd y hablar sobre su tumba.
Después de haber leído bastante mal un dis-
ro que había escrito lo mejor que pude,
■e nn es mucho decir, fui a pasearme por
)bosques de Ville-d’Avrav y seguí, sin pesar
asado sobre el bastón deí capitán, un sen-
i entoldado por el ramaje, entre el cual
la luz en discos de oro. Jamás el olor de
ífcerba y de las hojas húmedas, jamás la be¬
del cielo y la majestuosa serenidad de los
les, habían penetrado tanto en mis senti-
, v en toda mi alma, v la opresión que señ¬
en aquel silencio atravesado por una espe-
dc tintineo continuo, era a la vez sensual
i «efigioso.
Me senté a la sombra del camino, junto a un
«occillo de jóvenes encinas. Y allí me pro-
n no morirme, o al menos no consentir en
tic. antes de sentarme de nuevo bajo una
donde, en la paz de una extensa campi-
, meditaré en la naturaleza del alma y en los
últimos del hombre. Una abeja, cuyo
.» castaño brillaba al sol como una arma-
dn de oro viejo, vino a posarse sobre una flor
¡IJe malva de una grave suntuosidad, y muy
afccrri sobre su tallo frondoso. No era cier-
eanentc la primera vez que yo veía un espec-
Kcalo tan corriente, pero era la primera, sí.
*e veía con una curiosidad tan afectuosa
■ ao inteligente. Reconocí que había cutre el
no v la flor toda clase de simpatías, v mil
nicaciones ingeniosas que" hasta entonces
i hubiera sospechado.
pEI insecto, saciado de néctar, hendió el aire
linea atrevida.
Adiós — dije a la flor.y a la abeja —, adiós,
viviera todavía el tiempo necesario para
brlr el secreto de vuestras armonías. Es-
mav fatigado. Pero el hombre es de tal
alera, que sólo descansa de un trabajo
otro. Serán las flores y los insectos los
rnc descasarán, si Dios lo quiere, de la
‘a y de la diplomacia. ¡Que pleno de
está el viejo mito de Anteo! He ro-
b tierra y sov un hombre nuevo, y he
■■ que a los sesenta y ocho años, nuevas
^■saudades nacen en mi alma, como los bro-
ooevos en el tronco hueco de un viejo
4 de pmio.
, Afe encanta mirar desde mi ventana, en estas
—de un gris tierno, que da a las cosas
«na dulzura infinita, el Sena y sus muelles. He
| ««templado el cielo azul, que extiende sobre
til bahía de Ñapóles su luminosa serenidad,
fcru nuestro cielo de París es más animado,
Hppás bondadoso y más espiritual. Sonríe, amc-
I jbui. acaricia, se entristece y se alegra, como
mirada humana. Derrama en este momen-
m una suave claridad sobre los hombres y los
animales de la villa, que desempeñan su tarea
cotidiana. A lo lejos, en la otra orilla, sobre
el puerto de San Nicolás, desembarcan carga¬
mentos de cuernos de buey, y unos peones,
alineados sobre la pasarela volante, hacen sal¬
tar ágilmente de mano en mano, pilones de
azúcar que van a parar a la bodega de un
barco. En el muelle del norte, los caballos
de los coches de punto, alineados a la som¬
bra de los plátanos, la cabeza en el morral,
mastican tranquilamente su a\ r ena, mientras los
rubicundos cocheros vacían su vaso ante el
mostrador del tabernero, espiando con el ra¬
billo del ojo al burgués madrugador.
Los libreros colocan sus cajas sobre el pa¬
rapeto. Estos valerosos mercaderes del espíri¬
tu, que viven continuamente a la intemperie,
la blusa al viento, están tan trabajados por el
aire, las lluvias, los hielos, las nieblas y el sol,
que acaban por parecerse a las viejas estatuas
de las catedrales. Todos son amigos míos, y
no paso por delante de sus puestos sin adqui¬
rir algún libraco del que había carecido hasta
entonces, sin que tuviese la menor sospecha de
que me faltaba.
Al volver a mi casa, tengo que oír las pro¬
testas de mi sirvienta, que me acusa de que
rompo todos mis bolsillos y de que lo lleno
todo de viejos papeles que atraen a los rato¬
nes. Teresa es razonable en esro, y precisa¬
mente porque tiene razón no la escucho; pues
a pesar de mi aspecto tranquilo, he preferido
siempre la locura de las pasiones a la sensata
indiferencia. Pero, como mis pasiones no son
de las que estallan, destruyen y matan, el
vulgo no las ve. Sin embargo, me siento agi¬
tado por ellas, y más de una vez he perdido
pl sueño por unas páginas escritas por un mon¬
je olvidado, o impresas por un humilde apren¬
diz de Pedro Sehoeffcr. Y si sus bellos ar¬
dores se extinguen en mi, es porque yo mismo
me extingo lentamente. Somos nosotros lo que
son nuestras pasiones. \o soy a semejanza de
mis libros: viejo y encogido como ellos.
Un ligero viento arrastra con el polvo de la
calzada las aladas semillas de los plátanos y
las briznas de heno escapadas de la boca de
los caballos. No es nada más que este polvo,
pero al verlo volar, recuerdo que en mi in¬
fancia miraba remolinear un polvo semejante,
v mi alma de viejo parisiense se conmueve.
Todo cuanto descubro desde mi ventana, este
horizonte que se extiende a mi izquierda hasta
las colinas de Chaillot, y que me permite ver
el Arco de Triunfo como un dedal de pie¬
dra; el Sena, río de gloría, y sus puentes; los
tilos de la terraza de las Tiíllerias; el Louvre
del Renacimiento, cincelado como una joya; a
mi derecha, hacia el lado del Puente Nuevo,
pons Lutetiae Novus dictas, como se lee en
Jas antiguas estampas, el viejo v venerable Pa¬
rís, con sus rorres y sus flechas; todo esto
es mi vida, soy yo mismo, y yo no sería nada
sin estas cosas que se reflejan en mí con los
mil matices de mi pensamiento y que me ins¬
piran y me animan. He aquí por qué amo a
París con un inmenso amor.
Y sin embargo estoy cansado, y compren¬
do que no se puede reposar en el seno de
esta villa que piensa tanto, que me ha ense¬
ñado a pensar y que sin cesa/ me invita a
seguir pensando. -Cómo no estar agitado en
medio de estos libros que solicitan continua¬
mente mi curiosidad y la fatigan sin satisfa¬
cerla? Ya es un dato que es preciso buscar,
ya un lugar que importa determinar exactamen¬
te o algún termino antiguo, cuyo verdadero
significado es interesante conocer. ¿Palabras?
¡Olí, sí, palabras! Filólogo, soy su "soberano,
y ellas son mis súbditos, a los que consagro,
como buen rev, mi vida entera. ¿Podré alibi-
car un día? Adivino que hay en alguna parte,
lejos de aquí, al amparo de un bosque, una
casita donde encontraré el reposo que nece¬
sito, en espera de que un reposo mayor, este
irrevocable, me envuelva por entero. Sueño
con un banco en el umbral y con campos
LOS SECRETOS DEL EXITO
Suerte - Dicha - Dominio
(Compensación del esfuerzo personal)
El medio de obtener todo esto puedo pro¬
porcionárselo si me escribe comunicándo¬
me sus aspiraciones. Está probado que en
la vida se logra lo que se persigue con
perseverancia. Gratuitamente le aconseja¬
ré. Dirija sus carta» a J. M. BASE, en la
Avenida PAVON 4270, Lanús (F.C. S.)
donde se pierda la vista. Pero será preciso
que un rostro fresco sonría junto a mi, para
reflejar y concentrar todo ese frescor; me cree¬
ré abuelo y se colmará el vacío de mi vida.
No soy un hombre violento, y, sin embargo,
me irrito por cualquier cosa, y mis obras me
han proporcionado tantos disgustos como satis¬
facciones. No sé por qué recuerdo ahora la
vana y desdeñable impertinencia que se per¬
mitió a mi costa, hace tres meses, mi joven
amigo del Luxemburgo. No le doy por iro¬
nía el nombre de amigo, pues amo a la ju¬
ventud estudiosa con sus temeridades y los
extravíos de su inteligencia. No obstante, mi
joven amigo se extralimitó. El maestro Am¬
brosio Paré, que fue el primero en practicar
la ligadura de las arterias, y que, habiendo en¬
contrado a la cirugía ejercida por barberos
empíricos, la elevó a la altura en que ahora
se encuentra, en su vejez fue atacado por to¬
dos los aprendices porralancetas. Aludido en
términos injuriosos por un joven irreflexivo,
que podía ser el mejor hijo del mundo, pero
que carecía del sentimiento del respeto, el
viejo maestro le respondió en su tratado Je
h Minute, de la Licorne, des Venins et de la
Peste. “Yo le ruego — le dijo el gran hom¬
bre —. yo le ruego, que si desea oponer algu¬
nas objeciones a mi réplica, suprima las ani¬
mosidades v trate con más dulzura al buen
viejo”. Esta respuesta es admirable en la plu¬
ma de Ambrosio Paré; pero, aunque proce¬
diese de un curandero de aldea, encanecido
en el trabajo y burlado por un jovenzuelo, no
dejaría por eso de ser loable.
Acaso pueda creerse que este recuerdo no
es más que el síntoma de un bajo rencor. Tam¬
bién yo lo creí así y me acuse de preocuparme
miserablemente de las palabras de un mucha¬
cho que no sabe lo que se dice. Por fortuna,
mis reflexiones a este propósito tomaron en
seguida un rumbo mejor; por eso las anoto en
mi cuaderno. Recordé que un dia de mis
veinte años (hace de esto cerca de medio
siglo), me paseaba en ese mismo jardín del
Luxemburgo con algunos camaradas. Hablá¬
bamos de nuestros viejos maestros, y uno de
nosotros nombró a Petit-Radel, estimable eru¬
dito que fué el primero en- arrojar algún! luz
sobre los orígenes erruscos. pero que tuvo la
desgracia de hacer un cuadro cronológico de
los amantes de Helena. Este cuadro nos hizo
reír mucho, y yo exclamé: “Petit-Radel es
un idiota, pero no en seis Ierras, sino en doce
volúmenes”.
Estas palabras de un adolescente son dema¬
siado ligeras para pesar sobre la conciencia
de un viejo. ¡Ojalá no hubiese lanzado en la
batalla de la vida nada más que dardos tan ino¬
centes como este! Pero hoy me pregunto si
en mi existencia nn habré hecho, sin darme
cuenta, algo tan ridículo como el cuadro cro¬
nológico de los amantes de Helena. El pro¬
greso de las ciencias torna inútiles las obras
que más han ayudado a ese progreso. Cuando
esas obras va no sirven gran cosa, la juven¬
tud cree de buena fe que nunca sirvieron para
nada; las desprecia, y al encontrar en ellas una
idea anticuada, se ríe. He aquí por qué a los
veinte años, me burlé de Petit-Radel y de su
cuadro de cronología galante; he aquí por que
76 - LEOPLÁN
Explicable
nada que decimos.
ayer, en el Luxemburgo, mi joven c irreveren¬
te amigo...
• Vuelve en ti. Octavio, y cesa en tus lamentos.
Quieres que te respeten y nada has respetado.
6 de junio.
Era el primer jueves de junio. Cerré mis
libros, y me despedí del santo abad Droctoveo
que, gozando de la beatitud celeste, me ima¬
gino no debe tener mucha prisa de ver su
nombre y sus trabajos glorificados sobre esta
tierra, cñ una humilde recopilación salida de
mis manos. ¿Lo digo? Aquel tallo de malva,
que la semana pasada vi visitado por una abe¬
ja, me preocupa mis que todos los abades
. mitrados. Y no hace mucho mi sirvienta me
ha sorprendido en la ventana de la cocina,
í examinando con la lupa unas flores de alelíes.
• Hay en un libro de Sprengel, <jue leí en mi
primera juventud, cuando lo leía todo, algu¬
nas ideas referentes a los amores de las flores,
que vienen ahora a mi memoria, después de
medio siglo de olvido, y que me interesan
hasta el punto de lamentar el no haber con¬
sagrado las humildes facultades de mi alma
al estudio de los insectos y de las plantas.
Hacía todas estas reflexiones mientras bus¬
caba mi corbata; pero después de haber re¬
vuelto inútilmente un gran número de cajo¬
nes, tuve que recurrir a mi criada. Llegó
Teresa con su paso tardo.
—Señor — me dijo—, si me hubiese adverti¬
do usted que iba a salir, yo le hubiera dado
su corbata.
—Pero, Teresa —le respondí—, ¿no sería
mucho mejor guardarla en un sitio donde yo
pueda encontrarla sin su ayuda?
Teresa no se dignó responderme.
No puedo disponer de nada. No puedo te¬
ner un pañuelo sin pedírselo y, como está
muy sorda, muy torpe, y cada día más des-
- memoriada. me veo siempre desprovisto de
todo. El caso es que goza, con un orgullo tan
apacible de su autoridad doméstica, que no
t tengo valor de intentar un golpe de Estado
contra el gobierno de mis armarios.
—¡Mi corbata, Teresa! ¿No me oye? ¡Mi
corbata! Si me sigue usted desesperando con
su calma, no va a ser corbata lo que nece¬
site, sino una cuerda para ahorcarme.
—¡Tiene usted mucha prisa, señor! —me
respondió Teresa—. Su corbata no se ha per¬
dido. Aquí no se pierde nada, pues yo ten¬
go buen cuidado de todo. Pero déme usted
por lo menos tiempo para buscarla.
.He aquí, pensaba vo; he aquí el resultado de
medio áglo de fidelidad. ¡Ah! Si por fortu¬
na csra inexorable Teresa hubiera una vez, una
sola vez en su vida, faltado a sus deberes de
sirvienta; si hubiese caído en falta aunque sólo
fuera un minuto, no hubiese alcanzado este
imperio inflexible sobre nú, y yo me atreve¬
ría al menos a defenderme. ¿Pero, quien se
opone a la virtud? Las personas que no han
tenido debilidades son terribles; no hay forma
de volverse contra ellas. Ahí tienen a Teresa:
ni un vicio por donde sorprenderla. No duda
de ella, ni de Dios, ni del mundo. Es la mu¬
jer fuerte, la virgen prudente de la Escri¬
tura. y, aunque los hombres no la conozcan,
yo sí. Se aparece en mi alma con una lám¬
para en la mano, una humilde lámpara de ho¬
gar, que brilla bajo las viejas de un rústico
techo y que no se apagará nunca, sostenida
por su brazo flaco, fuerte y torcido, como un
sarmiento.
—¡Mi corbata, Teresa! ¿No sabe usted, des¬
dichada. que hoy es el primer jueves de junio,
y que la señorita Juana me espera? La direc¬
tora del pensionado ha debido mandar que
enceraran al piso del locutorio. Estoy segu¬
ro de que será una distracción para mí, aun¬
que me rompa los huesos, cosa que sin duda
no tardará, contemplar en él mi triste figu¬
ra, como en un espejo. Tomando entonces
por modelo el amable y admirable héroe cuya
imagen está cincelada en el bastón de mi tío
Víctor, me esforzaré por mostrar un rostro
sonriente y un alma constante. AI iré usted
qué hermoso sol. Los muelles están dorados,
y el Sena sonríe con sus innumerables ondas
resplandecientes. La villa es de oro. Un pol¬
villo rubio flota sobre sus bellos contornos
como una cabellera... ¡Teresa, mi corbata!
¡Ah! Ahora comprendo al bueno de Chrysale,
que guardaba sus alzacuellos en un voluminoso
Plutarco. Siguiendo su ejemplo, de hoy en
adelante guardaré todas mis corbatas entre
las hojas de las Acta sanctorum.
Teresa me dejaba hablar y buscaba en si¬
lencio. Oí que llamaban suavemente a la
puerta.
—Teresa — le dije —. llaman. Dcme mi cor¬
bata y vaya usted a abrir: o mejor, vaya usted
a abrir y, con la ayuda del cielo, ya me dará
usted luego la corbata. Pero no se quede usted
asi, por favor, entre la cómoda y la puerta
como una estantigua.
Teresa se dirigió hacia la puerta como si
marchara contra el enemigo. Mi excelente
ama de llaves se ha vuelto muy poco hospi¬
talaria. Todo extraño es para ella sospechoso.
Esta actitud procede, según dice, de una larga
experiencia de los hombres. No tuve tiempo
para considerar si la misma experiencia, hecha
por otro experimentador, daria el mismo resul¬
tado. El señor Mouche me esperaba en mi
despacho.
Alouche es todavía más amarillo de lo que
yo podía creer. Lleva anteojos azules, y bajo
ellos se agitan sus pupilas, como ratones detrás
de un biombo.
Mouche se excusó por haber venido a mo¬
lestarme en aquel momento... No precisa de
qué momenro se trata, pero yo me imagino que
se refiere a un momento en que estoy sin
corbata. Como ustedes saben, no es culpa
mía. Mouche, que no está enterado de nada,
no parece, por otra pane, sentirse ofendido.
Teme ser importuno, eso es todo. Lo tran¬
quilizo a medias. Me dice que ha venido a
hablar conmigo como turar de Juana Ale-
xandre. Por lo pronto me invita a no tener
en cuenta las restricciones que ha creído un
deber poner en un principio a la autorización
que me concedió para ver a Juana en su pen¬
sionado. En lo sucesivo, el internado de la se¬
ñorita Préfére estará abierto para mi todos
los días, desde las doce a las cuatro. Conoce¬
dor del interés qTie yo tengo por esta i
chacha, cree su delicr informarme sobre la p
sona a la cual ha confiado su pupila. La 1
ñorita Préfére, a quien ¿1 conoce hace mucl
tiempo, posee toda su confianza. Es, según c
una persona ilustrada, de buen sentido y í
buenas costumbres.
—La señorita Préfére —me dice— (
mujer de principios, lo que es una rara eos
señor, en los tiempos que corren. Todo c* *
hoy muy cambiado, y csra época no vale I
que las precedentes. 1
—Mi escalera es testigo, señor —le i— r —
di—. Hace veinticinco años se dejaba sulS
lo más cómodamente posible, y ahora me »
foca y me rompe las piernas desde los priir
ros escalones. Está deteriorada. Testigos s
también los periódicos y los libros, que ante
devoraba sin trabajo a la luz de la luna v
que ahora, a pleno sol, se burlan de mi curttt
sidad y no me muestran más que man '
blancas y negras como no me ponga los a_
ojos. La gota trabaja mis miembros. Esa i
otra de las bromas del tiempo.
—Y no sólo eso, señor — me respondió Mol
che, gravemente —. Lo que nuestra época tie^
nc de verdaderamente malo, es que nadie es *
contento con su posición. Reina en la soc»
dad, de alto a bajo, en todas las clases, c
descontento, una inquietud, una sed de bkí
estar.
— ¡Dios mío! —le respondí—, ^Cree i
que esta sed de bienestar sea un signo de 1
tiempos? Los hombres no han tenido en nin
guna época apetencias de malestar. Sienipf
han procurado mejorar su situación. Este cons
tante esfuerzo ha producido constantes revo¬
luciones. Y seguirá produciéndolas, ¡eso i
todo!
— ¡Ah, señor! —me respondió Mouche-
¡Gimo se conoce que vive usted entre sus
bros, lejos del mundo! Usted no ve como \
los conflictos de intereses, las luchas ñor i
dinero. Es la misma efervescencia en el f
de y en el pequeño. Todos se libran :
especulación desenfrenada. Me espanta lo que
veo.
Me preguntaba si Mouche no habría venid
a casa nada más que a comunicarme su vil
tuosa misantropía; pero de sus labios oí pala
bras más consoladoras. Me presentó a Virgi
nia Préfére como una persona digna de res
peto, de estimación y de simpatía, muy hcw ‘
rabie, capaz de todas las abnegaciones, instr
da, discreta, buena lectora, púdica y hábil pa-J
ra aplicar vejigatorios Comprendí entonces que j
si me había hecho una pintura tan sombría dej
la corrupción universal, sólo había sido para
que resaltaran mejor, por contraste, las virtu¬
des de la institutriz. Supe también que e! es-í
tablccimiento de la calle Demours estaba muyL
acreditado, era lucrativo y gozaba de públicaL
estimación. Para confirmar sus declaracior.esj
extendió su mano enguantada de lana negi
Después agregó;
—Estoy obligado, por mi profesión, a cono-J
cer el mundo. Un notario es, en cierto modo,»
un confesor. He creído mi deber, señor, traer-J
le ran buenos informes en el momento c
nna feliz casualidad le ha puesto a usted en ]
relación con la señorita Préfére. Sólo he de
agregar una cosa: esta señorita, que ignora
absolutamente el paso que acabo de dar, me ha I
hablado de usted el otro día en términos del
profunda simpatía. No podría repetirlos sinl
empequeñecerlos y, por otra parte, no podría 1
decírselos sin traicionar en cierto modo la |
confianza que ella me ha dispensado.
—No la traicione usted, señor —le respoi
di —, no la traicione. Si he de serle franct
ignoraba que la señorita Préfére me conocie-l
se por lo más remoto. De rodos modos, pues-1
to que tiene usted sobre ella la influencia de I
una antigua amistad, aprovecharé, señor, susl
buenas disposiciones para conmigo, rogándole!
que use de su influencia junto a su amiga en 1
favor de Juana Alexandre. Esa niña, pues se
u de una niña, está recargada de trabajo,
cípula y maestra a la vez, se fatiga dcina-
_j- temó que le hagan sentir excesivamente
| pobreza, y las humillaciones pueden acabar
Jrsoblcvar a su naturaleza generosa.
~ ¡ Ay! —me respondió Mouche —. Es con¬
genie prepararla para la vida. No estamos
| d mundo para divertimos y hacer cuanto
.. gs ocurra.
pastamos en el mundo —respondí vivamen-
- para complacernos en la belleza y en el
j, y hacer cuanto se nos ocurra, si lo que
ocurre es noble, espiritual y generoso.
■ educación que no ejercita la voluntad es
I educación que deprava las almas. Es pre-
- que ci instituto enseñe a tener voluntad.
- pareció advertir que Mouche me con-
como un pobre hombre. Muy seguro
|o que decía y con mucha calma, me rc$-
usted, señor, que la educación de
j pobres debe hacerse con mucha circuns-
xión y teniendo en cuenta el estado de de¬
cencia en que deben encontrarse en la so-
bd. ¿Usted no sabe acaso que Noel A-le-
e murió insolvente, y que su hija esta
> educada casi por caridad?
E-~Oh. señor! — exclamé —. No hay que de-
"lío. El decirlo es cobrarlo, y entonces deja
_* ser caridad. . .
-Ei pasivo de la sucesión - prosiguió el no-
BD- excedía al activo. Pero yo hice ji.gu-
b arreglos con los acreedores, en interes de
b menor.
I Se ofreció para darme explicaciones deta-
^hs; le hice gracia de ellas, incapaz de cont¬
ender los negocios en general y en panicu-
r los del señor .Mouche. El notario se aph-
i Ce nuevo a justificar el sistema de educa-
i de la señorita Préfére, y me dijo, como
i concluir: .....
—Nada se aprende divirtiéndose. _ #
_N'ada se aprende como no sea dtvirtiendo-
. respondí-. El arte de ensenar no es
‘ t más que el arte de despertar la curio-
^ en las mentes juveniles, para satisfacerla
■ seguida; y la curiosidad sólo es viva y sana
. |o¿ espíritus felices. Los conocimientos que
t inculcan a la fuerza, embotan las íntebgen-
cbs v las ahogan. Para digerir todo conoci-
£mtn es preciso haberlo deglutido con ape-
Conozco a Juana. Si esta niña estuviese
oooíbda a mí, haría de ella no una sabia, pues
. Lt quiero bien, sino una criatura brillante
■ inteligencia v de vida, V en la cual todas
l bellas cosas de la naturaleza y del arte se
ran con un dulce resplandor. Li haría
f en contacto con los bellos paisajes, con
i escenas ideales de la poesía y de la histo-
- c.n la música noblemente emotiva. Procu-
m hacerle amable todo lo que yo quisiera
e amase. No desdeñaría para ella los traba-
. acnija la elección de los tejidos, el
■o por los bordados v por las distintas ela-
s de encajes. Le regalaría un lindo perro y
, poney para enseñarla a gobernar a las
Bñnjns: le regalaría pájaros, para que apren-
, al criarlos, lo que vale una gota de
„ v una miga de pan. A fin de crear en
a una satisfacción más. querría que fuese ca-
a con alegría. Y, puesto que el dolor
..evitable, puesto que la vida está llena de
trias, le enseñaría la resignación cristiana
_ c nos eleva por encima de todas las miserias
dolor mismo le comunica una belleza. ¡He
«qui cómo entiendo yo la educación de una
pachacha!
-Es una opinión -respondió Mouche. |un-
r-,do sus dos guantes de lana negn.
Y se levantó,
[ —Comprenderá usted — le dije, acompa-
Üedole- que no pretendo imponer a la se-
t>rin Préfére mi sistema de educación, que
% particularmente mío y perfectamente incomi¬
ble con la organización de los pensionados
K .or dirigidos. Tan sólo le suplico la persua-
i pira que dé a Juana menos trabajo y mas
distracción, para que no la humille y para que
le conceda cuanta libertad espiritual y corpo¬
ral sea compatible con el reglamento de la
institución. .
Mouche me aseguró con una sonrisa palíela
y misteriosa, que mis observaciones no cae¬
rían en saco roto y que se las tendría en cuen¬
ta muy especialmente.
Por último, me hizo un ligero saludo y
se fué, dejándome en un extraño estado de
turbación y malestar. He tratado en mi vid3
personas de muy diversas clases, pero seme¬
jantes a este notario y a esta institutriz, nin¬
guna.
6 de julio.
Como me retrasé bastante con la visita de
Mouche, renuncié a ver a Juana aquella tar¬
de. Deberes profesionales me ocuparon el
resto de la semana. Aunque en la edad de
desentenderme de las cosas, estoy unido aún
por mil ligaduras a este mundo en el que me
ha tocado nacer. Presido academias, congre¬
sos, sociedades. Estoy abrumado de cargos
honoríficos; desempeño hasta siete, bien con¬
tados, en un solo ministerio. Las oficinas bien
quisieran deshacerse de mí, y vo bien qui¬
siera deshacerme de las oficinas. Pero la cos¬
tumbre es más fuerte que ellas y que yo,
y subo pasito a paso, las escaleras del Estado.
A espaldas mías, los viejos ujieres se seña¬
larán entre ellos mi sombra errante por los
corredores. Cuando se llega a una edad tan
avanzada, es muy difícil desaparecer. Sin em¬
bargo, ya es tiempo, como dice la canción,
de que me retire pensando en el fin.
Una vieja marquesa filósofa, amiga de Hel¬
vecio en su juventud, y que yo vi. cuando
tenia va muchos años en casa de mi padre,
recibió en su última enfermedad la visita de
un sacerdote que la quería preparar a bien
morir.
—¿Es muy necesario? —respondió ella—.
Veo que todo el mundo lo consigue perfec¬
tamente a las primeras de cambio. ,
Mi padre fué a verla poco tiempo después,
y la encontró en las últimas.
—Buenas tardes, amigo mío -le dijo ella,
al estrecharle la mano —; ahora vere si Dios
gana después de conocerle.
He aquí cómo morían las bellas amigas de
los filósofos. Esta manera de acabar no es
ciertamente de una vulgar impertinencia, y li¬
gerezas como ésta no se encuentran en la ca¬
beza de los tontos. Pero me desagradan. Ni
mis temores ni mis esperanzas están de acuer¬
do con tal modo de partir. Yo quisiera para
ese viaje un poco de recogimiento, y por
eso hará falta que piense, de aquí a algunos
años, en estar conmigo mismo, sin lo cual me
arriesgaría a que la... Pero, ¡chist!, que Ella,
al pasar, no se vuelva al oír su nombre. Toda¬
vía puedo, sin su ayuda, levantar mi fardo.
Encontré a Juana muv contenta. Me ha
contado que el jueves último, después de la
visita de su tutor, la señorita Préfére la había
libertado del reglamento, aligerándola, además,
de diversos trabajos. Desde este venturoso jue¬
ves, se pasea libremente por el jardín, at que
sólo le faltan las flores y el follaje. Y hasta
tiene facilidades para trabajar en su pequeño
e infortunado San Jorge.
Me dijo, sonriendo:
—Sé muy bien que es a usted a quien debo
todo esto.
Le hablé de otra cosa, pero advertí que no
me escuchaba con la atención que ella hu¬
biese querido.
—Noto que algo te preocupa - le dije —.
Dime lo que sea, que no es digno de ti ni
de mí el que haya ninguna reserva en nues¬
tra conversación.
Me respondió:
-¡Oh! Es verdad que pensaba en otra
cosa* mientras me hablaba. ¿Me perdona us¬
ted, no es cierto? Pensaba que es preciso que
LEOPLAN - 17
Un lector nos escribe: Un libro maravilloso me
resulta la "GUIA DE ENSEÑANZA". Usted
también tiene derecho a recibir gratuitamente
este libro. Yer última tapa.
la señorita Préfére le distinga a usted mucho
para que se haya vuelto de pronto tan buena
conmigo.
Y me miró con un aire a la vez risueño y
azorado que me causó risa.
—¿Eso te extraña? — le pregunté.
—Mucho — me respondió.
—¿Podrías decirme por qué?
—Porque no encuentro los motivos por los
que pueda usted ser Can agradable a la seño¬
rita Préfére.
—¿Tan repelente me hallas, Juana?
— ¡Oh, no! Pero verdaderamente no encuen¬
tro ninguna razón para que usted interese tan¬
to a la señorita Pré/crc. Y, sin embargo, usted
le interesa mucho, mucho. Me ha mandado lla¬
mar. y me ha hecho todo género de pregun¬
tas sobre usted.
—¿De veras?
—Sí; quería conocer sus intimidades. ¡Hasta
me ha preguntado la edad de su ama de llaves!
—¡Muy bien! -le dije—. ¿Y tú qué te ima-
ginas?
Permaneció un buen rato con los ojos fijos
en sus gastadas horas, como absorta en una
profunda meditación. Por último, levantando
la cabeza:
—Me preocupa — dijo—. ¿No es natural que
uno se inquiete por lo que no comprende?
Soy una aturdida, es cierto, pero espero que
por eso no desmereceré a sus ojos.
—Te aseguro que no, Juana.
Confieso que me contagió su preocupación,
y daba vueltas en mi vieja cabeza a este pen¬
samiento de aquella joven criatura: nos inquie¬
ta aquello que no comprendemos.
Pero Juana continuó, sonriendo:
—Me ha preguntado... ¿A que no adivina
usted?... Me ha preguntado si gusta usted
mucho de los buenos manjares.
—¿Y cómo has recibido tú ese chaparrón
de interrogaciones?
—Le he contestado: "Yo no sé nada, seño¬
rita”. Y la señorita me dijo: “Es usted ton¬
ta, criatura. Los menores detalles de la vida
de un hombre superior no deben escapar a
nuestra atención. Sepa usted, señorita, que el
señor Silvestre Bonnard es una de lai glorias
de Francia”.
—¡Demonio! —exclamé—. ¿Y tú qué pien¬
sas?
—Pienso que la señorita Préfére tiene ra¬
zón. Pero a mí no me impona... (compren¬
do que está mal que diga-esto); no me^mpor- ,
ta nada que la señorita Préfére tenga o no ra¬
zón en cualquier cosa que sea.
—Pues bien, Juana, puedes estar tranquila:
la señorita Préfére no tiene razón.
-¡Sí, sí, tiene razón! Pero yo desearía que¬
rer a todas las personas que usted quiere, a
todas sin excepción, y esto no será posible, -
pues jamás podré querer a la señorita Préfére. J
—Escúchame, Juana — le respondí gravemea- «
te -. La señorita Préfére es ahora buena con¬
tigo, sé tú buena con ella.
Con un tono seco, me respondió:
—Es muv fácil a la señorita Préfére ser bue¬
na conmigo: a mí me será muy difícil ser
buena con ella.
Dando aún más gravedad a mi lenguaje, le
respondí:
—Hija mía, la autoridad de los maestros CS
sagrada. Tu directora representa junto a ti
a la madre que has Rerdido. f «
Apenas dije esta solemne tontería, cuando
me sentí cruelmente arrepentido. La mucha¬
cha palideció, sus ojos se inflamaron.
78 » LEOPLAN
—¡Oh! -exclamó—, ¿Cómo ha podido us¬
ted decir semejante cosa?
Sí, ¿cómo puede yo decir aquello?
Juana repetía:
' —¡Mamá! ¡Mi mamá querida! ¡Mi pobre
mamá!
El azar nvc impidió ser un estúpido hasta
el fin. No se cómo, lo cierto es que pareció
que iba a echarme a llorar. A mi edad ya no
se llora. Fué una tos maligna la que llenó
de lágrimas mis ojos. Esto se prestaba a equi¬
vocaciones, y Juana se equivocó. ¡Oh! ¡Que
pura, que radiante sonrisa brilló entonces bajo
sus bellas pestañas mojadas, como el sol en
las ramas, después de una lluvia de verano!
Nos estrechamos las manos y quedamos así
largo tiempo, sin decimos nada, felices.
—Hija mía — hablé yo al fin -; soy muy
viejo y me han sido revelados muchos secre¬
tos de la vida, que tú irás descubriendo poco
a poco. Créeme: el porvenir está hecho del
jasado. Todo lo que hagas por vivir buena¬
mente aquí, sin odio y sin amargura, te ser¬
virá para vivir un día en paz y dichosa en tu
casa. Procura ser dulce y aprende a sufrir.
Cuando se sufre con conformidad se sufre
menos. Si llegara un día en que tuvieses un
verdadero motivo de queja, yo estaría aquí
para atenderla. Si alguien ^¿ofendiese a ti,
nos sentiríamos igualmente ofendidos la seño¬
ra de Gabry y yo.
—¿Su salud sigue siendo buena, mi querido
señor?
Quien me hacía esta pregunta, acompañán¬
dola de una sonrisa, era la señorita Préfcre,
que había llegado cautelosamente hasta nos¬
otros. Lo primero que se me ocurrió fue man¬
darla a todos los diablos; lo segundo, com¬
probar que su boca estaba tan hecha para son¬
reír como una cacerola para tocar el violín;
lo tercero, corresponder a su fineza y decirle
que esperaba que ella se encontrase bieri.
Envió a la muchacha a que se paseara por
el jardín; después, con una mano sobre la
pelerina y la otra extendida hacia el cuadro
de honor, me señaló el nombre de Juana Ale¬
jandre escrito con letra redondilla a la cabeza
de la lista.
—Con verdadero placer — 1c dije — veo que
está usted satisfecha de la conducta de esa
criatura. Nada puede ser para mí más agra¬
dable, y me inclino a atribuir este feliz resul¬
tado a su afectuosa vigilancia. Me he tomado
la libertad de hacerle enviar algunos libros
que pueden interesar a instruir a las mucha¬
chas. Usted juzgará, después de echarles un
vistazo’ si cree oportuno dárselos a la señori¬
ta Alexar.dre y a sus compañeras.
La gratitud de la directora del pensionado
llegó hasta el enternecimiento, y se manifestó
en un chaparrón de palabras. Para acabar
con ellas, la interrumpí:
—Tenemos hoy un hermoso día.
—Sí — me respondió —; y si el buen tiempo
continúa, mis queridas niñas podran disfrutar
de él.
—Se refiere usted, sin duda, a las vacacio¬
nes. Pero la. señorita Alexandxe, como no
tiene familia, no saldrá de aquí. ¿Qué hará
ella, Dios mío, en esta gran casa vacía?
—Le daremos cuantas distracciones sean po¬
sible-:. llevaré a los muscos y...
Vaciló un momento, y agregó, ruborizán¬
dose:
—.. .y a su casa, sí usted nos lo permite.
—¡Oh, sí! —exclamé-. Magnífica idea.
Nos separamos muy amigos el uno del otro.
Yo, porque había obtenido de ella lo que de¬
seaba; ella de mí sin motivo aparente, lo cual,
según Platón, coloca a la amistad en el más
alto grado de la jerarquía de las almas.
Con todo, introduje a esta mujer en mi
casa con un mal presentimiento. Hubiese de¬
seado que Juana estuviese en otras manos. El
señor Mouche y la señorita Préfére son dos
espíritus que no concuerdan con el mío. Ja¬
más sé por qué dicen lo que dicen, ni por
qué hacen lo que hacen; hay en ellos miste¬
riosas profundidades que me conturban. Tenía
razón Juana en lo que me dijo: nos inquieta
aquello que no comprendemos.
¡Ay! A mis años se sabe de sobra lo poco
inocente que es la vida; como se sabe también
hasta qué punto se pierde esa inocencia vi¬
viendo mucho, y que sólo en la juventud so¬
mos confiados.
¡6 de agosto.
Las esperaba. La verdad es que las espe¬
raba con impaciencia. Para convencer a Te¬
resa de que las dispensase una buena acogida,
empleé todo m¡ arte de insinuar y de agra¬
dar, pero no fué bastante. Llegaron. Juana
estaba, os lo aseguro, muy pimpante. No es
su abuelita, ciertamente; pero hoy, por prime¬
ra vez, me he dado cuenta de que tiene una
fisonomía agradable, cosa que en este mundo
es muy útil para una mujer. Juana sonreía,
y la ciudad de los libros se llenó de júbilo.
Espié a Teresa, para ver si sus rigores de
vieja guardiana se suavizaban en presencia de
la muchacha. La vi fijar en Juana sus ojos
empañados, su rostro de piel fláccida, su boca
hundida, su puntiagudo mentón de vieja hada
autoritaria. Y eso fué todo.
La señorita Préfcre, vestida de azul, avan¬
zaba. retrocedía, saltaba, trotaba, gritaba, sus¬
piraba,^ bajaba los ojos, levantaba los ojo?, se
deshacía en finezas, no se atrevía, se atrevía,
no se atrevía a nada más, volvía a atreverse,
hacía una reverencia, en fin, un puro dengue.
— ¡Qué de libros! —exclamaba—. ¿Y los ha
leído usted todos, señor Bonnard?
— ¡Ay, sí! — le respondí —. Y ésa es la causa
de que no sepa nada de nada, pues no hay
uno de estos libros que no desmienta al otro,
de suerte que, cuando se los ha leído a todos,
no se sabe qué pensar. Este es mi caso, seño¬
rita. \
La señorita Préfcre llamó a Juana para co¬
municarle sus impresiones, pero la muchacha,
que estaba mirando por la s emana, nos dijo:
—¡Qué lindo! ¡Cómo me gusta ver el río!
¡Hace pensar en tantas cosas!
La señorita Préfére se había quitado el som¬
brero, descubriendo una frente ornada de bu¬
cles rubios, y mi sirvienta tomó bruscamente
el sombrero, diciendo que no le gustaba ver
nada rodando por los muebles. Después se
acercó a Juana y le pidió “sus trapos'’, lla¬
mándola su señorita. La señorita le dió su
manteleta y su sombrero, descubriendo un
cuello gracioso y un busto redondeado, cuyos
contornos se destacaban netamente sobre la
viva luz de la ventana; y yo hubiese deseado
que en aquel momento la contemplara alguien
más que una vieja criada, la directora de un
pensionado, rizada como un borrego, y un
infeliz archivero paleógrafo.
—¿Miras cómo el Sena brilla al sol? — le
dije.
—Sí —me respondió, acodada en la baran¬
dilla —. Se diría una llama que corre. Pero
mire allá lejos, qué frescura tiene en aquel
ribazo, bajo los sauces que se reflejan en él.
Ese rinconcitó me gusta más que todo el resto.
—¡Vaya! —respondí—. Veo que el río tie¬
ne para ti su encanto. ¿Qué dirías tú, si con
el consentimiento de la señorita Préfcre, fué¬
ramos a Saint-Cloud en una lancha a vapor
que, seguramente, encontraríamos en Pont-
Royal?
Juana estaba muy contenta con mi idea, y
la señorita Préfére* dispuesta a todos los sa¬
crificios. Pero mi sirvienta no consentía en
dejarnos marchar así. Me condujo al comca-
dor, donde la seguí temblando.
—Señor — me dijo, cuando estuvimos so¬
los—. No piensa usted en nada, y es preciso
que sea yo la que esté en todo. Afortunada¬
mente tengo buena memoria.
No me pareció oportuno destruir aquella
ilusión temeraria. Y continuó:
-¡Muy l __ __
lo que le gusta a la señorita? Usted, !
es muy difícil de contentar, sí, señor,
difícil; pero al menos sabe usted lo que
bueno. No es como las jovencitás: no cnti
den de cocina. Con frecuencia lo mejor
lo que encuentran peor, y lo malo les pare
bueno, porque no tienen hecho todavía el gT
to, hasta el punto de que no sabe una i¿ic 1
cer para ellas. Dígame si a la señorita 1c gi
tan los pichones con guisantes y las ftirar
—Mi querida Teresa —le respondí—, ha*
usted lo que le parezca mejor, que sega
mente le gastara. Estas damas sabrán cono
tarse con lo que nosotros comemos a d¡ai
Teresa respondió secamente:
—Señor, yo le hablo de la señorita jove
no está bien que se vaya de la casa sin hab
disfrutado de algo. En cuanto a la vieja’
zada, si mi comida no le gusta, que se cha
el dedo. Me tiene sin cuidado.
Con el alma sosegada volví a la ciudad
los libros, donde la señorita Préfére ha
crochet tan- tranquilamente, que se hubiera i
cho se encontraba en su casa. Nada faltó p
que lo creyera yo mismo. La verdad es <
tenía poco sitio en,el rincón de la ventat
pero había elegido tan bien su silla y su
bu rete, que estos muebles parecían hechos p
ella.
Juana, por el contrario, dirigía a los líhr
y a los cuadros una larga mirada, que paree
casi un afectuoso adiós.
—Toma — le dije —, distráete hojeando t
libro, que seguramente te gustará, porque t
ne grabados muy bonitos.
Y abrí ante ella la compilación de traj
de Vcccllio; no la copia vulgar, pobrenici
ejecutada por artistas modernos, sino un ma
nífico y venerable ejemplar de La edición prí
cipe, noble al igual que las nobles damas qu
figuran sobre sus hojas amarillentas y r~ uí
bellecidas por el tiempo.
Ojeando los grabados, Juana me dijo co
una ingenua curiosidad:
—Hablábamos de un paseo, y me ofre
usted un viaje, un gran viaje.
—Pues bien, señorita — le dije —, es ncc<
rio instalarse cómodamente para viajar. E
sentada en un rinconcito de tu silla, que hace
apoyar en una sola pata, y el Vcccllio det
fatigar tus rodillas. Siéntate bien, con la j
bien aplomada ^' el libro sobre la mesa.
Me obedeció sonriendo, y me dijo:
—Mire usted, qué traje más precioso. (Eí
el de una dogaresa.) ¡Qué nobleza tiene
qué magnificas ideas sugiere! ¡Es hermoso i
lujo!
—No debe usted tener semejantes ideas, s
ñorita - dijo la directora del internado, le
vanrando de su labor su naricilla imperfect
—Es bien inocente — le respondí —. Hay a
mas lujosas, que tienen e! gusto innato de i
magnificencia.
La naricilla imperfecta se bajó al instan»
—A la señorita Préfére también le gusta
lujo — dijo Juana —. Recorta papeles trao
parentes para las lámparas. Es un lujo econá
mico, pero no deja por eso de ser un lujo
De nuevo en Vcnceia, trabábamos con»
cimiento con una patricia vestida con una dal
marica bordada, cuando sonó la c3mpanill
Creí que sería algún proveedor con su cest
cuando la puerta de la ciudad de los libro
se abrió y... No hace mucho deseabas. vicj<
SQvestrc Bonnard, que otros ojos que no fue
ran los tuyos, con gafas y cansados, viesen
tu protegida en toda su gracia; tus deseos :
han cumplida de la manera más insospechadá
Y, como al imprudente Teseo, una voz f
dice:
Temed, señor, temed que el cielo riguroso
no os aborrezca tamo que c¡nnp!a vrtcstro
[deseos,
Se abrió la puerra de la ciudad de los libros
y apareció en ella un hombre joven y guapo,
introducido por Teresa. Esta vieja alma, en su I
.Jad, sólo sabe abrir o cerrar la pucr-
s gentes; nada sabe de las finezas de la
mara o el salón. No entra en sus cosrum-
1 anunciar ni el hacer esperar. Deja a
'cantes en la escalera o los hace pasar
i miramientos
e aquí, pues, al joven que ella conducía, y
• yo no podía verdaderamente hacer en-
; de inmediato en la habitación vecina,
, a un animal peligroso. Esperé que se
ara, cosa que hizo con desenvoltura, si
k me pareció que se fijaba en la muchacha
. molinada sobre la mesa, ojeaba el Vece-
Le miré con atención: o mucho me enga-
i o le había visto ya en otra parte. Se
k Gelis. He aquí un nombre que he oído
jo sé donde. El hecho es que Gelis tiene
f buena figura. Me dice que está en tercer
k la Escuela Diplomática, y que prepara
_■ hace quince o diez y ocho meses su
5 de grado, cuyo asunto es el estado de las
benedictinas en 1700. Acaba de leer
t trabajos sobre el Momtsticon y está per¬
dido de que no puede terminar debidamen-
1 tesis sin mis consejos, en primer lugar,
ia cierto manuscrito que yo tengo en mi
r v que no es otro que el registro de cuen-
t la abadía de Citeaux de 1683 a 1704.
wés de informarme sobre estos puntos,
ígó una carta de recomendación fir-
_ r r el más ilustre de mis cofrades.
Ü fin caigo en la cuenta: Gelis es el mismo
ue el año pasado me trató de imbécil
. _js castaños. Habiendo desdoblado su
iée recomendación, pienso:
' . ah! ¡Qué lejos estás tú, desgraciado,
oner que te he oído y que sé lo que
„_ i de nú..., o al menos, lo que pensa-
|aquel día, pues las cabezas jóvenes son
y tornadizas! ¡Eres mío, joven imprudente!
*—l metido en lá cueva del león, pero tan
.adámente, que el viejo león sorprendi¬
do sabe qué hacer con su presa. ¿Pero tú,
O kóo, no serás verdaderamente un imbécil. 3
» lo eres, lo fuiste. Fuiste un estúpido al
r atención a lo que decía Gelis al pie de
ia de Margarita de Valois; dos veces
_j al escucharle, y tres veces estúpido
» haber olvidado lo que más te valiera no
r oído.”
Tns de reprender así al viejo león, le exhor-
g a «pw se mostrara clemente. No se hizo ro-
r macho y bien pronto se puso tan con-
X que hubo de contenerse para no es-
r en gozosos rugidos,
r h forma en que Leía la carta de mi
* podía creer que lo hacía deletreando.
_► unto mi lectura, que Gelis hubiera po-
» íburrirme, si no tomara su mal con pa¬
ciencia, contemplando a Juana, que de vez en
cuando volvía la cara-hacia nosotros. No es
posible permanecer inmóvil, ¿no es cierto? La
señorita Préfére se arreglaba sus bucles, y su
pecho se levantaba con pequeños suspiros. De¬
bo decir que yo mismo he sido honrado con
frecuencia con estos pequeños suspiros.
—Señor — dije, doblando la carta —, me sa¬
tisface mucho poder serle útil. Se ocupa usted
de investigaciones que a mí me han interesado
vivamente. He hecho lo que he podido. Sé
lo mismo que usted — y aun mejor que us¬
ted — cuánto queda aún por hacer. El ma¬
nuscrito que usted me pide está a su disposi¬
ción. Puede llevárselo, aunque no es de los
más pequeños, y me temo...
—¡Ah, señor! — me dijo Gelis —. Los grue¬
sos volúmenes no me dan miedo.
Rogué al joven que me esperase y fui a un
gabinete vecino a buscar el manuscrito que de
pronto no encontré y que desesperaba de en¬
contrar cuando me di cuehta, por seguros in¬
dicios, de que mi sirvienta había puesto orden
en mi gabinete. Pero aquel manuscrito era tan
grande y tan voluminoso que Teresa no había
podido hacerlo desaparecer por completo. Lo
levanté con esfuerzo, y tuve el gusto de ha¬
llarlo todo lo pesado que convenía a mis deseos.
—Espera, amigo mío — me dije con una son¬
risa que debía ser por demás sarcástica —, es¬
pera. Ya verás cómo te abruma con su peso,
fatigando primero tus brazos y después tu
cabeza. Es la primera venganza de Silvestre
Bonnard. Ya nos veremos.
Cuando volvía a la ciudad de los libros, oí
a Gehs que decía a Juana: "Las venecianas se
teñían el cabello con una tintura rubia. Usaban
el rubio de miel y el rubio de oro. Pero hay
cabellos cuyo color natural es mucho más bello
que el de la miel y’el del oro", Y Juana res¬
pondía con un silencio pensativo y concen¬
trado. Adiviné que se trataba del bribón de
Vccellio y que, inclinados sobre el libro, ha¬
bían contemplado juntos a la dogaresa y a las
patricias
Aparecí con mi enorme libróte, pensando
en la cara que pondría Gelis. Era la carga de
un mozo de cuerda y yo tenía los brazos do¬
loridos. Pero el joven lo levantó como una
pluma y lo metió bajo su brazo, sonriendo.
Después me dió las gracias con esa brevedad
que tamo me agrada, me recordó que tendría
necesidad de mis consejos, y tras quedar de
acuerdo en el día en que habríamos de ver-
nos, se marchó saludándonos a todos con la
mayor desenvoltura dd mundo...
Dije:
—Es muy gentil este muchacho.
Juana volvió algunas hojas del Vecellío y
no contestó.
Fuimos a Saint-CIoud.
Septiembre-Diciembre.
Sus visitas se han sucedido con una exacti¬
tud por la que estoy profundamente agrade¬
cido a la señorita Préfére, que ha acabado por
tener su rincón en la ciudad de los libros.
Ahora dice: nú silla, mi taburete, mi costu¬
rero. Su costurero es una tablita de la que ha
expulsado a los poetas cbampañeses para poner
el saco de su labor. Es muy amable y sería
preciso que yo fuera un monstruo para 1
quererla. La sufro en todo el rigor de la pa¬
labra. ¿Pero, qué no sufriría yo por Juana?
Ella da a la ciudad de los libros un encanto
del cual gusto en el recuerdo cuando se mar¬
cha. Es poco instruida, pero tan admirable- .
mente dotada, que cuando quiero enseñarle algo
bello, resulta que yo no lo había visto ja¬
más y que es ella quien me lo hace ver. Si
basta ahora me ha sido imposible hacerla se¬
guir el curso de mis ideas, con frecuencia en¬
cuentro placer en seguir el espiritual capri¬
cho de las suyas.
Un hombre más sensato que yo pensaría en
hacerla útil. ¿Pero no es útil en este mundo el
ser amable? Sin ser bonita, es encantadora. En¬
cantar vale tanto acaso como el zurzir medias.
Por otra parte, yo no soy inmortal, y ella
sin duda no será todavía tan vieja cuando mi
notario (que no es precisamente Mouche) le
lea cierto papel que yo he firmadb hace
poco.
No quiero que nadie más que yo la proteja
y la dote. No soy rico y la herencia paterna
no se ha acrecentado cñ mis manos. No se
amasan escudos compulsando viejos textos. Pe¬
ro mis libros, al precio 3 que se vende hoy esta
noble mercancía, algo valen. Hay sobre estos
estantes muchos poetas del siglo XVI que los
banqueros disputarán a los príncipes. Y yo
creo que estas Horas de Simón Vostrc no pa¬
sarán inadvertidas en el hotel Silvestre. Jo
mismo que esas Preces piae que pertenecieron
a la reina Claudia. He tenido buen cuidado
de reunir y de conservar todos estos ejempla¬
res raros y curiosos que pueblan la ciudad de
los libros, y he creído durante mucho tiempo
que eran can necesarios a mi vida como el aire
y la luz. Los he querido bien, y aun hoy día
no puedo dejar de sonrcirles v de acariciarlos.
¡Estos Tafiletes son tan agradables a la vista y
estas vitelas ran suaves al tacto! No hay uno
solo de estos libros que no sea digno, por al¬
gún mérito singular, de la estimación de un
80 - LEOPLAN.
"hombre espiritual. ¿Que otro dueño sabrá
apreciarlos en todo lo que valen? ¿Sé tan si¬
quiera si un nuevo propietario no los dejará
perecer en el abandono, o no los mutilará por
un capricho de ignorante? ¿En qué manos
caerá este incomparable ejemplar de la Histo¬
ria de la abadía dé Sairtt-Gen/iain-des-Préi,
en cuyos mágenes el autor mismo, Dom Jaco-
bo Bouillardi puso con su propia mano notas
sustanciales?... Bonnard, eres un viejo loco.
Tu cocinera, pobre criatura, está hoy clavada
en su cama por un tremendo reumatismo. Juana
tiene que venir con su “carabina” y, en lugar
de prepararte para recibirlas, piensas en mil
boberías. Silvestre Bonnard, tú no llegarás nun¬
ca a nada, yo te lo digo.
Y precisamente desde mi ventana las veo
que bajan del ómnibus. Juana salta como una
gata y la señorita Préfcre se confia a los ro¬
bustos brazos del conductor, con las gracias
púdicas de una Virginia escapada nuevamen¬
te del naufragio y resignada esta vez a dejar¬
se salvar. Juana levanta la cabeza, me ye, y
me hice una imperceptible seña de amistosa
confianza. Me doy cuenta de que es bella. Me¬
nos bella que su- abuelita. Pero su encanto es la
alegría y el consuelo del viejo loco que soy
yo. En cuanto a los jóvenes locos (todavía se
encuentran), no sé lo, que ellos pensarán; no
es cuenta tría... ¿Pero es. necesario repetirte,
Bonnard, amigo nno, que tu sirv ienta está en la
cama y que tú debes ir por ti mismo a abrir
la puerta?
Abre, infeliz Invierno..., es la Primavera
quien llama.
Es Juana, en efecto; Juana, que llega muy
sonrosada. A la señorita Préférc, le falta toda¬
vía un piso que subir, sofocada e indignada,
para lle«ar al descansillo.
Les expliqué el estado de mi sirvienta y les
propuse que comiéramos en un restaurante.
Pero Teresa, todo poderosa aun en su lecho de
dolor, decidió que debíamos comer en la casa.
Según ella Jas gentes decentes no comían ja¬
mas en el restaurante. Por otra parte, ella lo
tenía todo previsto. La compra estaba hecha
y la portera se encargaría de preparar la co¬
mida.
La atrevida Juana quiso ir a ver si la vieja
enferma necesitaba algo. Como pueden uste¬
des imaginarse, fué rápidamente enviada de
nuevo al salón, aunque no con tanta rudeza
como yo me temía.
—Si tengo necesidad de que me sirvan, no lo
quiera Dios —le respondió—, buscare a al¬
guien que sea menos chiquilla que tú. Necesito
descanso. Es una mercancía de la que tú no tic-
f nes un puesto en la feria, que se titula: ¡chi-
tón! Ve a divertirte y no sigas aquí. Es malsa¬
no: la vejez se contagia.
Repitiéndonos sus palabras, Juana agregó
que le gustaba mucho la manera de hablar de
la vieja Teresa. Por este motivo, la señorita
Préfcre la reprochó d tener gustos poco dis¬
tinguidos. Procuré justificarla con el ejemplo
de tantos buenos artífices del idioma, que
buscaban sus maestros entre los cargadores del
puerto y entre las viejas lavanderas. Pero la
señorita Préfére tenía predilecciones dema¬
siado selectas para avenirse a mis razones.
Mientras ramo, Juana, con gesto suplican¬
te, me pidió por favor que le permitiera po¬
nerse un delantal blanco e ir a la cocina para
ocuparse de la comida.
-Juana — le respondí con la gravedad de
un dueño de casa -, creo que si se trata de
rnmpcr platos, desportillar fuentes, abollar ca¬
cerolas y desfondar ollas, la sórdida criatura
que Teresa ha puesto en su lugar en la cocina
se basta y se sobra, pues me parece oír allí en
este momento inidos desastrosos. Sin embargo,
yo te propongo, Juana, la preparación del pos¬
tre. Bu*.a un delantal blanco; te lo atare yo
mismo.
En efecto, yo ic aré solemnemente el delan¬
tal al talle y se lanzó a la cocina para prepa¬
rar, como después comprobamos, los más deli¬
cados manjares.
No pude alabarme de haber tomado esta
disposición, pues la señorita Préfére, en cuanto
se quedó sola conmigo, adoptó una actitud in¬
quietante. .Me miró con los ojos llenos de lá¬
grimas y de fuego y dió enormes suspiros.
-Lo compadezco —me dijo—. Un hombre
como usted, un hombre selecto, vivir solo con
una criada grosera (porque incontestablemen¬
te es grosera). ¡Qué existencia tan cruel! Usted
tiene necesidad de descanso, de miramientos,
de atenciones, de cuidados de todo genero;
puede usted caer enfermo. Y no habra mujer
que no se sienta honrada de llevar su nombre y
compartir su existencia. ¡Oh, no, no puede
haberla! Me lo dice el corazón.
Y apretó con sus dos manos aquel corazón
siempre pronto a escaparse.
Yo estaba literalmente desesperado. Procuré
demostrar a la señorita Préfcre que no pensa¬
ba variar el curso de mi vida ya muy avanza¬
da y que así era rodo lo feliz "que podía serlo,
de acuerdo con mi naturaleza y mi destino.
— ¡No! Usted no es dichoso — exclamó ella—.
Para eso necesitaría cerca de usted un alma ca¬
paz de comprenderlo. Salga usted de su cnsi-r
mismamieiuo, vuelva los ojos a su alrededor.
Tiene usted numerosas relaciones, buenas amis¬
tades. No se puede ser miembro del Instituto
sin frecuentar la sociedad. Vea usted, juzgue,
compare. Una mujer sensata no le rehusaría su
mano. Yo soy mujer, caballero; mi instinto no
me engaña nunca; hav algo que me dice que
encontrará usted la felicidad en el matrimonio.
¡Las mujeres son tan adictas, tan cariñosas (no
todas, se comprende, pero algunas sí)! ¡Y ade¬
más, son tan sensibles a la gloria! A su coci¬
nera le faltan ya las fuerzas, es sorda, está acha¬
cosa. ¡Si se enfermara usted durante la noche!
¡Tiemblo sólo de pensarlo!
Y temblaba realmente; cerraba los ojos, apre¬
taba los puños, pataleaba. Mi abatimiento era
extremado. Con qué formidable ardor conti-
— ¡Su salud! ¡Su preciosa salud! Daría con
placer toda mi sangre por conservar los'dias
de un sabio, de un literato, de un hombre de
mérito, de un miembro del Instituto. Yo des¬
preciaría a una mujer que no fuera capaz de
hacer esto. Verá usted: conocí a la mujer de
un gran matemático, un hombre que llenaba
innumerables cuadernos de cálculos, con los
que atestaba los armarios de la casa. Estaba
enfermo del corazón y se desmejoraba a ojos
vistas. Y yo observaba a su mujer muy tran¬
quila a su lado. Hasta que no pude contener¬
me y un día le dije: "Pero, amiga mía. no
tiene usted corazón. Fn su lugar, yo haría...,
yo haría... ¡No sé lo que yo haría!”
Se calló extenuada. Mi situación era terrible.
No podía ni soñar siquiera en decir a la seño¬
rita Préfcre’ claramente lo que pensaba de sus
consejos, pues regañar con ella significaba per¬
der a Juana. Tome, por consiguiente, la cosa
con dulzura. Por otra parte, ella estaba en mi
casa: esta reflexión me ayudó a guardarle cier¬
tas consideraciones.
—Soy demasiado viejo, señorita —le respon¬
dí —, y me temo que sus advertencias me lle¬
guen un poco tarde. Pero pensaré en ello. En
tanto, cálmese. Convendría que tomara usted
un vaso de agua azucarada.
Con gran sorpresa mía, estas palabras la cal¬
maron súbitamente, v la vi sentarse con tran¬
quilidad en su rincón, junto a su costurero,
sobre su silla, los pies sobre su taburete.
1 .a comido no estaba muy bien que digamos.
La señorita Préfcre. perdida en un sueño, no se
dió cuenta. De ordinario son muy sensibles a
esta clase de contratiempos; pero éste causó a
Juana tanta alegría, que yo mismo acabé por
divertirme con el. A mi edad aun no sabia que
un pollo quemado por un lado y crudo por
el otro fuese algo cómico; me lo enseñaron las
claras risas de Juana. Aquel pollo nos hizo de¬
cir mil cosas ingeniosas que he olvidado y al
cabo hasta me pareció encantador que no e
viera asado convenientemente.
La comida terminó no sin cierta gracia, cuan
do Juana, con su delantal blanco, delgada y tic
sa, presentó la fuente de huevos a la nieve qu
ella misma había preparado. En su baño de oí
pálido, brillaban con el más cándido fulgí
y difundían un fino olor a vainilla. Y lo
puso sobre la mesa con la gravedad de una
cocinera de Chardin. (:
En el fondo de mi alma yo estaba profun
damente inquieto. Me parecía poco menos qw
imposible mantenerme mucho tiempo en bue¬
nas relaciones de amistad con la señorita Prc
fére, cuvos furores matrimoniales habían es
tallado. Y marchándose la profesora, ¡adiós 1
alumna! Aproveché un momento en que 1
buena señora había ido a ponerse el abrigo, pai
preguntar a Juana que me dijera con exac
titud qué edad reñía. Me dijo que diez y ocb
años v un mes. Conté con los dedos y me con
vencí de que no sería mayor de edad antes d
dos años y once meses. ¿Cómo pasar todo esr
tiempo?
Al separamos, la señorita Préfére me min
con tal expresión que temblé de pies a cabeza
—Hasta pronto — dije gravemente a la chi
quila —. Pero escúchame: tu amigo es viej<
y te puede faltar. Prométeme que no te falta¬
rás nunca a ti misma y estaré "tranquilo. ¡Que
Dios te guarde, hija mía!
Después de cerrar la puerta tras ella, abrí 1
ventana para verla marcharse. I.a noche era o®
cura y sólo divisé sombras confusas que se des¬
lizaban en la negrura del muelle. El zumb¡d<
inmenso y sordo de la villa subía hacia mí, ;
sentía oprimido el corazón.
15 de diciembre. 1
El rey de Thulé conservaba una copa de
oro, que su amante le había dejado como re¬
cuerdo. Poco antes de morir y comprendiendo!
que había bebido en ella por última vez, arro¬
jó la copa al mar. Guardo este cuaderno de
recuerdos como el viejo príncipe de los mar
res brumosos guardaba su copa cincelada, y Id!
igual que él hundió su joya de amor en los
abismos de las olas, yo quemaré este libro de
memorias.
La verdad es que no destruiré este monu¬
mento de una vida humilde, por una altiva
avaricia y por un orgullo egoísta; pero teme¬
ría que I3S cosas que me son queridas y sagra¬
das resultaran, por falta de arte, vulgares y ri¬
diculas.
No digo esto a propósito de lo que va a
continuación. Me encontraba verdaderamente
en ridículo cuando, invitado a comer por la
señorita Prcfcre, me senté en una otomana
(era en realidad una otómana) a la derecha de
una persona tan inquietante. La mesa estaba
puesta en un saloncito. Platos desportillados,
vasos descabalados, cuchillos con el mango des¬
pegado. tenedores con los dientes amarillos;
no faltaba nada de lo que puede quitar el
apetito a una persona delicada.
Se me advirtió que la comida estaba prepa¬
rada para mí. exclusivamente para mí. aunque
Moucne asistiese también a ella. Sin duda la
señorita Préfcre se imaginó que yo tenía, con
respecto a la manteca, gustos de Sármata, pues
la que me ofreció estaba extremadamente ran¬
cia.
El asado acabó de envenenarme. Pero tuve el
placer de oír a Mouclie y a la señorita Préfére
hablar de la virtud. Digo el placer y debía
decir la vergüenza, pues los sentimientos que
expresaron están muy por encima de mi gro¬
sera naturaleza.
Lo que dijeron me probaba con claridad me¬
ridiana. que la abnegación era para ellos como
el pan de cada día y que el sacrificio les era tan
necesario como el aire y el agua. Viendo que
yo no probaba bocado, la señorita Préfcre
hizo mil esfuerzos por vencer lo que ella, con
excesiva bondad, llamaba mi discreción. Juana
LEOPLAN - 81
participaba de nuestra fiesta porque, según
dijeron, su presencia, contraria al regla-
ato, hubiera quebrantado la igualdad que
necesario mantener entre todas las alunmas.
j desolada sirvienta, nos presentó un exi-
> postre y desapareció como una “sombra.
ji tunees, la señorita Préfére contó a ¡Vlou-
> con grandes transpones, todo cuanto ella
(«hía dicho en la ciudad de los libros, mien-
> mi criada estaba en la cama. Su admira-
n por un miembro del Instituto, sus temo-
de verme enfermo y solo, su certidumbre
que una mujer inteligente se sentiría con-
i y orguliosa de companir mi existencia;
t omitio, agregando — por el contrario —
t locuras. Mouche aprobaba con la ca-
_ en tanto cascaba avellanas. Y, cuando
l terminó su perorata, le preguntó con una
dable sonrisa lo que yo había respondido.
a señorita Préfére, con una mano sobre el
jrón y la otra extendida hacia mí, exclamó:
-¡Es tan afectuoso, tan superior, tan bueno
a grande! Me respondió... Pero yo no
fa, simple mujer, repetir las palabras de
miembro del Instituto: bastará con que
i. Me respondió: “Sí, la comprendo y
_;ndo ésto, me agarró una mano. Mouche
:vantó, muy emocionado, y me agarró la
¡. mano.
0 felicito, señor — me dijo.
^pinas veces he tenido miedo en mi vida,
> jamás había experimentado Un horror de
««raleza, tan repugnante,
aprendí mis manos de las suyas y, ievan-
mc para dar a mis palabras toda la gra-
1 posible:
lora — le dije —: sin duda me habré ex-
> mal en mi casa o }a he entendido mal
l En los dos casos es necesaria una decla-
i muy clara v terminante. Permítame us-
, señora, hacerla ahora mismo. No, yo no
Je comprendido-, no, yo no he aceptado na-
. Ignoro en absoluto en qué mujer ha pen-
*-i usted para mí, si es que ha pensado en
aa. En cualquier caso, no tengo el propósi-
e casarme. A mi edad sería una locura im-
uble, y aun no puedo imaginarme cómo,
jersona sensata como usted, me lo haya
_j> aconsejar. Me inclino a creer que yo
t engaño y que usted jamás me lia dicho na-
l semejante. En este caso, perdone usted a
i viejo que no tiene costumbres de socie-
poco hecho al lenguaje de las damas y
do por su error.
jehe volvió de nuevo a su sitio, muy Icn-
!e; donde, a falta de avellanas; se dedicó
_jir un corcho,
i señorita Préfére, después de haber fija-
j mí algunos instantes unos ojillos redon-
r secos, que aun no le conocía, recobró
ilaura y su gracia acostumbradas. Y con
xlosa, exclamó:
..T-stos sabios’ ¡Estos hombres de gabinete!
í’como los niños. Sí, señor Bonnard, es us-
i verdadero niño.
»oés, volviéndose hacia el notario, que
;e ía quieto, la nariz sobre el corcho:
,_i! ¡No le acuse usted! — 1 c dijo con
i voz suplicante —. ¡No le acuse usted! No
e mal de él, se lo ruego. ¡No piense mal!
Iré que pedírselo de rodillas?
íclie examinó su corcho por todos la-
; como única respuesta.
> estaba indignado. A juzgar por el calor
X sentía en la cabeza, mis mejillas debían es-
r extraordinariamente rojas. Y esro me hizo
nmrender las palabras que oí entonces a cra-
: del zumbido de mis sienes.
—Me asusta nuestro pobre amigo. Haga us-
I el favor de abrir la ventana, señor Mouche.
t parece que no le vendría mal una compre-
t de árnica.
a la calle con oij indecible sentimiento
Higrtancia y de terror.
so de diciembre.
Estuve ocho días sin oír hablar de la insti¬
tución Préfére. No pudiendo seguir más tiem¬
po sin noticias de Juana y pensando por otra
parte que no debía abandonar la liza, tomé el
camino de Ternes. ' . . ,
El locutorio me pareció más frío, más hú¬
medo, más inhospitalario, más insidioso, y la
sirvienta más espantada, más silenciosa que nun¬
ca. Pregunté por Juana v, después de un largo
rato, fué la señorita Préfére la que se presentó
grave, pálida, los labios apretados, los ojos
duros.
—Señor, lo siento vivamente — me dijo, cru¬
zando los brazos bajo la pelerina — no poder
permitirle que vea hoy a la señorita Alexandre;
es de todo punto imposible.
—¿Por qué?
—Señor, las razones que me obligan a supli¬
carle que no menudee tanto sus visitas, son de
una naturaleza particularmente delicada, y le
ruego me evite lá contrariedad de decírselas.
—Señora-le respondí—, estoy autorizado por
el tutor de Juana para ver a su pupila todos
los días. ¿Qué razones puede usted tener pa¬
ra oponerse a la voluntad del señor Mouche?
—El tutor de la señorita Alexandre ( y se
afirmó sobre este nombre de tutor como sobre
un sólido punto de apoyo) desea tan vivamen¬
te como yo ver terminadas sus asiduidades.
-Siendo así, tendrá usted a bien darme las
razones en que se fundan él y usted.
Contempló la pequeña espiral de papel y
respondió con una calma severa:
—¿Lo quiere usted? Aunque semejante ex¬
plicación sea penosa para una mujer, accederé
a sus exigencias. Esta caja, señor, es una casa
decente. Tengo mi responsabilidad: debo velar
como úna madre sobre cada una de mis edu¬
candos. Sus asiduidades junto a la señorita Ale¬
jandre no podrían prolongarse sin perjuicio
para ella. Mi deber es hacerlas cesar.
—No la comprendo a usted — le respondí.
Y era la verdad. Continuó lentamente:
—Sus asiduidades en esta casa son interpre¬
tadas por las personas más respetables y las
menos suspicaces de tal forma, que yo debo,
en interés de mi establecimiento y en interés
de la señorita Alexandre, ponerles fin lo antes
posible.
—Señora — exclamé —, he oído muchas es¬
tupideces en mi vida, pero ninguna compara¬
ble con Ja que usted acaba de decirme.
Me respondió sencillamente:
—Sus injurias no me alcanzan. Nada nos da
tanta fuerza como el cumplimiento del deber.
Y apretó su pelerina contra su corazón, esta
vez no para contenerlo - , sino más bien para
acariciar su impulso generoso.
—Señora — le dije señalándola con el dedo —,
-ha provocado usted la indignación de un an¬
ciano. Procure usted que este anciano la olvide,
y no agregue nuevas infamias a las que acabo
de conocer. La advierto que no dejaré de
velar sobre Juana Alexandre. ¡Pobre de usted
si le hace algún daño, cualquiera que sea!
Mostrándose más tranquila a medida que yo
me exaltaba, me respondió con una gran
sangre fría:
—Señor, estoy muy advertida sobre la natu¬
raleza del interés que a usted le guia respecto
a esa jovcncica, .para no sustraerla 3 la vigilan¬
cia con la cual usted me amenaza. Ya hubiera
debido, viendo la intimidad más que equívoca
en la que usted vive con su ama de llaves, evi¬
tar su contacto con una niña inocente. Es lo
que haré en adelante. Si me he mostrado hasta
aquí demasiado confiada, no es usted quien
puede reprochármelo, sino la señorita Alexan¬
dre; pero ella - es demasiado inocente, demasía^
do pura, gracias a mí, para imaginar la natu¬
raleza del peligro que usted le ha hecho correr.
Supongo que no nie obligará usted a instruirla
a este resjiecto.
“Y'amos — me dije, encogiéndome de hom¬
bros—, era necesario que vivieses tanto, mi
pobre Bonnard, para conocer con exactitud lo
Automático
que es una mala mujer. Ahora tu ciencia so¬
bre este particular es completa”.
Salí sin contestarle una palabra, y tuve la
satisfacción de ver en la súbita sofocación de
la directora del internado, que mi silencio la ;;
impresionaba más que mis palabras.
Atravesé el patio, mirando a todas partí», por .
si veía a Juana. Me acechaba, corrió hacia mí.
-Si tocan a uno solo de tus cabellos, escrí¬
beme, Juana. Adiós.
— ¡No! ¡Adiós, no!
Le respondí:
—¡No! ¡No! ¡Adiós, no! Escríbeme.
Fui derechamente a casa de la señora de
Gabry.
—La señora está en Roma, con el señor. ¿No
lo sabía usted?
—¡Es cierto! — k respondí—, la señora me -
lo escribió.
Me lo había escrito, en efecto, y era prcci¿- J|
so que yo estuviese trastornado para olvidarlo.
Esta fué sin duda la opinión del criado, pues ^
me miró de una manera que quería decir: “El
señor Bonnard ha vuelto a la infancia”, y se
inclinó sobre la barandilla de la escalera, para
ver si me entregaba a alguna acción extrava- |
gante. Bajé cuerdamente los escalones y él se
retiró decepcionado.
Al entrar en mi casa, supe que Gelis se
encontraba en el salón. Este muchacho me vi-
sica con frecuencia. Cierto que sus opiniones |
no son muy firmes, pero su espíritu no es en
realidad trivial. Esta vez su visita me molesta
un poco ¡Ay! Pienso que acaso diré a mi jo¬
ven amigo alguna tontería y a él también IÓ
parecerá un chocheo. No puedo explicarle que
he sido pedido en matrimonio y tratado como
un hombre de malas costumbres; que se sos¬
pecha de Teresa y que J^na - se halla en po¬
der de la mujer más desalmada de la tierra.
Verdaderamente estoy en un estado müy a pro¬
pósito para hablar de la abadías cistercínas con
un joven y malévolo erudito ¡Vamos, sin Cnv-
bargo, vamos!...
Pero Teresa me detuvo:
— ¡Qué sofocado está usted, señor! — me di¬
jo con un tono de reproche.
—Es la primavera — le respondí.
Y me rebatió:
—¿La primavera en el mes de diciembre?
Estamos efectivamente en el mes de diciem¬
bre. ¡Ah! ¡Qué cabeza la mía y qué buen
apoyo tiene en mí la pobre Juana!
—Teresa, tome mi bastón y guárdelo usted,
si es posible, en un rincón donde yo no lo
encuentre.
62 - LEOPLAN
—Buenas raides, Gelis. ¿Cómo está usted?
Sin lecha.
Á1 día sipuíente el buen viejo quiso lcvan-
í tarsc; no pudo lograrlo. La mano invisible que
lo tenía extendido sobre el lecho era muy re-
I- cia. El buen viejo, materialmente clavado, se
V resignó a no moverse, pero fueron sus ideas
i j:is que echaron a andar.
Era indudable que tenía una fiebre muy alta,
pues la señorita Préfcre, los abades de Saint-
l Gernuin-des-Prés y el criado de la señora de
p Gabrv, se me aparecían bajo formas fantásticas.
I? Sobre todo este último, que se alargaba £esti-
|i culando sobre mi cabeza, como una gárgola
¡ de catedral. Tenía la impresión de que había
fe mucha gente, una enorme cantidad de gente
en mi alcoba.
Esta alcoba estaba amueblada a la antigua.
El retrato de mi padre, con uniforme de gala,
\ y el mi madre, con traje de cachemira, col¬
gaban del muro sobre el panel que lo cubría,
[' rameado de verde. Lo sé muy bien, como sé
[ igualmente que todo ello se encuentra muy
I deslucido. Pero la alcoba de un viejo no tiene
I necesidad de ser coqueta; basta con que esté
I limpia v de ello se encarga Teresa. Además,
I está lo bastante adornada como para satisfacer
> a mi espíritu un poco infantil y candoroso.
I" Hay en las paredes y en los muebles, cosas que
f de ordinario me hablan y me alegran. ¿Pero,
fe qué quieren decirme hoy todas estas cosas? Se
[~ lian vuelto chillonas, gesticulantes v amenaza-
doras. Esta estatuita, moldeada sobre una de
[ las Virtudes teologales de Nuestra Señora de
i Brou, tan ingenua y tan graciosa en su es-
L tado natural, ahora se contorsiona y me sac 3
t la lengua. Y esta bella miniatura, en la cual
1 uno de los más suaves discípulos de Juan Eou-
| que?, se ha representado, ceñido con el cordón
, de los hijos de San Francisco, ofreciendo de
g rodillas su libro al buen duque de Angulema,
r ¿quién lo ha sacado de su rnarco, para poner
en su lugar una enorme cabeza de gato, que me
■ mira con ojos fosforescentes? También los ra-
i majes del papel se han convertido en cabezas,
i cabezas verdes y disformes... No, hoy como
| hace veinte años, son ramajes estampados y
L nada más... No, decía yo bien, son cabezas
con dos ojos, una nariz, una boca, ¡son cabe-
| * ¿ás!... .Me lo explico: son a la vez cabezas y
“ ramajes. Algo doria por no verlos.
A mi derecha, la lind3 miniatura del fran¬
ciscano ha vuelto a su sitió, pero me parece
que la retengo por un agorador esfuerzo de
mi voluntad y que, si me canso, la repelente
cabeza de garó va a reaparecer. No deliro: veo
perfectamente a Teresa al pie de mi lecho; oigo
que me habla, y la respondería con perfecta
lucidez si no estuviese ocupado en conservar
en mi figura natural todos los objetos que me
rodean.
He aquí que llega el medico. No lo había
llamado; pero le veo con gusto. Es un viejo ve¬
cino para quien he sido de poco provecho,
pero a quien quiero muy de veras. Aunque
nada !c digo, tengo pleno conocimiento de
todo y hasta me he vuelto singularmente astu¬
to. pues espío sus •‘ítos, sus miradas, los me¬
nores movimientos de su rostro. Pero no pue¬
do saber lo que verdaderamente piensa de mi
estado. Viene a mi memoria el profundo con¬
cepto de Goethe, v le digo:
-Doctor, el viejo ha consentido en estar en¬
fermo; pero esta vez no piensa concederle otras
ventajas a la naturaleza.
Ni el doctor ni Teresa ríen de mi broma.
Sin duda no U han entendido.
El doctor se va, el día declina, y toda clase
de sombras se forman y se disipan como nubes
en lie pliegues de mis cortinas. Multitud de
sombras pasan ante mí; a través de ellas veo el
rostro inmóvil de mi fiel servidora. De pronto
un grito, un grito agudo, un grito de angustia
me traspasa los oídos. ¿Eres tú. Juana, que me
has llamado?
Ya ha muerto el día, y las sombras se ins¬
talan en mi cabecera para toda la larga noche.
Al alba siento una paz, una paz inmensa: en¬
volverme por entero. ¿Es que me abres tu seno,
Señor, Dios mío?
Febrero de 1876.
El doctor está muy contento. Parece como
si le hiciera un gran honor teniéndome en pie.
A creerle a él, males innumerables se han en¬
sañado a la vez sobre mi viejo cuerpo.
Estos males, terror de la humanidad, to¬
dos tienen sus nombres, terror del filólogo.
Son palabras híbridas, mitad griegas, mitad
latinas, con terminaciones en itis para indicar
el estado inflamatorio y el algia para expresar
el dolor. El médico me las repite con un cre¬
cido número de adjetivos en ico, destinados
a caracterizar su detestable calidad. En suma,
una buena columna del Diccionario de me¬
dicina.
— ¡Venga esa mano, doctor! Me ha devuelto
usted a la vida y se lo perdono. Me ha de¬
vuelto usted a mis amigos y se lo agradezco.
Usted dice que soy fuerte. Sin dud3, sin du¬
da; pero he durado ya bastante. Soy un mue¬
ble sólido, pero viejo; comparable al sillón
de mi padre. Era un sillón que le venía de
herencia a aquel hombre de bien, y sobre el
cual permanecía sentado de la mañana a la
noche. Cuando era niño, me encaramaba vein¬
te veces al día sobre los brazos de aquel an¬
tiguo sillón. Mientras se conservó en buen es¬
tado nadie se cuidaba de él. Pero cuando em¬
pezó a renguear de una pata, comenzaron
a decir que era un buen sillón. En seguida
rengueó de tres patas, se tronchó la cuarta
v se quedó casi manco de los dos brazos.
Y entonces fué cuando exclamaron: “¡Qué
sillón tan fuerte!” Se admiraban de que, sin
tener un brazo entero, ni una pata que le sir¬
viera de apovo, conservara la figura de un si¬
llón y prestara todavía algún servicio. Pero
la crin se salió de su cuerpo y rindió su alma.
Y cuando Cipriano, nuestro criado. le_ seccio¬
nó los miembros para echarlos a la leñera, las
exclamaciones de admiración redoblaron: “¡Qué
estupendo! ¡Qué maravilloso sillón! Fué usado
por Pedro Silvestre Bonnard. comerciante en
paños; Epifanio Bonnard, su hijo, v Juan Bau¬
tista Bonnard, jefe de la tercera división marí¬
tima v filósofo pirroniano. ¡Qué sólido y ve¬
nerable sillón!” En realidad era un sillón muer¬
to. Pues bien, doctor, yo soy igual a aquel
sillón. Usted me cree fuerte porque he resisti¬
do embestidas que hubieran matado por com¬
pleto a un gran número de personas y que a
mi sólo me han matado en unas tres cuartas
partes. Gran merced. Pero no dejo de ser por
ello algo completamente averiado.
El doctor quiere probarme, con la avuda de
numerosas palabras griegas y latinas, que me
encuentro en muy buen estado. El francés re¬
sulta demasiado claro para una demostración
de esc género. Sin embargo, me doy por con¬
vencido y le acompaño hasta la puerta.
-¡Sea en buena hora! — me dice Teresa—,
Así es como hay que despedir a los médicos.
Con que lo haga usted lo mismo dos o tres ve¬
ces no volverá más, que es lo que hace falta.
— Muy bien, Teresa; ahora que ya estoy he¬
cho un valiente, no me niegue usted mis car¬
tas. Sin duda debe haber un buen paquete de
ellas, v sería una broma muv pesada el seguir
impidiéndome por más tiempo el que las lea.
Teresa, después de algunas proresras. me en¬
trega mis cartas. Pero, ¿para que? fie punido
todos los sobres y ninguno está escrito por Ja
tnanita que vo quisiera ver aquí, hojeando el
Vcccllio. He rechazado todo el paquete, que
nada me dice ya.
Abril-Junio •
El asunto ha sido peliagudo.
—Espérese usted, señor, a que me ponga de
limpio — me ha dicho Teresa —, y hoy tam¬
bién iré con usted, llevaré su sillita de tijera,
como estos últimos días, c iremos a tomar el soL
En realidad. Teresa me cree enfermo. Sin
duda he estado muy mal, pero todo tiene sü
fin. La señora Enfermedad se ha marchado ha¬
ce tiempo y van ya tres meses cumplidos, que
su acompañanta de pálido y gracioso sem¬
blante, la dama Convalecencia, me ha«dadoí
gentilmente su adiós. Si escuchase a mi sirvien¬
ta me convertiría en absoluto en un señor Ar¬
pante, cubriendo mi cabeza para dormir, por
el resto de mis días, con un gorro de noche.
¡Nada ce eso! Quiero salir solo. Teresa no
opina lo mismo. Se ha provisto de mi silla de
tijera y está dispuesta a seguirme.
—Teresa, mañana tomaremos el sol junto ali
muro de la pequeña Provenza todo el tiempo
que usted quiera. Pero hoy-tengo asuntos que
despachar.
¡Asuntos! Piensa que se trata de dinero y me'
explica que nada nos apremia.
— ¡Tanto mejor! Pero en el mundo hay ade¬
más otros asuntos.
Suplico, regaño, me escapo.
Hace un tiempo bastante bueno. Por medio
de un coche de punto, y si Dios no me aban¬
dona, llevaré a cabo mi aventura.
tlí
Ya veo el muro que tiene escrito en letras
azules estas palabras: Colegio de señoritas, di¬
rigido por ¡a señorita Virginia Prcfére. Ahí está
la verja que se abriría ampliamente al patio de
honor, si se abriera alguna vez. Pero la cerra¬
dura está oxidada y una láminas de hojalata
protegen contra las miradas indiscretas a las
pobres almitas a quienes la señorita Préfcre
enseña, sin ningún género de duda, la modes¬
tia, la sinceridad, la justicia y el desinterés. Se
ve una ventana cuyos cristales embadurnados
revelan ser un lugar de uso común, ojo empa¬
ñado que es el único abierto al mundo ex¬
terior.
En cuanto a la puertecilla excusada por U
que tantas veces lie entrado y que hacia ticnir
po estaba cerrada para mí, la hallé de nuevo'
con su mirilla enrejada. Su escalón de piedra
está desgastado y sin que mis ojos vean mucho
bajo los lentes, observo sobré las piedras las
pequeñas huellas blancas que han ido dejando
en ella al pasar las sudas claveteadas de las
educandas. ¿Por qué yo no había de pasa¡r
también? Creo que Juana sufre en aquella casa
can triste v que me llama en secreto. No puedo
alejarme. Me domina la inquietud. Llamo. La
criada despavorida sale a abrirme, más despavorí
rida que nunca. Tiene- su consigna. No puedo 1
ver a la señorita Juana. Le pido por lo menos!
que me dé noticias de su salud. La criada, des¬
pués de mirar a derecha e izquierda, me dice j
que está bien y me da con la puerta en las na- J
rices. Y me encuentro da nuevo en la caite.
¡Cuánras veces habré pasado después ante la j
puertecilla avergonzado, desesperado, por ser 1
aún más débil que aquella criatura que no te- <
nía en este mundo más apoyo que el mío!
lo de junio. .1
He vencido mi repugnancia, y he ido a
ver a Mouche. l.o primero que me salta a la
vista es que su despacho está más empolvad»!
y más mohoso que el año pasado. Apareciój
el notario, con su aspecto raquítico y sus pu-l
pilas inquietas bajo los anteojos. Le presento!
mis quejas. El me responde... Pero, ¿para 1
qué dejar impreso, aunque sea en un cuader-í
no que debe ser quemado, el recuerdo de un
perfecto granuja? Le dió la razón a la seño¬
rita Prcfcre. a la que estima hace mucho,
tiempo pur su inteligencia y su carácter. Sin
querer terciar a fondo en el debate, se ve
obligado a decir que las apariencias no me son
favorables. Esto no me importa gran cosa.
Después añade (y esto sí que me importa mu-
LEOPLAN . #3
1 que la exigua cantidad de que podía dis-
r pan la educación de su pupila se ha-
gotado, y en tal circunstancia no puede
j hotos que admirar vivamente el desinte-
e ¿c la señorita Préfére, que consiente, a
r de todo, en que siga junto a ella la
’ca Juana.
¡ luz magnífica, la- luz de un hermoso
Jmmi sus ondas incorruptibles en tan
U) lugar, iluminando a aquel hombre.
, difunde su esplendor sobre todas las
« de un barrio populoso. ¡Qué dulce
i luz que llena mis ojos hace tanto ticnt-
y de la que ya pronto no podré gozar
Marcho pensativo, con las manos, a la
* a lo largo de las fortificaciones, y me
_ •> sin saber cómo en los arrabales, or-
s con minúsculos jardinillos. Sobre el bor-
un camino polvoriento, me fijo en una
_i cuya flor, resplandeciente y sombría a
3. parece hecha para asociársela los due-
mis nobles y más puros. Es una ancolia.
_ fiw padres la llamaban ‘‘guante de la vir-
Sólo una virgen, que se volviera muy
para aparecerse asi a los niños, po-
fársijzar sus preciosos dedidos en las estee-
cápsulas de aquella flor,
gordo abejorro se embute en ella bru-
Su aguijón no puede alcanzar el
tr. y el muy goloso se esfuerza en vano.
' ¡ por renunciar y sale embadurnado de
_» Vuelve a emprender su vuelo pesado;
las flores andan escasas en aquel arra-
“jacio por el hollín de las fábricas. Vuelve
foocvo a la ancolia; pero esta vez agujerea
ícwoLj y chupa el néctar a través del agu-
S* abierto por él. Nunca hubiera creído que
i abejorro pudiera tener tanta inteligencia,
i oca cosa admirable. Los insectos y las
■es me maravillan más cuanto más los ob-
mcl Sov como el bueno de Rollin, a quien
taban las flores de sus melocotoneros,
fc gustaría tener un bello jardín, y vivir
jb d lindero de un bosque.
Agosto-Septiembre.
5c me ha ocurrido la idea de ir un domingo
par b mañana a espiar el momento en que
¿toninas de la señorita Préfére van en fila
■ •oésa a la parroquia. L3S vi pasar de dos en
Lts pequeñas a la cabeza, con las caras
sertas. Habia entre ellas tres vestidas
es. bajitas, rechonchas, pretenciosas, a las
» reconocí. Eran las señoritas .Mouton. La
■■■na mavor es la artista que dibujó la
cabeza de Tatio, rey de los sabinos.
| fiinco de la columna la subdirectora, con
^devocionario en la mano, se afanaba, frun-
h> el entrecejo. Pasaron las medianas y
_i las mayores, cuchicheando. Pero no vi
ijbana.
fcdas-.tc en el ministerio de Instrucción Pu-
■ *¡ no habría eñ el fondo de alguna car-
i cualquier nota sobre la institución de la
- Dcmours. Llegué a conseguir que en-
i a las inspectoras. Volvieron trayendo
rabíes impresiones. El colegio Préfére
L jegún ellas, una institución modelo. Si lle-
■ * provocar una investigación, estoy se¬
gó de que la señorita Prcfcre recibiría las
^ s académicas.
j de octubre.
Aquel jueves era día de salida, y encontré
■Jos alrededores de la calle Dcmours a las
■5 señoritas Mouton. Después de saludar a
rj ji madre, le pregunté a la mayor, que podrá
ssser unos doce años, cómo estaba la señorita
rabana Alejandre, su compañera.
Me respondió de un tirón:
-juana Alexandre no es compañera mía.
fbci en el colegio por caridad, y por eso
i pv que barrer la clase. Así nos lo ha dicho
ü nuestra.
tas tres señoritas volvieron a ponerse en
ssarcha, y la señora de ¿Mouton las siguió de
cerca, echándome por encima de su amplio
hombro, una mirada de desconfianza.
¡Ay! Me veo reducido a ensayar diligen¬
cias sospechosas. La señora de Gabry no vol¬
verá a París hasta dentro de tres meses lo más
pronto. Lejos de ella no tengo ni tacto, ni in¬
teligencia; no soy más que una máquina pe¬
sada, incómoda y perjudicial.
Y, sin embargo, no puedo tolerar que Juana
sirva de criada en el colegio y esté expuesta a
las ofensas de Mouche.
28 de diciembre.
El tiempo estaba brumoso v frío. Ya era
de noche. Llamé a la puert'ecilla con la tran¬
quilidad de un hombre que no tente nada. En
cuanto la tímida criada me hubo abierto, le
deslicé en la mano una moneda de oro, pro¬
metiéndole otra si podía conseguir que yo vie¬
ra a la señorita Alesandre. Esta fué su res¬
puesta:
—Dentro de una hora en la ventana enre¬
jada.
Y me cerró la puerta en las narices tan ru¬
damente que el sombrero tembló sobre nti ca¬
beza.
Esperé durante una hora larga entre torbe¬
llinos de nieve; después, me aproximé a la ven¬
tana. ¡Nada! El viento rugía, y nevaba co¬
piosamente. Los obreros que pasaban cerca
de mí, con las herramientas al hombro e in¬
clinando la cabeza bajo los espesos copos, me
tropezaban. Nada. Temí llamar la atención.
Sabía que había obrado mal sobornando a una
criada, pero no sentía por ello ningún pesar.
Es un ser despreciable el que ante la necesi¬
dad no se decide a salirse de la regla gene¬
ral. Pasó un cuarto de hora. Nada. Al fin,
se entreabrió la ventana.
—¿Es usted, señor Bonnard?
—¿tures tú, Juana? Dimc en una palabra
cómo estás.
—Bien. Estoy muy bien.
—¿Y qué más?
—Trabajo en la cocina y barro bs clases.
— ¡En la cocina! ¡De barrendera! ¡Bon¬
dad divina!
—Sí, porque mi tutor no paga ya el colegio.
—Tu tutor es un miserable.
—Entonces, ¿lo sabe usted?
—¿El que?
— ¡Oh! No me obligue a decírselo. Pero
antes preferiría morir a encontrarme a solas
con él.
—¿Y por qué no me has escrito?
—Estaba muy vigilada.
En aquel momento tomé mi resolución, y
nada hubiera podido ya hacerme cambiar. Me
vino a la imaginación la idea de que podía
niuv bien no estar en mi derecho, pero me
reí de aquella idea. Resuelto a ello, fui pru¬
dente. Obré con una calma verdaderamente
notable.
—Juana — le pregunté —, ¿tu habitación co¬
munica con el patio?
—Sí.
— ¿Puedes tú misma tirar del cordón?
—Si no hay nadie en la portería, sí.
—Pues ve a hacerlo, y procura que no te
vean.
Esperé vigilando la puerta v la ventana.
Reapareció detrás de la reja al cabo de cinco
o seis segundos. ¡Al fin!
—La criada está en la portería.
-Bueno - dije —. ¿Tienes una pluma y un
tintero?
—No.
—¿Y un lápiz?
-Si.
—Dámelo.
Saqué de mi bolsillo un periódico viejo, y
bajo el viento que silbaba apagando los fa¬
roles y la nieve que me cegaba, envolví lo
mejor que pude en torno a aquel periódico
una faja con la dirección de la señorita Prc-
fé re.
¿Mientras escribía, pregunté a Juana;
AVENTURAS DE DON UNO
IMPOSIBLE SACARLO por BARTA
64 - LEOPLAN
Puntos de vista
—Me alegro de que Luis sea suplente
de! tearrij asi esta noche podrá Ucearme
o! baile sin ir con un brazo en cabestrillo,
como el año pasado.
—Cuando pasa el cartero y deja en el buzón
las cartas v los impresos, ¿llama a la campa¬
nilla. verdad? Entonces la criada abre el bu¬
zón v va a llevar en seguida lo que ha en¬
contrado en él a la señorita Prcfcre. ¿No es
esto lo que ocurre en cada reparto?
Me dijo que creía que así era.
' —Vamos a ver, Juana: no dejes de vigilar,
V, cu cuanto la criada abandone la ponería,
tiras del cordón y sales afuera.
Después de dicho esto, metí el periódico
en el buzón, di un fuene campanillazo y fui
a ocultarme en el hueco de una puerta ve¬
cina.
Llevaba allí algunos minutos cuando la puer-
tccilra rechinó y, entreabriéndose después, vi
a Juana aparecer en ella. Tomando sus manos,
la atraje hacia mí.
v —Ven acá. Juana, ven.
Ella me miraba con inquietud. Seguramen¬
te creía que me había vuelto loco. Estaba por
el contrario lleno de juicio.
—Vamos, hija mía, vamos.
—¿Dónde?
—A casa de la señora de Gabry.
Entonces se agarró a mi brazo. Corrimos
durante algún tiempo como dos ladrones. El
correr no es lo más apropiado para mi cor¬
pulencia. Deteniéndome muy sofocádo. me
apoyé en algo que resultó ser la hornilla de
un vendedor de castañas, establecido en la
esquina de un despacho de vinos donde bebían
los cocheros. Uno de ellos nos preguntó si no
necesitábamos un coche. ¡Ya lo creo que lo
necesitábamos! El hombre de la fusta, después
de dejar el vaso sobre el mostrador de cinc,
subió al pescante haciendo arrancar al caba¬
llo. Estábamos salvados.
—fUfí- — exclamé, enjugándome la frente,
pues n pesar del frío sudaba la gota gorda.
Lo extraño era que Juana parecía tener más
conciencia que yo del acto que acabábamos
de realizar. Estaba muy seria y visiblemente
inquieta.
— ¡En la cocina! — exclamé con indigna¬
ción.
Ella movió la cabeza, como queriendo de¬
cir: ‘¡Allí o en otra cualquier pane, qué mis
da!” Y a la luz de los faroles, advertí con
pena que su rostro estaba enflaquecido v sus
rasgos alterados. Ya no tenía la vivacidad, los
anranouts bruscos, la rápida expresión que
tanto me había gustado en ella. Sus miradas
eran opacas, sus gestos pesados, su actitud som¬
bría. Le tomé la mano, una mano endurecida,
dolorida y fría. La pobre criatura debía ha¬
ber sufrido mucho. La interrogué. .Me refirió
tranquilamente que la señorita Prcfcre la había
mandado llamar un día y la había tratado de
monstruo y de viborilla, sin que ella supiera
porqué. Añadiendo después:
-No volverá usted a ver al señor Bon-
nard, que la daba malos consejos y se ha
portado muy mal conmigo. Yo le dije: “E$0
no lo creeré jamás, señorita”. Ella entonces
me dio una bofetada y me mandó volver al
estudio. Esa noticia de que no volvería a ver¬
le a usted fue para mi como el caer de la
noche. Como esas tardes en que se encuentra
uno tan triste cuando Ja oscuridad cae sobre
nosotros. Pues bien, figúrese usted ese mo¬
mento prolongado durante semanas, durante
meses. Un día, supe que estaba usted en el
locutorio con la directora, le aceché y nos
dijimos: “Hasta la vista”. Y me sentí algo
consolada. Poco tiempo después, vino mi tu¬
tor a sacarme un jueves. No quise salir con
él. Me respondió muy bajito que era una niña
muy caprichosa, y me dejó tranquila. Pero al
día siguiente, la señorita Préfére¿ se dirigió
hacia mí con un aire tan perverso que sentí
miedo. Llevaba una carta en la mano. “Seño¬
rita, me dijo, su tutor me comunica que se
han agotado las sumas que le pertenecían.
Pero do tenga cuidado, no pienso abandonar¬
la, aunque comprenderá usted que es justo que
se gane usted la vida”.
"Entonces me empicó en limpiar la casa,
y algunas veces me encerró en un desván du¬
rante días enteros. Ya sabe usted todo, lo que
ha sucedido en su ausencia. Si hubiese podido
escribirle no sé si lo hubiera hecho, porque no
creía que a usted le fuera posible sacarme del
colegio. Y como no me obligaban a ir a ver
al señor Mouche, no tenía prisa. Podía espe¬
rar en el desván y en la cocina”.
— ¡Aunque tengamos que huir hasta Ocea-
nía — exclamé —, la abominable señorita Pré-
fere no volverá a apoderarse de ti! Lo juro
por lo más sagrado. ¿Y por qué no había¬
mos de marcharnos a Oceanía? El clima es
sano y el otro día leí en un periódico que
tienen hasta pianos. Mientras eso llega vamos
a casa de la señora de Gabry, que por suerte
está en París desde hace tres o cuatro días.
Somos dos inocentes, y tenemos gran necesi¬
dad de que nos ayuden.
Mientras hablaba, las facciones de Juana pa¬
lidecieron, haciéndose borrosas; un velo se
extendió ante sus ojos y un pliegue doloroso
contrajo sus labios entreabiertos. Dejó caer
la cabeza sobre mi hombro, y se quedó sin
conocimiento.
La tomé en mis brazos y subí así con ella
la escalera de la señora de Gabrv. como si
fuera un niño dormido. Abrumado por la
fatiga y por la emoción, me dejé caer con
ella en el banco del descansillo. Allí se re¬
animó.
—¿Es usted? — me dijo abriendo los ojos —.
¡Que contenta estov!
Y en tal estado fuimos a llamar a la puer¬
ta de nuestra amiga.
Daban las ocho. La señora de Gabry aco¬
gió con bondad al viejo y a la niña. Seguramen¬
te se sentiría muv sorprendida, pero nada nos
preguntó.
—Señora — le dije —, venimos a ponemos
los dos bajo su protección. Y, antes que
nada, venimos a pedirle que ros dé de cenar.
Sobre todo a Juana, pues acaba de desvane¬
cerse de debilidad en el coche. Yo, por mi
parte, no podría comer un bocado tan tarde
sin prepararme una noche de agonía. Espero
que el señor de Gabry se encuentre bien.
—Está aquí —me dijo ella.
Y en seguida le hizo anunciar nuestra lle¬
gada.
Tuve un gran placer viendo su rostro fran¬
co y estrechando su mano fuerte. Pasamos los
cuatro al cómcdor y, mientras servían a Ju*
na una carne fiambre, la que ni siquiera tool
les referí nuestra aventura. Pablo de Gabrj
me pidió permiso para encender su pipa, y des
pues se dispuso a escucharme silcnciosamet»
Cuando terminé, se rascó sobre las mejillas
barba corta y espesa.
— ¡Demonio! — exclamó—. ¡Se ha metido us
tea en un bonito asunto, señor Bonnard # 1
Después, fijándose en Juana, que volvía I
uno y otro sus ojos aterrados.
—Venga — me dijo.
Le seguí a su despacho, donde relucían baj«
la luz de ias lámparas, sobre la oscura taffl
ce ría, las escopetas y los cuchillos de caa
Allí, llevándome hasta un sofá de cuero:
—¿Qué ha hecho usted?, — me dijo—, ¿Qul
ha echo usted. Dios mío? Corrupción de mo¡
ñores, rapto, fuga. ¡En buena se ha metida
Está usted en camino de cinco a diez años M
cárcel.
—¡Misericordia! —exclamé—. ¡Diez años d<
cárcel por salvar a una niña inocente!
—¡Es la ley! —respondió el señor de Ga¬
bry —. Conozco bastante bien el código, qu«
rido Bonnard, no por haber estudiado dcrcch*
sino porque siendo alcalde de Lusance tuv|
que enterarme por mí mismo, para poder en¬
terar a mis administrados. Mouche es un gra¿
nuja, la Préfére una perversa y usted un..J
no encuentro una palabra lo bastante fuerte.
Abriendo después su biblioteca en la que
guardaba collares de perros, látigos, estribo^
espuelas, cajas de cigarros y algunos libfd
usuales, sacó un código, y se puso a hojearla
—Crímenes y delitos- secuestro de pcrstA
vas. Ese no es su caso. Rapto de m en orea
Esto es... Artículo 334: Cualquiera que pod
fraude o violencia rapte o haga raptar a irte*
ñores, o los haya sacado o mandado sacar d\
los lugares-donde esttnteran depositados por
¡as personas a cuya dirección o autoridad ffi
ten sometidos o confiados, sufrirá pena de
reclusión. Véase Código Penal ai pt 28... 21:
el tiempo de la reclusión no sera menor ds
chico años.. ■ 28: la pena de reclusión lleva
en sí la inhabilitación civil. ¿Está bien dan*
no es verdad, señor Bonnard?
—¡Clarísimo!
-Continuemos. Artículo 336. Si el raposa
no hubiese cumplido aún los veintiún añoé
sólo será castigado... Esto no va con nos-
tros. Artículo 3si- En el caso &n que el ram
tor se hubiese desposado con ¡a foven qué,
ha raptado, sólo podrá ser perseguido a perú
ción de aquellas personas que, setpín el CáJ
digo Crcil, tengan derecho a pedir la anula 2
ción del matrimonio, y sólo podrá ser conde!
vado una vez que la arnilación haya sido acore
dada. No sé si está en sus propósitos el atj
sarsc con la señorita Alcxandrc. Ya habra
usted visto que el Código no es tan malo, y,
le deja esa puerta abierta. Pero, no está bien
echarlo a broma, ya que su situación es bafl
tante comprometida. ¿Cómo un hombre co¬
mo usted ha podido imaginar que era cosj
fácil en París y en pleno siglo XX raptar*
una muchacha impunemente? No vivimos en
la Edad Media, y el rapto no está permitido.
—No crea usted - le respondí — que el rap¬
to estaba permitido en el derecho antiguos
Puede usted hallar en Baluzc un decreto dada
por el rey Childeberto'en Colonia, en los años
593 ó 94, sobre esta materia. ¿Quién no cono¬
ce la famosa ordenanza de Bloís, mayó de 15-9,'
en la que se dispone formalmente que aquellos
que hubieran sobornado a un joven o a un*
joven menores de veinticinco años, bajo d
pretexto de matrimonio u otro cualquiera, sin
el consentimiento, orden o deseo expreso del
padre, madre o tutores, serán castigados con
la pena de muerte. E igualmente —añade la
ordenanza — serán castigados con rigor , todos
aquellos que hayan participado en el rapto 3
prestado ayuda, consejo o facilidades de cual-
quier género que fuesen. Estos son, poco mi*,
o menos, los términos de la ordenanza. La
LEOPL4N . 85
„ a ese articulo del Código de Napoleón
acaba usted de hacerme conocer y que
i a! raptor de la persecución si se casa
b joven raptada, me recuerda que, según
osambre de Bretaña, el rapto seguido de
«nonio nc está castigado. Pero esta cos-
bre, que dió ocasión a muchos abusos, fue
3mid3 hacia 1720.
x doy esta fecha, que se aproxima unos
«éi , a la verdadera. Mi memoria ya.no
iny buena, y pasaron los tiempos en que
h‘ recitar de corrido, sin tomar aliento,
■enros versos de Girare de Roussillon.
Ea cuanto a la capitular de Carlomagno,
regula la compensación del rapto, si no
ébio de ella es porque seguramente la tcn-
ested en la memoria. Ya ve usted, mi
pió Gabry, que el rapto estuvo siempre
aderado como un crimen punible bajo las
¡dinastías de la antigua Francia. Están muy
¡Tocados los que creen que la Edad Media
b época del caos. Puede usted estar se-
*. por el contrario...
1 «ñor de Gabry me interrumpió:
-¡Conoce usted —exclamó— las ordenan-
de Bloís. Baluze, Childeberto y las Capi-
■e* de Carlomagno, y no conoce el Có-
| de Napoleón!
x respondí que, en efecto, no había leido
Código, y se quedó muy sorprendido,
^Comprenderá usted ahora — añadió - la
redad de la acción que acaba de cometer?
p realidad, aun no lo comprendía. Pero
» 2 poco v por efecto de las reflexiones
sensatas de Pablo, llegué a pensar que sería
■ido no por mis intenciones, que eran ino-
sv sino por mi acción, que resultaba con¬
table. Entonces me lamenté desesperado.
.¿Qué hacer? — exclamaba —. ¿Qué hacer?
w irremisiblemente perdido, y. además, he
miu también conmigo a esa pobre niña a
¡eb quería salvar.
□ señor de Gabrv cargó silenciosamente su
bl v la encendió con tal lentitud oue su
■iir> v bondadoso rostro apareció durante
f 0 cuatro minutos rojo como el de un
junto a su fragua. Después:
.¿M: pregunta usred mié puede hacer? No
m nada, mi querido Silvestre Bonnard Por
de Dios y por su propio interés, no
p absolutamente nada. Sus asuntos están
pote enredados; no se mezcle en ellos, sí
fave evitarse un nuevo trastorno. Pero pro-
bnae estar de acuerdo con todo lo que vo
p. Iré mañana mismo por la mañana a ver a
mche. v si es lo que creemos, es decir, un
¿wa encontraré, aunque sea por medio del
Pin, la manera de hacerlo inofensivo. Todo
piir de él. Como es demasiado tarde para
nr a Juana esta noche al iifternado. mi
la guardará junto a ella. Esto consti-
.m hermoso deliro de complicidad, pero
tace modo se le quira rodo carácter eriuí-
O» a la situación de la muchacha. En cuan-
2 usted, querido Bonnard. vuelva en se-
¡to al muelle de Malaquais. y si van allí
bascar a Juana, le será muy fácil probar que
ie*á en su casa.
■auras hablábaiiios. la señora de Gabry to¬
ba sus disposiciones para acostar a su cole¬
to. Vi pasar por el corredor a la doncella
e llevaba en sus brazos sábanas perfumadas
• espliego.
— jOoé olor tan honesto y tan dulce! -dije,
—.•Que quiere usted? —me respondió la se¬
to" de Gabry —. Somos campesinos.
—¡Ah! - ií respondí -. ¡Si yo pudiera ser
toién un campesino! ¡Si yo pudiera algún
„ como ustedes en Lusance. respirar agres-
aromas, bajo un techo perdido entre el fu¬
le! Y, si este deseo es demasiado ambi-
ji« jura un anciano cuya vida está próxima
extinguirse, quisiera por lo menos que mi
* irio estuviera como esa ropa, perfumado
espliego.
onvminios en que al día siguiente almor-
1 con ellos. Pero me prohibieron termi¬
nantemente que me presentara antes de medio¬
día. Juana, al abrazarme, me suplicó que no
la volvieran al colegio. Nos separamos enter¬
necidos y turbados.
* ^ •
Encontré a Teresa en el descansillo de la
escalera, presa de una inquietud que la ponía
furiosa. Hablaba nada menos que de ence¬
rrarme en adelante.
¡Qué noche pasé! No pude cerrar los ojos
ni un sólo instante. Tan pronto me reía co¬
mo un chiquillo del éxito de mi aventura,
como me veía ya, con una angustia indes¬
criptible, conducido ante los jueces, para res¬
ponder, desde el banquillo de los acusados, del
crifhen que con tanta naturalidad había co¬
metido. Estaba aterrado, y, sin embargo, no
sentía ni remordimientos ni arrepentimiento.
El sol, entrando en mi alcoba, acarició ale¬
gremente los pies de mi cama y yo recé esta
oración:
“Dios mío, vos que hicisteis el ciclo y el
rocío, como se dice en Tristán, juzgadme en
vuestra equidad no conforme a mis actos, sino
mirando mis intenciones, que fueron rectas y
puras, v yo diré: ¡Gloria a Dios en las alturas
v paz en la tierra a los hombres de buena vo-
lntad! ¡Pongo en vuestras manos a la cria¬
tura que he robado! ¡Haced lo que yo no he
sabido hacer: guardadla de todos sus enemigos
y sea bendito vuestro nombre!".
29 de diciembre.
Cuando enrré en casa de la señora de Ga¬
bry encontré a Juana transfigurada.
¿Habría ella invocado, como vo, a los pri¬
meros resplandores del alba, a Aquel que hizo
d cielo v el rocío? Sonreía con dulce calma.
La señora de Gabrv la llamó para acabar su
peinado, pues la amable señora había querido
arreglar con sus propias manos los cabellos de
la niña que le había sido confiada. Al llegar
yo un poco antes de la hora convenida, había
interrumpido aquella graciosa toilette. Como
castigo, me impusieron el esperar solo en el
salón. F.I señor de Gabrv se me reunió allí
bien pronto". Sin duda, debía llegar de la ca¬
lle. pues aun tenía en la frente la señal del
sombrero. Su rostro expresaba una alegre ani¬
mación. Pensé que no debía" hacerle ninguna
pregunta, y nos dispusimos todos a almorzar.
Cuando los criados hubieron terminado de ser¬
vir, Pablo, que había guardado su historia
para el café, nos dijo:
— ¡Bueno! Ya he ido a Levallois.
— ¿Y has visto a Mouchc? — le preguntó, vi¬
vamente, su mujer
—No — respondió, observando nuestros ros¬
tros. que dejaban ver su contrariedad.
Después de gozar durante un espacio de
tiempo razonable de nuestra inquietud, el ex¬
celente hombre añadió:
—Mouche no está en Levallois. Mouche ha
dejado Francia. Hará pasado mañana ocho
días que desapareció, llevándose el dinero de
sus dientes, una suma bastante crecida. He
encontrado cerrada la notaría. Una vecina me
ha contado el asunto con toda clase de mal¬
diciones v de imprecaciones. El notario no iba
solo al tomar el tren de las siete y cincuenta
y cinco; se ha llevado a la hija de un pelu¬
quero de Levallois. El hecho me ha sido con¬
firmado por el comisario de policía. Verda¬
deramente el tal Mouche, ¿podía haber levan-
rado el vuelo más a tiempo? Si hubiera re¬
trasado el golpe tan sólo una semana podía,
como representante de la moral social, ha¬
berle llevado a usted, Bonnard, delante de los
jueces, como a un criminal. Ahora ya no te¬
nemos nada que temer. ¡A la salud de Alou-
che! — exclamó, llenándonos les copas.
Quisiera vivir mucho tiempo, para recordar
mucho tiempo aquella mañana. Estábamos los
cuatro reunidos en el grande y claro comedor,
en torno a la mesa de roble encerado. La ale¬
gría de Pablo era ruidosa y hasta un poco
Lo mordió
el dedo.
ruda; bebía a grandes sorbos. Su mujer y i
Juana me sonreían con una sonrisa que re¬
compensaba todas mis penas. _ _ *7
Recibí al volver a mi casa las más agrias
amonestaciones de Teresa, que no concebía
mi nueva manera de visir. Fra. indudable, se- j
gúh su criterio, que yo había perdido el juicio. *
—Sí, Teresa, soy un viejo loco, y "Usted una
vieja loca. Eso es cierto. Que Dios nos ben-
diga, Teresa, y nos dé nuevas fuerzas, pues
tenemos nuevos deberes. Pero, déjeme usted ,
echarme en este sofá, porque no puedo tener- ^
me en pie.
/y de enero.
-Buenos días — me dijo Juana, abriendo la j
puerta, mientras Teresa, a quien había dejado t
dejado atrás, gruñía en la oscuridad del co¬
rredor.
—Señorita, le ruego que me salude solemne- ,F
mente con mi nuevo título, diciéndome: “Bue¬
nos días, tutor”.
—Entonces, aya está hecho? ¡Qué alegría! j
— me dijo, batiendo palmas.
—Sí, ya ha quedado establecido, señorita,
en la sala del juzgado y ante el juez de paz.
Desde hoy tendrá usted que vivir bajo mi au¬
toridad. ¿Te causa risa? Sí, lo veo en tus
ojos. Se te ha ocurrido alguna idea descabe¬
llada, ¿no?
— ¡Oh, no, señor... rotor! Estaba contem¬
plando sus cabellos blancos. Se enredan en c!
ala de su sombrero como una madreselva en
un balcón. Son preciosos, y 'a mí me gus¬
tan mucho.
—Siéntate, y si es posible, no digas mis
desatinos, pues tengo que hablarte de un asun¬
to serio. Escúchame: creo que no debes tener
ningún deseo de volver al internado de la se¬
ñorita Préfére, ¿no es asi? ¿Qué te parece¬
ría si yo te tuviera conmigo en mi casa, hasta
que termine tu educación, hasta que..., qué
sé yo? Siempre.
— ¡Oh, señor! —exclamó, roja de alegría.
Yo continué:
—Aqui detrás hay una habitación pequeña
que mi sirvienta tiene va preparada para ti.
Vas a reemplazar a los libros como el día
sucede a la noche. Anda con Teresa, a ver
si te parece habitable. Está ya convenido con
la señora de Gabry que desde esta noche dor¬
mirás aquí.
Echó a correr para ver su habitación; la
llamé.
86 - LEOPL/.N
—Juana, escúchame una cosa. Hasta ahora
te has hecho querer de mi criada que, como
todas las viejas, es naturalmente muy pesada.
Se atenta coa ella. Yo he creído siempre un
deber en mí el atenderla y sufrir sus jmperti-
, nenebs. Te diré mis, Juana, deseo que la res¬
petes. Y al hablar 3SÍ no pienses que olvido
que es mi sirvienta y también la tuya. Ella tam¬
poco lo olvidará. Pero debes respetar en ella
su edad avanzada y su gran corazón. Es una
I criatura humilde que siempre ha vivido practi¬
cando el bien, y se lia endurecido. Sufre con
paciencia la rigidez de esa alma recta. Si sa¬
bes mandar, ella sabrá obedecer. Anda, hija
mía, arregla tu habitación de la manera que
juzgues más conveniente para tu trabajo y tu
I descanso.
Y, habiendo impulsado así a Juana en su
camino de buena ama de casa, me dediqué a
í leer una revista que, aunque hecha por gente
joven, encontré excelente. El tono era duro,
! pero el espíritu selecto. El articulo que leí-
' superaba en precisión y en firmeza a todo lo
qué publicábamos en mi juventud. El autor
? de aquel artículo, Pablo Mcyer, marcaba cada
falta con un arañazo incisivo,
í '* Nosotros no practicábamos tan implacable
' justicia. Nuestra indulgencia era grande. Casi
juntaba al* sabio y al ignorante en la misma
alabanza. Sin embargo, es necesario saber cri¬
ticar, es un deber riguroso. Recuerdo siem-
[ pre a Raimundito (así le llamaban). No sa¬
bía nada, tenía una inteligencia limitadísima;
pero quería mucho a su madre. No quisimos
nunca denunciar la ignorancia y la estupidez
de un hombre que era tan buen hijo, y Rai-
mundito, gracias a nuestra complacencia, lle¬
gó a pertenecer al Instituto: Ya no tenía ma¬
dre, y los honores seguían lloviendo sobre cL
Era todopoderoso, en perjuicio de sus compañe¬
ros y de la ciencia... Pero aquí veo llegar a
mi joven amigo del Luxemburgo.
—Buenas tardes, Gelis. Viene usted con una
cara muy alegre. ¿Qué le ocurre, hijo mío?
Le ocurre que ha sostenido muy bien su te¬
sis y ha alcanzado una magnífica clasificación.
Esto es lo que me anuncia, añadiendo que mis
trabajos, de los que se habló incidentalmente
en el curso de la sesión, fueron elogiados sin
reserva por parte de los profesores de la es¬
cuela.
—Eso está muy bien — le respondí y me
complace mucho, Gelis, ver mi vieja repu¬
tación asociada a su joven gloria. Yo me in¬
teresaba vivamente, ya lo sabe usted, por su
tesis; pero algunos sucesos domésticos me ha¬
bían hecho olvidar que la sostenía usted hoy.
Juana vino muy a punto para informarle de
aquellos sucesos. La muy aturdida penetró co¬
mo una ligera brisa en la ciudad de los libros,
asegurando que su habitación era una mara¬
villa. Se puso encendida al ver a Gelis. Pero
nadie puede eludir su destino.
Observé que en aquella ocasión estuvieron
muy tímidos el uno y el otro, sin hablar ni
una palabra entre ellos.
“¡Bien! ¡Muy bien, Silvestre Bonnard! Con¬
templando a tu pupila, te olvidas de que eres
tutor. Lo eres desde esta mañana y esta nueva
obligación te impone ya deberes muy delica¬
dos. Bonnard, debes apartar hábilmente a ese
joven, debes...” ¡Ah! ¿Es que sé yo acaso Jo
que debo hacer?...
Gelis toma notas de mi ejemplar único de
La G¡nevera delle clare donne. He sacado al
azar un libro cualquiera del estante más pró¬
ximo; lo abro y entro con respeto en medio
de un drama de Sófocles. Al envejecer sien¬
to más amor que nunca por las dos antigüe¬
dades, y en adelante los poetas de Grecia y de
Italia estarán en la ciudad de los libros al al¬
cance de mi mano. Leo aquel coro suave y
luminoso, que desarrolla su bella melopea en
medio de una canción violenta, el coro de los
ancianos tebanos Epnvs avixate ... “Invencible
amor. ¡Oh! Tú que te arrojas sobre las man¬
siones poderosas, que reposas sobre las deli¬
cadas mejillas de las adolescentes, que cru¬
zas los mares y visitas los establos, ninguno de
los inmortales puede huirte, como tampoco
ninguno de los hombres que viven breves
días. Y. quien te posee, delira”. Cuando hu¬
be releído aquel delicioso canto, la figura
de Antígona se me apareció en toda su inal¬
terable pureza. ¡Qué imágenes! ¡Dioses y
diosas flotando en el más puro de los cielos!
El anciano ciego, el rey mendicante que erró
durante largo tiempo, conducido por Anti-
gona, ha recibido ya sepultura santa, y sa
hija, bella entre las más bellas imágenes que
el alma humana haya concebido jamás, resiste
al tirano y enrierra piadosamente a su herma¬
no. Ama al hijo del tirano y es amada por
él. Y mientras va ai suplicio, donde su pie¬
dad la conduce, los ancianos cantan:
“Invencible amor. ¡Oh! Tú .que te arrojas
sobre las mansiones poderosas, que reposas so¬
bre las delicadas mejillas de las adolescentes.. .*
,
No soy un egoísta, soy prudente; tengo que
educar a esta criatura, que es aun demasiado
joven para casarse. ¡No! Yo no sov un egoís¬
ta; pero debo tenerla algunos años junto a n»í,
sola conmigo. ¿No puede esperar a que me
muera? Puedes estar tranquila, Antígona; el
anciano Edipo encontrará a tiempo el santo
lugar de su sepultura.
Por el momento, Antígona, ayuda a nues¬
tra sirvienta a mondftr nabos. Dice que cst*
ocupación la recuerda la escultura.
Mayo.
¿Quién reconocería la ciudad de los libro*
Ahora hay flores sobre todos los muebles. Jua^
na tiene razón: esas rosas resultan muy bella
en su vaso de porcelana azul. Acompaña
Teresa al mercado y siempre trae flores. La
flores son, en verdad, como encantadoras cria
turas. Será necesario que algún día realice mi
deseo de estudiarlas de cerca en el campa
con todo el espíritu metódico de que soy ca¬
paz.
¿Y qué hacer aquí? ¿Para qué acabar d
quemarme los ojos sobre estos viejos pergt
minos que no me dicen nada que valga lí
pena? En otros tiempos descifraba los vieja!
textos con un ardor magnánimo. ¿Qué espt
raba yo entonces hallar en ellos? La fecha
una fundación piadosa, el nombre de a]gú#
monje miniaturista o copista, el precio de ua
pan, de un buey o de un campo; una disposw
ción administrativa o judicial, todo ello y algo
más, algo misterioso, vago y sublime, que in¬
flamaba mi entusiasmo. Pero he buscado sc^
senta años, sin encontrar ese algo. Los que
valían más que vo. los maestros, los grandes,
los Fauricl, los Thierry, que han descubierta
tantas cosas, han muerto en la tarea, sin huí «i
descubierto tampoco ese algo, que no tiene
cuerpo ni nombre, y sin lo cual, sin embargó
ninguna obra de la inteligencia sería empren¬
dida sobre la tierra. Ahora que ya no busca
más que lo que razonablemente puedo hallar,
no encuentro absolutamente nada, y es pro¬
bable que deje sin terminar Ja historia de los
abades de Saint-Gerniain-dcs-Prcs.
—¿A qué no adivina usted, tutor, lo que
traigo en el pañuelo?
-Según todas las apariencias, deben ser flo¬
res, Juana.
— ¡Oh, no! No sOn flores. Mire usted.
Miro y veo una cabecita gris que salía fue¬
ra _del pañuelo. Era la de un garito gris. M
pañuelo se abre. El animalito salta sobre la al¬
fombra, se sacude, endereza una oreja, después
In otra, y examina prudentemente el lugar j
las personas. %
Con la cesta al brazo entra Teresa sin alien¬
to. No tiene el defecto del disimulo. Repro-'
cha con vehemencia a la señorita llevar a casa
a un gato al que no conoce. Juana, para jus¬
tificarse, relata la aventura. Al pasar con Te¬
resa ante la puerta de una farmacia, vió que
un mancebo lanzaba de un puntapié un gari¬
to a la calle. El gato, sorprendido e incomo¬
dado, se pregunta si permanecerá en la calle a
pesar de los transeúntes, que le tropiezan y
LEOPLAN - «7
in, o s! volverá a entrar en la farml-
_Je corre el riesgo de volver a salir,
i por la punta de un zapato. A Juana
—; que su situación c-s muy crítica, y
je que dude. El ánimal tiene un aire
, Ella cree que es la indecisión la que
t aspecto. Lo toma en brazos, y como
I se encontraba a gusto ni fuera ni den-
-pósente en quedarse en el aire. Mien-
jsba de tranquilizar al gato con sus ca-
¿ le dice al mancebo de la botica:
s no le gusta este animalito, no tiene por
jarle; me lo puede dar a mí.
t tómelo usted -respondió el mucha-
_j ha sido todo. .. —añadió Juana, a ma-
Kpe conclusión.
j sacando una voz aflautada, promete al
9 toda clase de halagos.
"oc flaco está! — dije examinando al po-
—. Además, es bastante feo.
_i no lo encuentra feo, pero reconoce
torce un aire cada vez más estúpido. Aho-
§a no es la indecisión, sino la sorpresa lo
i según ella, imprime un carácter tan des-
Table a su fisonomía. Si nosotros estuvié-
s en su lugar, piensa, nos convenceríamos
* le es imposible comprender nada de su
tra. Nos reímos en las narices del po-
e animal, que conserva una seriedad cómica,
in quiere volver a tomarle en brazos, pero
x esconde debajo de la mesa, de donde no
—icntc en salir ni a la vista de uñ platillo
> de leche.
i alejamos. Al acercarnos de nuevo, el
stá vacío.
— le digo—, tu protegido tiene una
icia poco grata, su carácter es solapado;
_ » que no cometa en la ciudad de los li-
s fechorías que nos obliguen a enviarlo de
o a su farmacia. Entretanto, se impone
un nombre. Propongo llamarle Don
i de Gotera, aunque este nombre me re-
i demasiado largo. Píldora, Droga o Ri-
, serían más breves y, además, tendrían
Braja de recordarle su primera condición.
Jx te parece?
—Pildora, le iría bien —me responde Jua-
t—. Pero, ¿será generoso darle un nombre
X le recuerde sin cesar las penas de que
hemos librado? Eso sería hacerle pagar
i nuestra hospitalidad. Seamos más gene-
i dápdolc un nombre bonito, en la espe-
i de que sabrá merecerlo. Fíjese usted có-
i nos mira; se da cuenta de que nos ocu-
i de él. Es menos torpe desde que ha
> de ser desgraciado. La desgracia cm-
^ yo lo sé muy bien.
:no, Juana, si quieres podemos llaiqar
»1 a tu protegido. La conveniencia de
: esc nombre r.o debe sorprenderte . Pero
: el gato de Angora, que le precedió en
.dad de los libros y a quien yo tenía la
mbre de hacer confidencias, pues era sa-
f y discreto, se llamaba Amílcar. Y es na-
^ue aquel nombre engendre el otro y que
I suceda a Aanílcar.
JjBgnvimos de acuerdo sobre esc punto.
—¡Aníbal! — exclamó Juana—. Ven aquí.
Aníbal, asustado por la extraña sonoridad de
l propio nombre, fué a agazaparse bajo un es-
se de la biblioteca, en un hueco tan peque-
j, que una rata no hubiera cabido en él
¡Eso es llevar bien un gran nombre!
Me sentía aquel día con ánimos de traba¬
ja y había sumergido en el tintero la punta
mi pluma, cuando oí que llamaban a la
jra. Si algunos ociosos llegaran a leer estas
tullas, emborronadas por un viejo despro-
t de imaginación, se reirían mucho de los
illazos que resuenan en todo momento
•_ j curso de mi relato, sin introducir jamás
tm nuevo personaje, ni preparar una escena
eperada- Al revés que en el teatro. Scribe
9 abre sus puertas sino de una manera cons-
itc y para interesar a las damas y señoritas,
i es' arce. Antes me ahorcan que escribir
una obra de teatro, no por desprecio a la vida,
sino porque me parece que no podría inven¬
tar nada divertido. ¡Inventar! Para tal cosa
es necesario haber recibido la influencia se¬
creta. Ese don me sería funesto. Imagínense
ustedes que en la historia de la abadía de
Saint-Germain-des-Prés, se me ocurriera in¬
ventar algún frailecillo. ¿Qué dirían los jó¬
venes eruditos! ¡Qué escándalo se armaría en
la escuela! En cuanto al Instituto, no diría
nada, ni tampoco pensaría nada. Mis colegas^
aunque escriben algo, no leen absolutamente
nada. Son de la misma opinión de Parny, que
decía:
Una tranquila indiferencia
es la más razonable virtud.
Ser lo menos posible, para ser lo mejor po¬
sible. Por alcanzar esto se esfuerzan esos bu¬
distas sin saberlo. Si hay una sabiduría mis
razonable, iré a decirlo a Roma. Todo esto
lia' venido a propósito del campanillazo de
Gelis. Este joven ha cambiado por completo
de manera de ser. Ahora es tan grave como
antes era ligero, tan taciturno como antes char¬
latán. Juana sigue su ejemplo. Nos encontra¬
mos en la fase de la pasión contenida. Pues
por muy viejo que sea creo que no me equi¬
voco: estas dos criaturas se aman con toda
la fuerza de su alma. Juana ahora procura
evitarlo; se esconde en su habitación cuando
él entra en la biblioteca. ¡Pero, qué bien le
encuentra cuando está sola! Sola le habla toda
la noche con la música que ejecuta en el pia¬
no, con un acento rápido y vibrante, que es la
nueva expresión de su alma nueva.
¡Bien está! ¿Por qué no decirlo? ¿Por qué
no confesar mi debilidad? ¿Mi egoísmo seria
.menos censurable ocultándomelo a mí mismo?
Voy a decirlo, pues: si, yo esperaba otra cosa;
sí, contaba conservarla para mí solo, como
mi hija, como mi nieta, no siempre, ni si¬
quiera mucho tiempo, pero sí algunos años to¬
davía. Soy viejo. ¿No podía esperar? ¿Y
quién sabe? Con ayuda de la gota y el ar-
tritismo, quizá no hubiera abusado demasiado
de su paciencia. Ese era mi deseo, esa era
mi esperanza. Pero no contaba con ella; no
contaba tampoco con ese joven aturdido. Pero
si la cuenta estaba mal, la equivocación ha
sido bien cruel. Y después de todo, me parece
que te condenas con mucha ligereza, amigo
Silvestre Bonnard. Si deseabas conservar a tu
lado a esa muchacha algunos años más, era
tanto en interés de ella como en el tuyo. Aun
tiene bastante que aprender, y tú no eres un
maestro desdeñable. Cuando el notario Mou-
che, que hizo después una trastada tan opor¬
tuna, te dispensó el honor de visitarte, tú le
explicaste tu sistema de educación con el calor
de un alma apasionada. Todo tu afán tendía
a aplicar aquel sistema. Juana es una ingra¬
ta y Gelis un seductor.
Pero, si no le pongo de patitas en la calle,
cosa que sería de un gusto y de un senti¬
miento detestables, tengo que recibirle; y lle¬
va ya un buen rato esperándome en el salon-
cito, frente a unos vasos de Sévres, que me
fueron generosamente regalados por el rey Luis
Felipe. Los segadores y Lbs pescadores, de Leo¬
poldo Robert. se hallan pintados en esos va¬
sos de porcelana, que Juana y Gelis están de
acuerdo en encontrar horribles.
—Hijo mío, perdóneme que no le baya re¬
cibido en seguida. Estaba terminando un tra¬
bajo.
Digo La verdad: la meditación es un traba¬
jo. Pero Gelis no lo entiende así. Cree que
se trata de arqueología, y me manifiesta su
deseo de que termine pronto mi historia de
los abades de Saint-Germain-des-Prés. Sólo
después de haberme dado esa prueba de inte¬
rés, me pregunta por Juana, a lo que yo le res¬
pondo: “Esta muy bien’\ con un tono seco
en el que se revela mi autoridad, moral de
tutor.
Problema
Y después de un momento de silencio, ha¬
blamos de la Escuela, de las últimas publi¬
caciones y de los progresos de las ciencias
históricas. Luego entramos en generalidades.
Las generalidades son un gran recurso. Proca¬
ro inculcar a Gelis un poco de respeto para
la generación de historiadores a la cual per¬
tenezco. Le digo:
—La historia, que era un arte y que se per¬
mitía todas las fantasías de la imaginación, ha
llegado a ser en nuestro tiempo una ciencia
en la que se impone el proceder con riguroso,
método.
Gelis me pide permiso para no compartir
mi opinión. Me declara que no cree que la
historia sea, ni llegue a ser nunca, una cien¬
cia.
-Y, ante todo — me dice—, ¿qué es la his¬
toria? La representación escrita de los aconte¬
cimientos pasados. Pero, ¿qué es un acon¬
tecimiento? ¿Es un hecho cualquiera? ¡No!,
me dirá usted: es un hecho notable. Entonces,
¿cómo puede juzgar un historiador si un he¬
cho es notable o no lo es? Lo juzga arbitra¬
riamente, según su gusto, su capricho o su
idea, en fin, como un artista, pues los hechos
no se dividen por su propia naturaleza en
hechos históricos o en hechos no históricos.
Por lo tanto, un hecho -es algo extraordina¬
riamente complejo. ¿El historiador representa
los hechos en toda su complejidad? No, eso
es imposible. Los representará desprovistos de
la mayor parte de las particularidades que los
constituían y, por consecuencia, truncados, mu¬
tilados, diferentes de como fueron. Y, en
cuanto a la relación de los hechos entre sí,
ni hablemos de ello. Si un hecho histórico
está motivado, lo que es muy posible, por
uno o varios hechos no históricos y por lo
tanto desconocidos, dígame usted, se lo ruego:
¿qué medios tiene el historiador para marcar
la relación de esos hechos entre sí? Y todo
esto que he dicho es en el supuesto, señor Bon¬
nard, de que el historiador tenga ante sus ojos
testimonios cienos, cuando, en realidad, sólo
otorga su confianza a ral o cual testigo, por
razones de sentimiento. La historia no es una
ciencia, es un ane, y en ella sólo se logra el
éxito por la imaginación.
Gelis me recordaba en aquel momento a
un joven loco a quien oí cierto día discutir
sin orden ni condeno en el jardín del Luxem-
burgo, bajo la estatua de Margarita de Nava-
V
63 - LEOPLAN
rra. Y en" el curso de la conversación nos di¬
mos de narices con Walter Scott, a quien mi
desdeñoso joven encuentra un aire recargado,
trovadoresco y pasado. Son sus propias expre¬
siones.
—Pero — le dije, exaltándome en la defen¬
sa del magnifico padre de Lucy y de la pre¬
ciosa chiquilla de Perth — todo el pasado vive
en sus admirables novelas. ¡Es la historia, es
la epopeya!
—Son vejeces — me respondió Gclis.
¿Y podrán ustedes creer que esta insensa¬
ta criatura me afirma que es imposible, por
muy sabio que se sea, precisar como eran y
cómo vivían los hombres hace cinco o diez
siglos, puesto que sólo con un gran esfuerzo
conseguimos figurarnos poco más o menos có¬
mo eran hace diez o quince años? ¡Para él
la novela histórica, el poema histórico, la pin¬
tura de historia, son géneros abominablemente
falsos!
—En todas las artes — añade —, el artista no
hace sino describir su alma; su obra, cualquie¬
ra que sea el ropaje en que la envuelva, es su
contemporánea por el espíritu. ¿Qué admira¬
mos en la Divina Comedia, sino el alma gran¬
de de Dante? Y los mármoles de Miguel An¬
gel, ¿qué nos representan de extraordinario, sino
a Miguel Angel mismo? Si el artista no da
su propia vida a sus creaciones, consigue tan
sólo tallar mármoles y vestir muñecos.
¡Cuántas paradojas y cuánta irreverencia!
Pero las audacias no me disgustan en un jo¬
ven. Gelis se pone en pie y se sienta de nuevo.
Sé muy bien lo que piensa y a quien espera.
Me habla de los quinientos francos que gana,
a los que hay que añadir una pequeña renta de
dos mil francos que ha heredado. A mí no me
engañan sus confidencias. Sé muy bien que me
hace conocer sus cuentas para que me entere
de que es un hombre colocado, establecido y
ordenado; es decir, un hombre que puede ca¬
sarse. C. q. f. d., como dicen los geómetras.
Se ha levantado y se ha vuelto a sentar vein¬
te veces. Se pone "en pie por la veintiuna vez
y, como no ha visto a Juana, se va desolado.
En cuanto ha salido, entra Juana en la ciu¬
dad de los libros con el pretexto de vigilar
a Aníbal. Está desolada y, con voz doliente,
llama a su protegido para darle leche. ¡Fíjate
en ese rostro entristecido, Bonnard! Tirano,
contempla tu obra. Los has mantenido separa¬
dos, pero fíjate en sus rostros y, por la expre¬
sión de sus rasgos, podrás comprender que,
a pesar tuyo, están unidos por el pensamien¬
to. ¡Casandra, que seas feliz! ¡Bartolo, rego¬
cíjate! ¡Esto es ser tutor! Ahí la tienes, arro¬
dillada sobre la alfombra, con la cabeza de
Aníbal entre sus manos.
¡Si! ¡Acaricia a ese estúpido animal, compa¬
décele, gime por él! Ya sabemos, pérfida, a
donde van tus suspiros y quién es el causante
de tus quejas.
Formaban un cuadro que contemplé larga¬
mente; después, lanzando una mirada sobre
mi biblioteca:
—Juana - dije —, todos esos libros me abu¬
rren; los vamos a vender.
io de septiembre.
Es cosa hecha: están prometidos. Gelis, que
es huérfano, como Juana, ha encargado de for¬
mular la petición de mano a uno de sus pro¬
fesores, colega mío, altamente estimado por
su ciencia y su carácter. Pero, ¡qué mensajero
de amor, justo cielo! Un oso, pero no un oso
de los Pirineos, sino un oso de biblioteca, y es¬
ta segunda variedad es mucho más feroz que
la primera.
—Con razón o sin ella (yo creo auc sin ella).
FIN DE
EL
a Gelis no le importa la dote. Se lleva a 4
pupila sin más que lo puesto. Diga usted *
sí y asunto terminado. Dcse prisa, que quiai
enseñarle dos o tres fichas de Lorena muy.f
riosas y que seguramente no conoce usted, j
Esto es lo que literalmente me ha dicho. 1
le he respondido que consultaría a Juana,
me he dado el gusto de hacerle saber que I
pupila tenía dote. 4 I
¡Aquí está el dote! Mí biblioteca. Enriql
y Juana están a mil leguas de sospecharlo ]
quiera y el hecho es que generalmente ¡T
creen más rico de lo que soy. Tengo todi
apariencia de un viejo avaro, Pero es una i
rienda bien engañosa y que me ha valido S
chas consideraciones. No hay ninguna clase 4
personas a quien la gente respete tanto cor
a un rico tacaño.
He consultado a Juana; pero, ¿acaso tw
necesidad de oír su respuesta para saberlo? I
cosa hecha: están prometidos.
No le va ni a mi carácter ni a mi figura
dedicarme a espiar a estos dos muchachos I
ra anotar sus palabras y sus emociones.
me tangere. Es el lema de los bellos amoi
Conozco mi deber: respetar el secreto de t
alma inocente por la que velo. ¡Que se arm
¡Ninguna de sus largas efusiones, ninguna ^
sus cándidas imprudencias, será anotada f
este cuaderno por el viejo tucor cuya autoi
fué tan suave y duró tan poco!
Además, no me estoy de brazos cruza
y, si ellos tienen sus asuntos, yo tengo I
míos. Estoy redactando por mí mismo el c
logo de mi biblioteca, con vistas a una v»
. en pública subasta. Es una tarea que me aflj
y me distrae a la vez. La hago durar qui
algo más de lo debido y hojeo los ejemplar
tan familiarizados con mi pensamiento, con ■
manos, con mis ojos, mucho más de lo ne<
sario y de lo útil, Es un adiós, y siempre 4
tuvo en la naturaleza de los hombres el j
longar los adioses.
¿Puedo separarme de este grueso volutn
que tantos servicios me ha prestado durafl^
treinta años, sin darle las pruebas de coní¡“
ración que se deben a un buen servidor? I
a este otro, que tantas veces me ha reconfe
tado con su santa doctrina, no debo salud;
lo por última vez como a un maestro? Per
cada vez que me encuentro con un libro q
me ha inducido a error, que me perturbó e
sus falsas fechas, lagunas, mentiras v ot
pestes del arqueólogo: — ¡Vete! — le digo, c
amarga alegría—, ¡vete! Impostor, traidor, fah
testigo, huye lejos de mí, vade retro, y que li
gres, por tu indumento cubierto de oro, y gra
cías a tu reputación usurpada y a tu bella e
voltura de tafilete, entrar en la vitrina de c
quier banquero bibliómano, al que no |
engañar como me has engañado a mí, porq
no te leerá jamás.
Puse aparte, para conservarlos siempre, 1
libros que me han sido regalados como rccut
do. Cuando coloqué en aquella hilera el n
nuscrito de La leyenda dorada, pensé en l
sarlo, en recuerdo de la señora de Trepof, q
supo ser agradecida a pesar de sus riquezas f
de la elevada posición que había alcanza
y que para demostrármelo, vino a convertí
en mi bienhechora. Sin embargo, tenía una r
serva. Fué en aquella ocasión cuando coní
el crimen. Las tentaciones me asaltaban dura
te la noche; al rayar el alba se hacían i
sistiblcs. Entonces, mientras todo en la i
dormía, yo me levantaba y salía furtivamea
de mi alcoba.
CRIMEN DE
E E
_de la sombra, fantasmas de la no-
retardadas junto a mí, después del can-
Uc3 jallo, me visteis deslizarme de puntillas
ciudad de los libros, no hubierais excla-
■fc como la señora de Trepof en Ñapóles:
e I aire de ser una excelente persona”,
■p^ba Aníbal, con el rabo tieso, se restrega-
jkg^ssi mis piernas ronroneando. Yo sacaba
^L^amen de su estante, algún gótico vene-
Bo un noble poeta del Renacimiento, la
* soro con que había soñado toda la no-
B r n.e lo llevaba para ocultado en lo más
B¡¿ del armario de las obras reservadas, que.
■fea Ornando hasta reventar. Es horrible dc-
vo robaba a Juana su dote. Y cuando el
ya estaba consumado, me ponía de nue-
catalogar tenazmente, hasta que Juana ve-
K| consultarme sobre cualquier detalle de
Hbo 2 errcr o de su equipo. Yo no alcanzaba
comprender de lo que se trataba, pues
B^easzco el vocabulario actual de la costu-
m«c las ropas. ¡Ah! Si una novia del siglo
■T valiera por un milagro a consultarme so-
P¡p trapos, ¡eso ya sería otra cosa! Compren-
Eb jruv bien su lenguaje. Pero Juana no es
tiempos y se la mando a la señora de
Bfcv. que en estos momentos le sirve de ma-
£Lisa la noche, ¡la noche ha llegado! Aco-
en la ventana contemplamos la vasta
oscura, acribillada de puntos lumino-
inclinada sobre la barandilla, apoya
^Hfaeüre en mi mano y parece entristecida.
^Eafeervo y me digo a mí mismo: “Todos los
incluso los más deseados, traen consi-
^■Smelancolía, ya que aquello que abando-
Ee C 5 «na parte de nosotros mismos; es pre-
nmnr a una vida para entrar en otra.”
I Cct..íj respondiendo a mi pensamiento, ella
W —Tutor mío, sov muy dichosa y, sin embar-
Ept tengo ganas de llorar.
ULTIMA PAGINA
21 de agosto de rSSs.
Pájúu ochenta y siete. . Todavía una vein-
Bpde líneas y mi libro sobre los insectos
pfe flores estará terminado. Página ochenta
v «ecc v última... “Como acaba de verse, las
..Se-c- . t ¿e los insectos tienen una gran importan-
,-e jtira las plantas; en efecto, ellos se encar-
^ ¿z trasportar el polen de los estambres al
■Sol Dijérasc que la flor está dispuesta y ata-
EZs la espera de esta visita nupcial. Creo
^EÉr «Jemosrrado que el néctar de la flor des-
E r- licor azucarado que atrae al insecto y
a operar inconscientemente la fecun-
EpBB directa o cruzada. Este último modo es
frecuente. He demostrado que las flo-
Eg p?;n coloradas y perfumadas de manera
«raen a los insectos y construidas interior-
de suerte que ofrecen a sus visitantes un
que les permite penetrar en la corola
KA5«ñirar sobre el estigma el polen del-cual
BStarpados. Sprengel, mi venerado maestro,
Efe * propósito de la pclusilla que tapiza la
del geranio de los bosques: “El sabio
de b naturaleza no ha querido crear un
^Evello inútil". Yo digo a mi vez: “Si el lirio
campos, al que se refiere el Evangelio,
^Ksestido con mas riqueza que el rey Salo-
■bcl so manto de púrpura es un manto de bo-
kj^B v este rico atuendo es una necesidad de
^^^grpetuación de su existencia, (t).
“Brolles, a 21 ¿te agosto de 1SS2 .”
I jubiles! Mi casa es la última que se encuen-
Kp/m la calle de la aldea, yendo hacia el bos-
Ek- Es una casa de agudo techo de pizarra,
irisa al sol, como el cuello de una palo¬
mo. La veleta que se eleva sobre el techo, me
Jfc Ji» mis consideración en estos lugares, que
todos mis trabajos de historia y de filología.
Hasca el último mono conoce la veleta del se¬
ñor Bonnard. Está enmohecida y rechina al
viento agriamente. Algunas veces se niega a
prestar su servicio, como Teresa, que, gruñen¬
do, se deja ayudar por una muchacha campesi¬
na. La casa no es grande, pero yo vivo a mi
gusto. Mi alcoba tiene dos ventanas y recibe
los primeros rayos del sol. Arriba está la habi¬
tación de los jóvenes. Juana y Enrique vienen
dos veces al año.
El pequeño Silvestre tenía su cuna. Era un
lindo niño, pero muy pálido. Cuando jugaba
sobre la hierba, su madre le seguía con una mi¬
rada inquieta, y a cada momento dejaba sus
agujas para tenerlo sobre sus rodillas. El pobre-
cilio no se quería dormir. Decía que, durmién¬
dose. se iba lejos, muy lejos, donde todo era
negro y donde veía cosas que le daban miedo
y que no quería ver.
Entonces su madre me llamaba, y yo me
acercaba a su cuna: él cogía uno de mis de¬
dos en su manecita caliente y seca y me decía:
-Quiero que me cuentes un cuento, padrino.
Yo le contaba toda clase de cuentos, que el
escuchaba gravemente. Le interesaban todos,
pero había uno que maravillaba singularmente
a su almita: era el de El pájaro azul. Cuando
acababa de contárselo, me decía:
-¡Otra vez! ¡Otra vez!
Yo recomenzaba, y su cabecita pálida, en I3
que azuleaban las venas, se dejaba caer sobre
la almohada.
El médico respondía a todas nuestras pregun-
tas:
— ¡No es nada extraordinario!
¡No! El pequeño Silvestre no tenía nada de
extraordinario. El año pasado, su padre me lla¬
mó una noche:
-Venga — me dijo -. El niño esta muy gra-
Me acerqué a la cuna, jumo a la cual la ma¬
dre permanecía inmóvil, atada por tbdas las
potencias de su alma.
El pequeño Silvestre volvió lentamente ha¬
cia mi sus pupilas, que se alzaron bajo sus pár¬
pados v no querían bajar de nuevo.
-Padrino - me dijo -. ya no es necesario que
me cuentes más cuentos.
¡No. ya no había para qué contarle mas
cuentos!
¡Pobre Juana, pobre madre!
Soy ya demasiado vicio para ser muy sensi¬
ble; pero, en verdad, la muerte de un niño es
un doloroso misterio.
El padre y la madre han llegado hoy. para
pasar seis semanas bajo mi mismo techo. Helos
aquí que vuelven del bosque, dándose el bra¬
zo. Juana se envuelve en un negro manto y
Enrique lleva una gasa de luto en su sombrero
de paja; pero los dos están radiantes de ju¬
ventud y se sonríen dulcemente el uno al otro,
sonríen a la tierra que pisan, al aire que los
envuelve, a la luz que cada uno de ellos ve
brillar en los ojos del otro. \o les llamo la
atención desde mi ventana con mi pañuelo, y
ellos sonríen a mi vejez.
Juana sube ágilmente la escalera, me besa y
murmura a mi oído algunas palabras que yo
adivino más que entiendo. Y le respondo:
-Que Dios te bendiga, Juana, a ti y a tu
marido, en vuestra más remota descendencia.
Et turne dbuhtis servar» tuttm, Domine.
<>) Silvestre Bonnard no sabía que, antes que él,
ilustres naturalista* habían investigado las relaciones
de los insectos y las plantas. Ignoraba los trabajos
de Darwin y los del doctor Hermán Müller, na» como
las observaciones de sir John Lubbock. Es preciso ad¬
vertir que las conclusiones de Silvestre Bonnard se
asemejan muy sensiblemente a las de estos tres sa¬
bio*. Aunque resulte menos útil, es acaso interesante
comprobar que sir John Lubbock es, at igual que
Bonnard, un arqueólogo entregado tardíamente a la3
ciencias naturales, i-Vola del editor.)
SILVESTRE BONNARD”
LLQTLAD - O >
AVENTURAS DE DON UNO
solución por BARTA
90 •EEOPLAN
iTITUIDQ
M E aquí de qué manera el azar,
que los escépticos llaman “agcn-
te de negocios” del buen Dios,
■- SM puso un día en contacto a los
W individuos cuya asociación fra¬
ternal debia constituir más adelante el cená¬
culo formado por aquella clase de bohemia
que el autor de esta obra ha intentado dar
a conocer al público.
Una mañana — era el 8 de abril —. Alejandro
Sehaunard, que cultivaba las arres liberales de
la pintura V de la música, fué despertado brus¬
camente por el carillón de un gallo de la ve¬
cindad, que le servía de reloj.
— ¡Demonio! — exclamó Sehaunard — . Mi re¬
loj de plumas adelanta. Ño es posible que ha¬
ya amanecido ya.
Diciendo aquellas palabras saltó precipita¬
damente fuera de un mueble de su industriosa
invención, y que. desempeñando el papel de
cama por la noche — y no hay que decir que lo
desempeña!» pésimamente—, reemplazaba duran¬
te el día a todos los demás muebles, ausentes
por causa del frío riguroso habido en el prece¬
dente invierno. Una especie de mueble Juan Pa¬
lomo. como se ve.
Para prevenirse de las mordeduras del cier¬
zo matinal, Sehaunard se puso a toda prisa una
falda de satén rosa sembrada de lentejuelas y
que le servía de bata. Aquella original prenda
había sido olvidada, cierta noche de baile de
máscaras en casa del artista, por una locura que
había cometido: la de dejarse atrapar en las
falaces promesas de Sehaunard, el cual, disfra¬
zado de marqués de Mondor. Hacía resonar en
sus bolsillos el tintineo seductor de una docena
de escudos, moneda de fantasía recortada con
un sacabocados en una placa metálica cogida en
la guardarropía de un teatro.
Vestido ya con su ropa de casa, el artista
fué a abrir la ventana y la persiana. Un rayo
de sol, semejante a una flecha de luz, penetró
bruscamente en el cuarto y le obligó a abrir
del todo los ojos, todavía velados por las nie¬
blas del sueño. Al mismo tiempo daban las cin¬
co en un campanario cercano.
—Es la aurora misma — murmuró Sehaunard—.
¡Qué cosa más rara! Sin embargo - añadió con¬
sultando un calendario colgado de la pared —
no hav ningún error. Las indicaciones de la
ciencia afirman que en esta época del año.no
debe salir el sol hasta las cinco y media. No
son más que las cinco y ya está el sol arriba.
Exceso de celo, sin duda. Este astro está equi¬
vocado. Me quejaré ante el Observatorio Astro¬
nómico. Entretanto — agregó — debería comen¬
zar por inquietarme un poco. Hoy es induda¬
blemente el-día siguiente de ayer, y como ayer
era siete, a menos que Saturno no marche ha¬
cia atrás, debe ser hoy ocho de abril. Y si
creo en lo que afirma este papel — prosiguió
Sehaunard leyendo de nuevo una notificación
de desalojo pegada en la pared—, hoy a las do¬
ce en punco debo haber desocupado estos rin¬
cones y puesto en manos del señor Bemard,
mi casero, una suma de setenta y cinco fran¬
cos por trimestre vencido, y que me reclama
por este escrito redactado con pésima caligra¬
fía por cierto. Esperaba, como siempre, que la
casualidad se encargaría de liquidar este asun¬
to; pero parece que no ha tenido tiempo. En
fin, tengo aún seis horas ante mí; empleándolas
bien, puede ser que... ¡Vamos..., vamos, en
marcha! — añadió Sehaunard, y ya se disponía
a ponerse un abrigo cuya tela, primitivamente
peluda, estaba a la sazón completamente calva,
cuando de pronto, como si hubiese sido mor¬
dido por una tarántula, se puso a ejecutar en
su habitación una danza de su cosecha, que en
los bailes públicos más de una vez le había va¬
lido los honores de la policía. — ¡Admirable!
—exclamó — . ¡Qué cosa más curiosa! El aire
matinal despierta las ideas. Me parece que £s-
toy sobre la pista de mi composición. Veamos.
Y Sehaunard. medio desnudo, fué a sentarse
sobre su piano, y, después de haber desperta¬
do al dormido instrumento con una tempestad
de acordes, comenzó, sin dejar de monologar,
a perseguir sobre el teclado la frase melódica
que buscaba desde hacía tanto tiempo. Do, sol,
mi, la, si. do, re, ¡pun! '¡pun! Fa, re, mi, re.
¡Ay! ¡av! Es más falso que Judas, éste - re¬
contento Sehaunard golpeando con violencia
en la tecla de tonos dudosos Veamos el to¬
no mcr.or... Debe describir hábilmente la
aflicción de una joven que está deshojando una
margarita blanca en un lago azul. He aqui una
idea que no es infantil. En fin, ya que es moda,
y no se encontraría un editor que se arreviese
a publicar una romanza donde no hubiera un
lago azul, hay que conformarse — Do, nti, M
mi, do, la, si, do re. No estoy descontento d
esto; da bastante bien la idea de una margaría
sobre todo para las personas que están fuerte
en botánica. La, si, do, re. ¡Demonio de ré
Ahora para dar la sensación exacta del I
azul, me haría falta algo húmedo, algo fl
algo de raj o de luna, porque la luna entra tai*
bien. ¡Toma, pero si va saliendo!... No q
videmos el cisne — fa, mi, la, sol — contiíwi
Sehaunard. haciendo chapalear las notas era
talinas de la octava 3guda —. Queda el adiós i
la muchacha que decide arrojarse al lago azi
para volver a reunirse con su amado, enterri
do bajo la nieve. El desenlace no está claro-
murmuró Sehaunard-, pero es interesante. N-
cesitaba alguna cosa tierna, melancólica; a
sale, ya sale! He aquí una docena de compás
que lloran como Magdalenas; ¡parte el corazq
¡Brrr! ;Brrr! — farfulló Sehaunard. estremí
ciéndose en su falda tachonada de lentejuclas-
¡Si pudiera partir leña en vez de corazón! 11 »
en mi alcoba una viga que me incomoda n»
cho cuando tengo gente... a comer; encend
ría un poco de lumbre con... ¡a, la... re, rn¡
porque siento que la inspiración me viene e
vuelta en un resfrío de cabeza. ¡Qué le van»
a hacer! Paciencia. Continuemos ahogandoj
mi muchacha.
Y mientras que sus dedos aporreaban el tccb
do palpitante, Sehaunard, con los ojos enea
didos, y las orejas tiesas, daba caza a la melodi
la cual, semejante a una ninfa intangible, revoli
teaba en medio de la niebla sonora que las t
braciones del instrumento parecían esparc
por el cuarto.
—Veamos ahora — prosiguió Sehaunard — o
mo mi música se ensarta en la letra de mi po
ta. Y tarareó con voz desagradable este frai
mentó poético, compuesto especialmente pa
las óperas cómicas y las leyendas populare
La rubia jovencita
hacia el ciclo estrellado,
quitándose la mantilla,
lanza su mirar velado,
y en la onda azul osa
del lago de olas de {data...
LEOPLAN . U
IE LA BQH
Un episodio de
ESCENAS DE LA VIDA BOHEMIA
la inmortal obra de ENRIQUE MURGER
ILUSTRACIONES DE ÁRTECHE
E¡s>o!' ¡cómo! — exclamó Schaunard arre-
en justa indignación — . -La onda aztt-
jáe su lago de olas de plata ?. .. ¡Todavía
Pe había dado cuenta de ello! Es demasiado
■¿ico. a l fin. Este poeta es un idiota. No
inst» nunca ni plata ni lago. Su balada es
Bife además. E¡ corte de los versos perju-
■b música. En lo sucesivo yo mismo com-
B la letra. Y en seguida. Estoy en vena
E a hilvanar un boceto de cuplé adaptable
■ velodía.
r Schaunard. apoyando la cabeza entre sus
ki tomó la grave actitud de un mortal que
^Bie relaciones con las Musas. Al cabo de
de 'aquel connubio sagrado, había dado
L en-: Je aquellas deformidades que ios li¬
bretistas llaman con razón monstruos, V que im¬
provisan bastante fácilmente para servir de ca¬
ñamazo provisional a la inspiración del compo¬
sitor.
Sólo que el monstruo de Schaunard tenía sen¬
tido común y expresaba bastante claramente la
inquietud provocada en su espíritu por la lle¬
gada brutal de aquella fecha: ;8 de abril!
He aquí la copla:
Ocho y ocho dieciséis,
Pongo seis y llevo el uno,
Seria muy venturoso
Si topase con alguno,
Cual yo, humilde y generoso,
„92 . LEOPLAN
Que me dé pronto y gustoso
Ochocientos francos juntos.
Pagando a mis acreedores
Se acabarían ¡os sustos
Y además ¡os sinsabores.
Estribillo:
Y a ¡as doce menos cuarto
En el cuadrante a sonar ,
Pagaría ¡o que debo
A mi casero Bemord.
—¡Caramba! - exclamó Schaunard releyendo
su composición —. Sonar y Bemord no son ri¬
mas muy millonarios que digamos; pero no ren¬
go tiempo de enriquecerlas. Intentemos ahora
casar las notas con las sílabas.
Y con aquel horrible órgano nasal que le
era peculiar volvió de nuevo a la ejecución de
su romanza. Satisfecho sin duda del resultado
que acababa de obtener, Schaunard se felicitó
con una mueca de júbilo que, semejante a un
acento circunflejo, se le ponía a caballo en sus
narices siempre que se sentía contento de sí
mismo. Pero aquella orgullosa beatitud duró
muy poco.
Dieron las once en el campanario cercano.
Cada campanada entraba en la habitación y se
extinguía en resonancias socarronas, que pare¬
cían decir al desgraciado Schaunard: “¿Estás
listo?"
El artista brincó en su silla.
-El tiempo corre como un gamo — dijo —.
Sólo me quedan tres cuartos de hora para en¬
contrar mis setenta y cinco francos y mi nue¬
vo alojamiento. No lo conseguiré nanea. Eso
enrra demasiado en el dominio de la magia.
Vamos a ver. Me concedo cinco minutos para
dar con ello — . Y hundiendo Ja frente entre sus
rodillas, descendió a los abismos de la reflexión.
Los cinco minutos corrieron, y Schaunard
enderezó su pbeza sin haber encontrado nada
que se pareciese a setenta y cinco francos.
-Decididamente sólo tengo nn partido que
tomar para salir de aquí. Es el de marcharme
tranquilamente. Hace buen tiempo, v quizá mi
amigo el azar esté paseando al sol. Tendrá que
darme hospitalidad hasta que haya encontrado
el medio de liquidar con el señor Bemard.
Schaunard, tras de atiborrar los bolsillos del
gabán, profundos como cuevas, de cuantos ob¬
jetos podían contener, envolvió, anudando en
un pañuelo, algunos efectos de ropa y dejó su
aposento, no sin dirigir en unas palabras conmo¬
vidas un adiós a su domicilio.
Al atravesar el patio, el porrero de la casa,
que parecía espiarle, le detuvo súbitamente.
— ¡lih, señor Schaunard! — gritó cerrando el
paso ¡¡I artista —. ¿Se acuerda usted de eso? Hoy
es día ocho.
Ocho y ocho dieciséis ,
Pongo seis y llevo wio...
—canturreó Schaunard —. No pienso en otra
cosa.
—Es que se ha retrasado usted un poco en su
mudanza — repuso el portero —. Son las once
y media, y el nuevo inquilino, a quien se ha
alquilado su cuarto, puede llegar de un momen¬
to a otro. ¡Hay que darse prisa, señor!
—En ese caso - respondió Schaunard — dé¬
jeme pasar. Voy a buscar un carro de mudanza.
—Muy bien. Pero antes de mudarse hay que
cumplir una pequeña formalidad. Tengo orden
de n<» dejarle a usted llevar un solo pelo sin
uc haya pagado los tres trimestres vencidos.
upongo que estará usted en condiciones...
— ¡Ya lo creo!-exclamó Schaunard dando
Un paso adelante,
—¿Quiere usted entonces entrar en mi habi¬
tación? — repuso el porrero—.Le voy a dar
SU* recibos.
—Los recogeré al volver.*
—Pero, ¿por que no en seguida?—preguntó
el portero con insistencia.
—Voy a buscar un cambio... No tengo mo¬
neda suelta.
—¡Ah! — repuso el otro con impaciencia —.
'¿Con que usted va en busca de plata menuda?
En tal caso, para ayudarle, permítame que le
guarde ese paqiietito que lleva debajo del bra¬
zo, y que podría estorbarle.
—¿Es que desconfía usted de mí, por casuali.
dad, señor portero? — interrogó Schaunard con
dignidad —. ¿Cree usted, pues, que llevo mis
muebles en un pañuelo?
—Discúlpeme, señor —replicó el portero ba¬
jando un poco el tono—.Es mi consigna. El
señor Bemard me ha dado orden expresa de que
no le permita a usted sacar ni un pelo, sin que
antes le haya pagado.
—Pero hombre — exclamó Schaunard desatan¬
do el lío—, no hay aquí pelos ni para muestra.
Son camisas que llevo a la planchadora, que
. vive al lado del cambista, a veinte pasos de
aquí.
—Eso es otra cosa — contestó el portero des¬
pués de haber examinado el contenido del pa¬
quete —. Ahora, si no hay indiscreción en la pre¬
gunta, ¿adonde se muda usted, señor Schau¬
nard?
—A la calle de Rívoli — repuso fríamente el
artista, que, habiendo puesto el pie en la calle,
se alejó lo más presto posible.
-Calle de Rívoli — murmuró el porrero me¬
tiéndose los dedos en la nariz—-Cosa extraña
que le hayan alquilado en la calle de Rívoli y'
que no hayan venido a tomar informes aquí.
¡Extrañísimo! En fin, no se llevará sus mue¬
bles sin haber pagado antes. ¡Con tal que.el
otro inquilino no se mude precisamente en el
momento en que el señor Schaunard se mude!
¡Menudo jaleo habría en ¡a escalera oon ambos
mobiliarios! ;Paf! Hablando de Roma... — ex¬
clamó de pronto asomando la cabeza entre el
postigo de la ventana —. Aquí está precisamente
mi nuevo inquilino.
Seguido de un mozo de cuerda, que no pa¬
recía doblarse bajo el peso de su carga, acababa
de entrar, en efecto, un joven tocado con un
sombrero blanco Luis XIII.
—¿Está ya libre mi apartamento? — preguntó
al portero, que había salido a su encuentro.
—Aun no, señor; pero va a estarlo. La per¬
sona que lo ocupa ha ido a buscar el carro pa¬
ra mudarse. Por lo demás; en tanto espera, el
señor podría depositar sus muebles en el patio.
—Temo que llueva - respondió el joven, mas¬
ticando tranquilamente un ramo de violetas que
tenía entre los dienres —. Podría estropearse mi
mobiliario. Deposite usted eso, mozo —añadió
dirigiéndose al hombre que había quedado tras
él, portador de un gancho cargado de objetos
cuya naturaleza no se explicaba bien el porte¬
ro-, en el vestíbulo y vuelva a mi antiguo alo¬
jamiento a tomar lo que queda todavía de mue¬
bles preciosos y de objetos de arte.
El mozo colocó a lo largo de una pared va¬
rios bastidores de una altura de seis a siete pies,
y cuyas hojas; replegadas en aquel instante unas
sobre otras, parecían poderse desplegar a vo¬
luntad.
—¡Fíjese! — exclamó el joven al mozo abrien¬
do a medias una de las hojas v enseñándole una
desgarradura que había en la tela—.He aquí
una desgracia. Me ha estrellado usted mi gran
luna de Venccia. Procure usted tener cuidado
en su segunJo viaje. ¡Mucho cuidado, sobre
todo con mi biblioteca!
— ¿Qué quiere decir usted con su Juna de
Venccia? - musitó el portero dando vuelta^,con
aire irtqületo en torno a un biombo—.En fin,
vamos a ver lo que va a traer en el segundo
viaje.
—¿Es que su inquilino no va a dejar en segui¬
da el sirio libre? - preguntó el joven -.Son las
doce y media y querría ya ocuparlo.
—No creo que tarde — respondió el portero—.
Por lo demás, no hay todavía mal alguno, pues¬
to que no han llegado sus muebles — añadió
recalcando las últimas palabras.
Iba a responder el joven, cuando un soldado
en funciones de ordenanza entró en el patio.
—¿El señor Bemard? — preguntó sacando una
carta del portadocumentos de cuero que lle¬
vaba colgada en bandolera.
—Sí, señor; aquí es — contestó el portero.
—Esta carta es para él —repuso el militar
Firme usted el recibo.
Y entregó al conserje un talonario de desp
chos, que éste fué a firmar en su habitací"
— Dispense usted si le dejo solo — dijo c! p
tero al joven que se pascaba en el patio con ir
paciencia—; pero se trata de una carta del
nisterio para el señor Bernard, mi patrórQy «
a subírsela.
En el momento en que el portero entr
en su casa, el señor Bernard estaba afeitando!
—¿Qué quiere usted, señor Durand?
—Es un ordenanza, señor — contestó i
quitándose la gorra—,que ha traído esto j
usted. Es del ministerio.
Y le pasó al señor Bernard la carta, cuyo S
bre estaba timbrado con‘el sello del AlinistH
de Guerra.
—¡Dios mío! — exclamó el señor Bernard, 4
tal modo emocionado que se cortó con la n
vaja — . ¡Del .Ministerio de Guerra! Estoy i
guro de que es mi nombramiento de caballc
de la Legión de Honor, que tengo solicita]
desde hace tiempo. ¡Por fin se hace justicia
mi buen comportamiento! Tenga usted, Durai
—dijo buscando en el bolsillo de su chaleco
cinco francos para beber a mi salud. ¡Tom
No tengo suelto encima. Voy a dárselos a «
ted en seguida. Aguarde.
Tan grande fué la emoción que experim._
el portero ante aquel acceso de generosías
fulminante, a que su ¡imo no le tenía acostpl
brado, que se encasquetó de nuevo la gorraJ
~ ~ ‘ ircuñ
Pero el señor Bernard, que en otras
tandas hubiera reprendido severamente aqi
infracción a las leyes de la jerarquía soi
no pareció darse cuenta de ello. Se puso 1
gafas, rompió el sobre con la emoción resp
tuos 3 de un visir que recibe un firman del sn
tán, y comenzó la lectura del despacho. A i
primeras líneas nn gesto espantable marcó pli
gues carmesí en la grasa de sus mejillas nv
nacales, y sus ojuelos lanzaron chispas c.ipac-,
de prender fuego a los mechones de su pduc
enmarañada. Todas xús facciones estaban fina?
mente hasta tan extremo alborotadas, que i
hubiese dicho que su cara acababa de expH
mentar un temblor de tierra.
He aquí cuál era el contenido de la misivi
escrita en papel timbrado del Ministerio di
Guerra, traída a rienda suelta por un sold»
do de caballería, y de I3 que el señor Durará 1
había dado un recibo al gobierno.
Muy señor y casero mío:
“La cortesía, que, a creer en la mitología, 1.
abuela de los buenos modales, me obliga' a po?
ncr en conocimiento de usted que me hallo c
la cruel necesidad, de faltar al uso establecí^
que con>isie en pagar los alquileres de la caá
sobre todo, cuando se deben. Hasta esta ms
ñaña había acariciado la esperanza de pfldel
celebrar este magnífico día pagando los tres
últimos recibos de mi alquiler. ¡Quimera, :l ~™
sión. ideal!
'En tanto que dormitaba yo en la almohad
de la seguridad, mi mala estrella (ananke CB
griego), mí mala estrella dispersaba mis espe^
ronzas. Los ingresos con que contaba, ¡Díój
mío, qué mal van los negocios!, no se han ve¬
rificado, y de las sumas considerables que ha*
bía- de cobrar no he recibido más que tres fram
eos, que, cOmo se me lian prestado, no se los
ofrezco a usted. Vendrán días mejores parí
nuestra hermosa Francia y para mí, no lo dude
usted, señor. Tan pronro'como luzcan, me fal-
taran alas para ir a advertírselo y.retirar de su
finca hs cosas preciosas que he dejado allí, 1
pongo bajo su prorccción y la de la ley, qtií
antes de un año le prohíbe a usted negocii*
las, en el caso de que quisiera usted intentarla
a fin de cobrarse las sumas que le he aere?
ditado a usted en el registro de mi probidad:
Le recomiendo especialmente mi piano y el
cuadro grande en el que se encuentran sesen*
ta bucles de cabellos, cuyos colores diferente
recorren toda la gama de los matices capilar
LEOPLAN - 93
í han sido cortados de la frente de las
por el escalpelo del Amor.
r '?ucde usted, pues, señor y casero, disponer
dorados techos bajo los cuales he vivido.
Wq a usted mi autorización reforzada con
i ¿mía al pie.
Alejandro Schaunard .
máo hubo acabado de leer aquella epís-
^ c el artista había redactado en la oficina
no de sus amigos, empleada en el Minis-
i de Guerra, el señor Bernard la estru-
■ indignación; y, como su mirada cayese
uese Durand, que aguardaba la grnti-
, prometida, le preguntó brutalmente
B Sacia allí.
jay- esperando, señor.
"3 qué?
■ generosidad que el señor... con motivo
Efe buena noticia... — balbuceó el portero.
Retírese! ¡Cómo, bribón! ¿Se atreve a te-
_ r V gorra puesta en mi presencia?
f —pero, señor...
_\o me conteste. Retírese, le digo. Es decir,
l. No se vaya. Espéreme. Vamos a subir al
mto de ese granuja de artista, que se muda
jm. pagarme.
*—JE-s posible 5 — exclamó el portero — . ¡El se-
Sduunard!...
-Sí —prosiguió el casero, cuyo furor subía
pntto como el de Nicolás —. Y si ya se ha
* el menor objeto, ¿me oye usted 5 , le
¿me oye usted? ¡Le pongo de patitas
’jík Calíceee!'
■ftro no es posible — nlurmuró el pobre por-
i—. El señor Sdiaunard no se ha mudado,
kío a buscar dinero para pagar a! señor y
el carro que ha de llevarse sus mue-
—aUcvarse los muebles? — exclamó el señor
^«d-. .Corramos! Estoy seguro de que se
p toi llevando. Le ha tendido a usted un la¬
pa» alejarle de la portería y dar el golpe,
' zo de animal.
_ Válgame Dios, que 3nimal soy! - excla-
¿ también maese Durand temblando ante la
a—» olímpica de su amo, que le arrastraba
ac 3a escalera.
Ya habían llegado al patio cuando el io-
m ¿ei sombrero blanco apostrofó al portero,
¡siéndole:
—;Eh! Oiga, portero. ¿Es d u e no me van a
K pronto posesión de mi domicilio? ¿No es-
hoy a 8 de abril? ¿No es aquí donde he
V no le he dado a usted una seña
¿Sí o no?
-ftrdón, señor, perdón - intervino el casero
¿endo a su inquilino -. Soy con usted en
Durand — añadió, dirigiéndose a_ su
„_ ? voy a responder yo mismo al señor.
. usted arriba, porque ese picaro de Schau-
fca vuelto sin duda para hacer sus líos. Lo
jp si usted lo sorprende, y vuelva a bajar
x a buscar los guardias.
_ — Durand desapareció por la escalera.
—fferdón. señor - dijo el casero inclinándose
joven, con quien había quedado solo—,
ío tengo el gusto de hablar?
su nuevo inquilino, señor. He alquila-
cuarto en esta casa en el sexto, y em-
a impacientarme porque el alojamiento
i desocupado.
> siento mucho, crea usted — repuso el
Bernard —. Ha surgido una dificultad con
oilino a quien usted ha de reemplazar.
—¿Señor, señor Bernard! - gritó maese Du-
* desde una ventana situada en el último
de la casa -. No está el señor Schaunard,
su habitación, si... ¡Qué animal soy!...
ro decir que no se ha llevado nada. ¡Ni un
_—: señor! •
" _£«¿ bien. Baje usted —respondió el señor
rd -. ¡Dios mío! — repuso dirigiéndose al
—.Suplico a usted un poco de paciencia.
| portero va a bajar al sótano los objetos que
i el cuarto de mi inquilino insolvente, y
> de media hora tomará usted posesión
de él. Puesto que los muebles de usted aun no
han llegado...
—Perdón, señor — respondió tranquilamente
el joven.
El señor Bernard echó una mirada a su al¬
rededor y no advirtió sino las grandes mampa¬
ras que habían preocupado ya a su portero.
—¿Cómo perdón? — murmuró — . Pero el caso
es que yo no veo nada.
— ¿Nada? Mire usted — contestó el joven,
desplegando las hojas de la mampara y ofre¬
ciendo a la vista del casero atónito un magní¬
fico interior de palacio con columnas de jaspe,
bajorrelieves y cuadros de grandes maestros.
—¿Y los muebles? — volvió a preguntar el ca¬
sero! . . .
—Pues ahí están — contestó el joven indican¬
do el mobiliario suntuoso que se encontraba
pintado en el palacio que acababa de comprar
en la casa Bullion, donde formaba parte de
un3 venta de decoraciones de un teatro de afi¬
cionados.
-Me complazco en creer, señor — repuso el
casero-, que tendrá usted muebles más serios
que éstos.
—¡Cómo! Son de Boule puro.
-Comprenderá usted que necesito garantías
para el pago de los alquileres.
— ¡Caramba, señor! ¿No le es a usted sufi¬
ciente un palacio para responder del alquiler de
una buhardilla?
—No, señor. Quiero muebles de verdad. Mue¬
bles de caoba.
— ¡Ay, señor! ¡“Ni el oro ni la caoba nos
hacen dichosos”, ha dicho un antiguo. Y, ade¬
más. no puedo tolerar la caoba. És una made¬
ra demasiado vulgar. Todo el mundo la tiene.
—En fin, señor, ¿tiene usted mobiliario, sea
el que fuere?
—No, señor. Eso ocupa demasiado sitio en
las habitaciones, y en cuanto uno tiene sillas ya
no sabe dónde sentarse.
—Sin embargo, tendrá usted una cama. ¿Dón¬
de descansa usted?
—Descanso en la Providencia, señor.
—Perdón, una pregunta más — dijo el señor
Bernard Si no le molesta, ¿cuál es su profe-
En aquel mismo instante el mozo de cuerda
llegaba de su segundo viaje y entraba en el pa¬
tio. Entre los objetos de que estaba cargado
su portafardos, se advenía un caballete.
— ¡Ah, señor! — exclamó maese Durand con
terror, enseñando el caballete al casero —. ¡Es
un pintor!
— ¡Un artista! ¿Pero es verdad lo que ven
mis ojus? - exclamó a su vez el señor Bernard,
y los cabellos de su reluca se 1c ponían de pun¬
ta—.¡Un pintor! ¿Pero no se ha informado
entonces usted de este señor? — repuso dirigién¬
dose al portero — . ¿No sabía usted lo que ha¬
cía?
— ¡Caramba! — replicó el pobre hombre—.
¿Cómo podía dudar si me había dado cinco
francos de seña de trato?
— ¿Cuándo acabarán ustedes? — preguntó a su
vez el joven.
—Puesto que usted, señor —repuso el señor
Bernard afirmándose bien los anteojos en la na¬
riz—.no tiene muebles, no puede ocupar el cuar¬
to. La lev autoriza a rechazar un inquilino que
no ofrezca garantías.
—¿Y nú palabra? — replicó el artista con dig¬
nidad.
—No «emplaza a los muebles... Puede us¬
ted buscar un cuarto en otra parte. Durand va
a devolverle a usted lo que dió usted en con¬
cepto de trato.
— ¿Eh?—terció el portero con estupor—.Lo
he puesto en la Caja de Ahorros.
—Señor mío - dijo el joven al casero —. en¬
contrar otra habitación no es cosa de un minu¬
to. Déme usted hospitalidad al menos por un
día. i
-Vaya usted a una pensión — repuso el se¬
ñor Bernard -. A propósito - añadió vivamen¬
te, como inspirado por una idea repentina —. Si
usted quiere, le alquilaré amueblada la habita¬
ción que debía ocupar, y en que se encuentran
los muebles de mi inquilino insolvente. Ahora
que, como sabrá usted, en este género de loca¬
ción se paga siempre adelantado.
—La cuestión es saber cuánto pide usted por
ese tabuco—contestó el joven, obligado a tra¬
tar sobre aquella base.
—El alojamiento es muy conveniente. El al¬
quiler sera de veinticinco francos al mes, dadas
las circunstancias. Pago adelantado.
—Ya lo ha dicho usted, y es frase que no me¬
rece los honores de la repetición — observó el
joven al par que registraba en el bolsillo—.
¿Tiene usted cambio de quinientos francos?
—¿Eh? — preguntó el casero, estupefacto —.
¿Dice usted?. ..
—Si, un billete de quinientos francos, la mi¬
tad de mil. ¿Le extraña? ¿Es que no lo ha visto
usted nunca? — anadió el artista restregando el
billete por las narices del casero y del portero,
quienes, al verlo, parecieron perder el equilibrio.
—Voy a cambiárselo — dijo respetuosamente
el casero — . Y no cobraré más que veinte fran¬
cos, puesto que Durand le debe cinco.
—Se los regalo — contestó el artista — con la
condición de que suba todas las mañanas a de¬
cirme el día y la fecha del mes, las fases de la
luna, el estado del tiempo y la forma de go¬
bierno en que vivimos.
— ¡Ah, señor! — exclamó maese Durand des¬
cribiendo una curva dorsal de noventa grados.
—Está bien, buen hombre. Me servirá usted
de abnanaque. Entretanto, ayude usted a mi
mozo a subir los muebles.
—Voy a enviarle, señor, su recibo — dijo el
casero.
Aquella misma tarde el nuevo inquilino del
señor Bernard, el pintor Marcelo, estaba ins¬
talado en la habiración del fugitivo Schaunard,
transformada en palacio.
Entretanto, el susodicho Schaunard corría
por París tocando lo que llamaba la generala
de la moneda. Schaunard había elevado el sa¬
blazo a la altura de un arte. Previendo el caso
de tener que sablear a extranjeros, había apren¬
dido la manera de pedir prestados cinco fran¬
cos en todas las lenguas del globo. Había estu¬
diado a fondo el repertorio de las astucias que
la moneda emplea para escurrirse de sus per¬
seguidores. Y conocedor de las mareas mejor
que un piloto, Schaunard sabía las épocas en
que las aguas estaban altas o bajas; es decir,
los días en que sus amigos y conocidos tenían
la costumbre de recibir dinero. Por eso, en al¬
gunas casas, al verle entrar por la mañana, no
decían: “Aquí está Schaunard”, sino: "Aquí es¬
tá el primero o el quince del mes”. Para facili¬
tar e igualar al mismo tiempo aquella especie
de diezmo que iba a cobrar a cuenta de mayor
cantidad cuando la necesidad le forzaba, de las
personas que tenían medios de pagarle, Schau¬
nard había confeccionado listas por barrios y
distritos y en orden alfabetice? donde se en¬
contraban los nombres de todos sus amigos y
relaciones. Frente a cada nombre está inscrito
el máximo de la suma que podía pedirle en re¬
lación a sus recursos, con expresión de la épo¬
ca en que la persona esraba en fondos, y la
hora de la comidas, con la lista habitual do la
casa. Además de aquel cuadro, Schaunard lle¬
vaba una contabilidad minuciosa en que cons¬
taban las cantidades recibidas, aún las más pe¬
queñas. pues no quería entramparse con deudas
superiores a las que podría liquidar cuando he¬
redase a cierto tío suyo, nomundo.
Tan pronto como ascendía a ao francos lo
que debía a una persona, cerraba la cuenta y la
saldaba de una vez, íntegramente, aunque para
pagarle tuviera que pedir prestado a otras per¬
sonas. De aquella manera mantenía siempre en
la plaza cierto crédito al que daba el nombre
de ‘‘deuda flotante”; y como se sabía que tenía
la costumbre de pagar en cuanto sus recursos
personales se lo jsermitian, se le daba con gusto
basta donde era posible lo que pedía.
Ahora bien; desde las once de la mañana en
94 '« LEOPLAN
que había partido de su casa en basca de I09
setenta y cinco francos necesarios, no había
reunido todavía más que tres, gracias al recorri¬
do de las famosas listas en sus ierras M. V. y R.
Teniendo todo lo demás del alfabeto que pa¬
gar el alquiler, lo estimuló a Schaunard a pro¬
seguir en su recorrida.
A Jas seis de la tarde un violento apetito hizo
sonar en su estómago la hora de comer. Estaba
entonces en la calzada del^ Mainc, donde vivía
lar letra U. Schaunard subió a casa de dicha le¬
tra, donde tenía cubierto puesto, cuando había
-- cubierto. *
—¿Dónde va usted, señor? — le preguntó el
portero, deteniéndole al pasar.
—A casa del señor U... — respondió el ar¬
tista.
—No está.
—¿Y la señora?
—Tampoco. Me han encargado que si viene
uno de sus amigos, a quien esperaban esta no¬
che, le diga que han ido a comer al centro...
¡Ah!, puede que sea usted, precisamente — aña¬
dió al portero —. Aquí tiene usted la dirección
que han dejado. — Y tendió a Schaunard un
. trozo de papel en el que su amigo U. había es¬
crito: “Nos hemos ido a comer a casa de
Schaunard, calle de... número... Allá te es¬
peramos".
—Muy bien — comentó éste, marchándose —.
Cuando la casualidad interviene, suceden cosas
muy divenidas.
Schaunard recordó entonces que se encon¬
traba a dos pasos de un figón donde dos o tres
veces había comido por poca cosa, y se enca¬
minó hacia el establecimiento en cuestión, si¬
tuado en la calzada del Maine y conocido entre
la baja bohemia con el nombre de la Mére Ca¬
det. Es un fonducho cuya clientela habitual se
compone de cocheros de la línea de Orleans,
de cantantes de Montparnasse y galanes de Bo¬
bino. En los buenos tiempos, los pintorzuelos
de los numerosos estudios que rodean el Lu-
xemburgo, los escritores inéditos, los redactores
de gacetas misteriosas van en tropel a cenar
a casa de la Mére Cadet, célebre por sus fricasé
de conejo, por su chucrut auténtico y por su
vinillo blanco que sabe a yesca de chispa.
Schaunard fue a sentarse bajos los bosqueci-
llos. I:n la Mére Cadet se llama así al mengua¬
do follaje de dos o tres árboles raquídeos con
que se ha hecho emparrar la vegetación enfer¬
miza.
f-Tanto peor — dijo Schaunard para su co¬
leto —. Voy a darme un atracón y a servirme
UQ festín de Baltasar, íntimo.
Y dicho y hedió, pidió un plato de sopa,
media ración de chucrut y dos medias rado¬
nes de fricasé de conejo. Había observado que
fraccionando las raciones se ganaba por lo me¬
nos una cuarta porte en el entero.
Aquel modo de pedir platos fué causa.de
que se fijase en Schaunard la mirada de una
muchacha vestida de blanco, tocada con flores
de azahar y calzada con zapatos de baile. Un
velo en imitndón... de imitación, flotaba sobre
sus espaldas, que habían hecho bien en guardar
el incógnito. Era una cantante del Teatro Mont-
pamasse, cuyos pasillos daban, por decirlo así,
a la cocina de la Mére Cadet. Había ido a co¬
mer durante un entreacto de Lucia, y terminaba
en aquel instante, con media taza de café, una
cena compuesta exclusivamente de una alca¬
chofa con aceite y vinagre.
—Dos fricasés... ¡bestia! — dijo quedamente
a la camarera —. líe aquí un joven que se ali¬
menta bien... ¿Cuánto debo, Adela?
—Veinte de la alcachofa, veinte de la media
taza y cinco de pan. Total, cuarenta y cinco
céntimos.
—Ahí van — dijo la cantante. Y salió tara¬
reando:
Este amor que Diot me envía...
—¡Hola! da el h - observó entonces un per¬
sonaje misterioso sentado a la misma mesa que
Schaunard y medio oculto detrás de una mu¬
ralla de libros usados.
.—¿Lo da? — repuso Schaunard —. Creo, más
bien, que se lo guarda. No hay más que ver
eso — añadió señalando con el dedo el plato
en que Lucia de Laviennoor había consumido
sus alcachofas —. Hace adobar su falsete po¬
niéndolo en vinagre.
—Es un acido violento — añadió el personaje
que había hablado ya-.La ciudad de Or!ei:is
produce uno que goza de gran fama. *
Schaunard examinó atentamente aquel suje¬
to que le echaba anzuelos para la conversación.
La mirada fija de sus ojazos azules, que pare¬
cían siempre empeñados en buscar algo, daba a
su fisonomía un sello de placidez beatífica que
se observa en los seminaristas. Su rostro tenía
el tono del marfil viejo, excepto las mejillas,
que estaban teñidas con una capa de color de
ladrillo molido. Su boca parecía dibujada por
un alumno de “primeros principios" al que le
hubieran empujado el codo. Sus labios, algo
levantados a la manera de la raza negra, deja¬
ban ver unos dientes de perro de caza, y su bar¬
billa descansaba, formando dos pliegues, en una
corbata blanca, una de cuyas puntas amenazaba
a los astros mientras la otra picaba en tierra.
Por bajo de un sombrero de fieltro, calvo, con
alas prodigiosamente anchas, sus cabellas se
desbordaban en rubias cascadas. Vestía un abri¬
go de color de avellana y con esclavina cuya
tela, reducida a la trama, tenía las rugosidades
de un rallador. Por los bolsillos muy abiertos
del gabán asomaban líos de papeles y folletos.
Sin hacerse cargo del examen de que era objeto,
saboreaba un chucrut con chorizos, dejando
escapar ruidosamente signos de satisfacción. Sin
cesar de comer, leía un libro osado abierto ante
él, y en el que hacía de cuando en cuando
anotaciones con un lápiz que lleyaba en la
oreja.
-¡Eh! — gritó de pronto Schaunard dando
con el cuchillo en un vaso —. ;Y mi fricasé?
—\a no hay, señor — respondió la moza, que
llegaba con un plato en la mano —. Este es el
ultimo. V este señor lo había pedido antes...
— añadió depositando el plato junto al hombre
de los libros viejos.
—¡Caramba! — exclamó Schaunard.
Y había tanta decepción melancólica en aquel
¡caramba!, qucel hombre de los libros se sintió
conmovido íntimamente. Removió la muralla
de volúmenes que le separaba de Schaunard, y,
poniendo el plato entre los dos, le dijo con las
inflexiones más dulces de su voz:
—¿Será una osadía, señor, rogar a usted que
comparta conmigo este plato?
—¡Oh, no señor! Pero no se prive usted por
causa mía.
-¿Aje va a privar usted del placer de serle
agradable?
—Si es así, señor...
Schaunard acercó su plato.
—Permítame usted que no le ofrezca la ca¬
beza — dijo el desconocido.
—¿Ah, señor! — exclamó Schaunard —, no
puedo consentirlo.
Pero al retirar su plato se dió cuenta de que
el desconocido le habia precisamente servido
la pane que decía querer reservarse para sí.
—¿Qué querrá decir entonces' con su apa¬
rente cortesía? — gruñó para sus adentros
Schaunard.
-St Ja cabeza es la pane más noble del hom¬
bre-dijo el desconocido-, es, en cambio, la
mas desagradable del conejo. Muchas personas
hay por eso que no la pueden tolerar, pero a
mi me parece deliciosa.
—Entonces — dijo Schaunard —, siento mu¬
cho que por mí se haya privado usted de ella.
—¿Cómo? Usted perdone — reposo el hom¬
bre de los libros^—. Soy yo quien se ha quedado
con la cabeza. Yo mismo he tenido el honor de
hacerle observar a usted que...
—Permítame — repuso Schaunard poniendo el
plato bajo la nariz de su interlocutor —. ;Quc
pedazo es éste?
-¡Justo cielo! ¿Que veo? ¿Otra cabeza_
¡Es un conejo bicéfalo! — exclamó el desea*
nocido.
—Bicé... — comentó Schaunard —... falos.
Esto viene del griego. Buííon, que no era nu»
co, cita algunos ejemplos de esta singularidad
\ aya, hombre, vaya; no me disgusta esto de
haber comido parte de un fenómeno seme¬
jante.
Gracias a aquel incidente quedó embutí
definitivamente la conversación. Schaunard, que
no quería ser menos corres que su compañera
pidió una botella más de vino. El hombre de
los libracos hizo traer otra. Schaunard mandé
traer ensalada. El hombre de los (¡bracos convi¬
do con postre. A las ocho de la noche había
seis botellas vacías en la mesa. Paliqueando, Ji
franqueza, regada con libaciones del vinillo, U
había conducido a uncí y a otro a hacerse $■
biografía y se conocían ya como si siempre hu-
bieran estado^ juncos. El hombre de los n-amo-
tretos, después de haber escuchado Jas confi¬
dencias de Schaunard. le había declarado que se
llamaba Gustavo Coliine. que ejercía ia profe¬
sión de filósofo y vivía dando lecciones de
matemáticas, de escolástica, de botánica y de
varias otras ciencias terminadas en tea. j
.El escaso dinero que ganaba así, dando lec¬
ciones a domicilio, Coliine lo derrochaba en la
compra de libros viejos. Su gabán avellana era
conocido de todos los libreros del muellc t desde
el puente de la Concordia hasta el puente de
§an Miguel. ¿Que hacía él con aquellos librov
tan numerosos que la vida de un hombre oo
hubiera bastado para leerlos? Nadie lo sabia, f
el lo sabia menos que nadie. Pero aquella ma¬
ma había tomado en él las proporciones de una
pasión, y cuando volvía a su casa por la noche
sm llevar un nuevo libro, reconstruía, para apli-
carla al caso suyo, la frase de Tito, y decía:
He perdido el día”. Sus modales zalameros y
su lenguaje, que ofrecía un mosaico de todos
los estilos y los terribles retruécanos con que
esmaltaba su conversación, habían seducido a
Schaunard, que pidió en el acto a Coliine per¬
miso para añadir su nombre a los que coiiiixm
man la famosa lista de que hemos hablado. <
Salieron de la Mere Cadet a las nueve de la
noche, ambos algo achispados, y con el andar
de las personas que acaban de dialogar con las
botellas.
Coliine ofreció el café a Schaunard, y éste
acepto a condición de pagar él los licores Su-
“««» ■ , un cat¿ situado en la calle de Saint
Alichel I Auxerrois y que en el rótulo tenía la
efigie de Momo, dios de los juegos y de las
Al entrar en el establecimiento acababa de
entablarse una discusión vivísima entre dos pa¬
rroquianos. Era uno de estos un joven cuyo
rostro desaparecía en el fondo de un enorme
matorral de barba multicolor. Como antítesis
de aquella abundancia de pelambre en el men.
ton una calvicie precoz le había desguarnecido
la frente, que parecía una rodilla v cuya des¬
nudez trataba en vano de disimular un mechón
tan ralo que podían contarse los pelos. Estaba
vestido con una levita negra, tonairada en los
codos y que dejaba ver, cuando el joven le¬
vantaba los brazos demasiado alto, unos ven¬
tiladores practicados en la bocamanga. Su pan.
talón había podido ser negro; pero sus botas,
que nunca habían sido nuevas, parecían haber
dado ya vanas veces la vuelta al mur.do en los
pies del Judio Errante.
Schaunard había observado que su novel ami-
fudado mC y C ,<>VCn barbuíl0 56 ,ia kíañ sa-
al fljáíT 2 * CSC SCñor? “ pre S uotó
-No del todo - contestó Coliine pero !e
encuentro algunas veces en la Biblioteca Creo
que es un escritor.
-Como tal viste, al menos - replicó Schau¬
nard.
El personaje con quien discutía aquel joven
era un individuo como de cuarenta años, pro-
LEOPLÁN • 95,
_j al ataque apoplético, a juzgar por su ca¬
bezota metida directamente entre los hombros
■é i la transición del cuello. La idiotez se leía
«a letras mayúsculas en su frente deprimida,
[abierta con una boinita negra. Llamábase el
¿or Moutón, y estaba empleado en la alcal-
‘i del 4 1 '* distrito, donde llevaba el registro de
¡Canciones.
h—¿Quiere usted, señor Rodolfo — exclamo
de eunuco y sacudiendo al joven a
Épcn tenia asido por un botón de la levita —,
c le diga mi opinión? Pues, vea usted, todos
t periódicos, ¿sabe usted?, no sirven juntos
ruda. Fíjese, una suposición: yo soy padre
j familia, yo, ¿sabe usted? Bueno. . . Pues yo
B»o a jugar una partida de dominó al café.
Blenda usted a mi razonamiento.
“t —Continúe usted, continúe — repuso Ro-
m*.
—Pues bien — continuó el tío Mouton subra-
brodo las frases coa sendos puñetazos en la me-
^^Etoe estremecían los vasos y las botellas — ,
ks bien: ojeo los periódicos. Bueno... ¿Y
jé veo? Uno que dice blanco, otro que dice
5T0. Y patatín v patatán. ¿Y qué me va ni
* viene eso a mi? Yo soy un buen padre de
r-que viene a jugar...
_Su partida de dominó — concluyó Rodolfo.
► —Todas las noches — prosiguió el señor Mou-
* i Pero es una suposición, ¿comprende
fc__Muy bien — comentó Rodolfo.
í _L«» nn artículo que no comparto. Eso mC
■feriza y me alborota la sangre, señor Ro-
porque, ¿sabe usted?, todos los periódi-
kao hacen más que mentir. ¡Sí, señor! ¡Sop
■ mentirosos! — aulló con el falsete más
—. Y los periodistas todos son unos ban-
unos folicuhrios.
■gBfe embargo, señor Moutón. ..
unos bandidos — continuó el oficinista —.
m son h causa de la desventura de todo el
j^a. Han hecho la revolución y los asig-
L Prueba de ello Murat. ^
_: usted — interrumpió Rodolfo —.
_,i querido decir Marat.
t — -O. hombre, ca! - prosiguió Moutón
r como que he visto yo su entierro, cuan-
■ pequeño. ..
«seguro que.. .
i —Hasta hay'una obra que representan en el
L.- ¡Vaya!...
s eso es, precisamente — replicó Rodol-
Marat.
sY qué le estoy diciendo a usted desde hace
Ota? — exclamó el obstinado Montón —.
, que trabajaba en una cueva, :eso es!
tona suposición. ¿No han hecho bien los
es en guillotinarlo, puesto que los había
So?
__bwn > ¿A quién guillotinaron? ¿Quien
gSctón?'— gritó Rodolfo agarrando a su
irf señor Moutón por los botones de su
S Marat...
co ro, señor Moutón, pero no. Es Ma¬
lí ¡Entendámonos, caramba!
Seriamente, Marat: un canalla. Ha traicio-
emperador en 1815. Por eso digo qne
* ios periódicos son iguales — prosiguió el
r Moutón volviendo a la tesis de lo que él
“■ una explicación —. ¿Sabe usted lo que
a yo, señor Rodolfo? Pues, una suposi-
, ¡Yo querría un buen periódico! ¡Ah,
y grande! ¡Bueno! Y que no hiciera fra-
1 usted exigente — acotó Rodolfo —. ¡Un
ico sin frases!
I señor. Atienda a mi razonamiento.
E-4Es-1o que hago.
ntab periódico gue se ocupara sencillamente
M^saiad «Jel rey y de los bienes terrenales.
, en fin, ¿para qué sirven todos esos
_cos que nadie enriende? Una suposición,
■cov en la alcaldía, ¿verdad? Estoy encar¬
to ¿el registro. ¡Bueno! Pues bien: es como
a decirme: “Señor Moutón, inscribe
usted las defunciones. Pues bien: hágalo de esta
manera, hágalo de la. otra”. ¡Bueno!, ¿a qué
eso?, ¿a qué eso?, ¿a qué eso? ¡A qué! Pues
bien, los periódicos son lo mismo — redondeó
para concluir.
—Evidentemente — observó un vecino, que
había comprendido.
Y el señor Moutón, luego de haber recibido
las felicitaciones de algunos contertulios, que
compartían su opinión, se fue a reanudar su
partida de dominó.
—Le he hecho callar — dijo indicando a Ro¬
dolfo, que había vuelto a sentarse a la misma
mesa en que se encontraban Schaunard y Co-
lline,
—¡Qué bestia! — exclamó Rodolfo dirigién¬
dose a los otros dos jóvenes y designando al
empleado.
—Buena cabeza tiene, con los párpados en ca¬
pota de cabriolé y los ojos saltones — comentó
Schaunard sacando una pipa maravillosamente
culotada.
— ¡Cáspita! — exclamó Rodolfo —. ¡Qué lin¬
da pipa tiene usted!
—¡Oh! Tengo una más hermosa para andar
en sociedad — repuso negligentemente Schau¬
nard —. Déme usted tabaco, Colline.
—¡Toma! — exclamó el filósofo —. No ten¬
go ya.
-Permítame usted que se lo ofrezca — inter¬
vino Rodolfo sacando de su bolsillo un pa¬
quete de tabaco y poniéndolo sobre la mesa.
Ante aquella atención, Colline se creyó en
el deber de ofrecer una ronda de algo. Rodolfo
aceptó. La conversación recayó sobre la litera¬
tura. Interrogado Rodolfo sobre su profesión,
ya revelada por su traje, confesó sus relaciones
con las Musas y mandó traer otra ronda. Como
el mozo, después de servir, iba a llevarse la bo¬
tella, Schaunard le rogó que tuviera la amabili¬
dad de dejarla, sin preocuparse más de ella.
Había oído sonar en uno de los bolsillos de Co¬
lline el dúo argentino de dos monedas de cinco
francos. Pronto alcanzó Rodolfo el mismo nivel
de expansión a que habían llegado sus amigos,
entrando, a su vez, en el terreno de las confi¬
dencias.
Habrían pasado sin duda la noche en el café
a no haberles rogado que se fueran. No habían
dado diez pasos en la calle, empleando para
ello un cuarto de hora, cuando les sorprendió
una lluvia torrencial. Colline y Rodolfo vi¬
vían en los dos extremos de París. Uno, en la
Isla de San Luis, y el otro, en Montpamasse.
Schaunard, que había olvidado completamen¬
te que estaba sin domicilio, les ofreció hospi¬
talidad.
—Vengan ustedes a mi casa. Vivo aquí cer¬
ca. Pasaremos la noche hablando de literatura y
bellas artes.
—Tú tocarás el piano, y Rodolfo nos recitará
sus poesías — acotó Colline.
—Eso es — añadió Schaunard —. Hay que
reír. Sólo se vive tina vez.
Llegado ante su casa, que Schaunard tuvo al¬
guna dificultad en reconocer, sentóse un instan¬
te en un guardacantón, esperando a Rodolfo y
a Colline, que habían entrado en una taberna,
aun abierta, a proveerse de algo que pudiera
servir de alimento. Cuando estos estuvieron de
vuelta, Schaunard golpeó varias veces la puer¬
ta, porque recordaba vagamente que el portero
tenía la costumbre de hacerle esperar. La puer¬
ta se abrió finalmente, y maese Durand. sumido
en las dulzuras del primer sueño v no recor¬
dando que Schaunard no era ya su inquilino, ni
se levantó siquiera cuando éste le voceó su
nombre por la ventanilla.
Ya estaban los tres jóvenes en el término de
la escalera, cuya ascensión les había resultado
tan larga comó penosa, cuando Schaunard, que
iba adelante, lanzó un grito de asombro al en¬
contrar la llave puesta en la cerradura de su
cuarto.
— ¿Qué hay? — preguntó Rodolfo.
—No entiendo bien esto — repuso Schau¬
nard —. Encuentro puesta la llave que me llevé
Está lejos
—¿Falta mucho para la estación?
—¿Qué estación?
—La de verano. Como no tengo sobre¬
todo...
esta mañana. ¡Ah! veamos. ¡La había metido en
el bolsillo! ¡Eh, diablos! ¡Aquí está todavía! —
exclamó exhibiendo una llave.
—¡Es cosa de magia!
— ¡De fantasmagoría! — comentó Colline.
—¡Antojos! — añadió Rodolfo.
—Pero — prosiguió Schaunard con voz que
revelaba un comienzo de espanto —, ¿oyen us¬
tedes?
-¿Qué?
—¿Qué?
—Mi piano, que está tocando solo la vti re do,
¡a si sol re. ¡Maldito re! ¡Siempre desafinado!
—Pero quizá no sea en su casa — le dijo Ro¬
dolfo, que añadió por lo bajo al oído de Colli¬
ne, en quien se apoyó pesadamente —; ¡está
bebido!
—Lo creo. Por lo pronto lo que suena no es
piano. Es una flauta.
—¡Estamos frescos! También usted está bebi¬
do, amigo — contestó el poeta al filósofo, que
se había sentado en el rellano de la escalera — .
Es un violín.
—Un vio... ¡hip!... ,¡hip!... ¿Lo oye,
Schaunard? — tartamudeó Colline tirando de
las piernas de su amigo — . ¿Qué le parece? ¡Di¬
ce que es un vio...!
—¡Y dale! — exclamó'Schaunard en el colmo
del miedo — . ¿No se dan cuenta ?¡ue es mi pia¬
no que está tocando solo? ¡Cosa de magia!
—¡Fantasma.. .goría! — gruñó Colline dejan¬
do caer una de las botellas que traí» en la
mano.
—¡Antojos! — gritó 3 su vez Rodolfo.
En medio de aquella algarabía, la puerta del
cuarto se abrió súbitamente, y vieron aparecer
en el umbral un personaje que tenía en la mano
un candelabro de tres brazos, donde ardían
otras tantas velas de color de rosa.
—¿Qué desean ustedes, señores? — preguntó
cortésmenre a los tres amigos.
—¡Ah, cielos! ¿Que es lo que hice? Me he
equivocado. Esta no es mi casa — contestó
Schaunard. _ ' •■=
—Sírvase, señor, excusar a mi amigo—añadie¬
ron a una Colline y Rodolfo, dirigiéndose al
personaje que había salido a abrir — . Está bo¬
rracho como una cuba.
De repente un rayo de lucidez cruzó por la
borrachera de Schaunard. Acababa de leer so¬
bre su puerta una inscripción escrita con tiza:
“He venido tres veces a buscar mis regalos.
Femia.”
—¡Claro está! No cabe duda alguna. Estoy en
mi mismísima cas 3 — exclamó —. Aquí está la
tarjeta de visita que Femia me ha dejado el día
9o - LEOPLÁN
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PANCHO SOMBRERO
ASUNTO ARREGLADO p0 1 TOONDER
de Año nuevo. Es indudablemente mi puerta.
—¡Dios mío! Estoy, señor, verdaderamente
confundido — acotó Rodolfo.
-Créame, usted, señor — añadió Colime —;
por mi parte participo vivamente de la con¬
fusión de mi amigo.
El joven no podía contener la risa.
-Si quieren ustedes entrar en mi casa un ins¬
tante — respondió —, sin duda que su amigo,
en cuanto la haya visto, reconocerá su error.
—Con mucho gusto.
Y el poeta y el filósofo tomando cada uno a
Schaunard por los brazos, le introdujeron en el
cuarto, o mejor dicho, en el palacio de Mar¬
celo, que se habrá sin duda reconocido.
Schaunard paseó vagamente su mirada en de¬
rredor, murmurando:
-¡Asombroso! ¡Cómo está embellecido mi
aposento! .
—Y bien, ¿te has convencido ya? — le pre¬
guntó Colline.
Pero Schaunard, que había visto su piano,
se había aproximado a él y se entretenía en
hacer escalas. .. , .
—¡Eh! Escúchenme usredes — dijo haciendo
resonar los acordes —. ¡Por fin! _E 1 animal ha
reconocido al amo: si h sol , fj 7 fri jAh, de-
monio de re! ¡Siempre serás el mismo!...
¡Bah!... Ya decía yo que este era mi piano.
—Insiste — dijo Colline a Rodolfo.
—Insiste — repitió Rodolfo a Colline.
—¿Y esto, entonces? — añadió Schaunard
mostrando la falda bordada de lentejuelas, que
había tirada sobre una silla —. ¿No es mi or¬
namento, acaso? ¡Ah!
Y miraba descaradamente a Marcelo.
—¿Y eso? — continuó, descolgando de la pa¬
red la orden de desalojo, de que hemos hablado
antes. „ ,
Y se puso a leer: "En consecuencia, el señor
Scljaunard deberá desocupar el cuarto y devol¬
verlo en buen estado de conservación el ocho
de abril antes de mediodía. \ r le he notificado
el presente mandamiento, cuyo costo es de cin¬
co francos”.
— ¡Ah! ¡Ah! ¿No es a mí, Schaunard, pues, a
quién han notificado este mandamiento de
desahucio por medio de papel sellado que cues¬
ta cinco francos? ¿Y este otro? - añadió fi¬
jándose en las pantuflas que tenía puestas Mar¬
celo —. ¿No son mis babuchas, regalo de unas
manos queridas? A usted le toca - dijo inter¬
pelando a Mqrcelo -explicar su presencia en
mis lares. .....
—¡Señores! — respondió Alarcelo, dirigién¬
dose particularmente a Colline v a Rodolfo —.
Este señor — y designaba a Schaunard — , este
señor está en su casa, lo confieso. ,
—¡Ah! — exclamó Schaunard —. ¡Que feli¬
cidad! ‘ ,
-Pero — continuó Marcelo —, también yo es¬
toy en mi casa. . ., , ,
-No obstante, señor - interrumpió Rodol¬
fo si nuestro amigo^reconoce. ..
—Eso es — prosiguió Colline—, si nuestro
amigo...
-Y si por su parte usted recuerda que. .. —
añadió Rodolfo-, ¿cómo se explica qué...?
-Eso es -repitió Colline, convertido en
eco— , ¿cómo se explica?...
—Dígnense ustedes sentarse, señores — replico
Marcelo -. Voy a explicarles el misterio.
—¿Y si rociáramos la explicación? — aventuró
^oinne. . , _
—Comiendo un bocado — añadió Rodolfo.
Los cuatro jóvenes se sentaron a la mesa ata¬
cando a un pedazo de ternera fría que habían
comprado al tabernero.
Marcelo explicó entonces lo que había pasa¬
do por la mañana entre él y el casero, cuando
quiso tomar posesión del cuarto.
—Entonces — observó Rodolfo -el señor ne¬
ne toda la razón. Estamos en su casa.
EN EL PROXIMO
—Están ustedes en la suya — dijo cortean
Marcelo.
Pero costó un trabajo enorme hacerle <
prender a Schaunard cómo habían pasadt
cosas. Un incidente cómico vino a comp
aún más la situación. Buscando algo en el
rador, Schaunard tropezó con el vuelto d>
quinientos francos con que Marcelo había
gado por la mañana al señor Bemard.
— ¡Ah! Ya decía yo — exclamó SchAna
que la casualidad no me abandonaría. A
me acuerdo que había salido esta mañana <
persecución. Verdad es que por causa de
quiler ha debido venir durante mi ausc
¿verdad? Nos hemos cruzado en el camino
aquí rodo. ¡Qué bien hice en dejar la lias
el cajón! „
—¡Dulce locura! — murmuró Rodolfo, vi
como Schaunard apilaba las monedas en
ciones iguales. „ 1
— ¡Sueño, mentira: tal es la vida! —anad
filósofo.
Marcelo se reía.
Una hora después, los cuatro estaban
Oliendo.
Al día siguiente, al mediodía, se desper
y parecieron al pronto muy sorprendide
verse juntos... Schaunard, Colline y Ro>
no tenían el aspecto de personas que se
nocen, y se trataban de usted. Fue precise
Marcelo les recordase que habían venido j
la víspera. J
' En aquel instante entró maese Durand
habitación.
—Hoy estamos, señor —dijo a Marcelo
nueve de abril de mil ochocientos cuaren
Hav barro en las calles y su majestad Lui
lipe sigue siendo rey de Francia y de I
rra. ¡Toma! — exclamó maeseDurnnd vici
su antiguo inquilino —. ¡El señor Schaunai
¿Por dónde ha venido usted?
—Por telégrafo — exclamó Schaunard.
— ¿Qué dice ustcdr-replicó el portero -
gue siendo un bromista?.. .
—Oiga, Durand—dijo Marcelo—. No me
ta que la servidumbre se mezcle en mi ce
sación. Vaya usted al restaurante cerca
haga servir almuerzo para cuatro personas,
está la lista — añadió, dando un trozo de
en el que había escrito los platos pedii
Váyase. _ . ., .
—Anoche, señores — prosiguió Marcelo,
giéndose a los tres jóvenes — , me han ofi
ustedes la cena. Permítanme ofrecerles
muerzo hoy, no en mi casa, sino en la <
tedes — añadió tendiendo la mano a Schai
Al terminar el almuerzo, Rodolfo p¡<
palabra.
—Señores — dijo—, permítanme que me
re de ustedes...
—¡Oh. no!—exclamó sentimentalmente í
nard-. No nos separaremos nunca.
—Es verdad. Estamos muy bien aquí — i
Colline.
—...que me separe de ustedes un insti
prosiguió Rodolfo — . Mañana aparece El
de iris, un periódico de modas del qu
redactor en jefe, y necesito ir a correg
pruebas. Volveré dentro de una hora.
— ¡Diablos! — exclamó Colline—. Esto
recordado que tengo una lección que da
príncipe indio que ha venido a Parí;
aprender el árabe.
—Vaya usted mañana —dijo Marcelo.
—¡Oh. no! - contestó el filósofo— . El
cipe tiene que pagarme hoy. Y, además,
saré a ustedes, que este hermoso día de 1
me resultaría completo si no diera una ■
cita por las librerías de viejo...
-Pero, ¿volverás? — preguntó Schauna
—Con la rapidez de una flecha lanzsu
mano firme - contestó, el filósofo, a quie
taban las imágenes extravagantes.
C i
l
NUMERO:
LEOPLAN-97
con Rodolfo.
feSi cuanto a mí — dijo Schaunard al quedar
k coa .Marcelo —, en vez de adormitarme en
Btnohadas del jar viente, ¿no sería mejor
be e dedicare a buscar dinero para apaciguar
Caricia del señor Bcmard?
Bibo- anotó Marcelo, con inquietud—, ¿si-
Bcsrcd pensando en mudarse?
BgSaruralmente! — contestó Schaunard —. Es
puesto que rr.e lo impone la orden de
_ de cinco francos.
® — prosiguió Marcelo —, si usted se mn-
■bpeasa llevarse los muebles?
BSergo esa pretensión. No dejaré ni un pelo,
el señor Bcmard.
Bbanmba! Eso sí que me fastidiaría — re-
MMareelo—, puesto que he alquilado este
^bxmueblado.
Mioma!, pues es verdad, en efecto — mani-
Mjchaunard —. ¡Ah! ¡Bah! — añadió melan-
E^Kict'.te —. Nada prueba que pueda encon-
K^T setenta y cinco francos hoy, ni ma-
■Tni pasado. -
^Reperc usted — advirtió Marcelo —. Se me
b una cosa.
EA ver. . .
bSru aquí: legalmente este alojamiento es
■Agesto que pagué un mes adelantado.
H2 cuarto, sí; pero los muebles, si pago lo
K^cbo. me los llevaré lcgalmenre, y si fuese
■■ me los llevaría aún ilegalmente — co-
Schaunard.
■ p- manera que — continuó Marcelo — usted
muebles sin habitación y yo habitación sin
B^soes — asintió Schaunard.
■Eses a mí me gusta la habitación — reposo
mí también. Nflnca me ha gustado
-JDice usted?
nunca me ha gustado tanto. ¡Oh!, sé
que me digo.
unces podemos arreglamos de este mo-
‘ Marcelo -. Quédese usted conmigo.
la habitación y usted los muebles.
, alquileres? — preguntó Schaunard.
_i que hoy tengo dinero, los pagaré yo.
será usted. Reflexione,
reflexiono nunca, sobre todo para
_a proposición tan de mi agrado.
x ojos cerrados. No en vano la música
atura son hermanas.
— corrigió Marcelo.
B|«qücl instante volvieron Colline y Ródol-
■gBe se habían encontrado.
y Schaunard les informaron sobre su
^Eüíores! — exclamó Rodolfo, haciendo so-
^Cfakriquera —. Quedan ustedes invitados
^■incisamente es lo que iba a tener el honor
ponerles — dijo Colline, sacando de su
ana moneda de oro que se puso en
Cpy_ ,\li príncipe me ha dado esto para
^-ir una gramática ináoárabe, que acabo de
" por treinta céntimos, al contado.
añadió Rodolfo—, he conseguido
m adelantase treinta francos el cajero de
je de Iris, pretextando que los necesitaba
«acunarme.
modo que hoy es día de ingresos —ob-
JJcbaunard —. Soy yo el único que no co-
^EjÉs humillante!
Et^rctantu — añadió Rodolfo —, mantengo
■BTÍtC.
| yo el mío — dijo Colline.
bien, vamos a decidir por cara o cruz
Hb pagará la cena —propuso Rodolfo.
_ 4 No! — exclamó Schaunard —. Se me ocurre
/siejor, pero infinitamente mejor que eso
icarios del paso.
ÍVIADO DE LA
—Rodolfo pagará la comida y Colime la cena.
—He aquí lo que yo llamaría justicia de Sa¬
lomón-comentó el filósofo.
—Es peor que las bodas de Camacho — añadió
Marcelo.
La comida tuvo lugar en un restaurante pro-
venzal de la calle Dauphine. famoso por sus
camareros literarios y su alioli. Como era pre¬
ciso dejar sitio para la cena, comieron v bebie¬
ron moderadamente. El conocimiento, iniciado
la víspera entre Colline y Schaunard y después
con Marcelo, hízose más íntimo. Cada uno de
los cuatro jóvenes enarboló la bandera de su
opinión personal en materia de arte. Los cuatro
reconocieron qne estaban dotados del mismo
valor y de las mismas esperanzas. Hablando. y
discutiendo se percataron de que sus simpatías
eran comunes. De que esgrimían con igual ha¬
bilidad el ingenio cómico que divierte sin ofen¬
der v de que todas las hermosas virtudes ju¬
veniles seguían asentadas, en sus corazones,
prontos a emocionarse ante la vista o el relato
de las cosas bellas. Los cuatro se dirigían al
mismo objeto desde el mismo punto, y esto
les hizo pensar que en su reunión había algo
más que el equívoco pueril de la casualidad y
que podía muy bien ser la Providencia, tutora
natural de los desamparados, la que los congre¬
gaba tan estrechamente y susurraba en sus oí¬
dos la parábola que debiera ser el único código
de la humanidad: “Ayudaos y amaos los unos
a los otros”.
Al final de la comida, que epilogó con cierta
solemnidad, Rodolfo se levantó para brindar
por el porvenir y Colline le contestó con un
breve discurso que no estaba sacado de ningún
libro viejo, ni pertenecía desde ningún punto
al buen estilo, pero que hablaba simplemente
el lenguaje bonachón de la ingenuidad, que
hace comprender tan bien lo que se dice
tan mal.
— ¡Si será torpe esre filósofo! — murmuró
Schaunard, que tenía la nariz dentro del vaso —.
¡Miren qué manera de obligarme a echar agua
en mi vino!
Concluida la comida fueron a tomar café a
Momo , donde ya estuvieran la noche prece¬
dente. A partir de aquel día el establecimiento
comenzó a ser insoportable para los demás pa¬
rroquianos. Después del café y de los licores,
definitivamente formado el dan bohemio, tor¬
naron los cuatro a la habitación de Marcelo,
a la que dieron el nombre de El'fteo Schaunard.
Mientras Colline iba a encargar la cena que
había prometido, los demás se procuraban, pe¬
tardos, cohetes y otros artefactos pirotécnicos.
Y antes de sentarse a la mesa dieron en las
ventanas una magnífica función de fuegos ar¬
tificiales, que convirtió la casa en campo de
Agramante, en tanto que los cuatro camaradas
cantaban a grito pelado:
¡Celebrónos, celebremos, celebremos este her¬
moso día!
Al día siguiente por la mañana se encontra¬
ron juntos de nuevo, pero ya sin aparecer sor¬
prendidos de ello. Antes de reanudar cada cual
sus tareas fueron juntos al café Momo a almor¬
zar frugalmente, donde se dieron cita para la
noche y a donde se les vió^asistir con asiduidad
todos los días durante mucho tiempo.
Tales son los principales personajes que ve¬
rán reaparecer c-t las breves narraciones que
componen este volumen, que no es novela, y
que no tiene otra pretensión que la indicada
por su título; porque Las Escenas de la Vida
Bohemia no son, en efecto, sino estudios de
costumbres cuyos héroes pertenecen a una cla¬
se mal juzgada hasta 3 hora y cuyo principal
defecto es el desorden; y aun pueden alegar
como excusa, que ese desorden mismo es una
necesidad que la vida les impone.
PROVIDENCIA”
99 - LEOPLAN
LAS BROMAS DE LOS NUMEROS
Escriban una cantidad de tres cifras, la
primera de las cuales sea mayor que la
última.
Para mayor claridad, la escribiremos
nosotros, dando así el problema resuelto.
¿Les parece bien 743? ¿Prefieren 491 ó 922?
La que quieran. Sólo es necesario que
la primera cifra sea mayor que la última.
Tomemos la segunda de las cantidades
anteriormente citadas, o sea 491; invirta¬
mos sus términos, haciendo una resta des¬
pués:
491
194
297
Invirtamos también esa cifra y sume¬
mos ahora:
297
792
1.089
¿Ven la cantidad obtenida?: 1.089. Pues
es la que se obtendrá siempre que se haga
esta operación con una cantidad de tres
cifras, sin olvidar que la primera sea ma¬
yor que la última. Hagan la prueba y ve¬
rán como se logra siempre el mismo re¬
sultado.
PROBLEMA DE INGENIO
(Los soluciones en el próximo número)
- PROBLEMA DE PALABRAS CRUZADAS -
HORIZONTALES
1. — Amarras, sujetas. '
5. — Instrumento ¡Jestinaflo a ata¬
car o defenderse.
8. — Adorno arquitectónico en for¬
ma de aceituna.
10. — Conjunción de acémilas.
11. — Forma reflexiva del pronom.
bre personal de tercera per¬
sona. en activo y acusativo,
en ambos géneros y número.
12. — Número un» en las barajas.
13. — Fenómeno que se añade a
otro fenómeno de un modo
16. — Signo matemático.
17. — Pronombre personal de se¬
gunda persona en ambos gé¬
neros y número, plural, en
dat ¡o o acusativo.
18. — Pronombre posesivo.
19 . — Sufijo de forna masculina
que denota aumentativo en
los radicales a que se aplica.
20. — Iniciales del nombre y ape¬
llido de un casuista de la
compañía de Jesús, nacido
en Córdoba en 1550 y muer¬
to en Granada en 1610.
21. — Inic ales del nombre y ape¬
llido de uno de les héroes
de la independencia españo¬
la, muerto el 2 de Mayo
de 1808.
23. — Una de las divinidades del
Olimpo; el Dios de la guerra
entre los griegos.
25, — Quitar o raspar la superficie de una co¬
sa con un instrumento cortante.
27. —Luminosa, brillante
28. — Aborrezcas
30. — Estado de dos sistemas de puntos que sa-
tis'acen ciertas condiciones geométricas.
32. — Isla del archipiélago de Tongo (Oceania).
33. — Parte arqueada y saliente de una vas i,a
por la que se agarra ésta.
34. — Apócope.
35. — Libro sagrado de los musulmanes, redac¬
tado por Mahoma.
36. — Ara nuevamente; vuelve a arar.
37. — Parte de un circulo comprendida entre un
arto y cuerda.
Trace sobre
el dibujo ad¬
junto seis lí¬
neas rectas,
de manera
que aíslen los
círculos ne¬
gros.
• •
EL CUADRADO MISTERIOSO
Aquí se ve una figura, a la que hay que
dos cortes en línea recta y hacer cuatro F
que, reunidos, formen un cuadrado perfecto,
difícil es, pero con un poco de ingenio, el I
encontrará, seguramente, la manera de conse
VERTICALES
2. — Expeler en forma brusca y so¬
nora el aire contenido en
los pulmones.
3. — Ciudad de Siria.
4. — Afirmación.
5. — Raíz griega que revela la
idea de punta
6. — Oícese de la cabalgadura de
pelo enin? alazán rubio y
bayo amarillo.
7. — Fra masón.
9. — Amarres, sujetes.
10 — Culpado, criminoso (plural).
14. — Sepulturero.
15. — Cr st ano español, que du¬
rante la dominación árabe se
convertía al cristianismo.
20. — Cruzara la trama con la ur¬
dimbre para te.er alguna tela.
22. — Que profesan la doctrina que
admite la existencia de un
Dios, pero niegan la reve¬
lación y rechazan el culto.
23. — Fruto del almez.
24. — Lucifer, e) diablo.
25. — Rodar.
26. — Pez marino acantopteriglo.
27. — Llanura cortada de bosques.
29. — Hacer ruido una cosa.
SOLUCIONES DEL NUMERO ANTERIOR
DE LAS ‘CHARADAS"
CATALINA
TORNEO
PESCADO
DEL PROBLEMA “LOS ALFILERES 1
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xix
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XIX1X X|X >
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xixi
xixl
XIX
Irene, Capital. — Para no
fracasar es necesario ensayar
repetidas veces, variando en más
o en menos las cantidades de
los diversos ingredientes, hasta
dar con la fórmula perfecta.
Además, debe tener en cuenta
que los procedimientos caseros nunca dan re¬
sultados tan perfectos como los industriales.
A continuación le transcribimos dos fórmulas
para hacer papel copiativo. A): manteca de
cerdo, 12 grs.; cera. 2 gra.; negro de humo,
2 grs. Se funden juntamente la cera y la man¬
teca y se echa la mezcla, poco a poco, en un
mortero caliente en el cual se ha echado con
anterioridad el negro de humo, agitando y tri¬
turando de continuo. Esta mezcla se extiende
sobre papel caliente. Por último, se quita el
En esto sección contestomos todos los preguntes de corócter genero! que
lectores. No se devuelven los originales de colaboraciones espontáneos ni se monti
dencia sobre ellos. Lo correspondencia debe dirigirse siempre o Esmeralda 116,
exceso con una franela. B>: Tinta de imprimir,
150 grs.; aguarrás, 1.200 grs.; cebo derretido,
900 grs.; cera fundida, 90 grs.; resina fundida,
60 grs.; hollín,' 600 grs. Existen otras fórmulas,
quizá más perfeccionadas, pero cuyo uso re¬
quiere maquinarias especiales.
Miguel Federico. — I o So podemos transcribirle
la fórmula de esmalte facial, pues está patenta¬
da. 2? Los botones se hacen de hueso, asta o
marfil, torneándolos a máquina.
nuestros
;ne correspon-
Buenos Aires
Carlos Márquez., CortusJ
jedor. — Para impermeabi
el cartón, se le aplica i
dos manos de una mezcla ¿
partes de sangre fresca, 4 p
tes de cal '.iva y un poco,
alumbre. Si el cartón s
ta a temperatura conveniente, con u
secante que contenga azufre, o introducid
este cuerpo en la pasta del cartón, se convw
la celulosa en una substancia gelatinosa <
está por encima de toda acción de) tiempo, p
se endurece mucho. Otra manera de operar a
siste en disolver azufre en el aceite,
ratura inferior a 110 grados, y cocerlo loj
en 156 y 170 grados. Si se desea dar la r
dureza al cartón, se puede someter en t
a la acción de la prensa.